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Ignacio Hernández y Claudia Varosio
San Isidro - Argentina
Nosotros somos los padres de Natán Julbori, seudónimo con el que firmamos esta novela.
Somos también quienes dimos orígen a la Revista Literaria Los Desconocidos, que se publica bimestralmente en Zona Norte.
Nuestros cuentos (los que hemos publicado ultimamente en la revista) se puedem leer en los siguientes blogs de Escribirte: Sumertime y Santá Gelná del Ocaí.
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El Nombre de un Hada
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Nuestra Novela Desconocida


El Nombre de un Hada es una novela fuerte.
Un texto que urga en el pasado de los personajes y en el de la Argentina misma.
Una historia que hace pensar que sólo aquél que se hace cargo de sus fantasmas, puede puede tener un futuro digno.


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El Nombre de un Hada



El principio del fin

Matilde nos dejó un Domingo por la mañana.

La muerte es un río que se tiñe de rojo cuando el sol vence la barrera del horizonte.
Todo es rojo. Matilde ya no puede verlo. No puede ver tampoco el azul, ni el amarillo, ni el verde. Ya no distingue las sobras. Para ella, todo es luz.
Yo he muerto con su mirada.
Es un atardecer escarlata, como el cabello desordenado de mi hada.
Es un crepúsculo carmín, como sus ojos inundados por el fragor de la marihuana.
Es un cause grana, como el torrente rúbeo que vertió su vientre afectado, mientras que en el fluido carmesí se ahogan como flores mustias sus sueños.
Ahora todo, no son más que anhelos y esperanzas que no se cumplirán.
Ahora todo se trunca por el estallido interno.
Es un sueño-pesadilla: aquel hijo arrancado de la vida por la falsa moral.
Es un hijo que no fue, para no ser jamás.
Es una esperanza puesta en otro nacimiento, que reivindicaría el dolor patético que Matilde llevaba incrustado en su alma.
Fue una ilusión, que ocultó la realidad desgarradora.
Fue un supuesto embarazo, pero no era.
Fue una siniestra malformación, que se engendró en un útero destruido por mala praxis, hecha por un carnicero, que luce tanto hoy como ayer, orgulloso, en la puerta de su casa, una chapa dorada.
Sospeché de aquel supuesto embarazo desde un primer momento. Teníamos antecedentes de que esto podía ser otra cosa, pero mi amiga parecía tan segura y se sentía tan feliz de aquello, que ella creía una revelación divina, que se negó a visitar a médico alguno, (razones tenía de sobra para evitarlos) y prefirió soportar mi desaprobación.
De todos modos fui su cómplice, teníamos pensado ocultarle a Martín la situación hasta estar totalmente seguras. Además, decirle a Oroño que iba a ser padre a los casi cincuenta años no era tarea fácil, había que encontrar la forma de enterarlo.
El pobre pintor se enteró de la peor manera, me siento culpable, él con su silencio me hizo culpable. Yo sólo quise complacer a mi hada. Me debía a ella y no pude hacer otra cosa.
Mi devoción por Matilde era tan grande que no podía negarle nada. Y esto fue un grave error.
El hada se convirtió en ángel.
A veces pienso que inconscientemente Matilde necesitaba dejar de sufrir y lo consiguió a pesar del dolor de quienes la amábamos.
No puedo evitar sentir bronca.
La tarde anterior mi hada había venido a traerme un sobre.
Como todos los Sábados me encontraba sola, por que Carlos estaba trabajando en la escuelita, y Matilde había esperado aquel momento para evitar testigos.
Su semblante se adivinaba pálido. Ella no estaba bien y se le notaba.
- ¿Qué es esto?- pregunté intrigada.
- Es por sí acaso.
- Por sí acaso ¿Qué?
- Por si acaso me pasase algo.
- No me asustes. No se te ve bien. ¿Te duele algo?
- Sí un poco, pero no creo que sea para preocuparse. Seguramente son los tejidos que se están estirando.
Sí, sólo debe ser eso.
- Tendríamos que consultar con un médico. No podemos arriesgarnos. Cuando me contaste de aquella hemorragia, que habías tenido a los pocos meses de llegar a la Isla, me dijiste que seguramente no te habías muerto por que Dios tenía alguna secreta misión para vos en la tierra.
Bah! En resumen me quisiste decir que no palmaste por que tuviste suerte.
- La tuve. Y la sigo teniendo. No hay por que preocuparse. Pero te pido, que si me llegase a pasar algo, sólo en el caso de que Dios crea que yo ya terminé mi misión en la tierra, lo abras. En caso contrario el día que tu ahijado nazca la romperemos juntas.
La misión que Dios le había encomendado a Matilde había terminado, yo era esa misión, y estaba prácticamente curada, su amor y su amistad lo había hecho.
Cuando mi vecina regresó a su casa, quedé muy nerviosa, no me podía tranquilizar. Algo estaba mal, y yo lo presentía.
Dejé el sobre arriba de la mesa del comedor. Tuve ganas de abrirlo. La inquietud, la duda y el sobresalto me picoteaban el alma. Sentía que todo lo que hasta ese momento me parecía seguro, ya no lo era. La vida de Matilde se estaba desmigajando ante mi impotencia. Yo hubiese querido tener coraje para abrir aquella carta, pero no lo hice. No lo hice por que no lo tuve, pero también por que no era capaz de desobedecer a Matilde. Finalmente lo guardé en mi mesa de noche esperando no tener que abrirlo hasta haber pasado por lo menos siete meses, y mientras lo hacía pensé mil maneras de llevarla sin falta, el Lunes por la mañana al hospitalito, que estaba a media hora de bote, para hacerla revisar. Si no hubiese sido Sábado y, por aquellos días, los fines de semana no quedaba ningún médico de guardia, la hubiese obligado a ir esa misma tarde amenazándola con contarle sucesos a Martín.
Pero el destino no quiso, tal vez fue mejor así.
Era otoño, pero se sentía como verano. El calor y la humedad del atardecer hacían difícil la respiración. La presión ambiental había desaparecido. Los árboles, con sus hojas amarillentas, pedían con gritos silenciosos, a la madre naturaleza, la bendición del agua. El paisaje se vislumbraba estático, a no ser por el canto desesperado de los grillos, que con su monótono concierto acentuaban la pesadez y el calor del tardío veranito.
En el primer instante acertó la sudestada.
En el segundo instante, el cielo se partió en un rayo.
En el tercer instante la lluvia arrebatada se hizo presente.
El río se convirtió en una maza monstruosa con una fuerza avasalladora, arrancando de un solo tirón la amarra en donde estaba atado el viejo bote de los Oroño.
Corrí. No podíamos en las condiciones que estábamos darnos el lujo de perder la única forma de transporte que teníamos.
Pero cuando salí, supe que era tarde. Matilde tironeaba de la soga para tratar de salvarla.
El río golpeaba enfurecido la madera contra la costa, mientras el hada se agachaba intentando arrastrar el bote tierra adentro.
Martín salió para ayudarla, ignorando el verdadero peligro: Matilde no podía hacer ningún esfuerzo, estuviese embarazada o no.
Me quedé paralizada observándola escena y sintiendo como mi amiga mientras más se aferraba a la embarcación más se desprendía de la vida. Una sombra parca se adueñó del ambiente, grité. No creo que me hayan escuchado. Me lancé hacia ellos y le grité al pintor:
- ¡Está embarazada!
Pero el hombre no pudo escucharme.
Por que mi grito fue un grito desesperado y el trueno se despachó dejándonos sordos con la impunidad propia de la muerte.
Matilde se resbaló en el fango.
Martín y yo la levantamos, (fue la única cosa que habíamos hecho juntos, hasta aquel momento, el pintor y yo)
Y al hacerlo supimos que Matilde empezaba a convertirse en un ángel.
El vestido de mi amiga de bambula blanca se había transformado en una mortaja embebida en sangre y barro.
Se estrechó el vientre y gritó de dolor.
Martín no entendía y no había tiempo para explicarle.
Nos abrimos paso en la tormenta, llevando a Matilde a la casa. Él la acostó en la cama, que pronto y entre gritos de dolor, fogonazos de relámpagos y el crispar de las ramas al viento desatado, se convirtió en un charco de sangre.
Martín me miraba con incredulidad y desesperación-
- Vaya a buscar agua limpia- le dije y acoté- para refrescarla.
- Esta vez está peor, no lo va a resistir.
- Que no lo escuche. . . Vaya a buscar el agua.
Salió del cuarto, mientras ella intentó alzar su mano. Yo se la tomé.
- Tranquila- dije-
Se retorció en la cama, y con sus ojos, con aquellos ojos de hada que tenía buscó mi mirada.
- No le digas nada, será mejor para él..
Y su cuerpo, se volvió a contraer para dejarla inconsciente.
Cuando Martín regresó, lloraba.
Arranqué del baño una toalla y la mojé en agua fría. Se la pasé por la frente que ya había pasado a tener el color de la cera caliente.
El tiempo se esfumó entre nosotros.
Creo que Martín y yo rezábamos pero Dios parecía no conmoverse y la hemorragia no paraba.
Después de un largo rato mi hada reaccionó, y dirigiéndose a mí dijo:
- Quiero fumar. Quiero irme con su perfume. Quiero elevarme como el humo, adormecerme. No aguanto más.
Martín se levantó de la silla en la que estaba sentado, a un lado de la cama, agarró la cajita de madera en donde Matilde guardaba marihuana, que previamente había secado al sol, y luego arrancó de la Biblia, que descansaba sobre un puf en un rincón del cuarto, una hoja.
Armó un porro, nunca pensé que Martín podía tener aquella habilidad, no solo que lo hizo, sino que lo hizo bien.
- Toma. Encendelo. –me dijo-
- No puedo- respondí paralizada.
- ¡Es lo último que va a pedir! –gritó- ¡Encendelo!
Lo prendí.
Matilde cerró los ojos y aspiró el loco aroma con fuerza. Le acerqué el cigarrillo a la boca. Matilde aspiró una seca profunda, aliviadora y reconfortante.
Y al exhalar, se le fue la vida.
Yo le besé los ojos, que habían sido mis ojos cuando en las sombras tuve que encontrar el camino.
Martín le pegó a la pared un puñetazo, para tratar de derramar en el golpe toda su impotencia. Sé auto excomulgó, y excomulgó a Dios y a todo lo que él representase de su vida.
Yo no volví a fumar.
El hada se convirtió en ángel.
Martín y yo en huérfanos.
El Elfo alzó a mi hada y salieron de la casa. Se elevaron de la superficie dejando bajo sus pies la lluvia, el barro, el río, la sangre y la muerte.
Juntos se encaramaron por última vez y los sentí hacerse el amor con el alma.
Alma con alma, se despidieron.
Culpas con culpas, no tuvieron necesidad de perdonarse.
Y yo me arrodillé en el suelo arcilloso en el que hubiese querido hundirme para no ser consiente del dolor que me causaba, y que aún me causa, el vivir sin Matilde.



Reloquiemzapagonra


Cuando el frío llegue y el día muera ante el ocaso,
Nadie vendrá.
La puerta quedara muda y la casa inerte.
Y descubriré que los amigos yacen en algún sitio agreste, ajenos a mi llanto.
Advertiré que ya no están,
que han huido lejos,
En busca de otras tierras donde crear su universo incólume.
Han sucumbido el cielo y las estrellas en esta vorágine maldita,
y el Dios que alimento mis vanas esperanzas,
se ha marchado.
Todo se ha perdido.
Nada queda para mí en esta gris planicie.
Tan solo estas silenciosas palabras,
insignificantes, insensatamente escritas,
y el temor de perderlo todo.
Apaciblemente,
como en sueños,
Y no despertar.


Matilde y Lucrecia.



“...deja que el sol te señale
el camino al lugar,
busca la estrella elegida
y entonces veras
como tus días crecerán en paz”.



- Vamos Matilde, ponele más energía.
- Perdóname Lucre pero hoy no estoy de humor para nada.
- ¿Que esta pasando con vos? Últimamente estas sin humor todo el tiempo. ¿Es por tu viejo, no?
- En parte sí, anoche discutimos y, como siempre, se la agarro con mi vieja.
- No le prestes atención, tu viejo esta loco. Trata de concentrarte en esto y olvidarte.
- Ojalá pudiera Lu, ojalá. Estoy harta, por momentos imagino que uno de esos hijos de puta que llama amigos le da la orden equivocada a uno de esos reventados a los que llaman “gente de confianza”, y en vez de encañonar a algún pobre pibe se la dan a mi viejo. Te juro que no es por desearle el mal a él, es que le deseo el bien al resto de la humanidad.
- Dale, sigamos con “Arco Iris” y ya fue.
- No Lucre, no fue. Es y por desgracia seguirá siendo.
- Lo se amiga, pero no dejes que eso te carcoma, no permitas que te siga hasta aquí, que también arruine esto.
- Tenés razón, vamos a tocar. Pero cambiemos de canción porque si seguimos con esta voy a terminar dándole una mano al destino.
- ¿Al destino?.
- Al destino de mi viejo. No importa.
- Bueno, estas enloqueciendo poco a poco pero te quiero igual. Vamos con Mañana Campestre.
- No, mejor toquemos Garza Celeste. Me hace sentir en Tierra Media.
- ¿En Tierra Media?. Es mas grave de lo que imaginaba, tu viejo si que té esta trastornando.
- No, en serio, me siento como Arwen danzando para Aragorn. ¿Terminaste el libro?.
- No, con esto de los parciales no tengo tiempo para mirarme al espejo siquiera, pero ya voy por la parte de la araña. Por cierto, flor de hijo de puta el bicho ese que los acompaña. ¿Cómo se llama?.
- ¿Qué bicho?.
- La musaraña andrajosa.
- ¿Cual?. ¿Golum?.
- Si, ese Golum no pierde oportunidad de arrebatarle el anillo al pobre Frodo.
- Esa alimaña es el fiel reflejo de mi papá, cagador y oportunista.
- Cambiemos de tema porque te vas a enroscar otra vez.
- Tenes razón, sigamos tocando.
- Dale, empeza vos.
- Matilde.
- ¿Que?.
- ¿Qué planes tenes para esta noche?.
- Ninguno, no sé si voy a salir.
- ¿No me digas que te vas a quedar en tu casa?. Es viernes nena. ¡Despertate!.
- ¿Tenes alguna mejor idea?.
- Si, escucha bien. Hay una exposición de arte. Va a haber música, alcohol y hombres.
- Y vos para que queres “hombres”, si tenes al mejor que existe.
- No, yo no quiero “hombres”, pero a vos no te vendría nada mal conseguirte uno.
- ¿Dónde es?.
- Creo que me dijeron en La Botica. ¿Me acompañas?.
- No sé. ¿Quiénes exponen?
- Renata, Martín (el mejor amigo de Pablo) y un par más.
- ¿Cómo anda Pablito?. Cuánto hace que no lo veo!!!
- Bien, como ya sabes si Dios quiere en unos meses nos vamos a vivir juntos.
- No te das una idea de cuanto te envidio. Ojalá yo encontrara un tipo como Pablo.
- Vení esta noche y quien te dice encontrás al hombre de tu vida.
- No hace falta lucre que me digas esas cosas para que te acompañe.
- Te lo digo en serio.
- Sí, sí. ¿A que hora nos encontramos?.
- No sé, te llamo y arreglamos.


La Isla


El agua.
Siempre el agua.
Que todo lo besa.
Que todo lo nutre.
Que todo lo envuelve.
El agua.
Siempre el agua.
Aquí, allá y en todas partes.
Rodeando a los cuerpos.
Sumergiendo a los cuerpos.
Llevando vida.
Camuflando muerte.
Si al principio fue la luz no debe haber pasado mucho tiempo hasta que fuera el agua.
Ese agua que nace como vapor en el nuboso cielo para morir hecho ola en antiguos acantilados a donde van las aguas, transformadas en cansado océano, para volver a la vida como tenue espuma y reiniciar el eterno ciclo.
Ciclo perpetuo del simple existir o no hacerlo.
Ciclo perpetuo que transforma al oculto torrente de las subterráneas napas en un amarronado río que arrastra toneladas de sedimentos que un día, por obra y gracia de encontradas corrientes, se estrangula en el centro exacto de su caudal y me da origen.
Primero tal vez como un escondido banco arenoso que crece, crece, crece y crece hasta hacerme visible sobre la corriente ocre y luego, como lo que soy: una isla.
Una solitaria, muda, estática y angustiosamente abandonada isla.
Única en sí misma.
Irrepetible.
Casi casi como los hombres lo son entre sí.
Isla y nada mas que isla.
Que trata de calmar su soledad dejando que sobre ella se desarrollen los verdes de una vegetación que trae algún borracho viento y que abona el triste suelo (mi triste suelo) hasta que una determinada tarde, sin saber como, llegan los pájaros y se hacen nido.
Y el amanecer se transforma en coros de agudos silbidos que sirven de marco a otros que a nado, alcanzan mis pegajosas orillas.
Y entonces el marco, el sitio, el lugar, la escenografía está finalmente preparada y sólo falta el hombre.
Ese humano elemento que llega con sus juegos a desnudarme sobre la hierva fresca y se aprovecha (de allí y para siempre) de mi virginidad logrando, sin saber por que, que lo cobije en mi seno como una madre violada que termina amando al padre de su bastardo hijo.
Los hombres.
Las islas.
Quizá todo esto no sea más que una triste historia que involucre a algunos hombres con algunas islas.
Quizá todo esto no sea más que un tortuoso relato de seres humanos sobre angustiadas tierras.
Tierras como yo que vieron llegar un día, hace tanto ya, a esos semidesnudos personajes, en pobres canoas, que buscaban en el río algo conque llenar sus estómagos en un intento de prolongar sus vidas en las de sus famélicos hijos.
Me parece tenerlos otra vez al alcance de mis orillas.
Casi tan marrones como las aguas que me bañaban y aún lo hacen.
Flacos como los troncos de algunos de mis árboles.
Tristes como esas mañanas de invierno en que la niebla todo lo cubre.
En grupo pero solitarios, como yo.
Tratando de ser algo sin poder conseguirlo.
Viviendo sus cortas vidas.
Ignorantes del inmenso don de ser mortales, de terminar un día con sus penas, a diferencia de mí que sufro aún mi eterna y absurda existencia.
Hombres color barro.
No sé porque, en las interminables siestas de estío los extraño.
Fueron mis pájaros su preludio.
Como siempre lo eran.
Nada escapaba a su canto, a veces me sonreía por que ni el más pequeño insecto ajeno a mi territorio (o nuestro territorio por que yo soy la base y el resto de los seres vivos que sobre mí se posan, escarban o vuelan son el contenido) podía arribar sin que fuera descubierto por ellos.
Eran la alarma que velaba por nuestra paz.
Pequeños trozos de vida sobre las ramas.
Trino agudo y aleteo veloz de una especie que protege lo suyo (o nuestro) y que no deja de lado su defensa de lo propio.
Y, como era costumbre, coincidieron las agudas notas de los picos y la visión de la masa triste envuelta en cantos fúnebres que asomó de entre la niebla.
Recuerdo que, para hacer más amarga la cosa, lloviznaba.
Y un triste conjunto desplegaba las canoas y los hombres.
Lentos sobre el lechoso río.
Preludio triste de una muerte segura.
La muerte.
Otra más.
El eterno carrusel de la existencia.
Óvulos y espermatozoides.
Embriones hechos fetos que crecen y crecen en oscuros úteros para surgir como niños entre umbilicales cordones que dejan su perpetua marca en forma de ombligos que serán lo primero que se escarben los que serán pequeños niños, al principio, para aumentar y aumentar su tamaño hasta transformarse en esos cazadores (de tener la suerte de ser machos) o en esas máquinas de preñarse que gastarán su fecundidad entre coitos sin placer para morir después, ancianas de apenas treinta años, dejando los ríos llenos de indios.
La muerte.
Otra vez en mis playas.
Como era costumbre desde siempre.
Desde que el primer hombre recorrió estos lugares.
Desde que el primer hombre consideró que era mi bosque de apretados álamos, talas y olorosas madreselvas un sitio seguro para los sagrados huesos de sus muertos.
Cementerio indio.
Que melancólico destino para mis tierras.
Nacer cuna de vidas para vegetar como refugio de almas.
En fin, así como nada ni nadie elige nacer, tampoco puede totalmente elegir su futuro.
El mío era ese.
Mientras otras islas podían alegrarse con las tribus sobre sus playas yo debía conformarme con los huesos blancos que esos hombres marrones guardaban dentro de sí.
Refugio de almas indias.
Almas que vagaban en las noches cantando extrañas melodías.
Dándole a mis parajes una tonalidad mística que alejaba a los extraños de mis playas.
Indígenas cazadores que sólo remaban en sus embarcaciones hacia mí en casos como este, cuando la muerte era seguro objeto.
Bajaron de sus botes envueltos en el halo de sus llantos y sus guturales melodías.
No faltaba nadie.
La tribu entera.
Desde el niño más niño hasta el anciano más anciano que siempre era un brujo.
Vejez y sabiduría.
La justa asociación.
El más viejo era el único que podía encargarse de estas cosas.
Tal vez la proximidad a la muerte le daba derechos a enfrentarla, buscando que un alma más fuera alojada en los territorios inexplorados del reino de los muertos.
Tal vez el haber sobrevivido más que los otros le daba ciertos derechos.
No sé.
Una razón debía existir.
Razón que, pese al paso de los años, sigo sin conocer.
Razón esta que le permitía al brujo dirigir las operaciones que comenzaron a desarrollarse frente a mis invisibles ojos.
Tocaron mi playa con una suave caricia de la proa de sus improvisadas canoas.
Bajaron en grupo, instalándose en los distintos sitios que el brujo les indicaba y suspendieron los cánticos y el llanto a una señal determinada.
Al principio sólo quedó el trino de mis pájaros.
Luego, hasta ellos hicieron silencio.
Cuatro indios descendieron de una de las embarcaciones un manojo de ropas que resultó ser un escuálido cuerpo apenas abrigado.
Por la pintura de su rostro me di cuenta que esta vez no era un moribundo más.
No.
Esto me llevó a prestar más atención que otras veces.
Nunca, en los cuatro siglos que llevaban los indios por aquí, había llegado un personaje tan importante a mi tierra.
¿ Cuál era la razón de esto?
¿ Qué los llevaba a cambiar sus costumbres?
Siempre había supuesto que yo era un cementerio de segunda categoría y que los líderes yacían en otro lugar.
Esta vez era distinto.
Al instante, pensé en las terribles inundaciones que nos estaban afectando desde un mes atrás (mi superficie se había reducido a su mitad) y comprendí que ese debía el motivo que los llevara a traer a un cacique a morir en mi seno.
Depositaron el cuerpo al abrigo de las ramas más bajas de un tala.
Un joven, pintado su rostro de la misma forma que el enfermo, se hincó junto a él en el momento exacto en que uno o dos estremecimientos sacudieron su agonía.
Hubo un quejido tenue y un lamento ahogado se escapó hacia el cielo. No necesitaron que el brujo hablara para darse cuenta de que el viejo había muerto.
Una muerte más.
Llanto sucio sobre el barro y unas cuantas viudas y la fiebre que al fin podría abandonar al cansado cuerpo.
Los gritos surgieron de las gargantas.
No eran otra cosa que un responso indio esos metálicos sonidos.
Agudas notas emitidas en homenaje al muerto y por respeto a la propia muerte que era el único enemigo invencible.
El hijo del viejo sacó de su cuerpo a la angustia que la muerte le había provocado por medio de un alarido más salvaje y agudo aún que los hasta ahora escuchados.
Se produjo entonces un respetuoso silencio.
La tribu, expectante, rodeó al nuevo cacique.
El brujo se alejó del cadáver.
Las viudas dejaron sus llantos.
El joven elevó sus manos al cielo.
Una extraña oración entre dientes se transformó en una plegaria india.
Podía escucharse, nuevamente, el canto de los pájaros.
El nuevo cacique tomó la lanza de su padre muerto, la llevó a un sitio, por encima de su cabeza y con un movimiento descendiente, instantáneo y brusco, la partió en dos con su cráneo, para arrojarla luego en dirección al río.
Regresaron los gritos, pero en un tono distinto y por vez primera hasta los niños cantaron.
Alguien emitió una carcajada a la que siguieron otras.
A cacique muerto, cacique puesto.
El eterno carnaval de las generaciones seguía su marcha.
Sólo faltaba deshacerse del cuerpo del antiguo cacique.
Cesaron las muestras de alegría por el nuevo jefe y fue este el que señaló hacia el monte.
El brujo asintió con un leve movimiento de su cabeza para girar, luego, su cuerpo en dirección al nutrido grupo de guerreros que lo rodeaban.
Eligió a cuatro de ellos.
No medió palabra alguna.
Como guiados por una costumbre ancestral, que no necesitaba de órdenes, se acercaron al muerto, lo alzaron por sobre sus cabezas y partieron en dirección al nutrido grupo de álamos.
El resto de la tribu esperaría junto al río.
El nuevo cacique y el brujo marcharon detrás del cortejo, internándose en la espesura.
Tras recorrer unos veinte metros se detuvieron en un claro.
No se necesitaba ser muy observador para darse cuenta de que allí se habían tirado abajo varios árboles (de hecho, sus troncos secos estaban volcados a derecha e izquierda) con el objeto de dejar un amplio espacio libre.
Depositaron el cuerpo en el centro exacto del lugar sobre la tierra blanda y removida que dejaba ver docenas de huesos a medio enterrar.
El brujo se acercó hasta el cadáver, se inclinó sobre él, colocándose en cuclillas, y extrajo un filoso machete de entre sus ropas con el que comenzó a trozarlo.
La operación total de descuartizamiento no le llevó más de quince minutos.
Hecho esto, invitó a los guerreros y al joven cacique a que se acercaran.
Entregó un pedazo de carne a cada uno y, parándose, elevó los brazos al cielo, los demás lo imitaron.
Entonó un lastimero canto.
La triste melodía pareció flotar entre las ramas de los árboles y motivó un trino amargo en mis pájaros que parecieron sufrir junto a los indios.
Las aguas del río, no muy lejos de allí, dejaron de fluir en dirección al mar y el viento comenzó a colarse entre la foresta trayendo aromas desconocidos para nuestras tierras.
El brujo dejó de cantar en el momento exacto en que un trueno nos sacudió dando origen a un inesperado temporal.
Mientras las aguas corrían por los rostros de la tribu que esperaba en la playa y lavaba los cuerpos de aquellos que permanecían en el cementerio, el brujo se llevó un pedazo del cadáver a la boca y procedió a devorarlo, mientras que les indicaba a sus compañeros que hicieran lo mismo.
El festín duró algo más de una hora.
Hora esta en que no dejó de llover.
Cuando terminaron, el brujo juntó a la totalidad de los huesos y se agachó, depositándolos entre los demás.
No se tomó el trabajo de sepultarlos.
Se puso nuevamente de pie.
Imprevistamente, y con una celeridad imposible de ser asociada a un hombre tan viejo, cortó con cuatro secos y exactos tajos las cabezas de los guerreros que murieron sin darse cuenta.
Después, se paró frente al nuevo líder entregándole la filosa arma.
Se miraron por un largo minuto a los ojos.
Caía el agua por sus frentes, resbalando sobre las curtidas mejillas.
El viejo emitió un nuevo aullido.
El joven, cumpliendo una vez más con el antiguo ritual, abrió de arriba a abajo al gastado pecho del anciano que cayó lentamente a sus pies, sobre el barro.


Llovía aún, diez minutos después, cuando la tribu embarcaba en sus canoas bajo el mando del nuevo cacique y la tierra, hecha barro, comenzaba a cubrir el cuerpo del brujo y los insepultos huesos del viejo jefe.


En el inicio, Matilde.


Aquella cálida noche de enero Martín atravesó mi alma con su mirada, dando luz al corazón oculto tras las oscuras murallas del desengaño.
Quedé cristalizada por esos zafíreos ojos, observando como lentamente se acercaban a mí. Entonces pude ver en ellos a Ilúvatar, padre de todas las cosas, creador de la gran melodía; y supe, al fin, que era un Elfo. Un Noldo, el más bello de los Altos Elfos que jamás haya visto, tan hermoso como el canto de Melian en los jardines de Lórien.
Sus oscuros cabellos resaltaban entre la multitud como finos hilos de obsidiana, mientras su gélida figura dibujaba abedules a su paso.
...Y yo apenas una mortal; imaginando que se acerca, me toma la mano y me lleva a recorrer los mágicos bosques de Tierra Media.
Bueno, en realidad sus ojos se acercan, pero ahora se alejan, toman otro camino pero me miran fijo.
Seguro que vuelven.
No, no vuelven, se pierden en la multitud de la que salieron; ya no los veo, se han marchado.
Matilde, vos si que sos una boluda, pensar en la tonta idea de que Tolkien puede ver mas allá, que el alma y los hobbits y que el tipo vive en paralelo, y que la literatura cultiva la mente de los niños, y que...
Volvieron los ojos. Ahora sí se acercan, se paran frente a mí, no dicen nada.
Estoy segura, es un Elfo, un...
- Hola, soy
- ...un Elfo. – Exclamé mientras intentaba decirme su nombre.
- ¿Un qué? – Preguntó desconcertado.
- Matilde, encantada. – Dije esquivando la pregunta – tu nombre es...?
- ¿Elfo?.
- ¿Elfo te llamas?. Es definitivamente un nombre raro.
- ¡No!. ¡Elfo no!. Martín me llamo, Martín.
- Hola Martín, un gusto. Yo soy Matilde, creo que te lo dije.
- Si... si, me lo dijiste. No suelo olvidar un nombre cuando me lo dicen. Lo que paso es que me llamaste Elfo y yo no soy ese. Tal vez estás acá perdiendo el tiempo conmigo y el Elfo ese está en otro lado.
- No, jamás perdería el tiempo. Y perdón por lo de Elfo lo que pasa es que sos tan parecido a uno que no pude evitar la comparación.
- Así que soy parecido a un Elfo. Y que clase de animal es ese.
- ¿Perdón?. ¿Animal dijiste?. ¿Me vas a decir que nunca leíste a Tolkien?
- Sí, algo. Pero no suelo escuchar a Zeppelin.
- ¿Y que tengo que ver con un Elfo de esos?. Soy lo menos parecido a un Elfo que conozco.
- ¿Y que conoces?.
- Conozco algo sobre el anillo que se robó el enano ese.
- Bilbo.
- ¿Bilque?
- Bilbo. Imagino que vos llamas “el enano ese” a Bilbo.
- Si, acaso no es un enano.
- No precisamente. Pertenece a la gente pequeña pero no es un enano, es un Hobbit.
- Bueno; hobbit, enano, es lo mismo.
- No te creas, puedo darte un listado enorme de diferencias entre ambas razas.
- Hacelo, estoy ansioso de conocerlas.
- No lo creo, te quedarías dormido antes de que llegue a la mitad.
- ¿Tanto conoces de la obra de ese escritor como para dar tantos detalles?.
- Te diría que la conozco casi toda. Puedo contarte lo que desees de la mayoría de los personajes.
- Porque son amigos tuyos, ¿no?. – Dijo con sonrisa burlona -
- No, señor gracioso, no son amigos míos. Conozco sus hazañas solo a través de libros; aunque me encantaría que lo sean.
Comenzaba a molestarme su tonito sobrador, y a decir verdad, me sentía completamente decepcionada por su comportamiento infantil.
- Contame entonces. ¿Vos crees en eso?.
- ¿En que eso?.
- En eso de los elfos, los hobbits y la tierra que vaya uno a saber de donde la sacaron.
- Por supuesto que creo, pienso que todo es posible hasta que se demuestre lo contrario.
- Claro. Solo falta que me digas que tu tío es un duende y tu abuela es un hada que contrajo matrimonio con algún arcángel aburrido de darle consejos a Dios.
- ¿Perrrrrrrrdon?. Creo que no escuché bien. ¿Decías algo de mi abuela?.
- No, no decía nada.
- Entonces me debe haber parecido.- dije mientras pensaba en la forma más dolorosa de asesinarlo.
Sí.
Asesinarlo.
Porque nada le daba derecho a comportarse de esa manera, y echar por tierra toda mi teoría a cerca de que era un elfo.
Había dejado de comportarse como tal, y ahora lo hacia como uno de esos reos que los benditos conquistadores subieron a sus carabelas para que les hicieran compañía en su viaje al mas allá; Y que luego se encargaron estafar, ultrajar y asesinar a civilizaciones enteras.
- Seguro.
- Bueno, ahora contame vos. Que tal estuvo tu viaje.
- ¿Mi, viaje?.
- Sí, tu viaje. Muy mal lo de ustedes, llegar a una tierra que no conocen y estafar a sus habitantes cambiándoles espejitos por oro. Eso no se hace. – Martín deseaba asesinare pero estaba atónito – Espero que ahora seas una persona honesta.
- Disculpame, pero no te entiendo. – Claro que me entendía, pero no quería darse por enterado -.
- Digo que té mantenes muy bien, teniendo en cuenta que a la mayoría de tus compañeros se los puede encontraren museos.
- ¿Que decís?.
- Que me tengo que ir, deje al “Nazgûl” esperándome.

Entonces di media vuelta y fui al encuentro de Lucrecia, dejándolo ahí parado sin comprender ni una sola palabra.


De Darío, Bárbara y Katia


Salí cegada por la locura de la casa de Ana, donde entre paranoias y whisky barato había pasado los últimos tres días. Hacía frío y llovía, la pobre me prestó un piloto rojo y unos guantes de abrigo negros. Tenía que volver, pedirle explicaciones. Sabía que a él lo único que le importaba era conseguir como prolongar su vicio, ni siquiera tenía en cuenta la furia del jefe que tarde o temprano se desencadenaría por su falta de lealtad. La traición que resplandeció con la furia devoradora de su cuerpo y de su alma corroída.
Caminé bajo un temporal intenso de soledades púrpuras, pensando como se desata la tormenta del desconsuelo y la locura. Llevaba la boca seca, el corazón agitado. Las pupilas fijas en algo que no podía ver: la venganza sólida a las promesas descartables que cubrían de cenizas de lo que fue el amor. Mis lágrimas amargas se mezclaron con la lluvia ácida de polvo claro que acelera los actos y oscurece las ideas.
Al entrar en el mísero departamento recordé cada uno de los detalles que me habían llevado a tomar la decisión de abandonarlo. Tres días antes, al regresar del trabajo (Cantaba tangos en un local nocturno que era propiedad de El Jefe); encontré a Darío Mascatte, mi hombre, revolcándose con Bárbara.
Entonces, sin poder decir nada, me fui.
Sabía que era un manejo de él. Años atrás me utilizó a mí de manera similar. Se valió de toda una cadena irresistible de seducción para tratar de convertirme en una drogadicta.
La noche, mi profesión y el lugar donde la ejercía corrían enteramente en mi contra. En aquel local eran habitúes comunes los cocainómanos. Tango, champán y alegrías efímeras acompañaban los compases. Afuera, los militares se ocupaban de cosas más importantes para la moral y la patria a cambio de un buen dinero extra que recibían por el silencio y la tolerancia.

Darío finalmente consiguió, después de muchos “no”, aquel “si” que fue mi entrega total a él y a “eso” que yo hasta el momento desconocía.
A “eso” que convierte a los cobardes en héroes de mármol.
A los hombres introvertidos en Démosteles.
A los hábiles amantes en marionetas de hilos cortados. Y a esas marionetas, en salvajes sin Dios.
A los ojos enamorados que tuve, en cristales turbios asomados a sus cuencas consumidas.
Al abrazo de pasión en la necesidad imperiosa de ya no escucharlo. Exigir soledad, silencio, penumbra, para embeberme de vacío.


Usando toda su astucia, se procuró diariamente su cuota de vicio. Yo pagaba, para evitar que él se apoderase de mi parte.
Así también fascinó a Bárbara. Su propósito no era ella en sí, sino que de ahora en más no iba a tener que depender de las escasas monedas que yo podía traer.
Ahora él ni siquiera tenía que salir a comprar, porque Bárbara además de ser una adicta irrecuperable, era la mujer del narcotraficante más poderoso de la ciudad.
Darío evidentemente ya no pensaba, si lo hubiese hecho tendría que haber sentido miedo; ese mismo miedo que yo sentía.
De El Jefe nadie se burla, y mucho menos le mexicanea su mercancía.
Por eso era quien era.
Por eso todos lo conocíamos como El Jefe.


Abrí la puerta herrumbrada del pasillo, y al pasar tuve certeza de que Darío estaba en casa. Siempre pude oler su presencia. Porque tiene un perfume húmedo como el del sexo. Al sentirlo, la garganta se me seca y las manos transpiran. El corazón se acelera y el deseo obliga a renunciar a la razón.
Escuché gritos en el cuarto. Entré en la cocina, y desde allí vi que en la puerta de la habitación había un hombre parado empuñando un arma. Lo reconocí, era uno de los sicarios de El Jefe. Se oyó un disparo, y el hampón fue abatido. Me quedé quieta. Escuché los gritos de Bárbara y la voz enloquecida de Darío. Caminé sigilosa hasta el umbral de la puerta de la habitación. La furia gobernaba mi cuerpo. No lo pensé, no quise hacerlo, pero como ya dije, pasó. Levanté el arma del herido que cayó a un escaso metro de mí; el cual, mientras tanto, estertoroso se desangraba. Entré en la habitación y les disparé indiferente a los amantes, ante sus miradas sorprendidas de terror.
Salí del cuarto de los enamorados que para siempre se amarían en una danza de sangre vicios y traiciones. Pasé a la cocina donde deposité el arma en el mismo lugar y de la misma forma donde lo hube hallado.
Corrí por las calles toda la noche sin rumbo alguno.
Era una homicida y no tenía donde esconderme. Recordé de pronto donde vivía mi madre, pero era muy tarde ahora para volver. Ella siempre supo que mi historia con Darío terminaría mal. Y juró que si me iba con él, Ella actuaría como si yo hubiese muerto. Y así lo hizo.
Esa casa nunca fue un buen lugar para mí, y mucho menos lo podía ser después de haberme convertido en una asesina.
Sentía sed pegajosa, la garganta dolorida, y la saliva espesa; seguía lloviendo y mi lengua empastada de resaca salía desesperada a buscar las heladas gotas de agua que insensible esparcía la tormenta sobre mi rostro. Seguí caminando hasta que el nuevo día me dio su s saludos hechos truenos. El cansancio y la debilidad se confabularon en el sueño que me sorprendió en un banco de una estación de ferrocarril.
Las imágenes vividas, en la decadencia de mi psiquis se desparramaban, como en un calidoscopio hecho pesadilla.
El bullicio me ensordeció. La tormenta había huido para convertirse en lágrimas de madres que cubren canas con pañuelos blancos, y un sol esplendoroso brillaba con la fuerza de la fiesta del pueblo.
Estaba sentada en el anden de la vieja estación de Tigre, y desde todos lados, se escuchaba la misma voz. Porque toda televisión y toda radio estaban sintonizadas en el mismo dial transmitiendo desde el Congreso de la Nación:
-“Yo, Raúl Ricardo Alfonsin juro por Dios Nuestro Señor y por estos Santos Evangelios desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de Presidente de la Nación. Y observar, y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación Argentina”.
Yo no recordaba como había llegado, mucho menos podía recordar que aquel día todo el país estaba de fiesta. Una fiesta, que enterraba masacres y prometía libertades, derechos. Una fiesta que derrocaba a las represiones, los exilios. Y que con ella se daba una vuelta de hoja en el libro de la historia argentina.
Hombres, mujeres y niños empuñando la bandera de la patria como sólo antes, una vez, lo vi hacer. Pero en una ocasión muy distinta: Aquella vez, la ignorancia de creer en unos señores de botas y Falcon, locos por el poder y la falsa dignidad nos habían llevado a la muerte, es decir, a la muerte síquica de un pueblo que había agotado todo. Y a la muerte física de muchos inocentes hermanos que engañados fueron llevados a una tierra inhóspita con la sola misión de devolver a la patria un pedazo perdido de tierras en el medio del océano.
-“Las Malvinas son Argentinas” –dijo el Comandante en Jefe del Ejército. Y hasta los pocos zurdos que habían quedado le creyeron. Pero esta es otra historia, vuelvo al 10 de Diciembre de 1983:
Seguía mareada, el cansancio restringía el funcionamiento de las pocas neuronas que aún tenía sanas. En voz alta comencé a pensar sin darme cuenta que a mi lado se había sentado un anciano, que en lugar de llevar en su mano una bandera como todos los demás, llevaba una caña de pescar barata.
- Tengo que salir de acá. Y si me tomo una lancha...
Hasta ver que es lo que puedo hacer con mi vida.
¿Con qué compro el pasaje si no tengo ni una moneda?
- Señorita- dijo el hombre-
- Ahora sí que estoy cagada.- Seguí hablando sin escucharlo-
- Señorita. – Insistió- No sé que es lo que le haya ocurrido pero tiene una cara terrible.
- Vea, estoy bien jodida.- contesté murmurando-
- Tranquila, que lo único que no tiene remedio en la vida, es la muerte. ¿Por qué no se calma?
- No puedo, tengo que desaparecer sino estoy lista.
- ¿Por qué tendría que desaparecer alguien justo hoy? A partir de hoy, todos los que se fueron y pueden volver, volverán.
- Hice algo muy malo. – le dije al oído- Necesito irme lo más rápido posible a algún lado para pensar, no tengo ni un solo peso y no sé robar.
- Soy jubilado, no le puedo prestar dinero, pero si lo que necesita es un pasaje de lancha, aquí tiene uno. –Me lo mostró-
Lo miré desencajada, y mientras él extendía su mano con el boleto, yo alejaba con desconfianza la mía.
- No se asuste mija. Es un simple pasaje. Yo todos los sábados, como no tengo otra cosa que hacer desde que mi Clara murió, me tomo la lancha, me bajo en cualquier muelle abandonado y me pongo a pescar a la vera de algún arroyo perdido.
- Usted no será policía ¿no?
- No, piba. Te lo regalo por que te veo mal y un poco de tranquilidad te va asentar bárbaro. Yo voy todos los sábados, por eso vine. Sábados hubo, y habrá muchos, pero como este, créeme, ninguno. Quiero quedarme a festejar, por que vale la pena. A mi Clara le hubiese gustado ver esto. A mi querida Clara que escondía los libros prohibidos que había leído en su juventud bajo el piso de pinotea, le hubiera gustado estar aquí. Por eso me quedo. La lancha sale del muelle cinco dentro de quince minutos.
El pasaje está pago hasta el Canal San Ginés y el Arroyo del Cementerio. Es un paraje tranquilo. Un par de cacitas, árboles, río, camalotes y barro.
- Gracias. Si alguien le pregunta...
- Nadie me va a preguntar por vos, por que yo nunca te vi.
Y si decir más desapareció entre el desorden afable, que había por fin ganado las calles, después de tanto orden fratricida.
Llegué al muelle indicado corriendo, con las últimas energías que me quedaban y tuve la precaución al subir de pedirle al lanchero que me avisase donde debía bajarme, pues no tenía la menor idea donde iba.
El sol del verano próximo ya sé hacia notar, volcando sus mágicos reflejos sobre las aguas pardas del delta.
Apenas nos alejamos del Tigre la sensación de paz anegó mis angustias. Podía pasar cualquier cosa en el mundo, pero a este lugar, nada le hurtaría la tranquilidad habitual que reinaba desde el principio de los tiempos.
La gasolinera navegaba con unos pocos pasajeros que nos habíamos aventurado aquel bendito domingo a internarnos en la maraña acuática de ocres juncales. Eran en su mayoría isleños que regresaban a sus hogares. Ese día en especial no era un día para hacer turismo en rincones solitarios, ese 10 de diciembre era un día histórico para todo coterráneo, un día que debía ser festejado con toda dignidad, para no volver a sentir vergüenza de ser argentino.
A partir de hoy todo cambiaría, y de manera irónica, esa libertad que todos veían renacer, para mí había muerto definitivamente y nada ya podía resucitarla. Porque, aunque pudiera, como pude, evitar ir a la cárcel, estaría siempre presa de mis culpas.
Tome conciencia durante el viaje, mientras con los ojos entrecerrados espiaba el paisaje silencioso que sólo temblaba ante el estruendoso motor de la lancha, que a pesar de todo había tenido suerte: con tanto jolgorio, tanto cambio en el gobierno y hasta que, los funcionarios públicos dejasen de felicitarse y se organizaran, por que esto, en nuestro país pasa siempre gobierno militar de por medio o constitucional, yo tendría tiempo suficiente para esconderme bien. La burocracia por una vez en la vida jugaba a favor de alguien.
Debo de haberme adormecido, porque lo siguiente que recuerdo es la voz del lanchero diciéndome – Señorita, llegamos-
Desembarqué en el muelle, bastante mal tratado por el correr del tiempo y las aguas. Era tal como me había dicho el viejo: un par de casas sobre el arroyo lateral, río, soledad, silencio verde y barro.
“No pasaré desapercibida aquí”- pensé-
Si alguien vive en esas casas seguramente saldrá a recibirme. “¿Qué diré?”.
Y como lo previne, antes de que pudiese pisar tierra, Matilde como supe después que se llamaba, salió de la casa que estaba más cerca del canal San Ginés.
- Hola- dijo la mujer.
- Hola- contesté mientras pensaba como justificar mi presencia en el lugar.
- Vos debes ser esa amiga epistolar que tiene Carlos. Él en alguna ocasión me ha hablado de vos.
¡Qué pena!, Carlos va todos los Domingos a la escuelita.
- ¿Así que te habló de mí?
- Sí.
¿Cómo té llamás?, Que no recuerdo tu nombre.
- Katia – respondí ante mi propia sorpresa.
- Katia, soy Matilde, la vecina de Carlos
- Hola. - inmediatamente le pregunté a la mujer- ¿Tenés idea a qué hora regresara Carlos?
- Siempre vuelve antes de que caiga el sol. Su casa está abierta, aquí todas las casas están abiertas, estoy segura que se pondrá muy feliz de verte, en la casa.
¿Querés tomar unos mates mientras esperas
- Bueno...
- Vamos para lo de Carlos.
- ¡Matilde!-llamó un hombre desde su casa
- ¿Me perdonas?- dijo- pero Martín me está llamando. Pasá y hace de cuenta que es tu casa.
“Seguro. Comida, una cama”- Pensé- “al menos por un rato, descanso y cuando esté por llegar el dueño de casa me voy”
- Si voy a entrar, realmente estoy cansada. El sol y la humedad me están matando.
- Si necesitas algo estoy acá, sólo tenés que pedírmelo.
- Gracias.
Matilde entró en su casa, y yo en la de Carlos, las cuales estaban separadas unos cincuenta metros, por unas ligustrinas prolijamente cortadas.
La casa humilde se levantaba sobre palafitos, al igual que todas las casas de la zona. En la entrada había una especie de pequeño patio cubierto por un techo de chapa. Las paredes eran de material y el piso de madera gastada. Los pequeños ambientes eran cuatro, y olían a humedad, pero no a una humedad rancia como huelen los departamentos viejos de la ciudad, sino que olían a una humedad verde, como la esperanza, como la fuerza del espíritu revelándose a la adversidad de la tierra traicionera. Que es tierra, río y barro, donde no se puede esperar mucho, porque principalmente los frutos de este suelo son devorados por las crecidas, o muy mal pagos, tanto que los isleños más de una vez por dignidad prefieren tirar sus cosechas al río y pasar hambre que regalar sus cultivos.
Desde el patio se accedía al comedor, en el centro del cual había una mesa de madera cubierta por un mantel de tela plástica, a su alrededor se ubicaban de manera ordenada cuatro sillas rústicas, y sobre una alacena que estaba al costado descansaba un sol de noche.
Sobre cada una de las paredes había una puerta, dos de ellas llevaban a las habitaciones, ambas amobladas humildes, pero limpiamente. Y la otra puerta era la entrada a la cocina. Allí, debajo de la ventana que miraba al monte se encontraba una antigua cocina económica. La cual daba la impresión que debía de haber sido abandonada hace mucho tiempo por un minúsculo anafre a garrafa que estaba apoyado sobre una pequeña consola. A un costado la mesada, donde estaba hundida una antigua pileta que se coronaba por un grifo más antiguo aún. Frente a la pileta se encontraba el potabilizador de agua, que no era otra cosa que una gran vasija de arcilla sostenida por unas finas pero fuertes barras de hierro, en donde se depositaba el agua del río y se lo filtraba para recogerlo en una hoya que se apoyaba sobre el piso. A un lado del potabilizador de agua estaba la heladera a kerosén. Y por último advertí una puerta sobre el piso, la cual supe después, bajando una precaria escalera llevaba al baño, que no era más que una letrina a nivel del río.
Inmediatamente que hube observado el panorama abrí la alacena en busca de alimento. Allí encontré una bolsa de galletas de sémola que fueron un manjar para mi estómago famélico.
El alimento entró en mi, rayendo mis entrañas como era normal que ocurriese después de tantas horas de descontrol. Luego me acosté, tratando de sincronizar mi reloj biológico para despertarme antes del atardecer. Pero por bien o por mal no conseguí hacerlo hasta que sentí la mano áspera de Carlos sobre mi mejilla.
Abrí los ojos y observé los suyos inundados de sorpresa.
- Yo... yo... yo..., puedo ser muy inorante, pero estoy seguro de que vos no sos la guaina que de vez en cuando me escribe de los Bueno Aire- dijo con seguridad.
- No soy, pero quédese tranquilo, no le robé nada. Ya me voy. Lo único que hice fue comerme algunas de sus galletas y dormir un rato por que lo necesitaba. Le pido disculpas. No le causaré más molestias.
- Terminé de decirle mientras trataba de ponerme en pié.-
- No te va’a ir, no estás bien.
- Si señor, usted ya hizo demasiado por mí.
- No hice nada. Así como estas no te podé ir.
Y ¿a dónde va’a ir?
Acá de noche no hay mucho lugar pa’ ir. La última lancha ya pasó hace rato.
Yo... yo... yo..., puedo ser muy inorante, pero si estás acá es porque no tenés a donde ir. Tenés la cara como la deben tener todos los Cristo que salen del infierno. Ahora dormí. Mañana cuando estés mejor, sí querés hablamo.
- ¿No va a llamar a la policía?
- No, creé.
- Por creer en un hombre me fue como me fue.
- Te doy mi palabra de honor. No quiero que sé vaya’a ir, acá la soledá te hace la vida amarga. Vos sos un poco de azúcar pa’ endulzar tanta tristeza.
Quedate.
Asentí con la cabeza, y pensando que cosa peor a lo que ya me pasó podría pasarme, me dormí.
La mañana me encontró más tranquila, una orquesta de calandrias y grillos osaron despertarme.
En la casa reinaba el silencio, el silencio que se percibe cuando uno está solo.
“Este es un buen momento para desaparecer”- pensé-
Y me levanté convencida. Al entrar en el pequeño comedor pude ver sobre la mesa un plato con tostadas, un frasco de mermelada de ciruelas, un termo y un mate preparado. Todo estaba ordenado prolijamente sobre una bandeja de latón, y a un lado de esta había una esquela, escrita cuidadosamente con letra infantil que decía así:

catia o como sea tu nombre soy jardinero y tuve que salir a trabajar esperame me gustaría poder ayudarte esta isla ya te a acetado y quisiera contarte como pasó desayuná bien que te hace falta cuando el sol esté arriba de tu cabeza vuelvo sí necesitá algo pedile a la matilde o al martín

carlos


Aquel ingenuo hombre invocó en mi al mismo tiempo la ternura y el misterio.
“¿Cómo puedo explicarme que alguien se preocupara por mí desinteresadamente?, y ¿Qué era eso que me explicaría personalmente sobre la isla?”
No tenía mucho que perder,
“¿Qué mal hacía en quedarme?
No parecía un degenerado.
Si hubiese querido propasarse, ya lo hubiera hecho.
No parecía un buchón.
Si me hubiera querido mandar presa, la Prefectura ya me hubiese venido a buscar”
Mientras cavilaba sorbía los amargos con placer. Ese placer que había olvidado.
Por que no quiero confundir. Uno muy pocas veces se droga y siente placer. Eso sólo ocurre cuando la paz domina a la razón y a los sentimientos. Por lo tanto casi nunca ocurre.
Uno generalmente se droga para escapar de algo, y escapa. Pero no puede escapar de la paranoia que produce el estar drogado. Un círculo vicioso. Uno puede escapar de cualquier cosa, menos de uno mismo.
Entonces el placer se esfuma, y el no poderlo encontrar hace que uno se declare la guerra a sí mismo, y se interne en un camino lodoso cuesta abajo, hasta llegar al abismo de los abismos. La muerte siempre tarda en llegar, para hacer de la agonía una locura, pero finalmente llega. El espíritu se degenera tanto que se rinde, y decide de una vez por todas abandonar, abandonarse.
Aquí no se perciben motivos para escapar de nada. Aquí todo huele a paz y a soledad. Una soledad propicia para encontrarse con uno mismo. Esta era en definitiva la posibilidad que Carlos me estaba brindando, y aceptar ayuda es el primer paso que uno tiene que dar, para cambiar algo que solo no puede.
Comí las tostadas y agoté el termo.
Me sentí confiada. Debía esperarlo, y lo hice. Supe entonces que debía de alguna forma mostrarle agradecimiento por su trato. Por lo tanto revisé la cocina, y con lo poco que encontré, logré hacer un buen tuco y preparé una fuente de fideos.
A las doce en punto Carlos traspasó el umbral de la puerta.
- Katia- llamó- así te llamá.
- Sí, ese es mi verdadero nombre.
- Ahora sé que tenes que quedarte. Tu salsa tiene el olor que tenía la que hacía mi viejita.

Sus ojos se entristecieron. Y su ternura niña hizo que por fin observara sus facciones:
Tenía el rostro redondo y oscuro, ojos de barro y cabello lacio noche peinado hacia un costado. Cincuenta años sombríos hubiese cantado su documento si tenía, lo más probable es que ni siquiera lo habrían anotado. Si alguna vez hubiera sonreído lo hubiera hecho con una sonrisa plana y gruesa. Si alguna vez había llorado, lo hubiera hecho en silencio.

- Le parecerá, es pura añoranza- contesté.
- No. Y no es casualida. Es así, por que debe ser así.
- ¿Hace mucho que murió su madre?- Pregunté mientras servía la comida-
- Mucho. Esto está muy rico.- dijo refiriéndose a los fideos y continuó la historia.
Nunca supe quién fue mi papá. Sé que nací acá. Pero cuando la viejita vivía la casa era una tapera de madera y cartón.
- ¿Y cómo se mantenía su madre sola, en este lugar tan difícil?
- Trabajaba en la casa grande, donde vivía un señor rico con su familia. Pienso que cuando yo era un crío me llevaba con ella, pero no sé, no me acuerdo. Sí que me acuerdo que cuando fui mayor, hablo de cuando tenía siete o ocho año, yo me quedaba en la casa solo mientras ella iba a trabajar. Porque en la isla uno no se puede dar el lujo de se chico, acá siempre hay que sobrevivir, y pa’ sobreviví hay que trabajar. De eso no me quejo porque aunque acá aiga que trabajar siempre uno se cría sin la malicia de la ciudá.
Cada mañana cuando salía el sol ella agarraba el viejo bote y se iba pa’ la casa grande. Volvía ala tardecita con la fresca.
Un día amaneció la viejita muy dolorida, se quejaba mucho, pero igual se fue. Yo la quise acompañar, pero ella no quiso. Dijo que me quedara a pescar algo pa’ comer ala noche, porque no teníamo nada y que no me preocupara porque en la casa grande la iban a ayudá. Pero no pudieron. Yo tenía trece año.
Después el dueño de la casa grande, pidió hablá con migo, me contó que pa’ podela salvar la tendrían que haber llevado al hospital pa’ operarla, y quisieron llevarla, pero se murió antes de llegá.
A mí si me ayudó el señor. No sé por que lo hizo, pero me ayudó.
Me dio trabajo pa’ arreglar su jardín y me pagaba bien, mientras aprendía un oficio. Con esa plata que ganaba fui de a poco arreglando la casa.
Unos años después el señor de la casa grande se murió y los hijo vendieron la casa grande.
Conseguí pronto otro jardines que arreglar, más chicos, porque nunca hubo ni habrá un jardín tan grande como el de la casa grande.
- Sos un buen tipo. ¿Te puedo tutear?
- Sí, me parece raro eso del usté, a mí nunca me trataron de usté, no me gusta mucho. Aleja a la gente y yo quiero con todo respeto que estés cerca.
No te vas ¿no?
- Te prometo quedarme unos días si me explicas ¿qué es eso de que la isla me a aceptado?
- Bue... é una historia larga.
Yo, yo, yo,... puedo ser muy inorante, y esta puede ser una historia que te parezca de inorantes, pero créeme que es la pura verdá.
Mi viejita que el Dios la tenga en su santa gloria, vivió mucho aquí, porque fue el único lugar que la acetó. Y digo esto porque era una vergüenza en esos tiempo parir siendo soltera.
Pero voy a tratar de esplicarte mejó:
Cada ves que alguno de afuera viene a parar acá, si no quiere que la isla lo eche tiene que haber vivido un gran sufrimiento que lo llevó a hacer algo malo, pero no porque esa persona sea mala, sino porque la hicieron mala.
Y a vos la isla no te echó.
- Pero ¿cómo me va a echar la isla?
- Cuando viene alguien, y la isla no quiere que se quede, al rato que el extraño pone los pié en la isla se levanta un fuerte viento del sú, después una gruesa niebla que asusta, y por fin después los pájaro empiezan a cantar diferente. En verdá no cantan, sino que es como un bramido y te puedo asegurá que asusta tanto que uno no quiere venir más.
Me gustaría mucho que cuando vos quieras me conté ¿por qué la isla a vos no te echó?
- No me echo porque soy una asesina.
- Cuanto mal te habrán hecho pa’ que vos con esos ojo tan sinceros hayas podido matar a alguien.
- No maté a uno, sino a dos. Maté a mi hombre y a la que se revolcaba con él en mi propia cama.
- Só demasiado inteligente pa’ matá por malquerencia.
Yo...yo...yo..., puedo ser muy inorante, pero una guaina como vos tiene que tener otra causa más fuerte pá’ matá.
- Darío me usó siempre. Yo lo amaba, y desde el primer momento lo complací en todo, incluso como él era un drogadicto perdido yo comencé a drogarme para estar mas cerca de él, sin darme cuenta que Darío me había llevado a la droga para que yo de esa manera me viera en la obligación de comprarla y como él tenía ese poder para convergerme de todo se la comprara también a él. Los maté por que esa mujer con la que él me engañaba era la esposa del narcotraficante más poderoso de la zona, y cuando lo vi con ella me di cuenta de que me había usado todo el tiempo como ahora pretendía usarla a Bárbara, para con sus favores obtener lo único importante para él, la droga. Sin tener en cuenta que Darío mismo trabajaba para aquel narcotraficante, El Jefe.
¿Todavía querés que me quede?
- Sí, porque te pasó algo parecido a lo que le pasó a mi viejita. Cuando un hombre se burla de una muje, siempre tiene un lugar en esta isla.
- Y a vos¿ porqué te acepto la isla?
- Creo que se acostumbró a mí, y me adoto como hijo despué que la vieja se me murió.
- Seguro queres que me quede.
- Por favó quedate.
- Gracias, amigo.
Voy a lavar los platos.



Y así fue como llegué a estas soledades, para purificar con aguas de ríos pardos las negras manchas de mi conciencia.



Ultimo Cielo

Camino despacio por mi cuerpo,
buscando la esencia del sol acabado.
Preludio gris del acto falso;
lluvias de enero.
Jalando de esta paradoja inútil.
Amalgamando sueños,
surcando desventuras.
Tras aquel recuerdo
de mariposas besando el rocío.
Y descubro tus ojos de viento arrasando al mundo
y ya no queda nada.
No queda el día ni el después,
solo el opeaseo otoño
pastando en el umbral vacío.



La vida según Katia

El aroma del café humeante rejuvenece el pasado: Mis mañanas adolescentes. Mis sueños frescos. La piel lozana. Los ojos encendidos. Los tilos en flor de aquellos veranos, perfumándome la badana virginal, que garantizaba, una vida hogareña, tal como la que todo padre sueña para su hija.
Y el deseo...., una sensación hasta entonces desconocida, empezaba a jugar en mi contra.
El bar de mi padre era mi casa. Yo, la princesa de aquel reino, en donde los lacayos bebedores soñaban con despertarme de mi onirismo inocente con sus besos acres de resaca.
Nunca tuve demasiados amigos. Ni me sentí cómoda con cualquiera ni en cualquier lugar. Pero para mí esta esquina de Martínez fue diferente. El local era tan antiguo que dicen los que sabían y contaban, para aquella época, mas de ochenta bien vividos, que en los primeros tiempos, al lado del bar tenía un taller de herrería un tano, que se ocupaba entre otras cosas de herrar a los pura sangre de los studes vecinos. Había un palenque de palmera en la entrada del café, donde los vareadores abandonaban sus pingos, y mientras ellos se tomaban unos copetines el itálico hombre le dejaba nuevos los zapatos a los caballos. A ambos lados de la calle de tierra corrían unas zanjas profundas a manera de acequias, donde drenaban sus aguas servidas las pocas casas de la zona. Cuando se desataba alguna tormenta, la esquina, por estar ubicada en un lugar bajo, como lo era toda la antigua calle Posadas se inundaba y por lo tanto más de un borracho murió ahogado, según contaban.
Y ese era mi refugio, donde la vieja radio, resucitando la voz de Julio Sosa, o dándole aire al fuelle manso de Troilo, acompañaba mis horas tímidas. Allí nacieron mis primeras poesías caneras escritas con la 303 que me regalaron cuando hice la primera comunión. Un poco de charla con gente de la calle, y un poco de talento, o imaginación en todo caso para ordenarlas fue lo que las originó. Luego aquellos poemas convertidos en tangos y milongas por un buen amigo mío, nos dieron de comer durante años a Darío y a mí.
Yo vivía y amaba el lunfardo, esa era una de las tantas cosas que me alejaban de la gente de mi edad. Eso hacía de mí alguien diferente, y lo era, aún lo soy. Por eso en aquel reducto, donde el sonido de las copas y las tazas de café se mezclan con las charlas interminables de los parroquianos, donde la grasitud de la cocina impregna la mantelería andrajosa, yo me sentía desahogada. Esa era mi casa, y discretamente estaba cerca de mi padre quien no se había resignado, ni se resignó nunca de no haber podido tener un hijo varón. Fue sin duda por ello que adoptó sin prejuicios a esos dos muchachos: Julián Ferreira, mas conocido como el Maula Ferreira; de profesión jockey, burrero, bolichero y busca pleitos. Y Ángel Legim atorrante, mujeriego, amigo de la noche y sus tentaciones. Ambos velaban las sombras con vicios mundanos, y dormían las mañanas gastadas hasta caer el crepúsculo. Ambos compartían el hambre y los sueños fáciles que regala la vagancia. Ambos, a pesar de su naturaleza respetaban a mi padre y lo hacían propio, y él por su necesidad insatisfecha no registraba sus faltas y los apañaba, los guarecía en el boliche donde la mayoría de las veces comían gratis.
Yo los admiraba, no por el tipo de vida que llevaban sino por el tiempo que mi viejo les dedicaba incondicionalmente. Ellos me estaban mostrando un camino, el cual yo creía, que bien o mal me llevaba a mi padre, y aunque no estaba de acuerdo y pensaba ciegamente que eran dos vividores, empecé tal vez sin darme cuenta a imitarlos.
El primero que comenzó a dialogar con migo fue Ángel quién encontró por casualidad sobre el estaño una de las poesías que yo había escrito. La ponderó y me invitó a recitarla en un boliche tanguero que tenía un amigo de él. Fui, le gusté al dueño, al público y me contrató para recitar los fines de semana.
Así fue como comencé, de la mano de ellos, a conocer la noche. Si tenían que enseñarme algo me lo enseñaba. Si tenían que avivarme, me avivaban. Y sobre todo si tenían que defenderme, me defendían. No había secretos entre nosotros, pero yo, empece a tenerlos con mi padre. Decía que estaba en casa de alguna amiga, y en realidad estaba recitando poesías lunfardas en un local barato que se parecía mucho a un cabaret. No había nada que temer al lado de ellos, o por lo menos, eso creíamos los tres.
Pasaron dos años, en los cuales mis padres poco a poco se fueron acostumbrando después de muchas discusiones, a que yo durmiese de día y desapareciese de noche. Trabajaba, y en verdad lo hacía, porque en aquel burdel de mala muerte, yo tuve mi primer público.
La madrugada que dejé de recitar en ese lugar por que lo clausuró la policía, el Maula Ferreira me presentó al hermano de su novia, y entonces conocí a Darío, quién desde el primer momento me hizo sentir avasallada, y quién se encargaría luego de construir mi nefasto futuro. Fue quien me llevó ante El Jefe, su jefe, que inmediatamente tras oírme recitar se transformó también en mi jefe, y yo empecé desde aquel momento a trabajar en su local.
Pero dejó ya de contar la repetida historia, para hacer hincapié en el destino de mis amigos, de mis queridos amigos.
Juntos, para divertirnos, juntos para acompañarnos, para defendernos, para escucharnos. Para hacerle alguna trampa a una de esas mujeres mayores, solitarias y adineradas con las que Ángel intentaba saciar el hambre de su estómago y de su sexo. Cuando él se cansaba de ellas, era casi siempre al mismo tiempo que las señoras comenzaban a ponerse posesivas.
Juntos para inventar alguna historia con la cual, Elba la hermana de Darío pudiese escaparse de la casa, para encontrarse con Julián, sin que el padre de ella, borracho congénito, sospechase, y evitarle así a ella una paliza legendaria.
Juntos para hacerme respetar en aquel sucio ambiente, en donde se cree a ciencia cierta que una mujer que trabaja de noche, se disfrace de lo que se disfrace, no es más que una prostituta encubierta.
Y juntos estuvimos también después de que Darío nos hiciese conocer en carne propia la ponzoña del demonio hecha polvo de nieve, que inunda el espíritu, convirtiéndonos en individuos capaces de traiciones, y traicionamos, pero a los otros, nunca a nosotros mismos.
Yo llevaba la sangre del hombre que ellos habían elegido como padre adoptivo; y ellos fueron los hermanos que nunca tuve. Por lo tanto cuando falto el dinero de verdad, la sed y la ansiedad se sumaban subiendo y bajando en una montaña rusa de carencias Julián consiguió un arma en el stud donde a esta altura sólo dormía, porque ya no podía correr más debido a que el alcohol y la droga había convertido a aquel pequeño hombre en alguien absolutamente pasado de peso para trabajar como jockey, y con unos malandras salió a robar. Compartía siempre el botín con nosotros. Yo empecé a darme cuenta de que habíamos tomado un camino por el cual sólo se puede ir para padecer siendo sombra. Y para volver de ese infierno nadie te regala ni te vende el regreso.
El Jefe tenía consideración conmigo, sabiendo que estaba en la mala, que no me alcanzaba lo poco que ganaba en el boliche recitando para pagar los vicios que el mismo me vendía, y enterado de que por esta causa mi padre me echó de la casa, me permitió vivir en el oscuro departamento donde tiempo después ocurriría la tragedia.
Ángel y Julián para este tiempo ya habían tratado por todos los modos posibles de que yo dejase de ver a Darío, querían tratar de salvarme, pero yo no quería. Y como iban a salvarme ellos si no podían salvarse a sí mismos. Los tres padecíamos el mismo mal, y a los tres de la misma manera Darío, que se encargaba de corretearle la mercadería al Jefe, nos había arruinado.
Julián cada noche necesitaba más, y se ponía ciego de furia, hubiese matado a cualquiera con tal de conseguir un papel. Un amanecer, desesperado, le rompió la cara a Darío, que fingió no tener nada que convidarle. Esto empeoró las cosas porque como venganza su cuñado se enteró de una volteada que el Maula estaba por hacer y le mandó a la policía. Ferreira estuvo preso un año. Yo seguí con Darío sin sospechar la traición.
Elba tampoco lo supo, y mucho menos El Maula, que no se enteró nunca, de eso estoy segura, porque si lo hubiese hecho yo no hubiera podido darme el lujo de matar a Darío.
Julián hacía lo que creía que tenía que hacer, y lo hubiera hecho antes que yo.
En cambio yo amaba a mi hombre, y el amor es una barrera que separa lo que se debería hacer, de lo que se hace. Separa a la bronca de la venganza. A la devoción de la autoestima. Al sufrimiento que engendra la compañía aberrante, al temor vacío de la soledad.
Dicen que amar es todo lo que los humanos necesitamos para ser felices. Sin embargo el amor nos pone débiles. Y si la felicidad está en la debilidad, yo no la he hallado. Siempre hay uno que es menos débil, el cual explota al otro. Así, el menos débil se transforma en fuerte, y el más débil en un infeliz.
Por aquel año Elba dejó de ver a Julián, no por que ella no hubiera querido irlo a visitar, sino por que su padre, por una razón se lo había prohibido, y su hermano, por otra, y aprovechando su ingenuidad hizo lo imposible para que ella no se encontrase con él.
Pero Julián que se disfrazaba con su agresividad era sin duda el más débil de los tres, y no se resignaba a vivir en prisión, y mucho menos a estar sin mujer.
Por aquel tiempo apareció Adriana, que era la prima mayor de Julián, una mujer ya separada y que no temía perder la dignidad, de la cuál se aferraba el padre de Elba para prohibirle ver al Maula, por que la había perdido hacía ya tiempo. Ella comenzó a visitarlo en la cárcel, y este cuando quedó en libertad se fue a vivir con ella convirtiéndola así ante la mirada exasperada del barrio en su concubina
Julián nunca le perdonó a Elba aquella ausencia, la amaba, de eso puedo dar fe, pero sintió aquel alejamiento como una traición, y si al Maula lo traicionabas no podía perdonarte más.
Adriana era tan adicta como Julián por lo tanto se había formado la pareja perfecta, que perfectamente y en el menor tiempo posible se transformaron en demonios que habían vendido sus almas a su propio “diablo blanco”. Hicieron cualquier cosa para conseguir cocaína. Robar, estafar, vender, preparar, cortar. Y cuando digo cualquier cosa lo digo en el sentido literal, porque hay muchas más bajezas que uno es capaz de hacer por conseguir un gramo, las cuales no son penadas por la ley, pero si por la conciencia, y esto lo digo por experiencia propia, porque la conciencia es un juez ecuánime, imposible de sobornar.
Así, hicieron todo lo que se podía hacer, y un día, o una puta noche, no recuerdo bien, se les fue la mano, y mataron a un hombre que al parecer, como se dice en la calle, se quedó con un vuelto. Pero no fue que lo mataron como maté yo, de frente, sino que encerraron al tipo en el rancho donde vivía, previamente lo ataron y lo rociaron con alcohol de quemar y luego prendieron fuego todo. Aquel hombre tenía cinco hijos para ser vengado como el auténtico mafioso que era.
Una tarde entró en la villa donde vivía Julián un Falcon verde, igual a todos los Falcones verdes que caminaban las calles del país por aquella época. Arriba seis hombres con traje de fajina, armados con fales y escopetas. Julián y Adriana dormían el cansancio de varias noches sin poder cerrar los ojos. Aquellos tipos disfrazados de militares pararon en el acceso ala casucha. Se abalanzaron sobre la puerta mientras la pareja se despertaba. El Maula no tuvo tiempo para agarrar el revolver que dejaba siempre debajo de la cama. Resumen: los arrastraron de los pelos, mientras los pateaban en el estomago. Los vecinos se asomaban por las ventanas de las casillas pero nadie se atrevió a interferir. Después uno de ellos me confesó haber reconocido a Juan, el hijo mayor del asesinado, entre los hombres del grupo comando.
A Julián lo metieron en el baúl, y a Adriana la apretujaron entre golpes y manoseos dentro del Falcon, y como no se quedaba quieta le pegaron un culatazo en la nuca y la desvanecieron.
A la mañana siguiente, verdaderos militares encontraron sus cuerpos. Sentados, atados el uno contra el otro en el borde de una ruta poco transitada en el Gran Buenos Aires. Un tiro en la sien de cada uno de los primos terminó con la miserable existencia la que se habían aventurado por amor o traición, por vicio o por desamparo. Por que nadie los pudo ayudar, ni siquiera Ángel, ni siquiera yo. Todos sufríamos tanto en carne propia la miseria que crea el vicio que uno no puede ayudar a nadie, ni siquiera puede ayudar a un hermano como lo era Julián para mí. Y la muerte del Maula las acredito en la cuenta de culpas y traiciones de Darío, el cuál inició esta historia.
Jamás hasta hoy me atreví a repetir esto. Es hora de que se sepa, habrán cambiado muchas cosas en el país desde aquel día hasta hoy, pero sé que otras cosas no van a cambiar nunca.
Mientras Julián estaba en la cárcel, Ángel tuvo en cierta forma que tomar el toro por las astas. Si bien en su casa nunca falto de comer, por que su padre con el stud había solventado todos los gastos, en aquel momento las cosas cambiaron.
El viejo de Ángel falleció. Todo se iba en banda.
Mi amigo, gracias a que Julián ya no estaba cerca y yo estaba tan ocupada con Darío, dejó relativamente la mala vida. Además, no tenía dinero, y él como ya lo dije puede ser muy hábil para mentir o hacerse el galán, pero no sabía robar, y mucho menos lo iba a hacer después de lo que le pasó a Julián.
Por aquella época había puesto los ojos en una mujer joven, la primer novia que le conocí, y la última, porque amantes tuvo, tiene y tendrá pero Marina fue su única novia, porque después de algún tiempo se casó con ella. Recuerdo que sentí celos de Marina. Ella tenía apenas un par de años más que yo y sin embargo lo estaba cambiando. ¿Cómo?. La fuerza del amor, creo. Marina estaba limpia, y Ángel necesitaba esa limpieza para comenzar una vida nueva.
El se hizo cargo del stud, consiguió enseguida la licencia de cuidador. Y como nunca le faltó a Ángel, valga la redundancia ángel, se ligó con personas influyentes y consiguió, no sin poner esmero en su trabajo, cuidar los caballos de gente importante, ya bien empresarios, funcionarios del gobierno, o artistas.
Hasta aquel momento podía sentirse un triunfador, pero sin darse cuenta se volvió a meter de nuevo con malas compañías.
Esa gente con la que Ángel se relacionó es poder, y la cocaína también representa poder.
Con el tiempo mi hermano de la vida se transformó en una persona de poder, y como es casi regla para este tipo de hombres, sus esposas pasan a ser parte del mobiliario de sus lujosas casas. Estas aceptan el papel, tal vez por costumbre, por resignación, o por miedo a perder el confort, que les brinda ser la esposa de un hombre con poder. Marina aceptó también este triste papel. Y Ángel que nunca se conformó con un “triste papel” ahora estaba a sus anchas. Porque en esas fiestas, donde lo importante es conectarse con otros para poder en un futuro negociar con ellos, se consumen bolsas y bolsas de cocaína, en esos lugares “los papeles” no existen.
Antes Ángel era un drogadicto pobre, ahora con todo su dinero y su poder es un pobre drogadicto. Porque se perdió el amor de Marina que hace ya mucho lo dejó de querer. Y se perdió el criar a sus cuatro hijos, el mayor de los cuales ya casi es un hombre, un hombre que es huérfano de padre, de la misma manera que lo hubiese sido un hijo de Julián.
Julián en esto, perdió la vida.
Ángel en esto, perdió a su familia.
Yo en esto, perdí la esperanza y me convertí en asesina.
Todo gracias a Darío, que en paz descanse, si es que Dios tiene en su seno, algún espacio de paz, para que descansen las almas tan perversas, como la de mi hombre.


De padres e hijos, Matilde


Martín me mira a los ojos y el gris reflejo del pasado vuelve, y me deslizo por sus cejas tratando de eludirlo, de olvidar el barroco melodrama que ha marcado mi vida.
Intento no recordar a mi padre, su mirada fría desaprobando cada uno de mis pasos, destruyendo mi presente y mi futuro, en cada palabra, con cada gesto.
“Mi padre”, lo digo y dentro de mí algo se eclipsa, algo corre por mi espalda helándome la sangre al pensar que es el mismo hombre que una mañana me arrebato la ilusión y la vida.
Ese hombre del que, para ser sincera, nunca espere nada bueno. Nuestra relación era escasa y a decir verdad poco me importaban sus desplantes y sus aires de gran señor, o sus fiestas, o sus discusiones con mamá acerca de que ella tenia la culpa de mis rebeldías. A veces me daba pena por ella, la pobre no sabía que decir y se encerraba en la biblioteca a llorar largas horas, hasta que mi paciencia y mis oídos se deshacían, pidiendo por favor que se calle; entonces iba a consolarla prometiéndole una y otra vez que cambiaría.
Pero no podía cambiar, ni quería; porque cambiar no significaba respetar a mi padre sino permitir que él manejara mi vida, y yo no estaba dispuesta a dejar ni mi carrera de filosofía, ni mi guitarra, ni mis amigos. Los subversivos, así los llamaba mi padre, recuerdo que me decía: “Esos amigotes tuyos son todos subversivos y tarde o temprano se los van a llevar”. Y yo me reía respondiéndole: “A donde papá, a Disney”.
También recuerdo que una vez se lo conté a Lucrecia, mi mejor amiga, mientras ensayábamos “cosas rústicas” para una fiesta de la facu, su cara se transfiguró y dejo de cantar.
- No sé que te causa tanta gracia - me dijo – tu viejo es un hijo de puta.
- Creo que no te entiendo Lucre. Mi papá es jodido pero no sé por que decís que es un hijo de puta.
- ¿Acaso no sabes a que se refiere cuando te dice eso?.
- Por tu reacción imagino que no tengo idea.
- “Desaparecer” Mati, te van a buscar y después nadie sabe donde estas.
- ¿Pero quienes te van a buscar?.
- No sé, pero te aconsejo que no vuelvas a hablar del tema con nadie, me oíste, CON NADIE.
No voy a negar que, además de sorprenderme, sus palabras me habían asustado y enfurecido, no me resultaba nada grato convivir con alguien que le deseaba a mis amigos algo de lo que era mejor no hablar.
Pero no podía mantenerlo en silencio, al menos no con mi padre, entonces me dirigí a su estudio y lo interpelé.
- Papá, me encantaría que me cuentes a que te referís con “A esos amigotes tuyos tarde o temprano se los van a llevar”.
Y, como era de esperarse, solo me miró con cara de nada y me pidió que lo dejara seguir trabajando.
- Seguir trabajando... ¿Para quien?. ¿Para los que se van a llevar a mis amigos?.
Después del sopapo que me puso, supe que el consejo de Lucrecia era mas que bueno, pero de todas formas no iba a darme por vencida.
- Me pegas por impotencia, porque sabes que no soy como mamá, yo no te tengo miedo.
Debo admitir, no solo, que el segundo sopapo fue todavía mas fuerte, sino también que mis palabras parecían dolerle mas de lo que podía imaginarme.
Esa noche lo escuche gritarle a mi madre como nunca, la insultaba de tal manera que tuve miedo por ella, temía que la golpeara, y si bien por un momento pensé que tal vez eso la haría reaccionar, no pude mas que ir a defenderla.
Entre en su habitación, cosa que jamás en mis veinte años había hecho, y me lleve a mi madre a los tirones. Debo admitir que no fue buena idea, la tuve en mi cuarto llorando mas de dos horas, pero fue lo único que se me ocurrió para que no la siguiera degradando.
- Prométeme que vas a cambiar – decía mamá mientras me inundaba el dormitorio.
- No ma, esta vez no.
- Pero tu papá quiere lo mejor para vos.
- No, estoy cansada de que me trate como a una tonta.
- Pero, ayudame, yo no doy más.
- Yo tampoco y, sin embargo, sigo aguantando.
- ¿Vos me queres?
- Claro que te quiero, pero por eso no voy a hacer lo que él diga; además, si me quisieras me apoyarías en esto.
- Te quiero pero...
- Pero nada mamá, si vos no sabes ponerle cotos lo siento, yo si y no voy a permitirle que me maneje como si fuera su marioneta.
No dudo que fui muy dura con ella, pero no estaba dispuesta a cargar con esto. Si mi padre se la agarraba con ella no era culpa mía, los únicos responsables eran ellos.


Cuando una amiga presta la oreja

Carlos volvió esta tarde muy contento. Trajo consigo un hermoso dorado de unos veinte kilos. Estaba adobándolo para asarlo esa misma noche. El pescado era carnoso, joven, y en los ojos conservaba la misma expresión de éxtasis, que traía Ana aquella tarde que me esperaba en el bar, intentando una y otra vez sin poder lograrlo, llevarse el vaso con whisky a los labios resecos y escamosos como piel de pescado.
Ana escribía cuentos, cuando podía. Era buena para eso. No se atrevía a dárselos a nadie para leer que no fuese yo. Y en realidad tenía sus motivos porque Ana escribía fuerte, sobre todo cuando aspiraba de más. Pero en el último tiempo andaba bien. Se cuidaba, para tratar de conseguir el amor de alguien que estaba fuera de nuestro ámbito de relaciones descarriadas y al parecer la había deslumbrado.
La sedujo, le prometió cosas maravillosas, la enamoró, le robó sus ahorros y luego la abandonó. Historia repetida.
Ana es como la tierra: se limpia con la fuerza de su propia lluvia, luego el viento del destino la siembra y en poco tiempo vuelve a dar frutos. Su vitalidad es inagotable. Por eso a pesar del estado en el que se encontraba, trataba de limpiarse de la ingratitud y la pena que un hombre sin vicios e hipócritamente moral, le había dejado como el más siniestro de los presentes.
- ¿Qué te pasó Anita? Hace mucho que no te veo así.
- Así... ¿Cómo?
- Como estás, tan drogada que no podes llevarte siquiera el vaso a la boca.
- Estoy bien Katia. No te preocupes, me tomé unas horas de recreo. Y creo que me lo merecía después de tanta careteada al pedo.
Escribí un cuento y telo traje para que lo leas.
- Seguro estás bien.
- Si loca, lee.
Entonces pedí un whisky. Entré en el baño, aspiré una buena ración y salí a sentarme con mi amiga para leer aquel cuento que comenzaba diciendo así:

“Había fallecido la hija de una compañera de trabajo, la cual, para mí, era una especie de madre postiza a la que yo quería mucho.
Pienso sinceramente que los velorios son comercio. Odio esas ceremonias espantosas, en donde la gente gasta lo que no tiene para comer, en flores que se marchitan con la rapidez con que se secan las lágrimas.
Pero no podía estar ausente, a ella yo no le podía fallar.
Nos pusimos de acuerdo con otras dos compañeras y reservamos un remis para que a la salida del trabajo nos pasase a buscar y nos llevara a la ceremonia que se realizaba desde la mañana en Gran Burg don de vivía la difunta.
Las dos señoras se sentaron en la parte posterior del auto y yo, sin mirar aún al chofer, me senté en el asiento del acompañante.
- Hola Ana - dijo el hombre y sin mirarlo lo reconocí por su voz.
- Roberto, que milagro, tanto tiempo. Como anda todo.
- Bien.
- Llevanos a la Cochería Oviedo, que está en la calle Callao al 2100 en Gran Burg.
- ¿Qué pasó?
- Sí, murió la hija de una compañera de trabajo.
- ¿Joven?
- Sí, treinta y cinco años, cáncer de útero.
- ¡Qué mal!. Pensar que uno se cree que es intocable, omnipotente. Un día te das cuenta que la vida es un instante y si no lo aprovechas no té queda nada, nada por que tu tiempo se fue.
Por eso como siempre te digo, hay que tratar de vivir lo mejor posible y saborear sin culpas los placeres que nos regalamos al aceptar que somos simplemente lo que somos. Aprovechar de vez en cuando eso que somos para ganar fuerzas, ponerse la careta, y salir de nuevo a la calle disfrazados de hipocresía, como pretende la sociedad que hagamos.
- Es así...
¿Cómo están tus cosas? ¿Te das esos gustos de vez en cuando?
- Poco. Estoy trabajando mucho, la agencia es del viejo y mía.
- ¿Sí?
- Bueno, no es fácil. Sacamos varios créditos. Compramos dos autos y los estamos pagando a duras penas, por lo tanto no hay demasiado tiempo ni dinero para recreos. Pero cueste lo que cueste los voy a pagar, es hora de que haga algo. El viejo ya está grande y la Mama también.
Si ellos me ven producir creen que todavía me puedo salvar, y yo por verlos felices soy capaz de cualquier cosa. Ojalá lo hubiese hecho antes.
Hacía muchos meses que no nos veíamos. Nos habíamos relacionado varias veces de chicos y otras tantas ya adultos. Nos queríamos, sí, de eso no cabía duda porque ni bien nos encontrábamos después de larga ausencia, comenzábamos a conversar como si nunca nos hubiésemos separado, podía pasar cualquier cosa pero el hilo que unía nuestras historias a través de la vida era indestructible.
Dios jugaba siempre a nuestro favor cuando nos separaba, no podíamos estar demasiado tiempo juntos. Juntos las tentaciones nos destruían.
Hablamos de tantas cosas en aquel viaje que al momento de llegar casi habíamos olvidado a que fuimos. Mis dos compañeras eran muñecas de cera. Todo lo externo ya no contaba. Inconscientemente el deseo comenzó a crecer en ambos como una montaña de arena en el desierto, que se va deslizando con el transcurso del tiempo de un lugar a otro, transformándose a la condena perpetua de no desaparecer jamás.
Quien podía sospechar que detrás de esa fachada, se escondía un ser tan parecido a mí, que temía tanto como yo, desatarse. Mostrar su verdadera cara, porque para quienes hemos ido más allá, lo que está de este lado siempre es poco, y volver a cruzar esa línea que separa “lo que soy” de “lo que finjo ser” es un reto que nos seduce una y otra vez, como un viejo amor al que nunca se olvida.
Llegamos al lugar, entramos mientras Roberto esperó en un café.
Una hora después regresamos.
Llevamos a mis compañeras.
Cuando la última mujer bajo, nos miramos con los ojos llenos de complicidad, esa complicidad que ambos conocíamos.
-¿No tendrías de casualidad, alguna sustancia ilegal? –preguntó inocente-
- No, pero si vos tenes algo podrías convidarme. –le respondí-
- No, pero si querés vamos a buscar.
- Vamos. No puedo resistir la tentación. Te veo y no puedo por más que quiera decirte que no.
- No me hagas sentir mal.
- No te eches la culpa, lo hago por que quiero. Con vos quiero hacer esto, por eso lo hago y punto.
- Tengo que volver a trabajar, y sabes como soy. Si me enrosco no paro más.
- Te conozco bien, y sé que es así. Yo también tengo que hacer. Vamos a buscar eso y después cada uno vuelve a lo que debe hacer.
El auto pareció encontrar solo el camino para llegar a la villa, donde se vendía la mejor cocaína de la zona.
El paraje estaba en sombras, ni una sola luz iluminaba la calle más ancha y mucho menos las transversales que eran apenas pasajes de tierra rodeadas por un sin fin de casillas de madera y en el mejor de los casos chapa. Esa, era tierra de nadie. Allí bien podíamos ser víctimas de la policía, de los narcos, o de delincuentes comunes que por robarte el estéreo y un papel eran capaces de matar hasta a su propia madre.
Conocíamos bien las reglas, ante la menor duda que te provocase cualquier cosa era necesario poner primera y salir arando.
Nos alejamos de la calzada principal y dimos vuelta por una de las callejas, pasamos la escuela y cruzamos el baldío que hacia de cancha de fútbol y lindaba con la sociedad de fomento del barrio. Allí en el medio de la noche se encontraba el hombre al cual estábamos buscando.

- Hola fiera, ¿Té acordás de mí? –preguntó Roberto-
- Si, te debo una, loco. Te jugaste por mí y eso no se olvida. ¿Cuánto querés?
- Dame cinco
- ¿Querés una bolsa de cinco o dos de dos y medio?
- Dos de dos y medio, así quedo bien con la dama.
El tipo cruzó a la otra vereda y se metió detrás de los yuyos. Luego regresó con las dos bolsas.
Roberto me dio una y la otra se la guardó.
Cuando cruzamos la Panamericana nos detuvo el semáforo en la rotonda, allí había un hombre vendiendo rosas, lo llamo:
Quiero una –dijo y continuó preguntándome ante mi sorpresa.
- ¿Roja?
- Claro. –contesté-
- Pasión.
- Te mereces un beso.
Se lo di mientras seguíamos camino.”
En este punto levanté los ojos y busqué la mirada de Ana que seguía bebiendo, como podía, el whisky.
- Amiga – dije- Esto no es creíble.
- ¿Qué es lo que no se puede creer?
- Ningún adicto que lleva encima cinco gramos de cocaína, con las ganas que trae de encerrarse y tomar, va a perder tiempo en el camino para hacerse el caballero y comprarte una rosa.
- Katia, no olvides que siempre la realidad supera a la ficción, y si no lo queres creer, no lo creas pero ocurrió.
- Querés decir que estás narrando un hecho real.
- Quiero decir que no todos son tan egoístas como Darío, o tan ladrones y agresivos como El Negro, o tan vividores como Ángel. Quiero decir que hay también gente que se droga y no le hace mal a nadie, o ¿Vos le haces mal a alguien?, O ¿yo le hago mal a alguien estando acá sentada dura como una estatua tratando de que entiendas?. –Gritó-
- “Sensa nervi” Ana, que nos estamos mandando presas solas.
Puede que tengas razón, ni yo ni vos le hacemos mal a nadie. Tal vez haya otros como el tipo del cuento que la caretea bien, compra con la guiíta que gana en el laburo, sin joder a ninguno, y por esto no deja de ser un caballero seductor. ¿Existe el tal Roberto?
- Sí
- Parece ser el hombre ideal para cualquiera de nosotras. –dije con sorna-
- Un coral en el Río de La Plata. –contestó Ana defendiéndolo como si realmente estuviese enamorada del tipo-
- Todos tenemos un coral dentro del podrido río que somos. A algunos se les nota más que a otros, pero todos, por más engarces en oro que nos pongamos seguimos oliendo a mierda. –grité-
- Calma, chicas. – Dijo el dueño del bar, y continuó- van a tener que cambiar de médico, por que este las está envenenando demasiado.
- Basta Katia, no peleemos más, si querés seguís leyendo y sino no lo leas nada.
- Claro loca que quiero terminar de leer el cuento. Soy tu amiga y te conozco, sé que quizá no te atreves a decirme lo que pasó y me lo haces leer, es tu forma de contármelo. Tal vez nunca sepa si tu relato fue un hecho real.
Lo bueno que tiene escribir, es que si no pasó y lo disfrutaste o lo sufriste tanto como si lo hubieses vivido, eso que imaginaste se transforma en una vivencia virtual. Perder el sentido de la realidad de vez en cuando es maravilloso. Y por eso te tengo envidia sana, porque yo para perder el sentido de la realidad la única fórmula que encontré es la del whisky y la merca mezcladas.
- Vos también escribís.
- Sí, pero el verso no es lo mismo que la prosa, te condiciona mucho más, y más aún si encima tenes que limitarte al lunfardo.
- Tenes razón.
Volví a tomar las hojas que a esta altura estaban desparramadas sobre la mesa, y seguí leyendo:
“- ¿Adónde vamos? Se me hace tarde - pregunté intrigada al ver que se desviaba de mi supuesto destino-
- Ya es tarde para arrepentirse. Sin culpas mi amor, ya que lo hacemos, hagámoslo bien.
Busquemos primero un supermercado.
- Dobla a la izquierda, ahí hay uno.
Roberto, frenó en la puerta del negocio. Bajo y después de unos minutos regresó con una botella de Johnny Whalker y un cartón de Marlboro Box.
- ¿No tenías que volver a la agencia?
- Sí, te prometo que a las siete de la mañana vuelvo.
- Con semejante arsenal, ¿te parece que puedas?
- Vamos a poder. Lo lindo de haber gozado de un recreo es tener la fuerza necesaria para regresar a enfrentarse con la realidad. Si no podemos hacerlo quiere decir que somos vulnerables, y yo no lo soy. Sé que vos tampoco. Ambos somos rebeldes natos. Tan rebeldes que nos revelamos hasta de nuestra propia rebeldía.
¿Querés uno? – Dijo mientras encendía un cigarrillo -.
No contesté, me había quedado pensando en la reflexión que me había hecho. Entonces extendió su mano y me alcanzó el cigarrillo encendido. Lo acepte mientras le dije:
- Entonces esto es un reto.
- Así es. Y el pensarlo te llena la sangre de adrenalina. Ahora vayamos a tu departamento. Si estás de acuerdo, claro.
- Si no estuviese de acuerdo no hubiese llegado tan lejos, me alegro de que estés acá, y no me hayas dejado con dos gramos y medio. Odio enroscarme sola, lo sabés, como yo también sabía que no volverías a trabajar.


La noche comenzaba a llenar de sombras púrpuras las calles. El silencio como despidiéndose, inundó nuestros oídos. Una paz ficticia se extendía en nuestras almas. Una tregua que nos llevaría a la batalla final. Para después de luchas infernales, renacer esplendorosos ante las exigencias de los semejantes.
Estacionó el auto sobre la vereda de enfrente del departamento. Subimos llevando todo lo que habíamos comprado, aquello que conformaba un cortejo desenfrenado de sensaciones, y una mezcla extraña: la tranquilidad de entender que ambos estábamos plenamente a gusto.
Mientras yo buscaba hielo para ponerle al whisky, Roberto preparaba el festín en polvo.
Ya no habría silencios, de ahora en más hablaríamos todo. Hablaríamos del pasado. Sobre todo de eso, del tiempo que ganamos y del que perdimos. De antiguos amores, amigos que se traspapelaron con los años. De que inevitablemente ya no somos los mismos que hace veinte años atrás, del tono muscular que sus brazos ya no tienen, o de los kilos de más que he juntado a pesar de las dietas que antes no hacía. “Veinte años no son nada” dice el tango, pero puta que sí lo son y se notan.
Hablaríamos hasta cuando llegase el momento que siempre llega después, el momento de necesitar silencio.
Y el momento llegó, pero no lo reconocimos o no lo quisimos reconocer, tal vez por el respeto que nos tenemos, o por dejar que cada uno siga diciendo lo que siente y piensa, para evitar la censura, para seguir expresándonos libremente.
Y continuamos:
- Vamos al dormitorio – dijo Roberto-
- Vamos. ¿Bajo las persianas?
- No.
- Pero mirá que el hombre que vive en el departamento de enfrente siempre me espía.
- Y ¿qué ve?
- Nada, acá casi nunca pasa nada.
- Entonces, dejalo que mire, tal vez hoy vea algo. ¿Me puedo sacar los zapatos?
- Era hora.
- No te entusiasmes que la ropa todavía no me la voy a sacar.
- No me preocupo por eso, estás en tu casa, hace lo que quieras.
- ¿Querés una raya?
- Eso no se pregunta, me extraña señor.
Me volqué sobre la mesa de luz a tomar, y Roberto mientras tanto me abrazó poniendo sus manos sobre mi vientre. Yo me incorporé y lo abrasé de frente.
- Entregate. –me ordenó con seducción -
- Esperá, ahora soy yo la que no se quiere sacar la ropa.
- No confías en mí todavía.
- Confío, por que te conozco. Pero también por que te conozco sé que mañana con el primer rayo de sol te vas a ir como un vampiro, y otra vez me voy a quedar sola.
- No té quedás sola. Siempre estoy con vos, y vos conmigo. Siempre estas alimentando el deseo en mí y yo lo estoy haciendo en vos. Aunque pasen cien años y no nos veamos, no dejaremos de estar el uno con el otro.
No me quedo, porque si me quedase, no tendría nada que ofrecerte .Y estas ganas salvajes que tengo de hacerte el amor con el tiempo desaparecerían se transformarán en cariño, con mucha suerte. Y después, todo esto que hoy sentimos sería apenas un triste recuerdo. Costumbre. Ambición tardía de no morirnos solos.
Entonces, yo me convertiría en un ser similar a tu vecino que te espía por que no tiene vida propia, y necesita de las experiencias ajenas para poder sentir que todavía vive.
Y vos, seguramente te irías pareciendo cada día más a su esposa, la cual nunca le dijo nada, pero que lo sigue esperando cada noche en la penumbra silenciosa de su cuarto.
Si no me quedo acá, no es por que no te quiera, lo que no quiero es conformarme. Somos rebeldes, aceptémoslo. La única forma que hay para que la llama que nos quema siga ardiendo, es esta.
Me besó. Yo callé para asentir, porque sabía que no se equivocaba.
- ¿Qué te puedo dar que jamás te hayan dado? ¿Qué le podemos regalar a tu público que lo incentive? - Siguió Roberto -
¿Adónde está?
- Allá, detrás de las ramas del árbol. En la luz de la
ventana pequeña del baño.
- Tal vez cuando nosotros acabemos, él vuelva a la cama, y se encuentre con que todavía tiene a su lado una mujer. Y quizá, sólo por envidia hacia nosotros, tenga un arranque de erotismo, y haga lo que hace años no hace, y que pensó no volver ha hacer jamás.
- Me entrego a vos, sin temor a la mañana. Me entrego a vos, por que te quiero y quizá a nadie pueda amar así. Me entrego a vos porque la libertad es entregarte mi rebeldía, sin que ante ella te acobarde. Me entrego a vos para que él vea que se puede aún tener vida, porque la vida está ahí, delante de nuestros ojos, y si no sabes mirarla te morís mucho antes de dejar de respirar.
Me llevé el vaso a los labios, él pasó su lengua por mi nariz. Saboreó con gusto aquel resto de cocaína que había en mis fosas.
Un par de rayas más y me apoyó contra la ventana balcón de cara a la calle.
Detrás de la ventana del baño los estoy mirando.
El la toma del cabello. Ella deja la marca carmesí de su rouge sobre los cristales empañados. Él le besa la espalda y mientras tanto le hace caer el vestido corto y blanco que esa, la que en el barrio se hace llamar señorita, llevaba puesto. Debajo nada. La pálida desnudez de una puta.
Las manos del hombre se esconden entre las nalgas redondas de la mujer, mientras este se arrodilla.
No le puedo ver la cara, pero imagino su larga lengua introduciéndose en el oscuro conducto. Deslizándola como una escalera mecánica tratando de encontrar el andén acre y caliente de una estación de subte. Húmeda saliva, que se vierte pretendiendo mojar las entrañas que ya han sido bañadas por el deseo.
Mi vecina se muerde los labios, y saca ahora su lengua tratando de alcanzarse la nariz.
El se incorpora la besa en el cuello, le dice algo al oído. La puta asiente.
El fulano se aleja mientras yo pierdo mis ojos en la vulva abarrotada de negros pecados, que sudorosa enturbia la ventana.
Ella es una estatua de carrara, blanca, pura, inmóvil, inalcanzable para mí. Estiro mis dedos, me conformaría con tocar el cristal de la ventana, pero está lejos, todo eso está demasiado lejos. Y si pudiera tenerlo, no lo tendría. Porque yo, como casi todos, alguna vez lo tuve y con el hastío de la costumbre lo perdí. Ahora no lo intentaría de nuevo, el dolor a perder el goce es tanto, que me extravía las ganas y ni siquiera ya puedo intentarlo. Tanto es así que los veo, y sólo puedo tener un orgasmo psicológico para torturarme aún más. Los envidio.
El sujeto se aleja, busca algo, luego lo encuentra y se lo muestra, ella mueve su cabeza afirmativamente. Es una simple lapicera Bic. Ella sigue en la ventana sin moverse. Él le quita el cartucho, y con ella aspira el polvo blanco que hay sobre un papel en la mesa de luz. Ahora entiendo. Pero no entiendo tanto, porque no aspira con la nariz, sino con la boca. Ella sabe que los observo, por que ahora se pone de costado para que yo pueda ver mejor. Él vuelve a arrodillarse, lleva la carcaza de la lapicera con mucho cuidado, como si estuviese transportando un tesoro, y me dejan ver con claridad como la introduce dentro del oscuro túnel. Ahora toma el otro extremo con sus labios y sopla. Ella cierra los ojos. El se incorpora. Se desprende el pantalón. Ella se agacha, entonces él empuja con tanta fiereza como si en ese acto se le fuera la vida.
Ambos desesperan, la atrae hacia él, todo lo posible y le aprieta los pechos con tanta fuerza que puedo sentir como la lastima, pero ella no lo detiene y comienza a seguirlo en el desenfrenado ritmo que lleva el hombre. Sus lenguas se buscan escandalosas sin poder llegar, en esa coreografía obscena, a rozarse.
El deseo crece, y yo lo siento, tanto que a pesar de mis terrores estoy teniendo una erección, quizá la última de mi vida, la que pensaba ya no tener.
La mujer separa su cuerpo del vidrio y apoya sus manos sobre las perillas de la ventana corrediza, él se yergue para montarla mejor. Ella se queda quieta, él la sostiene por el pecho y entonces al mismo tiempo que yo acabo ella corre las ventanas y ambos se estremecen en un gemido estruendoso que despierta al sol desconsiderado.
Vuelvo a mi estática realidad, que finge dormir bajo los párpados sellados por las frustraciones. De las cuales ella me hace cargo, pero en silencio, pues jamás me ha reprochado nada. Tal vez porque su madre la enseñó así, al marido hay que seguirlo y respetarlo, al esposo nunca hay que contrariarlo y sobre todo no hay que incitarlo, porque puede creer que sos una puta.
Si alguna vez lo hubiese intentado quizá las cosas no estarían como están, o tal vez todo estaría igual.
Quién de nosotros cuatro es el más infeliz. Y quién puede tener autoridad moral para juzgarnos.


El sol nos sorprendió en decadencia.
Ahora llegaba la parte realmente difícil para mí: separarnos.
Roberto se vistió en silencio, porque en realidad no había quedado ninguna palabra sin decir.
Las gargantas resecas, las lenguas empastadas, el cuerpo bañado de sudor y semen que huelen inevitablemente a cocaína y alcohol.
Las sábanas desparramadas por el piso. Los puchos sembrados por doquier. Las materias doloridas, y la razón con la angustia de saber que hay que ponerse en instantes, la careta hasta la próxima vez.
Lo acompañé hasta la puerta.
Me besó para despedirse.
No fue un beso de amor.
Fue un beso de agradecimiento.
Porque el amor se muere, el agradecimiento no.”
- Buenísimo Ana. Fuerte. Apología del delito y pornografía.
- No tuve en ningún momento intenciones de editarlo.
- Hoy todavía no se puede, pero tengamos fe, dentro de poco se podrá.
- Nunca se podrá editar esto. No es comercial porque es real. Ellos prefieren que la gente vuele en una nube de pedos y lea novelas rosas. Nada de compromiso, nada de realidad. Nada de deseo, ni vicios. Todo lo que se escriba debe corresponder siempre a lo que esta pactado moralmente por la sociedad como bueno. Nada de pecados que puedan tentar las mentes. Ninguna filosofía es válida si ha de hacer pensar a las masas, por lo tanto ninguna filosofía es válida.
- Ninguna. Si no se sigue el camino que te marcan sos subversivo. Te buscan. Te encierran. Y después de mucho sufrimiento te hacen desaparecer.
¿Quién tiene autoridad moral para juzgar? ¿Quién la tiene?
Volví a mi casa pensando en que Ana tenía razón. Yo merecía buscar mi coral en el Río de La Plata. No sé por que me empecinaba en encontrarlo en Darío, que era sin duda, el río más putrefacto. Del cuál más olor a mierda emanaba. Y sólo después de muchos más sufrimientos, pude intentar buscar en otros caudales menos nauseabundos.




El alma pura de los colores

Lo que más me gustaba era el marrón fluido.
Existían otros marrones, miles, pero como ese, que pasaba manso con la buena y apurada otras, cuando la sudestada peinaba a los verdes les gustara o no, no había ninguno.
No existía, para mí, placer más grande que el de sentarme sobre el concierto de ocres y verdes claro, que se dejaban molar por mi marrón, y meter los pies en su textura.
Cuando ello sucedía, era el tipo más feliz del mundo y volaba mi mente a lejanas alturas y regresaban mis pinceles a iniciar sus recorridos, de la imaginaria paleta al lienzo también imaginario y se transformaban en esa bandadas que vuelan a besar los rozados horizontes cuando el celeste entrega la posta al negro destiñéndose en sangre áurea.
Siempre era igual.
La fórmula exacta.
Pintura y felicidad.
Felicidad y pintura.
Unidas, juntas, aijadas, en un coito eterno.
Tomadas de sus miembros en franca rebeldía iban de la mano.
Ignoraba la causa de ello y, a decir verdad no me importaba, disfrutándola y nada más.
Total, a nadie hacía mal allí en esa ausencia. Y, ante todo, creía ser un tipo sano.
Ojo, no sano por lo opuesto de enfermo. No señor.
Me refiero a la otra salud.
A la del que no jode a nadie y no se jode a sí mismo con vicios absurdos que no hacen otra cosa más que existir por estos mundos nuestros por el sólo hecho de romper pelotas, ilusiones y almas atormentadas que nacen para atormentarse y así justificar la existencia de esos vicios.
Vicios que se ubican a lejanas distancias, quizá en otras dimensiones poco próximas, de mis tiernas felicidad y pintura que originaban una excitación en mí que se transformaba, finalmente, en unas terribles ganas de gritar.
Yo lo hacía.
A viva voz.
Sin temores, sin misterios, en los tranquilos brazos de la soledad de pardos tonos que me rodeaban, cobijándome y no lastimando y no oprimiendo e invitando a mi cansada cabellera blanca a descansar sobre su falda entintada de salvajes colores.
Era un profundo grito.
Quizás con algo de tribal, quizá como la única forma posible de expulsar del interior de mi cuerpo a esa extraña sensación mezcla de angustias, ansiedades, temores, fracasos y , por que no decirlo también, pelotudeces varias que uno hacía germinar primero en su corazón para transformarlas luego en espantosos cactus que rasgaban a la desprotegida y sensible alma que todos llevamos dentro.
Y gritaba, en medio de mi propia terapia primal, buscando sacar al dolor primero, ese que inaugura la prolongada cadena de dolores que nos acompañan como una sombra no deseada, hasta que cerraba mi boca solo cuando las gastadas cuerdas del piano hecho carne de mi garganta me lo exigían por medio de un ligero ardor.
Y me reía.
Al final me reía.
Como el acorde último de mi sinfonía mental que lograba perturbarme. Era como si una extraña especie de monstruo se hubiera apoderado de este pobre y agotado pintor que ya nada esperaba, sentado bajo esta antigua galería, sobre una silla que de tan vencida casi podría decirse que me sostenía de caritativa nomás.
Quiero ser feliz. Aunque...
Aunque su ausencia a veces me tortura. Y es cruel en su tortura.
Toda ausencia es cruel en su tortura, si así no lo fuera, debería inventarse una nueva palabra para definir lo que es difícil de aceptar de lo que no lo es.
Si existe una ausencia amarga, dolorosa, irritante en su propia condición, significa que alguna vez algo existió, entre ella y yo.
El tiempo pasa, de eso no hay dudas, y la memoria se va, se va lejos, muy lejos.
Pero...
Pero no lo hace para algunas cosas que, por más que las agujas del reloj se cansen de girar y girar hasta morir de sed en sus cuadrantes, siguen allí.
Son una costra imposible de remover que nos las tima. Mucho nos lastima.
Hasta el llanto.
Y cuando eso sucede me dan ganas de hundirme aún mucho más en este, mi refugio oculto.
Pero no logro hacerlo. Me faltan agallas.
Y como el cobarde que fui, soy y seré, dejo correr a mis lágrimas amigas sobre mi rostro y llega mi amargura a decirme que aún me queda su recuerdo que no es poco.
Y claro que no es poco, otros ni eso siquiera han conservado.
‘Pero los claroscuros de la pasión, transformada en pasado, que gira y gira hasta darte la exacta sensación de que no sos nada, de que no existís, y de que nadie ya tendrá una flor para tu tumba cuando la muerte lenta del abandono te seque las tripas, vuelven y vuelven a sacarte la razón del fondo exacto de tu gastado cerebro.
¿ Y qué podés hacer cuando eso pasa? Nada.
Un carajo podés hacer, salvo que te pongan un salvavidas a mano que te evite la hundida.
Y mirá que tenés salvavidas para no irte al fondo. Y los usás, los usamos.
Alcohol.
Pastillas.
Mujeres.
Hombres.
(Sí, hombres¿ Por qué no?)
Viajes (de esos que te llevan al culo del inundo donde el recuerdo se te hace tan difuso que llega un momento en que no sabés quién sos ni que carajo estás haciendo ahí)
Laburo.
¡Eso viejo!
Fin del recorrido.
Los solitarios se pueden bajar. Laburo.
Laburo, laburo y laburo.
Horas y horas destrozándote el culo para caer, después, cansado en tu cama para dormir y dormir y dormir y dormir hasta que te salen escaras en la espalda que, milagro mediante, se te hacen una septicemia y te morís de una buena vez en una extraña forma de suicidio, Suicidio que nadie lamenta porque estás tan solo en este mundo
Ajeno que ni los vecinos te conocen y que si no fiera por los documentos, que ahí están para que le eches una ojeada cada tanto, ni vos podrías saber quien sos.
Lab uro.
¡ Laburo, viejo!
¡ La solución final!
(Mierda, me estoy poniendo un poco nazi)
En tu caso la oficina, o el taller, o el hospital, o el colectivo, o un millón más de o que precedan a cualquier yugo de esos que inventaron por ahí.
Yugo.
¿ Sabés una cosa, viejo?
En mi caso tuve suerte, dentro de todo, por que mi yugo no es un yugo cualquiera.
No señor.
Yo no trabajo. Yo soy pintor. Pintor.
¿ Qué me decís? No.
Pará, pará. De paredes no, querido. Pinto cuadros. Cuadros.
¿ No sabés lo que es un cuadro? Sí.
De esos como tiene tu dentista en la pared de la sala de espera. Sí.
De esos que están en los museos. ¿ Entendiste?
Bueno, bueno, ya vamos mejorando. Soy un pintor.
Y uno con todas las letras. ¿ Qué tal?
Podría ser peor. Por eso no debo quejarme.
Por que tengo algo para ir suavizando la pena y, además, esta la isla.
Esta isla.
Que me quiere y la que quiero.
Desde que el oro de la mañana me hace cosquillas en la nariz a través de la ventana y que realza a los tonos que me rodean. Por que de nada tengo que temer si aún yacen allí mi líquido marrón y mis verdes.
¿ Que más puedo pedir?
¿ Quizá tal vez que el rojo y azul se marche?
¿ Que haga en sentido inverso el trayecto que lo trajo? ¿Qué, cómo un extraño misterio regrese Matilde? Si ella decía que todo es posible hasta que se demuestra lo contrario. Son reí con nostalgia.
No estaba solo. Matilde andaba por allí. Y la busqué en vano.
Esa frase era el primer recuerdo que tenía sobre mi Matilde, sobre esa Matilde para mí desconocida en aquella reunión de la Botica del loco lindo ese de Bergara.
La Botica del Ángel. Bergara Lewnann. Primero había sido el Di Tella.
Y después, la Botica.
Un pedazo de cultura rebelde en un mundo invadido de botas lustradas y uniformes planchados.
Un grito sofocado por la opresión.
Recuerdo que al comentarle a Rodolfo de mis visitas a la Botica se había reído.
- ¿ Vos en lo del gordito? ¿Qué haces ahí, esperás verlo volar algún día? No pierdas el tiempo, Martín, que ese por mas que carretee y carretee jamás va a levantar el culo del suelo.
Yo me reía con él y le insistía para que me acompaña, cosa que dicha sea de paso, jamás logré.
Al igual que no logro recordar exactamente como se inició aquella charla en la que conocí a Matilde.
Estoy seguro de haber ido con Pablo.
Y supongo que la causa debía ser alguna muestra plástica o algo así.
También que Matilde era compañera de estudios de Lucrecia, la novia de Pablo.
Y que esa primera vez no nos caímos nada bien.
La culpa fue de Tolkien.
Un elfo.
Me había dicho que parecía un elfo.
Con toda la caraduréz de que se es posible a los veintiún años.
Y no me había resultado muy agradable eso de perder el tiempo hablando del Señor de los Anillos con esa chiquilina.
Y menos aún su manifiesto menos precio por mi edad.
A decir verdad lo de mi madurez y su juventud era un tema demasiado molesto como para dejarlo pasar.
Y no lo digo por un mero y superficial narcisismo sino por el tonto engreimiento que a uno le agarra cuando se acerca a los cuarenta y se cree el rey de la experiencia.
Los cuarenta.
La mitad de la vida como dice el vulgo.
Siempre y cuando hayas firmado un contrato con el barba para vivir ochenta por que sino...
Por que sino, y Dios no lo permita, capaz que ya te gastaste el sesenta o setenta por ciento de tu única e irrepetible vida y seguís por ahí, al pedo, como un superado que no sos, príncipe del orgasmo que no es otra cosa mas que un absurdo rey de la eyaculación precoz, portando un todavía privilegiado físico y haciéndote el distraído con esa hipocondría que transforma un grano en un cáncer de piel y una flatulencia atravesada en un masivo ataque cardíaco.
Los cuarenta.
Te las sabés todas.
" Me lo vas a decir a mí "
" Yo sé de lo que te hablo "
" Mira si me vas a cagar vos "
" Cuando vos vas yo ya fui y vine varias veces "
Te la sabés todas.
No hay dudas de eso.
Por que te dicen lo que te tienen que decir y ahí te desayunás de que no tenés un carajo de idea sobre la mitad de las cosas que te rodean y seguro te van a cagar, o ya lo están haciendo, y no te dan los fuelles delas veces que fuiste y viniste al pedo sin saber bien por qué.
Tenés cuarenta.
Sí.
Y parecés un tipo grande, experimentado, seguro de vos mismo, firme en tus convicciones, sabio a la hora de decidir y con una pija así de grande que nunca se sienta, siempre paradita, al pedo pero paradita y andás por la vida vendiendo esa imagen.
Imagen que es solo eso: imagen.
Por que muy adentro tuyo, o no tanto, ( y vos lo sabés muy bien) habita tus entrañas ese pendejo pelotudo que nunca dejaste de ser.
Ese pendejo pelotudo que le tenía miedo a todo.
Ese pendejo pelotudo que se calentaba con minas imposibles de conseguir.
Ese mismo pendejo pelotudo que sufre arcadas cuando te hacés el ganador delante de una adolescente que te hace mierda la autoestima cuando te trata de usted.
Sí.
Cuando te levanta esa pared que vos llamás experiencia y ella llama vejez.
Y te dan ganas de mandarla a la mierda y negar una verdad que primero te jode y luego te hace envidiar al Dorian Grey de Wilde y su cuadro.
Cuadro que desearías pintar pero no podés por que la ficción es la ficción y esa mina tratándote de viejo es la pura realidad.
Y té enojás.
Como yo lo hice aquella noche con Matilde y que tantos lo hacen, día a día, con otras Matildes que tienen la desfachatez de llevar su juventud de un lado al otro, sin anestesia, de la misma manera ( ¿ té acordás? ) en que vos lo hacías.
Matilde.
No podía, ni podré tener jamás, un buen recuerdo de aquella, nuestra primera vez.
Y debía pasar un largo tiempo, más exactamente un año y medio, para que ¿ el destino? volviera a juntarnos.
Recuerdo que casi le digo que no a la invitación de Pablo.
No por que molestara su compañía, al revés, era un amigo de esos que se suelen decir que son del alma aunque, a veces, lograba revolucionarme cuando se largaba a monologar sobre el cubismo durante largos minutos.
Picasso Braque.
Braque Picasso.
Y dale que té dale con la cancioncita.
No a la perspectiva lineal.
Basta de cuadros que sean ventanas a través de las cuales mira un observador.
Abajo con esa remanida y antigua exaltación de la belleza.
" El cubismo, Martín, el cubismo " me repetía excitado y convencido.
Y yo no podía menos que reírme.
Y él se enojaba.
Era un tipo extraordinario ese Pablo que se vanagloriaba por llamarse igual que su ídolo Picasso.
- Lo único bueno que ha hecho son palomas - le decía.
- ¿ Palomas? ¿ Y el Gernica? - me retrucaba.
- Suerte, pura suerte, le salió de casualidad Pablo, o a lo mejor lo pintó Dora Maar, su amante de aquella época - lo pinchaba.
- Mira, Martín, por que no te vas a...
Y ahí solía aparecer Lucrecia para calmarlo y decirme al oído:
- Martín, mirá que sos rompebolas ¿ eh?
Y a nuestra manera erramos felices.
Juntos.
Siempre juntos.
El arte y los amigos.
No creo en otra religión.
No.
Ni aún hoy, que el tiempo ha pasado y me refugio en mi propia soledad, dejo de creer en ello.
Por que al fin y al cabo: ¿ qué es uno sin los amigos?
Sin esas maravillosas personas que te bancan en la mala a veces hasta mejor que tu propia familia y te acompañan en las buenas sin envidias ni concesiones.
Pablo, Lucrecia y Rodolfo.
Mis tres hermanos de sangre.
Los tres muertos.
Mirá que es una mierda la vida cuando quiere.
Una mierda.
Un golpe por acá, otro por allá y el último donde más duele y té quedás en bolas llorando a los ausentes en medio de un desierto de nostalgias.
Suele sucederme que los creo aún vivos y hasta me dan ganas de encontrarme con ellos para, al instante, darme cuenta que todo no deja de ser más que un espejismo de mi alma que se emborracha de recuerdos y sale a vagar por los campos del pasado.
Tan amigos que, sin ellos, Matilde no habría entrado en mi vida.
La invitación de aquella noche tenía que ver con la decisión de Pablo y Lucrecia de irse a vivir juntos.
Estrenaban departamento y los hacían con amigos.
Recuerdo haber llegado un poco tarde ya que esa noche llovía y nunca he sido muy ducho con eso de manejar sobre piso húmedo.
También que, luego de tocar el timbre del 2 A mientras trataba, sin éxito, de encontrar un paragüero en el oscuro palier del edificio, se abrió la puerta y frente a mí se dibujó un joven rostro que me pareció muy familiar.
- Es el pintor, Lucrecia.
- Ah, que pase y se ponga cómodo, que ya vamos para ahí - la respuesta sonó lejana.
- Pase, pase - hizo una pausa - ¿ Sorondo?
Por un momento creí que bromeaba.
- ¿ Elortondo?
Luchaba con su memoria.
- ¿ Lorondo?
Decidí terminar con la tortura mientras me recibía un coqueto y pequeño living inundado de música, botellas, vasos y unas diez personas.
- Oroño, Martín Oroño.
Sonrió con esa mueca a medias infantil que jamás podré borrar de mi memoria.
- Oroño, eso era, Oroño. Me acordé.
- Menos mal - contesté sacándome el abrigo y sin saber donde dejarlo.
- Dámelo, que lo cuelgo en ese perchero, Martín.
No me dio tiempo a decirle que no.
Vista desde atrás era la exacta imitación de una delicada vasija griega.
Tras colgar el saco se dio vuelta mirándome con mucha atención.
- Ahora sos un elfo pero mojado, bastante mojado.
No contesté inmediatamente, jugué con el suspenso haciéndome el ofendido.
Sin lugar a dudas era ella, la jovencita que me había envenenado aquella noche tratándome de viejo.
El año y medio transcurrido le sentaba mejor a ella que a mí.
Parecía mucho más madura.
Más segura de sí misma y un poco más diplomática.
Traté de recordar su nombre.
No quise arriesgarme.
Algo la hizo adivinar mi duda.
- Matilde, me llamo Matilde, no gastés tu memoria en vano.
Iba a contestarle cuando aparecieron Pablo y Lucrecia con bandejas cargadas de sandwiches de miga y saladitos.
Abrazos, besos, la conversación fugó hacia tierras más lejanas.
No faltó el monologo sobre el cubismo.
Ni los brindis.
Ni los augurios de suerte y larga vida juntos.
Alguien, creo que Matilde, arriesgó la palabra bebés que fue recibida en medio de varias bromas y llegó el amanecer sin que ella y yo hubiésemos cruzado más de cuatro o cinco comentarios livianos.
Había estado ausente el diálogo pero no los ocasionales roces con nuestras manos al acercarnos vasos o comida y unas docenas de sonrisas cómplices y muchos cruces de ojos.
Nunca supe en que momento de la noche me había enamorado de ella.
Pero me descubrí deseándola varias veces.
Era fresca como una de esas noches primerizas del otoño cuando durante el día parece resistirse el verano y sonreía como una niña traviesa.
No se como pero terminamos en mi auto, mientras amanecía sobre avenida Sta Fe, junto a dos amigas de Pablo que iban hasta Palermo.
Tras dejarlas en Puente Pacífico frené en la primera bocacalle.
- ¿ A donde te llevo, Matilde?
Sus ojos eran celeste claro al mirarme.
- ¿ Vos para donde vas?
- Para San Telmo, vivo cerca de la Plaza Dorrego.
No me contestó inmediatamente.
Se tomó su tiempo.
- ¿ Hace mucho que no vas a la Costanera?
Dudé.
- Sí. Bastante.
Sonrió.
- ¿ No querés ir ahora? Debe estar lindo el sol sobre el río ¿ No te parece?
Creo que ni el Papa en persona podría haberse negado a esa invitación.
Puse primera y me dirigí a la costa.
Mientras conducía se apoderó de mi una extraña atracción y no pude dejar de mirarla, de reojo y cuando podía girando toda la cabeza en su dirección, durante todo el trayecto.
Recuerdo que paramos justo en Punta Carrasco, donde la cabecera de la pista está más próxima a la avenida.
Durante un largo rato no dijimos palabra.
Sólo nos entretuvimos observando el río que no hacía otra cosa que sacudir con pesadez su densa y amarronada masa líquida.
No podíamos ver al sol ya que el día se presentaba muy nublado y, por lo tanto, el horizonte era una mezcla despareja de grises y ocres que no hacían otra cosa que destacar aún más los delicados ojos celestes de Matilde.
Era linda.
No lo digo por su imagen en conjunto ya que era un poco flaca para mi gusto.
No.
Lo digo tal como quiero decirlo: linda.
La delicada curva de su barbilla, las sonrosadas mejillas pecosas ( como buena pelirroja), su pequeña nariz respingadita, las marcadas pestañas, la breve frente oculta por el flequillo color rojo y unas simpáticas orejitas que apenas podían verse de entre la cabellera.
Su perfil, recortándose en ese momento contra el río es algo que no podré olvidar jamás.
En silencio la observé tiritar.
- Está refrescando - dijo.
- Es lógico, ya ha amanecido - le contesté.
Miró por encima de mi hombro.
- Podés subir tu ventanilla - preguntó.
Recién allí, y por que ella lo dijo me di cuenta de que el vidrio de mi puerta estaba bajo.
Sonriendo lo levanté.
- Todo sea por que la dama no se me resfríe.
Sus ojos se detuvieron en los míos, eran una postal del Edén en toda su desbocada belleza.
- Gracias, Bilbo.
- ¿ Bilbao?
Rió suavemente.
- El Señor de los Anillos, Bilbao, el personaje principal.
Puse una expresión de fingida lástima, que le cayó muy bien, y payaseé un rato.
- Oh, my God. Please, Tolkien no here, please.
- Miren de donde este pintor resulta ser bilingüe.
- ¿ Bilingüe? No - me encogí de hombros - es una de las pocas cosas que puedo pronunciar y las aprendí en el cine, de Bogart que lo grita en una película cuyo nombre no puedo recordar.
- ¿ Bogar?
- Si, el de Casablanca, ¿ no las viste?- agregué - no me vas a decir que tu bendito Tolkien te impide ver otras cosas.
Dejó de mirarme y por un rato se entretuvo con el río, parecía que estaba haciendo memoria. Al final habló, sin quitar la vista del horizonte.
- ¿ Es la del avión? ¿ La que ella se va con el marido y él se queda solo con el policía?
- Sí, esa.
Otra vez se quedó en silencio.
Yo tampoco agregué nada.
Luego, con los años que pasaríamos juntos aprendería que detrás de esos silencios solían ocultarse profundos razonamientos.
- ¿ Vos la hubieras dejado ir de esa manera, Bilbao?
- Supongo que sí.
- ¿ Por qué?
- Por que sí, ella ya no le pertenecía, su momento había pasado. No sé, creo que el tipo hizo lo más correcto.
- ¿ Se sacrificó por amor, querés decir?
- Si, pienso que el tipo hizo eso, la quería tanto que dejó de lado sus propios sentimientos para no cagarle la vida.
Otra vez se quedó en silencio.
Un avión despegó por encima nuestro y sus ojos celeste lo siguieron.
- Allá va Ingrid Bergman, Martín, seguro que Bogar está por acá mirándola. Flor de cobarde el tipo. Hizo la más fácil, la dejamos ir, nada de compromisos, no hay problema, no tengo que joderme por nada ni nadie, lo pasado pisado. Ay Bilbao, flor de cagón tu amigo Rick. ¿ Por eso vos andás solo a tu edad Martín? ¿ No querés quilombo como el Bogar ese? ¿ No querés líos? ¿ Buey solo bien se lame y todo ese rollo Martín?
Creo que si me hubiera pegado una patada en los huevos, ojo quiero decir una muy buena patada en las bolas, bien dada, no hubiera logrado en mi semejante shock como sus palabras lo hicieron.
Entre silencios, miraditas y dulces gestos acababa, no sé si por casualidad o a propósito de meterme un soberano dedo en el culo.
¿ Por qué estaba solo?
Años evitando el hacerme esta pregunta que podía transformarse en la cuchara histérica que mezclase mis propias e internas mierdas y Matilde así, sin ningún tipo de anestesia previa, despertaba en mí al hijo bobo que nadie quiere mostrar.
No le contesté.
Solo pude mirarle a los ojos profundamente.
Otro avión pasó sobre nosotros.
Ella sonrió al hablarme.
- Allá va Ingrid Bergman. ¿ La vas a seguir Bogar?
La ironía de su comentario me hizo recordar a esa noche en la que nos conocimos y sus bromas sobre mi edad.
Sin dudas, para ella, antes, era un viejo.
Ahora no.
No.
Ahora era viejo y cobarde.
Dentro de mí se desarrolló rápidamente una irrefrenable sensación de bronca mezclada con lástima.
Bronca por sentirme doblemente agredido y lástima porque Matilde me gustaba.
Segundos antes me ilusionaba con su belleza y el hecho de que estuviésemos juntos allí en mi auto junto al río y ahora todo se iba a la mierda por culpa de sus comentarios.
Aunque no era por sus comentarios en sí.
No.
Era por la forma en que los hacía.
Esa forma que semejaba un proyectil en dirección a mi pecho.
Esa forma que levantaba un muro entre ella y yo.
Entre lo que era y lo que podía llegar a ser.
Volvió a abrir su boca.
- ¿ Bilbao, te comieron la lengua los ratones?
Conté hasta diez.
Hasta cien.
Hasta mil.
Despegó otro avión sobre mi auto.
- ¿ Quién va en ese avión, Bilbao Bogar Martín?
Hoy, a la distancia, me doy cuenta de que, si otra hubiese sido la mujer, otra hubiese sido mi reacción.
Pero ella me gustaba.
Quería tenerla en mis brazos.
Besarla.
Amarla.
Y estaba sucediendo todo lo contrario.
Yo que esperaba su adoración y ella que se reía de mi edad y mi soltería.
Así fue que le contesté.
Quizá como una pobre manera de taparle la boca a esa recién salida de la adolescencia que le tomaba el pelo a un tipo como yo, maduro, reservado.
Y si, le contesté.
No sé bien porque lo hice y hoy creo que ella preparó el terreno a propósito, como una inteligente manera de vencer a un tipo como yo que se jactaba de tener sus secretos bien guardados.
A mí, que no dejaba que nadie me llevara por delante.
A mí, el rudo.
El macho.
Tan macho y rudo que, frente a esa niña mujer, y por calentura, me largué por el tortuoso camino de una, hasta hoy, inexplicable confesión.
Una confesión que me llevaría, aunque en ese momento no podía imaginármelo, a unir mi vida con la de ella para siempre.
- Yo. Voy yo Matilde. ¿ Y sabés por qué? - no esperé ningún tipo de respuesta y continué casi sin respirar - Por que acabo de darme cuenta de que es una gran boludés de mi parte que Ingrid Bergman se vaya con su marido. Sí, tenés razón: soy un cobarde, siempre lo he sido. Hasta este mismísimo momento. Por eso voy yo Matilde. No té equivocás. Alguna vez uno debe largarse a destruir a sus propios miedos. Antes de que ellos lo hagan con uno. Voy yo Matilde por que el tiempo se me está haciendo vejez, la vejez enfermedad y el día menos pensado, agarra esa enfermedad y se te hace una muerte a solas que te lleva a la extraña sensación de rajar hacia el más allá habiendo vivido totalmente al pedo y solo. Tan al pedo y solo como me siento yo Matilde, los domingos a la tarde cuando cae el sol y no tengo con quien hablar, con quien reír o llorar, o putearme hasta reventar. Voy yo Matilde y no sé como lograste que me largara a contarte esto pero lo conseguiste, es la primera vez en mi vida que me abro así, como una puta flor, ante una persona. Es la primera vez que una mina escucha esta confesión de que estoy solo, muy solo y que, ahora estoy seguro como nunca lo estuve antes, de que debo haber dejado escapar, por los tortuosos laberintos de mi vida a alguna mujer por falta de huevos, por falta de decisión o por ese miedo, que es muy probable que me una a Bogar, de pegarme a alguien y romper, de una vez y para siempre, esta falsa vida de no tener problemas ni responsabilidades. Voy yo Matilde, por que tenés razón. Quizá hayas conseguido esta confesión que, a lo mejor te divierte, soy viejo, estoy solo, soy un pelotudo y, ¿ sabés algo más? - le tomé los hombros con mis manos y ella no experimentó reacción alguna - me gustás. Me gustás mucho, carajo y no sé ni como ni porqué pero me estoy empezando a enamorar de vos. De vos, ¿ lo entendés?
Y cerré, al fin, mi boca.
Me costaba respirar.
Los nervios.
La ansiedad.
El largo monólogo sin interrupciones.
Y mis nervios.
Esos nervios que me transformaban en un adolescente inexperto y tonto frente a una mujer que podía haber sido mi hija, o una sobrina.
Su primera reacción fue sacar mis manos de sus hombros para llevárselas a su boca y besar la punta de mis dedos.
Luego, sin soltarlas, miró en dirección al río.
Después al aeroparque.
Y por fin a mí.
- Te entiendo Martín, te entiendo por que creo, y también desconozco la razón, a mí me está pasando lo mismo con vos. Me estás gustando Martín. No sé por qué rara causa, pero me estás empezando a gustar y mucho.
Intenté besarla.
Me lo impidió sonriendo.
- Alto, alto, Martín Bilbao Bogar. No vayas tan rápido. Está bien, ya te subiste al avión pero te está faltando un poco más de viaje para llegar hasta Ingrid Bergman. Paciencia amigo mío, paciencia- se interrumpió para mirar su reloj - es muy temprano para algunos pero muy tarde para mí. Llevame a casa Martín, yo te indico como llegar.
Con mucha rapidez arranqué el auto.
Con tanta que largué mal el embrague y el motor se detuvo después de regalarnos dos fuertes brincos.
Al girar de nuevo la llave sentí su tibia mano sobre mi nuca.
- No té apurés tanto que en casa me voy a bajar yo solita. Entendelo de una vez y dejá que tus briosos ratones sigan en sus dulces y puros sueños, Martín Bilbao Bogar.


Solo se trata de vivir, Matilde


Fue la amalgama perfecta, el amanecer abyecto, la herejía bucólica.
La ciudad ríe en cada premisa y solo te observo dando ese primer paso interminable. Una tras otra las calles nos envuelven, nos rozan el alma en su vaivén de sombras.
Llegaremos, surfeando adoquines por este laberinto aliado de la sorpresa. Y el alba temblará en suspiros.
Bajaré del auto y té irás desnudo de respuestas.

- ¡Buen día!. ¿De donde venís a estas horas?.
La maldición matutina cayo sobre mí al abrir la puerta. Mi padre, sentado junto a la ventana, me observaba acusante.
- De la casa de Lucrecia y Pablo – respondí tratando de no dar pie a discusiones desgas tantees.
- Pero ese no era el auto de Pablo.
- ¿Y vos como sabes?
- Lo sé y punto. No tengo por que darte explicaciones.
- Bueno, entonces yo tampoco. – Apuré el paso y me encerré en mi cuarto.
- Matilde, no terminamos de hablar, abrí esa puerta ya mismo.
- Estoy muy cansada papá, la terminamos en otro momento.
- En esta casa yo decido cuando empiezan y terminan las conversaciones.
- Bueno, la próxima espero que tengas mayor suerte. Hasta mañana.
- Ya vas a ver mocosa del demonio, a mi nadie me habla de esa manera.

Poca importancia le di a sus amenazas, ya me sabia de memoria su monologo de déspota tercermundista, y no imaginé que esta vez fuera necesario oír lo que decía. Debí suponer que haría lo imposible por averiguar de quien era el auto.
Y así lo hizo.

- ¿Que tal el pintorcito?
- No sé de que hablas.
- No te hagas la desentendida, sabes muy bien de que te hablo, del zurdito con aires de artista.
- No. ¿Sabes que no conozco a nadie con esa descripción?.
- Martín Oroño. ¿Te suena?.
- Si, ese nombre me resulta familiar. ¿Por?.
- Porque no quiero volver a verlo cerca tuyo.
- ¡Mirá vos!. ¿Sabes que tenés dos opciones, no?.
- No. ¿Cuales?.
- O cambias de opinión o miras para otro lado.
- ¿Te crees chistosa?. Muy bien, ya vas a ver entonces.
- Que feo papá, me estas amenazando otra vez.
- Siempre té queres quedar con la ultima palabra, pero en esta casa...
- Ya sé papá. En esta casa la ultima palabra siempre la tenés vos.
- Yo no sé a quien saliste tan maleducada. Si pensas que faltándome el respeto vas a ganar algo, te aviso que estas muy equivocada.
- Equivocada o no, a Martín lo pienso seguir viendo.



Los españoles

Me desorientó la imagen.
Tanto, que decidí abandonar mi letargo para efectuar un rápido análisis.
Eran, sin duda, seres humanos.
Tres para ser exactos y el aspecto que presentaban los hacía bastante distintos de mis indios.
Primero, porque su piel era muy clara; segundo, por las extrañas vestimentas que portaban y tercero, porque jamás había visto indio alguno (de los míos o de los otros) navegando en tan extraña embarcación.
Embarcación esta de forma similar a los botes indígenas que acostumbraban rodear mis costas pero de mayor tamaño y dominada, en su parte superior, por un extraño armatoste formado por un trozo de tela grande que se amarraba a una estructura de palos, en el centro exacto del navío.
Hago notar que el viento se embolsaba en la tela dando la sensación de arrastrar a soplidos, sobre la superficie del agua, a los hombres y su transporte.
Sin duda alguna, se dirigían hacia mi playa.
Cuando los tuve cerca pude ver, con cierto humor, que uno de ellos (de pelo muy blanco) poseía una corta cabellera que le cubría las mejillas y se prolongaba en dirección al cuello (luego me enteraría de la existencia de las llamadas barbas)
Por su edad y su porte, era el líder.
Lo acompañaban dos jóvenes que no llevaban mucho de salidos de la adolescencia.
Obedecían las instrucciones del viejo.
Todo indicaba que su objetivo era alcanzar mi orilla.
Lentamente fueron lográndolo.
El inconfundible roce que me regaló la proa de su embarcación debe haberles convencido de su logro.
Uno de los jóvenes, de pelo dorado, saltó al agua y acercándose a la proa, se tomó con fuerza de la misma arrastrando a la embarcación hasta colocarla sobre el blando barro.
Luego ató el extremo de una soga, que estaba enganchada en una argolla metálica sobre cubierta, a las raíces de un sauce cercano.
- ¡Trabajo hecho, Manolito! – Gritó el jefe escupiendo al agua un trozo de algo marrón.
- ¡ Por la Gracia de Dios Nuestro Señor! – agregó el otro joven que permanecía sobre la nave.
El de la playa sonrió.
Esa sonrisa poseía una dulzura que me hizo recordar a la perpetua seriedad de mis indios.
Ellos nunca reían.
Bueno, nunca no.
Lo habían hecho un tiempo atrás, durante el entierro del cacique.
Aunque no sé si esas gélidas carcajadas podían ser llamadas risas.
A decir verdad, simulaban una expresión de alegría por la llegada de un nuevo líder pero, también, daban la sensación de ser un lamento.
Era como si dijeran “ me río por no llorar, me alegro por no arrancarme del pecho al corazón que despide al noble guerrero “.
¡ Tan extraños eran mis indios!
Odiaba caer en comparaciones pero se diferenciaban tanto que era imposible no hacerlo.
Y no tenía dudas de esto.
Los que llamo otros eran aquellos que pasaban, cada tanto, en sus canoas, peleándole al río bogas y dorados.
En grupos de tres o cuatro, charlando, riendo y hasta emitiendo alegres cantos a los gritos.
Gritos que alborotaban a los pájaros y sacudían los juncos de las orillas.
Los mismos juncos que servían de refugio a los actos sexuales que practicaban cuando, dejando de lado la búsqueda de comida, se llegaban con sus indias a satisfacer otros apetitos.
De esos que empiezan con caricias, siguen con una penetración que preludia a la briosa jineteada y culmina entre gritos que parecen de dolor pero lo son de otra cosa, mas profunda y extraña.
¿Que los diferenciaba a ellos de mis indios?
En profundidad, digo.
Ya que lo visible, de visible nomás, no trae consigo un trabajo demasiado intelectual para ser detallado.
Y esto lo comento porque decir que mis indios eran de mayor estatura, mejor formados físicamente, con una coloración ocre distinta en sus pieles y con aspecto de mejor alimentados, es fácil.
Pero hablar de su conformación interna ya se transforma en una tarea menos sencilla.
Llevábamos una relación de varios años.
Creo haber dicho ya que me usaban de cementerio.
Una y otra vez se acercaban a mi playa a dejar sus muertos.
Quince, veinte o más veces por año.
La misma ceremonia una y otra vez.
Ceremonia que sólo habían modificado al enterrar un cacique.
Cacique que dejaba lugar a otro, prosiguiendo con una tradición que, es de suponer se perdía en tiempos lejanos.
Tan lejanos como resultaban ellos mismos que, salvo las fúnebres ceremonias, jamás pasaban frente a mis costas.
Era una extraña actitud.
Tanto como la de los otros que navegaban frente a mí pero se mantenían alejados de mis playas.
Era como si se cuidaran de mí, como si una orden no escrita transformara a mis costas en un sitio prohibido, en algo intocable, con un ligero tufo a lugar sagrado o maldito.
No sé.
Quizá las leyendas de la zona, que yo desconocía, bautizaban a mi tierra con un extraño nombre y dictaminaban que yo era un sitio vedado.
O tal vez, alguien había observado, oculto quizá, la llegada de mis indios en fúnebre cortejo y los raros cambios climáticos que se sucedían a su paso.
El extraño viento sur que se levantaba, transformando al río en una histérica masa que ponía en peligro hombres y embarcaciones.
La niebla, que surgía de la nada, aunque fuese la tarde más brillante del estío, cubriendo la región de un lechoso manto que no dejaba ver más allá de un metro o dos.
Y la súbita rebelión de mis pájaros que entonaban una melodía aguda y extraña que provocaba atormentados ríos de adrenalina en mis animales y un fluir desordenado de la savia de mis árboles.
No puedo negar que este tétrico concierto podía alejar a cualquiera.
Bueno, a cualquiera no, porque estos tres extraños individuos bajaron a mi playa sin temor alguno, confirmándome que no eran de aquí.
Que venían de lejos.
- Baja tú ahora, Miguel – otra vez el viejo volvió a escupir algo marrón de su boca.
El que estaba junto a él le obedeció, aunque se dibujó una extraña mueca en su rostro cuando sus pies entraron en contacto con el barro de la orilla.
No pude menos que sonreírme.
Podía comprender ese gesto, ya que tengo plena conciencia de la extraña sensación que provoca el lecho del río.
Ojo, esto no lo digo yo.
No señor.
Se lo he escuchado a muchos de los que pasan en sus embarcaciones frente a mí.
Y siempre me ha causado gracia.
Quizá por que no deja de ser graciosa la cara que ponen.
Creo que, acostumbrados a otras playas, a otros ríos, al inmenso océano y a sus arenas, poner sus pies en este barro tan querido por mí los sorprende.
Como lo hacía con este joven que, una vez en el agua, se daba vuelta y ayudaba al más viejo a descender.
- Despacio, hijo de los mil demonios, que ya no soy tan joven.
- Vamos Don Luis, vamos que tengo ganas de sentir tierra firme y seca bajo mis pies cansados.
- ¡ Cansados!¡ Ja!¿ Habéis oído?¡ Válgame Dios! ¿ Qué queda para este cuerpo entonces? Vedme aquí, en estas tierras tan lejanas de mí soleada Andalucía, jugando a descubrir los tesoros del Rey Blanco, en estas barrosas orillas. ¡ Cansados! ¡ Ja! ¿Qué decir tendría entonces nuestro Don Pedro, allí en esa Buenos Aires tan hambrienta que hemos dejado? ¿ Qué? Decidme vosotros, que ya estáis cansados, cuando apenas un día hace que nos hemos separado del resto de los nuestros a golpes de remo en este bote. ¿ No contestáis, verdad?- hizo una breve interrupción para tomar aire – ¡ Dios mío! Cansados cuando recién comienza esta misión. Cansados cuando un pueblo hambriento depende de lo que podamos llevarle, producto de nuestro sacrificio. Cansados cuando habéis prometido a nuestro jefe directo, el noble caballero Jorge Luján que volveréis con éxito de este servicio que se nos ha encomendado. No pueden creer mis oídos lo que han escuchado. ¡Válgame Dios!.
Nadie contestó.
Cinco minutos después, descansaban a la sombra de una casuarina.
El joven llamado Manolito inició la conversación.
- ¿Tendrá nombre este lugar?.
- ¿Nombre? – otro escupitajo.
- Si, no sé de que se extraña Don Luis, de alguna manera debe ser llamado este lugar.
- Seguro, hijo, seguro – echó un vistazo alrededor – a juzgar por lo que puedo ver no puede llamarse de otra forma que no sea Isla del Abandono, o mejor dicho: Isla Ramera del Excrementoso Abandono- comenzó a reírse solo bajo la atenta mirada de sus compañeros que nada dijeron.
No puedo negar que esto me indignó.
No sabía en aquel momento que era una ramera o que significaba excrementoso pero el tono entre irónico y descalificante que utilizó me hicieron sentirme ofendida.
Fui a ensayar algún tipo de defensa cuando el clima, mi bendito clima, lo hizo por mí.
Nada nuevo.
Lo de siempre.
El extraño viento sur levantándose, transformando al río en esa histérica masa que puso al trío de recién llegados súbitamente de pie.
La niebla, surgiendo de la nada, ante la mirada boba de los marinos, con un lechoso manto que no dejaba ver más allá de un metro o dos.
Y la súbita rebelión de mis pájaros que entonaron una melodía aguda y extraña que provocó atormentados ríos de adrenalina en ellos, que corrieron a poner a salvo la embarcación que zarandeada por el repentino oleaje amenazaba con cortar el cabo que la unía a las raíces del sauce.
Mientras ponían en sitio seguro al bote pude darme cuenta que estaban asustados.
El viejo ya no tenía ganas de reírse de mí y esto, no puedo negarlo, me provocó una gran alegría.
Tras resbalarse unas cuatro o cinco veces, caer dos o tres y proferir románticos insultos por centenares, consiguieron un refugio a medias confortable bajo las apretadas ramas de un conjunto de talas.
Toda mi extensión era atravesada por fuertes ráfagas de viento.
Los hombres terminaron formando un ovillo temeroso y me pareció que elevaban extrañas plegarias.
El mundo parecía a punto de diseminarse en miles de fragmentos.
Pocas veces había presenciado una furia tal.
Era como si la región quisiera dejarles bien en claro, a los intrusos, que no los quería.
Me dio la sensación de que algo mucho más fuerte que todo lo conocido gritaba a los cuatro puntos cardinales su mal humor, poniendo sobre el tapete su máxima capacidad de enojo con el fin de lograr un merecido respeto.
De los rostros angustiados de los hombres podía extraerse como conclusión que ese alguien, desconocido, poderoso e invencible, lo estaba logrando.
Repentinamente, de la misma forma que había comenzado, terminó.
El extraño viento sur, calmándose, regresándole al río su calma habitual.
La niebla, desapareciendo, permitiendo que los objetos volvieran a tener forma y color.
Y mis pájaros, retornando a sus melodías habituales.
Los hombres, poniéndose de pie como títeres atontados, tardaron en reaccionar, parecían confundidos. Sus rostros eran tres pálidas máscaras y el más joven movía nerviosamente sus labios sin emitir sonido alguno.
Por unos cuatro o cinco minutos los vi deambular de uno a otro lado, como buscando algo.
Sonreí para mi misma al imaginar el miedo que, de seguro, los invadía.
Fue el de mayor edad el primero en tomar conciencia de la situación.
- ¡Miguel, Manolito, paren de dar vueltas sin ton ni son!
Le obedecieron mirándolo con embobada expresión.
- ¡Miguel, Manolito, por la Santa Virgen que protege a los navegantes, despertad de vuestro bobo ensueño! – Chascó los dedos de su mano derecha - ¡ Vamos, amaneced de una puta vez!
- Despacio Don Luis, despacio que aún reina en mí un susto de los mil demonios.
- ¿ Susto Manolito? Mira que has resultado humilde. Por tu cara podría decirte que parece que el propio Diablo en persona te hubiese soplado la frente – escupió otra vez algo marrón y, girando levemente el cuerpo hacia la izquierda le gritó al otro joven – Y tú Miguel, anda de una vez, que esto no es para tanto, que la tormenta ha pasado. Anda, que tienes una cara más horrible que el sabor de este tabaco que ando dispersando por todos lados.
El aludido, situado frente al viejo pasó la palma de su mano derecha por su rostro y se quedó mirándola.
- Está mojada – fue su única respuesta.
- ¿ Mojada? ¡ Por las divertidas faldas de la Magdalena! ¿ Y cómo quieres que esté si nos han pasado por encima todas las calamidades que el cielo puede inventar en menos de lo que entona un gallo?
- ¿ Hablando del asunto, que puede haber pasado Don Luis?- interrumpió el otro joven, obligando a que el viejo le preste atención.
- Muy bien, Manolito, muy bien, te has despertado de una buena vez. Mira, y ya que me lo preguntas, ha sido muy rara esta mezcla de viento, lluvia y niebla para lo que estamos acostumbrados en la Península, pero, y vete aprendiendo esto, aquí, en estas costas todo puede pasar, todo. No te olvides que alejados de Dios se encuentran aún estos lugares.
Al escuchar esto, el joven pareció ir reaccionando de a poco y el tono de su rostro retornó lentamente a su coloración habitual. Se acercó hasta situarse junto a Miguel y le apoyó, suavemente, su mano izquierda en el hombro. Habló con un tono de voz bastante dulce.
- Hermano, anímate, que aquí no ha pasado nada, ya has escuchado, un poco de agua y aire y nada más.
- ¿ Nada más? ¿ Nada más?- en forma burlona imitó la voz de Manolito – Un poco de agua, aire y nada más.- se golpeó con fuerza el pecho con su puño derecho y luego, con el índice de la misma mano señaló hacia las altas ramas de los árboles - ¿Y el extraño canto de los pájaros? Eh. ¿También es una cosa normal de estos lugares alejados de Dios?- llevando sus dos manos a la cabeza se tomó con fuerza las sienes, daba la sensación de que una inmensa angustia recorría su cuerpo – ese trino amargo, agudo y vibrante no es normal, son las voces del Purgatorio llegando a nosotros. A nosotros que debemos estar malditos – Manolito y Don Luis intentaron abrazarlo, contenerlo, fue peor - ¡ No me toquen, déjenme! – miró al cielo - ¿ Porqué Dios, porqué?- se dirigió a sus compañeros - ¡ Lo sé, yo lo sé, malditos, estamos malditos, este lugar que nos rodea, pueden verlo en su totalidad, el río, la costa, el monte, todo está maldito, como nosotros lo estamos!
Dicho esto, y envuelto en un halo de desesperación que se traducía en dos ojos vidriados de una mirada extraña, demoníaca, fuera de toda razón y desfigurada por un profundo e inexplicable terror, comenzó a correr, sin control, hacia mi propio centro, un paso atrás del otro en desbocado galope, devorando metro a metro la distancia que lo separaba del cementerio indio. Parecía que algo más allá de toda alma humana lo impulsaba hacia allí.
Sus compañeros iniciaron su persecución.
No consiguieron su propósito pero llegaron casi juntos.
Miguel, fuera de sí, tropezó con un desnivel del terreno y cayó de frente sobre un esqueleto a medias devorado por mis alimañas.
Manolito y Don Luis tampoco pudieron frenarse y terminaron, también, cayendo de bruces sobre los huesos.
Pude ver que en cuanto el viejo enfocó su vista el tono oscuro de su rostro empalideció.
Supuse que no era para menos ya que frente a él se extendía el osario.
Ya sé, no muy grande.
Pero osario al fin.
Barro y huesos.
Huesos y barro.
Huesos largos, huesos cortos.
Un costillar marchito aquí.
Una mano por allá.
Y una noble calavera junto el tronco chamuscado por un rayo de aquella vieja tormenta que casi había logrado borrarme del mapa con la asombrosa crecida que me había regalado.
Mientras Don Luis trataba de entender, y asimilar, el extraño conjunto que lo rodeaba, Miguel, apenas incorporándose, continuó su monólogo a viva voz:
- Se los dije, muy bien se los dije. Aquí están las pruebas – se puso de pie y abarcó al sitio con sus brazos extendidos – Mirad, mirad bien. He aquí las pruebas – se acercó a la calavera y la tomó entre sus manos colocándola sobre su cabeza – Observad bien, no perdáis detalle alguno. Esto es lo que seremos. Un triste hueso. Un triste e inservible hueso. Fijaos bien, muy bien, esto es lo que alguien como nosotros fue. Un hombre pleno de vida. Que sabía reír. Y beber con sus amigos. Y fornicar con sus mujeres. Y comer hasta el hartazgo. Y salir a cazar. Y dormir y tantos otros y más que no alcanzo a imaginar. Un hombre. Un hombre que hoy sólo esto es – puso la calavera frente a su rostro, la observó fijamente con sus ojos a las vacías cuencas y, sin mediar gesto alguno, la arrojó lejos, en dirección al monte – Dios, por que nos has abandonado – se arrodilló, elevando su cara al cielo – Dios, por que nos has abandonado – hizo una pausa y repentinamente se puso de pie – Malditos, os digo que estamos malditos como... – se inclinó escupiendo mi suelo, cosa que no puedo negar me molestó mucho, y puso termino a la frase iniciada – como esta puta isla de los mil demonios – miró a sus compañeros que desde una corta distancia lo observaban embobados, se tomó la cabeza con ambas manos y volvió a escupirme – maldita isla, malditos todos, estamos perdidos, perdidos por toda la eternidad – y dicho esto, salió corriendo en dirección al río.
Sus compañeros no tuvieron una rápida reacción, quizá tal vez porque sus gastados cerebros trataban de asimilar lo, hasta ahí, ocurrido, quizá por que ya estaban cansados de la situación.
No sé cuál de estas habrá sido la causa.
De lo que estoy segura es de que cuando consiguieron llegar a la orilla, Miguel era arrastrado por la corriente fangosa, marrón y mortal, mientras gritaba a viva voz algo que no pudimos escuchar.
Un rato más tarde, cuando se alejaban en la embarcación que los había traído pude notar que lloraban y lloraban mirando con atención la superficie del agua como buscando algo.
Algo que no pudieron encontrar, por lo menos hasta el momento en que dejé de verlos cubiertos por la punta norte de una isla compañera.


La mujer

Cuando ya no me quedaron dudas de que el bote se acercaba a mí no pude menos que sorprenderme.
Tanto tiempo llevaban mis playas sin sentir un pie sobre ellas que, puedo jurarlo, vencí a propia vergüenza y logré emocionarme.
Con un sentimiento profundo y sincero.
No podía ser para menos ya que todos me habían abandonado.
Mis indios, desde el entierro del cacique y los marineros, desde la extraña tarde en que aquel hombre, arrojándose al río, tras maldecirme, se había dejado tragar por las aguas.
Eso sí, en nombre de la justicia debo reconocer que el abandono era parcial.
Muchos, a lo largo de los años habían pasado frente a mí.
Los indios (no los míos sino los otros) como siempre un tiempo para después ir desapareciendo también como los míos a medida que los marineros y sus embarcaciones se habían ido apropiando del río.
Invadiéndolo todo con sus naves que de pequeños botes se habían transformado en grandes barcos cambiando sus blancas velas por grises chimeneas.
Extraña transformación de las cosas a la que fui ajena.
Como testigo muda y despreciada.
Despreciada por algo que no llegaba a entender pero que llevaba a los hombres que navegaban frente a mí a señalarme con temor para luego santiguarse mientras se comentaban entre sí algo que nunca pude escuchar pero que, a juzgar por sus rostros temerosos, constituía una cosa de primordial importancia en sus vidas.
Por eso me asombraba aquella mujer, remando lentamente hacia mí.
Cuando llegó a mi orilla tuve tiempo para observarla en detalle.
Su piel tenía una cercana semejanza con la de mis indios, al igual que sus rasgos faciales; daba la sensación de ser una de ellos pero poseía un ligero toque, muy tenue por cierto, con la de los españoles. A decir verdad, imaginé una posible cruza entre las dos razas. En cuanto a su tamaño, era menuda, de mezquina espalda y vencidos hombros, acostumbrados, sin duda, a los oficios más duros y agotadores. Sus ojos, pardos y tristes, eran un lamento acuoso que me inspiró una profunda pena.
Tanta, que traté de ablandar lo máximo posible a mi tierra cuando, luego de atar su gastado bote a las raíces de un descendiente de aquel sauce a donde aferraran el suyo mis inolvidables y asustados españoles, se dejó caer de espaldas junto a mi orilla.
No sé si se desmayó o sólo hizo un pequeño esfuerzo por caer dormida, pero de algo estuve inmediatamente segura, su hinchado abdomen era incapaz de disimular un embarazo prácticamente a término.
Un embarazo, hasta yo lo sabía producto de parar mis orejas cuando pasaban las embarcaciones frente a mí, significaba un niño.
Un niño.
Y sobre mi superficie.
¡ Era una noticia sensacional!
Una pequeña y frágil criatura podía llegar a nacer en mí.
Como es natural, no pude menos que emocionarme en las finas gotas del rocío que, al acercarse la noche, comenzaba a mojar los delicados pétalos de mis jazmines.
Por vez primera me sentí feliz.
Pensé al instante en que ese niño podía llegar a sacarme esa fama de lugar maldito que alguien me había obsequiado y, ni lerda ni perezosa, decidí proteger a la futura madre que dormía sin ningún tipo de protección al aire libre.
Recuerdo que comencé a agitarme, suave al principio y más fuerte después hasta conseguir que una lluvia de prematuras hojas de uno de mis árboles, que el fin del verano dejaba teñir de dorado, cayera sobre ella cubriéndola.
Sólo cuando quedó, excepto su rostro, totalmente tapada me tranquilicé.
Parecía estar el aire muy calmo.
Por suerte.
¿ Por suerte?
¿ El aire calmo?
Recién en ese momento me di cuenta de que faltaban el extraño viento sur que transformaba al río en una histérica masa que ponía en peligro hombres y embarcaciones; la niebla, que surgía de la nada, aunque fuese la tarde más brillante del estío, cubriendo la región de un lechoso manto que no dejaba ver más allá de un metro o dos y la súbita rebelión de mis pájaros que entonaban una melodía aguda y extraña que provocaba atormentados ríos de adrenalina en mis animales y un fluir desordenado de la savia de mis árboles.
No pude menos que maravillarme.
Era cierto.
Una extraña en mi tierra (o dos para ser más exacta) y nada sucedía.
Nada.
La noche seguía siendo noche.
El río seguía siendo calmo.
Y mis pájaros seguían siendo mis pájaros y no esas frenéticas criaturas que pugnaban por ensordecer al planeta.
¿ Tendría el niño algo que ver en esto?
¿ La madre?
¿ O los dos?
No lo sabía, pero el milagro se había producido.
Las extrañas fuerzas que me aislaban del mundo aceptaban a esta mujer y su hijo y eso me llenaba de satisfacción.
Una satisfacción igual a la que me dio verla dormir durante toda la noche sin sobresaltos hasta que la primera luz del sol le hizo cosquillas en la nariz despertándola.
Detallar los días que siguieron y la actividad que llevó esa embarazada durante las jornadas siguientes creo que podría llegar a cansar al que me escucha.
Vaya como resumen que cuatro días después de su llegada esa mujer pudo dormir en una precario cobertizo fabricado con maderas y cartones que había traído en su bote.
Sólo entonces la vi disfrutar de mis costas y montes ya que se dedicó a pescar su alimento y a recorrer mis senderos en busca de huevos frescos.
Transcurrió una semana completa de paz hasta que una tarde de domingo, era domingo por la cantidad de embarcaciones deportivas que pasaban por el río, la vi salir de su choza tomándose el vientre con ambas manos.
Recuerdo que se puso en cuclillas y comenzó a respirar aceleradamente mientras emitía profundos gemidos y se esforzaba (podía verlo en su rostro congestionado) por eliminar algo del interior de su cuerpo.
No me da vergüenza decir que la masa sucia y sanguinolenta que expulsó por la parte inferior de su organismo me dió un profundo asco.
Tanto que dejé de mirarla con la intención de que limpiara ese desastre.
En condiciones normales no hubiese vuelto a mirar por un largo rato pero un llanto extraño y agudo me hizo desistir de mi actitud.
Quedé totalmente asombrada, la asquerosa materia salida de la mujer era un niño.
Su niño.
Mi niño.
El niño de todos.
El de mis árboles.
El de mis plantas.
El de mis playas.
El de mis animales.
El de mis insectos.
Y el de mis pájaros, el de mis queridos y emplumados amigos que comenzaron a entonar una melodía extraña a mis oídos pero profundamente dulce.
Tan grata y almibarada que hasta dos o tres embarcaciones detuvieron su marcha en medio del río para que sus tripulantes pudieran oírlos.
El mundo entero pareció detenerse.
Imaginé, al instante, que todo el dolor del universo se terminaba.
Que ya un hermano no mataba a otro.
Que la muerte se transformaba en un recuerdo lejano.
Que el sufrimiento escapaba al espacio vacío para morir allí de pena y que la maldición que pesaba sobre mí se quemaba en la hoguera de la esperanza hasta ser sólo un manojo de cenizas que el viento confundía entre las copas de los talas.
Un niño.
Un niño nacido en mi seno.
Éramos madres.
La mujer por haberlo parido y yo por cobijarlo.
El mundo se había detenido.
Mis pájaros cantaban.
¿ Sería el fin de la maldición que pesaba sobre mí?



Martín y sus pinturas.

Martín mira el horizonte intacto
dibujando el futuro y el pasado
en el lienzo de esta tierra.
Su mente se diluye
en sueños de colores,
en un inexplicable viaje.
Perdiéndose entre las nubes.
Él observa,
Lejano,
El infinito;
Sin advertir el llanto de los árboles
en este indiferente invierno.

Martín se pierde,
yo me escapo.
En cada palabra insomne
En este alfabeto irreverente
En este camino de espuma y lodo
En cada una de sus pinceladas.


Ese antiguo tango de Katia

El vino es la sangre de Cristo.
El vino es sangre.
Sangre derramada en inútiles sacrificios, en post de la utópica bienaventuranza de los hombres.
¿Qué ganamos sacrificándonos?
Sólo la falsa humildad de ser mártires,
Y por serlo, la vanidosa esperanza de perdurar en el ultraje.
Mártires benditos, inmortalizados por la culpa de quienes oficiaron el martirio.
Mártires de oficio.
Mártires inmolados.
Mártires por el solo hecho de haber amado lo prohibido.
Lo que más me inquieta de ellos, es su insurrección a la ley divina: si el amor, el cuerpo y la vida son sagrados, faltan a las escrituras permitiendo ser sacrificados.
Y el amor...
Si el amor nos daña, no es amor.
El verdadero amor no daña, nos enaltece en la paz del espíritu... pero ¿existe tal amor?
Yo pude ser una mártir más.
No lo fui.
Dudo que el amor posea la virtud esencial de no dañarnos.
No entiendo el sacrificio de Matilde.
No entiendo el sacrificio de Cristo.
No entiendo a Dios Padre entregando la sangre de su hijo para salvar al mundo, como si después de eso, hubiesen pasado a la historia pecadores y pecados.
No entiendo al Fusa que sigue tratando de olvidar la sublimación de sus ojos en el oscuro vaso, que contiene la sangre del que vino para salvarnos.
¿Por qué se entregaron?
¿Por qué?¿, ¿Por qué?
¿Por qué carajo se resignaron?
Y no pusieron más garra, ustedes, que poseían el don divino y la virtud sagrada. Del amor.


Tenía que conseguir más dinero, no sabía ni quería pedir. No sabía ni quería robar, por que no fui educada así. Julio ya lo hacía, y Ángel que siempre fue el más inteligente, o si se quiere el más cagón, se ocupaba de sonsacarle a su padre, que era compositor de pura sangre, las fijas que tenía para el hipódromo.
Nunca alcanzaba la guita, tuviésemos lo que tuviéramos.
Nuestra carrera siempre era de 2.000 metros.
A veces largábamos en punta, pero a la mitad de la demostración perpetuamente la blanca nos alcanzaba.
Con irónica insensibilidad nos arrebataba la ilusión, y en el desatino, por alcanzar por lo menos un final con bandera verde, dejábamos los días, las noches y el vento en la arena donde la cocaína corría siempre como favorita.
Ángel, Julián y yo terminábamos la canaleta con los sueños deshilachados como el río en los juncales y el corazón hecho un harapo desteñido de alegrías.
Todo, absolutamente todo, se iba con ella.
Y ella, como una mala mujer, nunca se conformaba.
Era el principio y el fin de nuestras frustraciones. La falta del amor verdadero que empezaba por no querernos, embarcándonos en la carrera arreglada de antemano para hacernos mierda, una y otra vez.
Una y otra vez, hasta el fin.

Un día, una tarde, una noche...
No recuerdo en realidad cuando pasó.
Pero claramente recuerdo que estaba sentada en el reservado del café. Y digo “del café”, y no de un café, por que ese era “EL CAFÉ” con mayúsculas. Donde esperaba continuamente a Susana, que era “la punta” de mí enrosque.
El compartimiento estaba ubicado al final del local, separado del salón propiamente dicho por un biombo que simulaba parecerse en algo a un Vitro.
La oscuridad llenaba el lugar. Las paredes estaban empapeladas con arabescos que iban del verde oliva al marrón. Las mesas eran de madera opaca y los bancos, eran similares a los de las iglesias, sólo que no poseían respaldo.
Ese era mi lugar.
Ese era el lugar donde mi vida se abandonaba.
Siempre sentada de espaldas a la entrada y de frente a los decorados.
Sobre el mueble, un vaso de whisky barato ya vacío, y un metálico tan raspado y relamido que más se parecía a un papel higiénico usado, que al elegante papel glasé que había sido.
Mis ojos hondamente desorbitados se entretuvieron, paranoicos como de costumbre, en las sombras terroríficas que se dibujaban en la pared. Imaginaba historias, los ornamentos se transformaban en personajes monstruosos. Y a veces, cuando me pasaba del límite y sentía que, de la cornisa de la vida me estaba por caer, me aferraba a las imágenes con tanta fuerza que me advertía devorada por aquel decorado fúnebre. Me perdía en él.
Mientras me encontraba poseída por aquellas formas, no tenía valor para moverme. Y eso me ayudaba, por que el terror no permitía que me procurase más de aquel veneno que me estaba matando.

Vuelvo a aquel día, aquella tarde o aquella noche:
Una única moneda me quedaba en el bolsillo, y mientras seguía absorbida por las formas la hacía repiquetear sobre la mesa, a un ritmo alocado y perpetuo.
Mi” voz” interior entonces se despertó:
- ¿No oís nada turra?
-
Automáticamente apreté fuerte el mango y lo puse en mi bolsillo, para seguir estrujándolo al punto de doblarlo.

- ¿Qué es lo que tengo que oír?- conteste en voz alta llamando la atención de unos parroquianos, que jugaban al truco en una mesa vecina
- El fuelle, hija de puta. El fuelle.
- ¿Qué fuelle?- volví a decir.
- Es el Fusa mujer- contestó un gallego y agrego- ¡envido!
- ¿Quién es el Fusa?- dije para tratar de acallar la” voz” de mi cerebro. La que nadie más que yo, podía escuchar.
- Es un bandoneonísta ciego- dijo otro de los hombres y continuo- ¡quiero!¡Cantá carajo!
- Será ciego pero tiene los oídos de oro- repliqué.
- Parece turrita que encontraste compañía.
- 32 – dijo el español
- Son buenas.
- Buenas mierdas son ellos turra, seguro que te están entreteniendo por que saben que sos ...
- ¡Truco!- cantó el compañero del ibérico
- ...capaz de dejarte enfiestar por un papel.
- ¡¡¡Quiero!!!......-grité desaforada.
- Oye niña, que estamos jugando por dinero... quieres dejarte de joder- dijo el gringo fastidiado-
- ¡¡¡Quiero!!! ... – repetí levantándome de mi asiento, y saliendo del reservado con violencia.
Los hombres se miraron sorprendidos, mientras yo, me tropezaba con el biombo que tambaleó, amenazando hacerse pedazos contra el suelo
- ¡¿No podés hacer un poco más de quilombo?!- gritó el dueño del bar y continuó- ¡no sé para que mierda té ponés así, sino té la bancás!
- Conseguiste llamar la atención turrita. A mí me daría vergüenza ser tan puta y tan viciosa. ¿A vos no?
- Si – contesté entre dientes, mientras mis manos temblorosas buscaban a tientas algo de donde asirse.
- ¡Zurdo!!- llamó el bolichero y continuó- sacala de acá, que esta, si llega a aparecer la yuta, se manda a encanar sola, y atrás de ella caemos todos.
Entonces la música cesó.
El ciego extendió su mano y yo, se la tomé desesperadamente para no caerme.
- Dejala che- dijo el Fusa y continuó- la piba está con migo.
Yo me senté sin articular palabra.
El ciego siguió tocando.
En el letargo de aquellas notas, volví a adueñarme de mí.
Después de un rato el viejo comenzó a hablarme.
- ¿Vos sos la piba que recita en el local del Jefe?
- Sí.- respondí y agregué- Gracias.
- Gracias, ¿porqué?
- Por tu gesto.
Por que si tenés guita y te mamaste, estás ebrio. Pero si sos un pobre piojo, estás en pedo.
Si té sentás en el reservado a tomar merca con “la punta” sos respetable. Pero si “la punta” no está, y vos estás a la miseria, son capaces de mandarte a engayolar.
- Esta es la vida que elegimos, ni vos ni yo podemos volver atrás.
- Yo así, no puedo más. Me queda un mango, estoy arruinada, y lo que gano por noche en lo del Jefe, no me alcanza ni para arrancar.
¡Mozo!-le grité al zurdo- servile al hombre un vino, que yo se lo voy a pagar.- y saqué del bolsillo la moneda, para mostrársela al tiempo que le preguntaba al Fusa- ¿blanco o tinto?
- Es igual, total no lo puedo ver, y con respecto al gusto, tengo el gargero tan quemao que tampoco puedo diferenciarlo.
El zurdo agarró primero la moneda que yo había dejado sobre la mesa y luego apoyo el vaso de tinto, guardando silencio.
- Te escuché varias veces recitar.-dijo el Fusa llevándose la bebida a los labios. Luego de tragar continuó- tus poesías son muy buenas. Son tan buenas que yo, las haría canción.
- Pero yo no sé cantar.
- Pero si, pararas un poco con esto- dijo cerrando el puño, con el pulgar hacia arriba y haciendo mover la muñeca como si se estuviese apantallando- te lavases la cara y te sobresaltase un soplo de voluntad, yo intentaría ponerle música a tus letras.
- ¿y... quién las cantaría?
- Vos, piba. ¿Quién más?
- Ya te dije que no sé cantar.
- Pero tenés buena musicalidad.
- No sé...
- Pero yo si sé, que para el tango, es mucho más importante tener algo que a vos te sobra, que cantar bien.
- Y ¿me querés decir que es?
- Garra, piba.
Vos tenés mucha garra.
Y eso se ve, aunque los ojos no te funquen.
O ahora me vas a decir que la Tita se hizo famosa por la voz que tenia.
No piba, gustó por que la mina puso garra, y hizo “de la milonga una industria nacional, (patentada por ella) sentida y sentimental”.
Supo aprovechar lo poco que tenía, por que en sima era más fiera que un cuco. La Tita tuvo, tiene y tendrá personalidad. Fue su única arma.
Y vos, arriba de las tablas no tenés nada que envidiarle.
¿Qué me decís?
- No sé.
- Un no sé, yo lo tomo como un bueno.
Ahora rumbiate pa tu casa, tomate algo que tengas con alcohol, y andate lo más temprano posible a torra.
Mañana, careta y bañadita te veo a las dos de la tarde en el local del Jefe
Va, mejor dicho nos encontramos en lo de El Jefe, por que verte, aunque adoraría verte no va ha poder ser.
Agarro el fuelle, su gastado bastón y salió a la calle con una seguridad impresionante.



Le hice caso.
Tome un poco de vodka al llegar al departamento y una hora después conseguí dormirme.
Me desperté cerca del mediodía.
Hacía mucho tiempo que no me despertaba tan temprano.
Estaba despabilada, ansiosa.
Aposté al que el ciego tuviese razón.
Junté en una carpetita las mejores poesías que había hecho y antes de la hora convenida me encontré en mi lugar de trabajo.
El Fusa llegó media hora tarde.
- Estuviste a punto de entrar.-dije-
- De entrar ¿dónde?
- En la interminable lista de tipos que me defraudaron.
- Perdón, piba. No era mi intención.
- Tuve miedo. Mucho miedo.
Prefiero que me ignoren a que me defrauden.
Prefiero la verdad cruda, a la mentira piadosa.
Prefiero enroscarme y no saber más nada de mí, ni de nadie, a que alguien me pinte un milagro y después el milagro resulte un fraude.
No sirvo para mártir. Es cierto, tengo mucha garra.
Tomar el toro por las astas es mi modo.
Engañarse, consolarse, resignarse al martirio es el camino común de todos aquellos que no tienen huevos para aceptar la realidad, que por más triste que sea no tiene remedio.
No me hagas perder el tiempo, ni hacerte el payaso.
Si no crees que yo pueda cantar, me lo decís y se acabó la historia.
Hasta acá llegamos.
- Pará piba. –dijo sintiéndose dolido -El bruto del coletivero se olvidó de bajarme en donde le dije, y el muy hijo de puta me llevó hasta la terminal. Tuve que volver, se me hizo tarde.
No me hagas pagar a mí, los daños que otros te hicieron.

Sentí que se me llenaba la garganta de lágrimas, mientras tomé mi carpetita y sin decirle nada más comencé a recitar:


Quizá sólo por espiantarle al viejo,
esa amargura tan ingrata,
me amuré al estaño del feca,
Y empecé a usar como chavon alpargata.
El siempre soñó un hijo macho,
Pero chancleta nací,
asique pa’ no velo sufrir
me infundé en los leones,
lengue al pescuezo me até,
Y olvidé en el ropero ‘el cotorro los faldones.
Chamuyaba al vesre,
Y escolasiaba al mus con trampa.
Escabiaba ginebra y grapa,
Sin poner jamás la mama en evidencia.
Las minas somos paciencia,
Los runfleros pura espuma.
Y así luna a luna
me fui ganando a los gomia,
algunos sólo compañero ‘e timba,
otros del laburo en la yerra ‘e pingos,
los cuales cada Domingo,
En Palermo se lucían.
Los chochamu me acetaron
aunque pa’ el documento seja hembra,
solo las viejas en la feria
chamuyaban de mí por lo bajo:
-Que rara le salió la percanta al Pepe
Mas que paloma parece espantajo.

- Buena, piba. Muy buena.
Inmediatamente se puso a improvisar las notas que convirtieron a mi poesía en milonga.
Así empezó nuestra amistad.
Me costó confiar en el Fusa.
Pero él por desvalido, por mártir, por viejo, o por soledad me enseñó a usar mi voz y contuvo mis ansiedades.
Me aguantó y me atendió.
Se jugó por mí con garra, con esa garra que no supo mostrar cuando cayó abatido y prefirió resignarse, dejándose llevar por la vida como un mártir.



Lucrecia

Sus enamorados inviernos despabilan las cuerdas de mi guitarra.
Su canto de ensueño enaltece esta silenciosa romanza de jazmines brotando del olvido.
Amor de espuma y de viento.
Música de caracolas y madreperla.
Así es Lucrecia, mi Lucrecia.
Aquella que me entrega en un verso la vida a manos llenas.
Esa es Lucrecia.
Y no otra.
Un frasco de cristal acorazado por fuera.

Era una fría mañana, abril o marzo, ya no recuerdo. Tan fría como muchas, pero especial como pocas. La rabia de mi padre durante el desayuno marcaba mi victoria ante la opresión. Por primera vez yo había elegido sin que sus deseos influyeran sobre mi decisión.
Una hija mía, -decía él- no puede ser otra cosa que abogada, y concurrir a la mejor universidad. ¿Qué es ese capricho de estudiar filosofía, y encima en ese antro de subversivos?. ¿Que absurda ocurrencia es esa?.
De mas esta decir que no era ni un “capricho”, ni una a “absurda ocurrencia”. Era, ni mas ni menos, la decisión que cambiaría mi vida para siempre.
Fue en clase de semiología. Allí la conocí. Discutiendo sobre iconos que se convertían en símbolos. Y, poco a poco, nos fuimos haciendo amigas.
Lucrecia me mostraba la vida desde otro ángulo, era como un ángel guardián que cuidaba de mí y me enseñaba a ser independiente; juntas descubrimos el verdadero significado de la palabra amistad. Muchas otras palabras pronunciamos, poderosas y rebeldes, pero esa que marcaba el afecto puro y desinteresado, fue la más intensa.
Entonces nuestra historia entonó una balada de hechicería, un canto a la liberación de nuestro cautiverio.
Así comenzó nuestra primer batalla; y digo nuestra porque, a pesar de ser mi padre el enemigo y yo la víctima, fue ella quien me enseñó a no darme por vencida.
Largos y fructíferos fueron los años que pasamos juntas; e inquebrantable el amor que nos tuvimos.
Una tarde de otoño, entre cervezas y poesía, me contó sus memorias, un crudo relato de pasiones desencontradas y miserias humanas.
Lucrecia provenía de una familia pobre. Una madre alcohólica, un padre que nunca estuvo, y un hermano que se escapo de la vida para no seguir sufriendo.
Aquel día la vi llorar por primera vez, y su llanto era amargo y atormentado. Como aquellos témpanos desmoronándose en las frías aguas, su mirada de doncella se desplomo ante la angustia.
Y entonces todo fue silencio.
Las palabras se quebraron en mi garganta y no pude mas que abrazarla, tomarla en mis brazos como lo hubiese hecho una madre, besarle la frente como si ese hermano fugitivo se adueñara de mi cuerpo.
En ese momento dejó de llorar, sus manos acariciaron mi rostro y en sus ojos podía verse que el temporal se desvanecía lentamente, para regalarme un manojo de estrellas fugaces.
Entonces comprendí que la amaba, y que en adelante nuestro canto seria claro y vigoroso como la espuma de los mares. Y fue en esa hora que su alma me regaló un tango. Y su voz trajo desde lejos la melodía oculta de los Maiar, e hizo que las aves callaran solo para oírla.
Fue, aquel día, eterno.
Fue el principio de los días.
Fue el primer amanecer del sol en la llanura encantada.

Así, pues, bajo el firmamento, quedó sellada para siempre esta amistad. Mientras, a lo lejos, nuevamente se oía el trino de los pájaros.
Presagio. Huella. Terrones. Espiga. Itinerarios. Los cuerpos que abandonan las almohadas. Y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son. Cenizas de relámpago. Cintas que dormían en la lluvia. Lámparas a mitad del encuentro. El borde de la copa donde le vino es también la luna y el espejo. Esa perfecta sopa de estrellitas.
Te escucha, te apoya, sincera, consejera, Jodona. Mucho huevo. Jugada.
Persona a la que le expreso todos mis sentimientos. Le puedo contar todo sin temor a que me cague a pedos o me diga algo que no quiero escuchar. Confiable y confidente. Fuerte por fuera, frágil por dentro.



El niño

Necesité que pasaran varios días desde el nacimiento para darme cuenta de que, al igual que la madre, vivía obsesionada por el niño.
Que si lloraba.
Que si se agitaba durante la noche.
Que si se alimentaba bien.
Que si dormía.
Que si se despertaba y por que.
Que, que, que y miles de que más alineados en una larga fila.
Cuidaba tanto del niño como de la madre.
Eran muy importantes para mí.
Representaban, en esa tenue y frágil unión, el ejemplo válido de que la maldición lanzada sobre mí era injusta.
Se podía vivir sobre mis tierras sin correr ningún tipo de peligro.
De hecho lo hacían ellos.
Y parecían muy felices al hacerlo.
La sonrisa de él al despertar y la satisfecha expresión del rostro de ella al verlo tan feliz era mi cuota diaria de alegría junto al placer inmenso que me producía cuando la ceremonia del pecho, varias veces al día, hacía nacer en mí una envidia sana ante mi ausencia de tetas.
Trataba de hacer todo lo posible por tenerlos felices.
Obligaba a mi orilla a minimizar los efectos de las crecidas.
Le explicaba a mis árboles que no debían sacudir con brusquedad sus ramas por temor a que el niño se asustara.
E incitaba a mis pájaros a que cantaran obligándolos a una correcta afinación.
Éramos felices.
Y lo seguimos siendo durante semanas hasta esa luminosa mañana en que el niño lloró al despertar en vez de reír.
No puedo negar mi urgente preocupación.
No soy tonta y supe que algo extraño pasaba.
No necesité, siquiera, observar el rictus de temor en la cara de la madre.
Y menos aún, la presencia de un médico.
Con solo mirarlo un rato, podía verse que el bebé (mi bebé) estaba enfermo.
Muy enfermo.
Lo decían sus arrebatados cachetes, la respiración entrecortada y las pequeñas lágrimas que brotaban de sus ojos frágiles que simulaban la angustia diminuta de algún desprotegido colibrí.
Mis pájaros suspendieron sus trinos y hasta la suave brisa del norte detuvo su marcha entre las altas ramas de los talas.
Tuve miedo, y la madre lo mismo.
No solo coincidimos en eso, también en nuestras mutuas reacciones.
Fue como si una orden de origen divino cruzara su mente y la mía.
Debíamos, sin falta, descender la fiebre en ese cuerpecito que gritaba, sin hablar, a los cuatro vientos que se consumía víctima de su propio fuego interior.
De inmediato pensé en agua fresca.
La madre no.
La vi dejar al bebé junto a la choza y perderse dentro de la misma.
Buscaba algo.
Los extraños ruidos que se escuchaban afuera no me dejaban ninguna duda.
Verla salir con una pala me desorientó.
Y cavar rápidamente un pozo poco profundo mucho más.
Y que decir cuando colocó al niño dentro del hueco y procedió a taparlo dejando sólo la enrojecida cabecita al aire libre.
Mientras trataba de salir de mi asombro, se sentó junto al niño y comenzó una plegaria en guaraní.
Podía sentir el calor del niño confundiéndose con el frío de mi tierra.
Me di cuenta que absorbía, grado a grado, toda su temperatura y en ese preciso instante supe que era yo, y solamente yo, la única que podía curarlo.
Y a eso me dediqué con un esmero que jamás había utilizado en tarea alguna antes.
Aunque ignoro, en tierra propia, los sentimientos humanos, puedo decir que esa fue la jornada más extraordinaria de mi vida.
Fue como un sueño.
Fue como el cumplimiento del más esperado deseo.
Fue como hacer el amor.
Si, aunque el que pueda estar escuchándome sonría escéptico y seguro de sí mismo, para mí fue eso.
Fue como hacer el amor y nunca voy a olvidarlo.
Su cuerpo enfriándose lentamente entre tenues gemidos y breves estremecimientos envuelto en húmedos sudores.
A medida que el niño reaccionaba fui, como corresponde a un amante satisfecho, adormeciéndome y no me preocupé cuando su madre, con ese sexto sentido oculto que tienen todas las madres, supo que estaba curado y lo sacó de mí.
Esa fue la última imagen que tuve de ellos, antes de dormirme en las sutiles alas de mis pájaros y el exquisito perfume de mis jazmines.



Los constructores


Entretenida como estaba, casi ni me di cuenta de su arribo.
Sonrío al pensarlo, por que suele pasarme seguido, ya que me tenían totalmente absorta una pequeña pareja de pájaros que se dedicaban a construir su nido.
Por eso tocaron mi tierra antes de que los pudiera ver.
Recuerdo que ataron la proa de la embarcación a los dos tristes postes a los que mi Carlos les decía muelle y ni lerdos ni perezosos algunos saltaron sobre mí y otros permanecieron sobre cubierta.
- Ya está segura Negro. Tirame la de popa que te la aseguro también.
El de los gritos era, a todas luces, un curtido hombre de trabajo, de esos que tanto recorren las islas buscando algo que les permita comer a ellos y a los suyos, de tenerlos.
- Allá va, Turco.
El de cubierta no se diferenciaba mucho, salvo por el pañuelo rojo que llevaba al cuello.
- Listo esta también, Negro
- Bueno, Turco, si usted lo dice.
En el muelle podía contar a tres y sobre la lancha parecía estar nomás el llamado Negro.
- Porque no se van fijando un lugar para el obrador y después bajamos las cosas Turco.
- Como usted lo diga Negro, ya lo hacemos con el Colorado mientras el Chino se queda acá- se dio vuelta dirigiéndose al más petiso – le parece bien, Chino.
- Me parece, patrón.
- Vamos Colorado que la jornada no espera – dijo golpeándole suavemente en la mitad de la espalda al que estaba junto a él.
- Como ordene, patrón.
Lentamente se dirigieron hacia el monte.
Al pasar junto a la choza de Carlos se detuvieron. El patrón pegó tres secas palmadas en dirección a la lona que servía no tanto de puerta como de freno al mosquerío.
- Buenos Días.
Nadie le contestó.
Repitió la ceremonia.
- Buenos Días.
Otra vez el silencio.
- Sigamos Colorado que acá no hay nadie.
- Como ordene Patrón.
Hicieron unos cincuenta metros de recorrido hasta pararse en el pequeño claro que se abría justo muy cerca del árbol en que mis pájaros andaban de construcción.
- Este parece un buen lugar Colorado. ¿ Qué opina?
- Que sí, patrón. Tan bueno debe ser que se nos han anticipado, mire – señaló hacia el nido parcialmente terminado.
- Ja, ja, tiene razón. Buen lugar andamos eligiendo, parece. Buen lugar. Volvamos a la chata, a descargar.
- Como ordene patrón.
Les llevó gran parte de la jornada bajar todos los materiales que habían traído: chapas galvanizadas, maderas, clavos, herramientas, bolsas de material y hasta una puerta y dos ventanas.
La cosa parecía que pintaba para largo y no me equivoqué.
Diez largas jornadas necesitaron para completar una simpática construcción que podía, sin demasiado esfuerzo, ser llamada casa.
Pintada de blanco con los marcos de las ventanas y de la puerta contrastando con verde oscuro parecía feliz bajo el sol del mediodía.
Recuerdo que, una vez clavada la última tabla de madera en la parte inferior de la pared que daba hacia el monte, los cuatro hombres se juntaron en medio del claro y se la quedaron mirando.
Parecían satisfechos.
Y lo estaban.
En especial ese al que llamaban patrón y que fue el primero en opinar:
- Quedó buena. Muy buena. ¿ Que te parece Negro?
- Que esta como debe estar. Bien paradita. ¿ Y ustedes no dicen nada?- se dirigió hacia los dos peones.
- Nos parece linda Patrón – el Colorado contestó por los dos.
- Me alegra mucho. Vamos a festejarlo Turco, vamos muchachos, ustedes también. Todos a la lancha que nos vamos para el Tigre. Tanto laburo merece un poco de joda. Vamos.
Los vi treparse a la embarcación y desaparecer en dirección al sur.
Por poco y se encuentran con mi Carlos que volvía de estar dos semanas trabajando un campo en una de las Lechiguanas grandes.
Mi hermoso Carlos que al día siguiente descubrió la construcción.


Revelación.



Quiero morir en otoño,
con las hojas cayendo
Y la lluvia besando mis mejillas.

Quiero despertar de este sueño
y advertir que nada es,
que tus ojos ya no me odian.
Y volver a empezar,
como antes,
Sin engaños ni rencores.

Quiero un vestido antiguo
Y una ilusión nueva.
Una casa clara,
un jardín florido,
y un beso cada mañana
Que me haga olvidar todo.

Quiero morir en otoño,
Partir cuando todos duerman.
Sin despedidas.
Y nacer a otra vida.

Quiero un traje negro
y un féretro blanco,
y un camino de jazmines
lleno de olvidos y recuerdos bellos,
Y respuestas.

Y tus manos y tus labios
conduciéndome al edén.





La Prefectura

Todavía me causa mucha gracia el recordar con que respeto daba vueltas Carlos alrededor de la casa nueva, sin acercarse a menos de cinco metros.
Le tenía miedo, sin dudas. La medía, la estudiaba, pero de lejos, siempre de lejos.
A veces me daban ganas de gritarle que no era un perro, que no lo iba a morder, que se le animara.
Pero el pobre se acercaba un poco primero, un poquito después, un poquititito más tarde, para salir reculando al final.
Es tan inocente mi niño que, al fin y al cabo, no sé que me asombraba.
Era una actitud lógica en él.
No tocar lo ajeno.
Lo que sí dejaba de ser lógico era el hecho concreto de que los constructores no habían regresado.
Y no puedo negar que eso me tenía intrigada.
Al primer día de ausencia ni me preocupé.
Ya se sabe lo que les puede durar una farra a los de por aquí.
Al segundo me dije: estos deben estar durmiendo la curda en algún rincón.
Al tercero no dudé en imaginármelos en alguna comisaría.
Y después del quinto pensé, por primera vez: estos no vuelven.
No se me ocurrió otra cosa que un entrevero, y de los machasos.
Hembra, vaso, curda hecha filo en las lenguas, una cuchilla, alguna tripa colgando y todos adentro.
No me quedaron dudas.
Por ahí debía andar la cosa.
Sí señor, por ahí.
Y estaba dispuesta a defender mi teoría cuando vi aparecer a la lancha patrulla de la Prefectura que suavemente se arrimó al precario muelle de Carlos.
Nadie se dignó a bajar, gritó uno desde cubierta:
- ¿ Anda alguien por ahí?. Tímidamente se asomó Carlos. - Yo.
- ¿Quién es yo? Carlos ¿Carlos cuanto? Tres o cuatro segundos demoró la respuesta:
- Carlos nomás.
El prefecto sonrió levemente en dirección al timonel que hizo lo mismo.
- Muy bien, Carlos, asomáte para que te pueda ver. No hubo reacción alguna. Asomáte, viejo, sin miedos, que con vos no es la cosa. Si vo lo decí – Carlos apareció al fin colocándose, por las dudas, igualmente cerca de la lona que hacía de puerta de la choza.
- Muy bien. ¿ Sabés lo que me trae por acá?
- No.
El prefecto y el timonel se miraron con un dejo de incredulidad en los rostros.
- ¿ No sabés nada de la casa nueva vos? De la que está ahí nomás de la tuya.
- No, un día al irme para las Lechiguanas no estaba y un montón de días después, a la vuelta, estaba.
Los del barco se rieron.
- ¿ Así que un día no estaba y al otro sí? Sos gracioso, che, muy gracioso. ¿ Querés decir con eso que no viste a los que la hicieron?
- Eso mismo, sí vo lo decí.
El prefecto sacó un sobre del bolsillo de su camisa y le hizo señas a Carlos para que se acercara. Este le obedeció.
- Tomá este sobre. Tenelo, está cerrado. No lo vayas a abrir pero guardalo bien y mostraselo a cualquier autoridad que te lo pida o quiera saber algo sobre la casa. ¿Entendés?
- Sí vo lo decí.
- Muy bien, viejo, muy bien. – pareció que se daba vuelta como para decirle al timonel que siguieran viaje pero se detuvo, dándose un suave golpe sobre la visera de su gorra – casi me olvido de explicarte, esa casa, a la que no tenés que entrar por que es propiedad privada, iba a ser para el Negro Ordoñez y el Turco Asiain. ¿ Te suenan los nombres? – Carlos permaneció en silencio – Eran dos grandes tipos che, dos laburantes de ley. Pensaban plantar naranjas y mandarinas. Ibas a tener unos buenos vecinos, con ganas de superar la mala suerte. Si, che, a esa mala suerte que les había llevado a sus familias un año antes en un accidente. Pobres tipos, primero, la culpa que sentía el Negro Ordoñez que manejaba esa vez en curda por la ruta y después, cuando parecía que los naipes ya no estaban marcados y dejaban de ser punto para transformarse en banca la parca, la puta parca que se les adelantó. Volvían del festejo por haber terminado la casa junto al Colorado Iturregui y el Chino Soria cuando se los llevó puestos un loco con un crucero, de esos deportivos, viste, que venía corriendo una carrera contra otro estúpido como él por el medio del Luján. Los partió al medio Carlitos, al medio. Más que ahogarse los mató el golpe de lleno contra el casco de fibra. Hay que joderse Carlitos, hay que joderse. Pensar que los dos hijos de puta no se hicieron nada y estos cuatro andan mirando las margaritas de abajo hace unos cuantos días. Si habrá que joderse nomás y seguir remando. Así que, Carlitos, no té preocupés y cuidanos la casa. ¿ Sí?- no esperó ninguna contestación y se dirigió hacia el timonel – Dale García, que nos volvemos.
Largo rato después de que se hubieran ido, Carlos seguía en la orilla, mirando a veces hacia el río, a veces hacia la casa.
Me dio la sensación de que trataba de entender lo cerca que había estado de dar por terminada su soledad.
Esa que lo acompañaba desde la muerte de su madre.
Bueno, eso es lo que creo, quizá pensaba en otra cosa.
No lo sé, pero las lágrimas que rodaban por sus mejillas no me dejaban muchas dudas.



La matanza

Era invierno, no tengo duda alguna de ello.
El frío húmedo y la gruesa niebla que viste a mis madrugadas de fantasmagórico escenario se hallaban presentes y el río era la sangre congelada de un mundo silencioso y muerto.
No podía oírse absolutamente nada.
Ni las pequeñas olas golpeando contra mis orillas.
Cualquier hombre, recorriendo mis lugares, podría haber creído, ante semejante mudez, que su capacidad auditiva se hallaba ausente.
Que era definitivamente sordo.
Quizá por ese insonoro cuadro fue que me sobresalté al escuchar el repentino tronar de los motores.
Recuerdo que surgieron deforma espontánea y me llegaron del lado opuesto, el que no tiene muelle y está deshabitado.
En un momento no había nada y en el siguiente todo era un rugido dantesco y alocado.
Un conjunto de sonidos que de, haber sido una filosa daga, hubiera cortado al medio al que se les cruzara.
Cuando dicho clamor casi llegó a rozar mi costa pude darme cuenta que lo originaba.
Tres embarcaciones de siniestro aspecto me alcanzaban.
A bordo, las siluetas de varios hombres de uniforme se recortaban sobre las tenues luces de las timoneras.
Detrás, sobre las cubiertas de popa una docena de pequeños bultos se almacenaban apretados.
Pude escuchar gritos lejanos que, al acercarse, se transformaron en órdenes.
- Esté atento Cardozo, que nos tragamos la isla - la voz partió de la embarcación que venía en punta.
Menos de un minuto después su proa se clavó en mi playa.
Luego, las otras hicieron lo mismo.
Siguieron las ordenes que, partiendo de las distintas naves, se transformaron en un solo conjunto marcial, frío y mecanizado.
Había entre cinco y seis militares por cada lancha, los que se abocaron de inmediato a golpear, con las culatas de las armas que descubrí por el opaco brillo de los caños, a los bultos que yacían sobre las cubiertas, mientras proferían insultos a viva voz.
En ese instante pensé en reír.
Gritarle a unas bolsas viejas.
Era rídiculo.
El movimiento cansado de una de esas bolsas que pareció ponerse de pie congeló mi sonrisa.
Una tras otra se fueron irguiendo a causa de los golpes y el vozarrón de los uniformados.
Al ir pasando junto a las luces de las timoneras pude ver que eran hombres y mujeres con vendas negras sobre los ojos.
¿ Qué era esto?
No podía entenderlo.
¿ Qué hacían aquí?
¿ Y las vendas?
El desconcierto me embargó.
Era muy extraño, y totalmente desconocido para mí, semejante cuadro.
¿ Sería parte de un juego?
¿ Alguna extraña y nueva manera de divertirse?
Los empujones, acompañados de groseras palabras, no tenían nada de gracioso.
Y menos aún los culatazos en medio de algunas espaldas.
Recuerdo que uno a uno fueron bajando ( en algunos casos cayendo) sobre mi playa.
Pude contar un total de tres docenas de personas.
¿ Personas?
Realmente, y mientras veía como eran llevados en triste columna hacia la parte más cerrada del monte, no podían ser catalogadas de personas.
Por que había visto infinidad de personas pasar frente a mí y estas, que ahora eran puestas en fila en el medio de mi cementerio indio, no podían ser denominadas de esa manera.
¿ Que serían?
¿ Que papel les tocaba cumplir en todo lo que estaba sucediendo?
No alcanzaba a comprender lo que veía.
Recordé situaciones anteriores para llegar a una conclusión hasta que una palabra me llegó de lejanos tiempos, cuando esas voluminosas naves de velas raídas transportaban, río arriba, a esos hombres de coloridas ropas y pesados cañones que viajaban rumbo a no sé que guerra.
Era una palabra que solían usar aquellos antiguos guerreros junto a las de muertos y heridos.
Prisioneros.
Esa era la palabra.
Prisioneros.
Eso eran estos grises espectros.
Fui a prestarles toda mi atención cuando uno de los militares emitió una orden:
- Saquénles los tabiques.
Y los que parecían subordinados del que impartía todas las imposiciones, procedieron a sacarles las vendas que cubrían los ojos de los prisioneros.
Verles los ojos hundidos en una mezcla de angustia, temor y desesperanza fue un rudo golpe para mí.
- Preparen las armas.
Metálicos sonidos siguieron a esto, como paso previo a todos los caños de las armas que apuntaron al grupo de prisioneros.
Una estática energía destilando muerte los rodeaba.
Intenté hacer algo.
No sabía que.
Algo.
Cualquier cosa.
Al no encontrar una posible acción que protegiera a los que temblaban sobre el cementerio indio me desesperé.
El frío, la humedad y la pegajosa niebla eran un tenebroso marco.
Del infinito reloj del universo pareció desprenderse un segundo eterno.
De los que estábamos allí nadie esperaba otra cosa que no fuera la muerte.
En cambio, el viento sur, como siempre, se levantó transformando al río en la habitual masa histérica y desencajada.
Y la súbita rebelión de los pájaros creó un instantáneo caos en el grupo.
Por unos segundos nadie supo que hacer.
Las armas dejaron de apuntarlos.
Los que daban órdenes se miraron entre ellos.
Y a los prisioneros no se les ocurrió otra cosa más que desperdigarse corriendo en distintas direcciones.
Al instante vino a mi mente la explosión de un hormiguero.
Fue exactamente lo mismo.
De un punto central hacia los extremos más lejanos en una loca carrera.
Tras las previas vacilaciones, los uniformados reaccionaron.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro y más ráfagas de proyectiles fueron dirigidas hacia los prisioneros.
Entre la espesa niebla y el fuerte viento algunas sombras cayeron sobre mí.
Su sangre manchó mi tierra y el espanto de sus rostros fue la última imagen de sus vidas que pude ver.
Algunos caían heridos y trataban de ocultarse entre las sombras de los árboles.
Tres o cuatro prisioneros se escondieron detrás de enmarañados arbustos pero fueron descubiertos y baleados al instante por los prolijos servidores de la muerte que, repuestos de la sorpresa inicial, demostraban conocer su oficio.
El estruendo de las armas cerró su macabro concierto ante la marcial orden:
- ¡ Basta carajo! - siguieron algunos disparos aislados - ¡ Basta carajo, he dicho!
Pude oír, nuevamente, el conjunto mezcla de sudestada y pájaros acompañados de algunos rezongos aislados de dolor.
Uno de los militares, que de lejos era el de mayor rango, también los escuchó.
- Cardozo, Moya, Recabarren, rastrillen el área con sus hombres. A juntar a los muertos y a rematar a los vivos. Que todavía quedan dos o tres hijos de puta que respiran. Cuando terminen, hacen un lindo paquete y se lo llevan a las lanchas.
- Sí, señor.
- Como usted diga, señor.
- A sus órdenes señor.
El grupo se desperdigó hacia los cuatro puntos cardinales.
El jefe volvió a gritar.
- Y busquen bien, muy bien. No quiero que quede ni el cordón de un zapato tirado por ahí. Busquen y háganlo bien. Que de estos guachos no quede ni una miga que pueda recordar que alguna vez existieron.
- Sí, señor.
- Como usted diga, señor.
- A sus órdenes señor.
La fuerza de los marciales pasos, aunque parezca exagerado decirlo, me dolió sobre el terroso lomo.
Para estos hombres existía un solo objetivo: matar.
Y lo cumplieron.
Como sólo ellos podían hacerlo.
Pero, llegado a este punto, no quiero ahondar mucho en el recuerdo por que se hace angustia la marea sobre mi playa y lloran mis glicinas en el monte, pero una imagen vuelve y vuelve, como una nota macabra a colarse en medio de mí.
Es un rostro.
Joven, casi niño.
Que se une al herido cuerpo que tiembla.
Se ahoga.
Piensa en hacer de sus heridas un aullido pero las militares botas están allí nomás y el adolescente cerebro guarda aún la esperanza de escapar de la masacre.
Intento protegerlo, como alguna vez hice con Carlos.
Con ese Carlos, que unos doscientos metros más allá, dentro de su casa, ha confundido, por sano desconocimiento, a los disparos con truenos y sigue, gracias a Dios, oculto tras los sauces y durmiendo, no descubierto por estos asesinos que no hubieran dudado en matarlo también.
Aprovecho una ráfaga de viento y obligo a un delgado tala a que deje caer una gruesa rama entre el soldado y el herido.
Pero, no logro el resultado propuesto porque mi lastimado niño se asusta y deja escapar un grito.
Un grito que es escuchado por el militar oído que orienta al asesino sobre la indefensa víctima.
Me cuesta, llegado a este punto, continuar, pero debo hacerlo en homenaje a tanta sangre derramada.
Sus ojos vuelven a mí.
Esos dilatados ojos, que nunca más tuve oportunidad de ver y que destilan todo el espanto que el arribo de la muerte imprime al corazón del que se sabe vencido.
Bastó un solo disparo en la frágil nuca.
Uno solo.
Y la vida se fue con la muerte.
Y el aire, el poco y gastado aire que quedaba en los heridos pulmones, los acompañó.
Y mi joven murió.
Como lo hace una mariposa al final del día.
Como lo hace un anciano al llegar el invierno.
Como lo hace, ahora mismo, mi relato, al que no puedo seguir porque la imagen de los cadáveres siendo arrojados como basura sobre las cubiertas de las lanchas, que parten antes de que amanezca con incierto rumbo, es una llaga que vuelve a abrirse como lo hacen las rosas al llegar la primavera pero, en mi caso, sin perfume, con espinas nada más.


La pareja

Cuando la lancha colectivo se acercó al muelle de Carlos tuve, por unos segundos nada mas, la pequeña ilusión de que los constructores ausentes regresaban a tomar posesión de su obra.
Pero la pareja que con bastante esfuerzo, supongo por la falta de costumbre, descendió a mi playa, dio por tierra con mi esperanza.
No eran ellos.
Ni remotamente eran ellos.
Dirigí toda mi atención a los recién llegados y pude ver al lanchero arrojar, con mucha precisión, dos bolsos grandes que estaban colocados sobre el techo.
Me asombró después que cuando fue a hacer lo mismo con una caja de cartón la mujer, que dicho sea de paso era bastante más joven que el hombre, le pidió que lo hiciera con cuidado y repitió dos veces la palabra vajilla y unas tres la palabra vasos.
Ese comentario me hizo comprender que venían con toda la intención de quedarse y no me quedaron dudas de esto cuando se dirigieron resueltamente hacia la casa cerrada.
No alcanzaron a caminar diez pasos cuando mi Carlos se apareció saliendo de detrás de su puerta cortina.
- Bue... bue... buen dìa.
- Buenos Días – contestó el recién llegado.
- ¿Adónde va?.
- A nuestra casa.
Mi Carlos pareció arrepentido de haber preguntado pero, supongo que como no le quedaba otra, siguió la conversación.
- ¿ A su casa?
- Si, por lo menos eso es lo que nos dijeron.
- ¿ Su casa?
El extraño pareció molesto y se le notó el esfuerzo por mantener la cordialidad. Contestó marcando las palabras una a una:
- Si mi casa - miró a la mujer que estaba junto a él – mejor dicho, nuestra casa. La acabamos de comprar y, si a usted no le molesta, pensamos instalarnos en ella.
- ¿Existe algún problema, caballero?
Mi Carlos enmudeció.
Como lo conozco supe que la timidez se le había instalado en el cuerpo y que, de paso, trataba de entender, dentro de su sana ignorancia, las complicadas, para él, palabras del extraño.
Me hizo sonreír su ternura al verlo contestar suavemente, en un volumen casi inaudible.
- No, ninguno –y sin darle posibilidad de seguir la charla a los recién llegados, se metió dentro de su choza.
Estos se quedaron, por unos instantes, sin saber que hacer.
Luego, el hombre miró a la mujer, esta al hombre y se sonrieron mutuamente primero, para seguir caminando después hacia la casa.
Al verlos marchar, cargados con sus cosas, tuve el presentimiento de que en un futuro podría separar mi historia en un antes y un después de este arribo.
No sé que me llevó a pensar en ello, pero desde ese momento comencé a prestar mucha atención a todo lo que sucediera sobre mí.
No lo hice por miedo, solo fue por precaución.



Un encuentro como tantos


- Sí, hable.
- Hola. Hablo con el 558-4358.
- Sí. Con quién desea comunicarse.
- Mi nombre es Alberto Casaforte, y llamo por el aviso que han publicado en el diario. Tengo información sobre la pareja que buscan.
- Bien, me gustaría encontrarme con usted personalmente, para poder conversar con mayor comodidad.
- En caso de que usted encuentre los susodichos gracias a la información que yo pueda proporcionarle, ¿Cuándo cobraría la recompensa?
- Cobraría cuando hayamos hallado a los desaparecidos.
- ¿Y en caso de que hayan fallecido?
- Cuando se compruebe que están muertos.
Pero bien hombre, necesitamos charlar esto personalmente.
- ¿Podría decirme cuál es su gracia, y porque están buscando a estos pobres desgraciados?
- Sí, perdone que no me haya presentado. Me llamo Nicolás Arguello, y soy detective privado. Estoy investigando la desaparición de Matilde Molina Torres y Martín Oroño. Trabajo que me fue encomendado por los padres de la susodicha, los cuales parecen temer morir sin tener a quien dejar su abultada fortuna.
Por eso, por el dinero, no se preocupe, por que hay y mucho, siempre y cuando, los datos que me dé sean correctos y podamos hallar a la muchachita rica y el maduro pintor.
- Bueno... Señor...
- Arguello
- Sí, Arguello. ¿Dónde nos encontramos?
- ¿Qué le parece si se acerca hasta mi oficina? Usted, ¿Dónde vive?
- Por su número de teléfono, creo que estoy bastante cerca, deme su dirección y en media hora nos vemos.
- O.K.




- Pase.
- Permiso.
- Siéntese y empiece a contarme que es lo que sabe.
¿Quiere un café?
- Sí, gracias.
- ¿Azúcar?
- No, soy diabético. El stress, dice el médico.
- Bien, empiece a contar.
- Sí claro.
En el año 78, yo era gerente de un banco. Martín Oroño, por aquella época era un famoso pintor, y guardaba sus ahorros en una cuenta de aquella entidad. Si bien no era un hombre rico, esa cuenta guardaba dinero suficiente como para vivir sin trabajar durante muchos años. Era para nosotros un buen cliente. Tal vez algo excéntrico, pero confiable.
Un día cualquiera llegó al banco con la chica, que en ese momento era casi una adolescente, como la pinta la foto del diario, y pidió retirar todo su dinero y cerrar la cuenta.
Recuerdo, que yo conversé con el hombre, y le pregunté Por qué cerraba la cuenta, y me contestó que un amigo de él había desaparecido, un tal Rodolfo. Tenía miedo de estar en la lista negra y conducir a un nefasto final también a su novia Matilde Molina Torres..
Me dijo que compraría una casita en el delta en el canal San Gines y el arroyo Las Azaleas.
Allí pensaban quedarse hasta que se enfriaran las cosas.
De la chica no me dijo nada, pero se le notaba triste, a pesar de su aspecto de doncella de cuento. Creo que sentía culpa, pero no por escapar, ahora que sé, de sus padres. La culpa que ella sentía era mucho más onda, su mirada apagada denotaba otro tipo de culpa, esa culpa que te parte el alma y que no tiene remedio.
Recuerdo también que llevaba ropas sueltas y ligeras, y por nada del mundo quitaba sus manos del vientre, como acariciándolo. Ella me dio pena. Él estaba tan ensimismado que no veía que esa casi adolescente, era arrastrada por su propia sombra.
Martín Oroño me pidió por lo más sagrado no comentar su destino, y yo no lo hice hasta ahora. No por bueno, sino por ser padre de una chica que tiene la misma edad de Matilde, y por aquella época rezaba cada noche para que mi hija no se metiese en nada raro.
- Entonces usted piensa que ellos fueron secuestrados por las fuerzas.
- No puedo asegurar eso. Pero creo que puede ser probable. Incluso tengo entendido que hubo, cerca del lugar donde ellos compraron la casa, una gran matanza.
- ¿Dónde estarán?
- Parece ser que usted es el encargado de develar el misterio.
Por mi parte no tengo más nada que decir. Le dejo mi teléfono.
- Me mantendré en contacto con usted.- aseguró Arguello-
Gracias por todo.
- Gracias a Usted- se despidió Casaforte estrechándole la mano.


Te busco




Te busco.
Te escondes.
Te escribo.
Te ciegas
Soy ausente en las listas banales
Y aun así nada es verde.
Nada es.
Ni la luna,
Ni el rocío.
El no llueve en el corazón reseco
No hurga,
Solo encuentra.
Lienzo vacío.
Tristeza de almohadones contemplando esta partida.




La abstinencia

Se advertía como tarde de Agosto: Frío, soledad, desolación, angustia; pero sobre todo ansiedad.
Una ansiedad, que lo justifica todo.
Una desesperación que se hace más fuerte que el espíritu.
Una sensación de sequedad en la garganta que va contagiando del mismo síntoma el alma. El corazón rebotando contra el pecho que alguna vez amó, y que fue receptáculo del esperma sagrado para el sacrificio que fue para mí, el amor.
Necesitaba con desesperación “aquel algo” que le faltaba a mi sangre adicta y a mi psiquis paranoica. Lo necesitaba a morir, y el solo hecho de saber que en estos parajes era difícil, casi imposible, conseguir una porción de esa sustancia, producía en mis extremidades un temblor alterado por el cuál se me hacía difícil desplazarme.
Las habitaciones de la casa estaban en sombras. La ausencia de Carlos empeoraba la situación. Nadie podía ayudarme, y yo por primera vez sentí el temor de morir. Por que la desesperación se presentaba tan aguda, que imploré acabar al fin.
Como pude, y de manera tortuosa traté de salir de la casa, llevándome por delante cada uno de los objetos que se interponían entre mi espectro y la escalera. Al salir al pequeño patio, sentí al frío viento del sur calándome la médula, y mis ojos divisaron trémulos el horizonte de acero muriendo en el cause leonino. Asida torpemente al mampuesto de la escalera bajé unos cuantos escalones, hasta que finalmente resbalé.

Me puse de pié. Ya no había temblores extendiéndose por el cuerpo, que sin embargo, y a causa del tormento, me seguía siendo ajeno.
El cielo era ahora blanco que al volcarse por el horizonte en el río, desteñía el caudal de marrón a blanco tiza. El cuál mientras sobaba la orilla verde iba poco a poco tiñéndola de cal.
Todo color se había perdido para mis ojos incrédulos, y el viento comenzó a soplar con furia mientras esparcía por doquier una lluvia espasmódica.
Quería gritar y en la garganta la voz se caía en un hoyo profundo. Mi grito se me caía en el alma.
No había forma de defenderse, creí estar en tártaro. Sentí pavor y al mismo tiempo alivio, creyendo que el sufrimiento terrenal había culminado.
Las aguas compactamente blancas se movían de manera frenética, salpicándome ácidas. Envueltas en un tufo químico de sabor reconocido y deseado.
De pronto la lluvia se solidificó, transformándose en polvo blanco y fino. Yo respiré en ella, me embebí en lluvia sólida, porque todo oxígeno era cocaína, y porque ella era mi única y prohibida necesidad de vida.
Y como ceniza volcánica cayó sobre todo árbol, planta, tierra, animal, embarcación y casa. Matando todo vestigio de razón, acabando con todo lo que fue, para corroer lo que ya nunca será.
Una felicidad vehemente se enroscó en mi ser que se contorsionaba al borde de la epilepsia.
Este lugar para cualquiera habría de ser el aveno. Pero para mí, ahora que me empezaba a disfrutar de lo que se me estaba ofreciendo, era el paraíso.
Vi a Carlos salir de la casa. Me impresioné. Distinguía a Carlos en colores. Él era lo único que veía en colores, todo lo demás era blanco, yo era blanca. Y en el fondo, aunque le temía a la muerte, quería seguir siendo blanca.
Aquel ser pigmentado corrió hacia mí, gritando una y otra vez mi nombre.
Por fin desperté, convirtiendo la pesadilla en realidad.
En el suplicio de mi realidad enferma.
El padecimiento me presentó ante la vigilia así:
Las manos descarnadas, pálidamente blancas.
Los ojos desencajados de unas cuencas profundas y oscuras.
El aliento pútrido.
La boca babeante.
La voz en un grito sordo.
La transpiración fría.
Los miembros inferiores en una tiritona intolerable.
Y el deseo, la necesidad, la penuria aherrojante de necesitar cocaína.
Todo parecía ser parte de la pesadilla, pero era absolutamente consiente de mi realidad. Hubiese querido engañarme, pero el engaño era absurdo. Esa era mi realidad, había salido de un infierno para internarme en otro, tan o más pavoroso que el anterior.
Había pensado que allí, ningún mal podría alcanzarme.
Había pensado que allí, en aquel enjambre de río y vegetación estaba protegida. Pero todo esto no era más que una estúpida patraña que yo, por protección o por ingenuidad me había intentado hacer creer, pero en el fondo sabía que este momento de desesperación iba a llegar, y llegó.
No fue suficiente el candor de Carlos y su protección, ni tampoco el amparo de la isla que me escondía maternalmente bajo sus faldas de verdes salvajes.
No fue suficiente nada cuando el desastre se desató aquella madrugada.
Abandoné la cama empapada dando un salto, que sonó a ruido seco sobre el piso de pinotea, con una fuerza extraña que se vertía en mi cuerpo como poseyéndome, mientras la voz, repiqueteaba dentro de mis sienes amenazadoramente:
“- ¡Tenés que buscar! Si no encontrás el canuto vas a desear no haber nacido.”
Y seguía diciendo sin parar:
“- El canuto turra... ¡ Encontralo ya!”
Me llevé las manos a los oídos, y apreté fuerte, hasta que las uñas de mis pulgares se internaron en las carnes de mi cuello haciéndolas sangrar, sin poder lograr dejar de escuchar aquellas palabras que sonaban dentro de mí.
-Tengo que encontrarlo- me dije, y empecé a buscar.
Miré debajo de la cama, y arrastré hacia mí una caja de cartón vieja y llena de tierra que hallé.
En ella descansaba el recuerdo, unos cuantos sobres lacrados atados cuidadosamente con cintas blancas.
- Acá está.- dije mientras el corazón se agitaba hasta salírseme del pecho. Mientras seguía oyendo.
“- El canuto turra... El canuto...”
Rompí cada sobre. Hurgue en ellos. Los profané de uno en uno arrojándolos sobre la colcha tan blanca y tan gastada como el papel de las cartas.
La desesperación iba creciendo a medida que pasaban los minutos, y yo sabiendo que allí no podía encontrar nada me convencía de que algo tenía que encontrar.
“- El canuto turra, busca!...”
Y yo sin poder encontrar nada.
Desde la otra habitación llegaban los ronquidos, del tranquilo e inviolable sueño de Carlos.
Arranqué cada uno de los cajones de la cómoda con arrebato, vertiendo las cosas por el piso, creando así un reguero desbastador.
Saqué los cuadritos baratos que adornaban las paredes, los rompí los abrí busque y pensé que moría.
“- El canuto turra... El canuto...”
Sobre la mesa de noche, descansaba una cajita de madera en la que Carlos cada mañana me regalaba caramelos, aquellos de coco y leche, que eran también casualmente los que cuando era niña me regalaba mi padre.
Me abalance sobre el objeto y desenvolví cada golosina, extasiada por la sensación que aquel papel metalizado le provocaba a mis sentidos.
Aquella fuerza ajena a mi cuerpo me obligó a reptar por el piso, sentía la madera fría sobre mis pómulos mojados por el sudor, y entonces mi lengua comenzó a lamer cada centímetro de suelo tratando de hallar la sacrílega sustancia. Y cuando hube acabado, me dirigí hacia las paredes pintadas con cal y las mordí hasta partirme uno de los caninos.
La locura crecía alejando todo acto o sentimiento coherente de mi ser.
La sequedad de mi garganta apenas me dejaba respirar, entonces no pude más y dejó de importarme el sueño de Carlos y grité con un grito de muerte, con un grito asolador.
Al tomar el picaporte de la puerta para salir noté que la madera era hueca.
- Acá- volví a gritar.
“- El canuto turra... El canuto...”
Y con esa fuerza que me era desconocida le pegué un puñetazo a la puerta. La perforé.
Desesperadamente introduje mi brazo entre las maderas cortándome la piel. No sentía dolor.
Como el hueco entre las maderas era demasiado estrecho y no podía alcanzar la parte inferior de la puerta, donde en mi delirio pensaba, que se hallaba la salvación de perderme. Di un fuerte tirón con el brazo y arranqué la madera, hasta destruir completamente el lado que daba a mi habitación.
“- El canuto turra... El canuto...”
Detrás del hueco producido por mi puñetazo asomó tímidamente preocupado el rostro redondo de Carlos.
- Katia, ¿Qué é lo que té pasa guainita?
- ¡Quiero tomar merca! ¿Dónde tenés el canuto?- grité desaforada olvidando todo vestigio de pudor
- ¿Dónde está la merca?- seguí mientras el hombre de barro bajaba la mirada con angustia.
- Yo, yo, yo... soy muy inorante y no sé que é eso que vo me pedí. Decime mujé ¿qué é lo que puedo hacé pa´ ayudate?
“- El canuto perra... Deja que te coja con tal de que te lo dé.”
Abrí furiosamente lo que quedaba de la puerta y mientras lo hacía con la otra mano me arranque la remera que usaba como camisón dejando ante la vista desencajada del hombre mis pechos.
- Si querés cogeme, pero dámelo. Y si de verdad no tenés nada, cogeme igual, es la única forma de ayudarme-
¡Cogeme, por favor!
Y lloré, por vergüenza, por desesperación.
El se acercó hacia mí para abrazarme mientras lloraba también.
Aquella fuerza aprovechó ese acercamiento del inocente isleño, convirtiendo a mi lengua en un reptil diabólico que con movilidad propia reptaba sobre el cuello de Carlos.
El se apartó-
- ¿Qué sos? Puto, pedazo de turro. Cogeme.

Estoy segura que aquel discurso me dolió mucho más a mí que a él, porque Carlos no entendía, yo sí. Su ignorancia era maravillosa.
- No, no, no... yo no puedo hacé eso con vo.

Se restregó los ojos como una criatura, y las lágrimas que le brotaban eran tan amargas, que en mi demencia olían a cloro hidrato de cocaína.
Groseramente y de manera sorpresiva me abalance hacia el grueso hombre para chuparle los pómulos. Después lo aparté con un fuerte empujón y salí de la casa corriendo hacia el monte.


-“El canuto turra, no lo encontraste.
Vas a tener que nadar o ahogarte.
Tenés que encontrar la merca ya...”

Corrí sin rumbo, dándome cuenta que lo había perdido hace muchos años.
No tenía opción, porque intentar nadar hasta la ciudad y ahogarme, seguramente era menos doloroso que morir de desesperación.
Tenía frió en el cuerpo.
Tenia frió en el alma.
Y el taladro frió de mi mente, seguía sin piedad torturando:
-“El canuto, lo vas a tener que encontrar”.
Desnuda llegué hasta la orilla.
Pensé que había atravesado la isla, por que aquella ribera me era totalmente desconocida.
Un muelle esplendoroso se recostaba contra el cause calmo que brillaba encarnado ante la llegada del día.
En la parte superior del mismo se alzaba una glorieta, la cual se vislumbraba engalanada por una Santa Rita carmesí.
A un costado de ella colgaba un gran cartel en el que se leía sobre fondo blanco con grandes letras verdes: “La casa grande”.
Comprendí.
Giré, y ante mi sorpresa pude contemplar la imponente mansión que Carlos me había descrito.
Una galería impecablemente acogedora rodeaba la casa de típico estilo delta, que estaba compuesta por dos plantas.
Sobre aquel recinto se ubicaban con cuidadosa elegancia a los lados de la entrada principal, hamacas de mimbre y muebles de caña. Una pequeña escalera de unos diez escalones separaba el edificio del suelo arcilloso. Las paredes eran blancas, los marcos y el techo de chapa acorde con la construcción, verdes.
Las ventanas estaban vestidas con cortinas de seda blanca, en las que se destacaban unas iniciales bordadas en azul C.F., las mismas que había encontrado en el pañuelo de la caja.
El césped lucía prolijo y salpicado por naranjos y ciruelos.
Un sin fin de azaleas y calas se volcaban mezcladas, por último, en el terreno verdoso.

Una joven morena abrió la puerta, y mientras lloraba amargamente se acariciaba con amor el vientre abultado.
Luego pasó delante de mí.
No me vio, no quiso, o no pudo verme.
Abordó con un salto ágil, a pesar de su estado, el bote que estaba amarrado al muelle, y mientras liberaba la soga dijo:
-“Te voy a dá la vida.
Aunque nadies me quiera ayudá, te juro por Dio hijo, que te voy a hacé nacé”

Vi en su tristeza, mi tristeza.
Vi en su desesperación, mi desesperación.
Vi en su soledad, mi abismo.
Vi en su fortaleza, mis ganas de salvarme.

-“¡El canuto turra. Dejate de telenovelas de sirvientitas putas, y busca la merca.
Ahogate si querés pero encontrarla ahora mismo!”
-No puedo- grité- no me quiero morir.
-“Te voy a enloquecer”
“Te voy a matar”
“Te voy a hacer tomar quieras o no”
“Busca el canuto, reverendísima puta”
-Me la voy a aguantar. Tengo que aguantar –seguí gritando con bronca mientras un sudor helado bañaba la carne llena de rasguños moretones y sangre seca.
-“No podes aguantar, tenés que tomar.
Es tan rica cuando té pasa por la nariz y te cae el juguito amargo a la boca.”
Tragué.
-“y después se te seca la garganta y te da sed”
- Basta!!- grité y la voz siguió:
- “Entonces te da nauseas”.
Sentí nauseas.
-“Y después ya está, por que tenés conciencia morbosa de que te le entregaste. Es como cuando le ponés el culo al macho que te la calza justo. Darío, Darío, Darío........”
-No!...
Basta!!!-grité hasta quedarme sin aire y desplomarme sobre las toscas que coronaban la orilla lodosa.


Los brazos de la tierra me elevaron.
Alto me remontaron sus extremidades de barro. El sol me acarició.
Vivía el sueño y escuchaba asustada los bramidos del hombre, que imploraba por mi vida a ese, que hasta entonces, había sido una duda para mí, su existencia.
Imploraba a ese Dios que hoy sé que esta en cada uno de nosotros, por que si no hubiese sido así, yo no hubiera podido superar aquel atormento.
Pero otra vez el sueño no era sueño, sino una mayúscula crueldad innegable.
Por que el pobre Carlos creyó en su desesperada ignorancia encontrarme muerta, y yo sólo estaba inmóvil, muda, porque la culpa y la vergüenza habían vaciado a mi garganta de palabras.
Él me quería a pesar de todo, para no estar ya tan solo. Y no podía llegar a entender que yo, con o sin él estaba inmensamente sola de todas formas.
Mi soledad era interna. Nadie más que yo, podía luchar contra la larva que se había arraigado dentro de mi ser, alimentándose de mi cuerpo, mi sangre y mis sueños.
Nadie más que yo, podía contra eso. Y estaba en verdad sola, porque realmente no me creía capaz de salir de aquel mar de azufre en el cual se ahogaba mi alma.
Matilde corrió hasta la orilla.
Puso sus manos sobre los hombros de fango, y le pidió al hombre que me depositase en el suelo.
La mujer me tomo de una de mis muñecas y dijo:
-Tranquilo, tiene pulso.
-Gracia a Dio –replico en un sollozo de niño.
-Vamos a la casa, todo estará mejor.
Entonces mi rostro comenzó a tener expresión, y de mi boca salió una palabra que sonó muy parecido a perdón.



Traes en tus manos



Traes en tus manos la utopía del amor
diluido ante la cruel derrota
Sueños incompletos,
un tango marchito
Y un tiznado ayer torturando el mañana
inicua vida arrastrándote hacia el abismo,
Colocando piedras en tu espinoso sendero.
Gélido veneno blanco Alborotando tus venas
enajenando célula a célula hasta volverte loca

!lústrame
Que te daré un arcón de fantasías.
Gorjéame
Que mi guitarra acompañara tu canto.
No te pierdas
No te arrojes a la vaciedad abismal del pasado.

Confesiones para dos.


El río fuma a través de la chimenea humeante de un barco de carga.
Desde el centro del canal y hacia las orillas se esparce el humo verde tóxico del petróleo quemado, enloqueciendo las aguas a su paso.
El río sufre, se emborracha y luego con risa incontenible, salpicando las costas, se duerme. La paz entra en él y sus neuronas líquidas se calman. Ahora todo es tranquilidad, bruma, humedad en los rayos solares.
El río tiene un brillo especial en sus pupilas de camalotes, y le entrega a la tierra, también intoxicada por la fumata, sus secretos privados hechos caricias de juncales.
Matilde también fumaba.
No era lo que se dice una adicta, pero cuando necesitaba contarme algo que perteneciera a su pasado, fumaba.
En el medio del monte, y por una extraña razón, la cual nunca pudimos descubrir, (tal ve Dios la puso en aquel sitio con el solo fin de regalarnos su extraña reconciliación para con nosotras) crecía sanamente un hermoso ejemplar de canavis.
Aquellas tardes de confesiones fueron las mejores de mi vida, porque ella confiaba en mi. Y porque a pesar de las malas experiencias que habíamos tenido, entre mates amargos y papeles de Biblia, la vida para nosotras volvía a tener sentido.
¿Qué es el amor, sino la entrega total y la confianza?.
Y ¿Qué diferencia al amor de la amistad?.
El sexo, contestaría al unísono la maza.
Yo respondería: - No se diferencian en nada.
Si se puede tener sexo sin amor, ¿Por qué no se puede amar sin tener sexo?.
Yo amé a Matilde, y ella también me amó.
La palabra amistad, resulta tan obsoleta cuando intento describir la relación que tenia con ella.
Soy absolutamente sincera, pero no quisiera que se me malinterprete.
Para mí, Matilde era el hada, y yo apenas el ratón del cuento, al que ella transformó de una vez y para siempre, en lo que soy, una mujer entera que ya no teme.
La primera vez que tuvimos una de esas charlas fue una tarde de primavera, es decir, la primavera que resucitó mi propio invierno.
Salí de la casa en busca de azares, pero inmediatamente un perfume más denso y dulce embriagó mi olfato. “Marihuana” – pensé- “otra vez estoy alucinando”.
Corrí entonces para buscar a mi amiga, temía aun a las alucinaciones, por lo tanto no quería estar sola. Y, curiosamente, mientras mas me acercaba a la casa vecina el perfume se hacía más plúmbeo.
No tenía por qué temer, no alucinaba.
Matilde fumaba un fino, armado con papel de Biblia.
- Me sorprendés. Me asustaste, pensé que las alucinaciones habían vuelto.
- Te sorprenderías, y te asustarías mucho más, si fuera capaz de contarte lo cobarde que supe ser. Tanto que por aquella cobardía arruiné mi vida y también la de Martín. – Contestó con los ojos rojos que se perdían en la lejanía del monte, al cual el sol parecía incendiar con furia, anunciando el calor del próximo día.
- ¿Querés unos mates?. Tengo agua caliente en el termo. – Intenté –
- Si, me hacen falta.
- Voy a buscarlo. – Como creciente arrebatada, entré en la casa, junté los menesteres, e inmediatamente estuve de nuevo sentada junto a ella, cebándole mate -.
- Tengo la tuca. ¿Querés fumar?. – dijo –
- No por ahora, prefiero escucharte.
Entonces, lenta y pausadamente, comenzó a hablar, liberando una sonrisa fantasma en sus labios resecos:
- Intento no recordar a mi padre, su mirada fría desaprobando cada uno de mis pasos, destruyendo mi presente y mi futuro, en cada palabra, con cada gesto. – Comenzó - “Mi padre”, lo digo y dentro de mí algo se eclipsa, algo corre por mi espalda helándome la sangre al pensar que es el mismo hombre que una mañana me arrebato la ilusión y la vida. Ese hombre del que, para serte sincera, nunca espere nada bueno. Nuestra relación era escasa y a decir verdad poco me importaban sus desplantes y sus aires de gran señor, o sus fiestas, o sus discusiones con mamá acerca de que ella tenia la culpa de mis rebeldías. A veces me daba pena por ella, la pobre no sabía que decir y se encerraba en la biblioteca a llorar largas horas, hasta que mi paciencia y mis oídos se deshacían, pidiendo por favor que se calle; entonces iba a consolarla prometiéndole una y otra vez que cambiaría. Pero no podía cambiar, ni quería; porque cambiar no significaba respetar a mi padre sino permitir que él manejara mi vida, y yo no estaba dispuesta a dejar ni mi carrera de filosofía, ni mi guitarra, ni mis amigos. Los subversivos, así los llamaba mi padre, recuerdo que me decía: “Esos amigotes tuyos son todos subversivos y tarde o temprano se los van a llevar”. Y yo me reía respondiéndole: “A donde papá, a Disney”.
- Creo que eras un poco ingenua. – pensé en vos alta -.
- Lo mismo pensaba Lucrecia, mi mejor amiga. Recuerdo que una vez se lo conté mientras ensayábamos “cosas rústicas” para una fiesta de la facu, su cara se transfiguró y dejo de cantar:
- No sé que te causa tanta gracia - me dijo – tu viejo es un hijo de puta.
- Creo que no te entiendo Lucre. Mi papá es jodido pero no sé por que decís que es un hijo de puta.- le decía –
- ¿Acaso no sabes a que se refiere cuando te dice eso?.
- Por tu reacción imagino que no tengo idea.
- “Desaparecer” Mati, te van a buscar y después nadie sabe donde estas.
- ¿Pero quienes te van a buscar?.
- No sé, pero te aconsejo que no vuelvas a hablar del tema con nadie, me oíste, CON NADIE.
- Me imagino que le hiciste caso. ¿No?. – le dije – Aunque yo en tu lugar le hubiese roto la cara a mi viejo.
- No te voy a negar, Katy, que, además de sorprenderme, sus palabras me habían asustado y enfurecido, no me resultaba nada grato convivir con alguien que le deseaba a mis amigos algo de lo que era mejor no hablar. Pero no podía mantenerlo en silencio, al menos no con mi padre, entonces me dirigí a su estudio y lo interpelé.
- Papá, me encantaría que me cuentes a que te referís con “A esos amigotes tuyos tarde o temprano se los van a llevar”.
Y, como era de esperarse, solo me miró con cara de nada y me pidió que lo dejara seguir trabajando.
- Seguir trabajando... ¿Para quien?. ¿Para los que se van a llevar a mis amigos?.
Después del sopapo que me puso, supe que el consejo de Lucrecia era mas que bueno, pero de todas formas no iba a darme por vencida.
- Me pegas por impotencia, porque sabes que no soy como mamá, yo no te tengo miedo.
Debo admitir, no solo, que el segundo sopapo fue todavía mas fuerte, sino también que mis palabras parecían dolerle mas de lo que podía imaginarme.
Esa noche lo escuche gritarle a mi madre como nunca, la insultaba de tal manera que tuve miedo por ella, temía que la golpeara, y si bien por un momento pensé que tal vez eso la haría reaccionar, no pude mas que ir a defenderla.
Entre en su habitación, cosa que jamás en mis veinte años había hecho, y me lleve a mi madre a los tirones. Debo admitir que no fue buena idea, la tuve en mi cuarto llorando mas de dos horas, pero fue lo único que se me ocurrió para que no la siguiera degradando.
- Prométeme que vas a cambiar – decía mamá mientras me inundaba el dormitorio.
- No má, esta vez no.
- Pero tu papá quiere lo mejor para vos.
- No, estoy cansada de que me trate como a una tonta.
- Pero, ayudame, yo no doy más.
- Yo tampoco y, sin embargo, sigo aguantando.
- ¿Vos me querés?
- Claro que te quiero, pero por eso no voy a hacer lo que él diga; además, si me quisieras me apoyarías en esto.
- Te quiero pero...
- Pero nada mamá, si vos no sabes ponerle cotos lo siento, yo si y no voy a permitirle que me maneje como si fuera su marioneta.
No dudo que fui muy dura con ella, pero no estaba dispuesta a cargar con esto. Si mi padre se la agarraba con ella no era culpa mía, los únicos responsables eran ellos.
Tenía veinte años cuando conocí a Martín en una fiesta de la facultad. Él era un pintor que prometía un gran futuro cuando conocí a Martín en una muestra de pinturas. Él era un pintor que prometía un gran futuro. Se codeaba con gente importante. Escritores conocidos y censurados. Artistas revolucionarios. Oroño frecuentaba el Instituto Di Tella y en ocasiones exponía también allí.
Desde la primera vez que lo vi supe que mi futuro dependía de él, y que yo era para Martín la tela que él estaba buscando para bosquejar su vida.
Yo era una niña, y mis padres unos represores que, alzando las banderas de la moralidad, las buenas costumbres y la iglesia católica, declararon desde un principio la guerra al pintorcito zurdo que pretendía “encamarse” con la nena.
No entendían de amor nunca se habían amado. Su unión se realizó a la fuerza para salvar el honor de mi madre que se había embarazado y que, como buena cristiana, se vio obligada a no interrumpir su embarazo.
Como resultado yo llegué al mundo en una casa que solo era una casa, porque el hogar en estas condiciones nunca florece.
Un padre que se encama con cualquiera para sacarse las ganas, y que gana mucho dinero haciendo cosas sucias, incluso usando el sexo como método de tortura.
Una madre ama de casa, que se encamo una vez y Dios la castigó para toda la vida, por eso en de aprender a hacer el amor, aprendió a odiar a todos los hombres, salvo a mi padre en el preciso momento en el que le pedía dinero para irse con su amiga de viaje a Europa, y él aceptaba para sacársela de encima.
Por eso no entendieron que yo no me encamaba con Oroño, sino que hacía el amor con Martín porque lo amaba.
“El amor no existe” - dijo una mañana mi padre, mientras se vestía con su traje de gala, para asistir a la misa del domingo en la catedral – “lo único que existe es la calentura, y la calentura con el tiempo se va. Espero que te olvides de ese inmoral, sino vas a terminar como cualquiera de esas perras zurdas. Dios me libre de la vergüenza. Sería capaz de hacer desaparecer a la parejita feliz, con tal de no pasar por semejante deshonra”.
Pero no me olvidé. Porque olvidarme de él implicaba olvidarme de mí, y no estaba dispuesta a ceder.
Sin embargo, no tuve el coraje suficiente como para enfrentarme a la prueba de amor más difícil que Dios le había impuesto a mi destino.
Entonces de sus ojos vi caer lágrimas carmesí.
El hada lloraba sangre, y lo único que se le ocurrió al mísero ratón para ayudar fue escucharla, intentando contener con el contacto físico, toda esa angustia que, durante tanto tiempo, aquel ser maravilloso había callado.
Le tomé las manos que descansaban, ignoradas por el resto del cuerpo, sobre el vientre. Al principio intentó dejar sus extremidades en la misma posición, después, reaccionando ante la realidad, sus manos se dejaron arrastrar por las más. Besé sus dedos, como los besa una madre, besé sus mejillas húmedas como lo hubiese hecho un padre.
No sabía si aquello estaba bien.
No sabía ayudar. Yo nunca había ayudado.
Y la única persona que de verdad me ayudó, ahora necesitaba ayuda también.
Tuve que aprender a ayudar, porque dar nos ayuda a estar bien.
- Parece ser que la vida no sólo se ensañó conmigo - dije a manera de consuelo -.
- Katia – llamó como pidiendo piedad – yo también maté, pero soy mucho peor que vos. Porque el ser que yo asesiné era completamente inocente y no podía defenderse.
- Soy una homicida, una especie de serpiente cobarde que no supo frenar esta vorágine a tiempo.
Sus manos rozaron mi vientre y dijeron palabras que no supe escuchar.
Ensordecida por el temor permití que aquello sucediera bajo la abstracta luna de marzo.
Temí por el futuro.
Por martín.
Por mí.
Temí por todo sin pensar en nada.
Sin medir las consecuencias.
Y callé.
Cobardemente callé.
Y fui cómplice de tal delito.
Condenada a este eterno martirio. A este dolor que invade cada una de mis células, cada músculo, cada poro...
- ¿Y Martín?
- Martín no quiso que así fuera.
Yo tampoco.
Pero el apellido, el qué dirán y el pelotudo honor de una joven hicieron que mis padres me obligaran a matarlo.
Al principio no fue fácil.
Pero después, después peor.
Las plazas llenas de niños.
Las calles llenas de madres.
El corazón lleno de angustias.
Y el futuro lleno de...
El futuro vacío, sin llenar.
Carente de alegría.
Entonces escape de casa.
Cualquier lugar seria mejor.
Abandoné filosofía; y corrí en busca de mi elfo.
- ¿Y el no te pregunto nada?
- Martín no hizo preguntas. Quizá por que no deseaba saber, quizá por no lastimarme.
El dolor se calla y se esconde bajo la alfombra.
El motivo por el cual nos confinamos en esa isla, sin cuestionarnos nada, nunca lo sabré. Como él nunca sabrá que ese hijo que casi tuvimos no decidió marcharse, que quería nacer y no lo dejaron.
Sé, lo sé muy bien, esa es una historia que nunca voy a contarle.
No poseo el valor para hacerlo.
Y callo sin dudarlo.
Miento con firmeza, como si siempre hubiese mentido.
Y creo mi propia mentira.
Escribo mi mentirosa historia.
Leo mentiras versificadas.
Miento y callo.
Y me refugio en las palabras para no morir en este oscuro tango.
Esa es mi historia Katia.



Catafalco


Mis sueños se perdieron en el pesado lienzo bermejo.
Mas allá la puerta, y el olvido.
Pies descalzos.
Sombra que congela el alma.
El nunca debió a haberse marchado,
tan frágil,
tan puro,
tan mío.
Sin decir nada, sigiloso como la misma muerte.
Plenilunio ancestral el de aquella noche en tierra firme, donde apaciguado concretaste tu migración, manifestándote incólume frente a aquella partida.
Alegórico.
Arbitrario.
Abandonando, prematuro, el vientre materno.
Llevándote contigo el eterno néctar de la vida.



Tras la noche llega el día


La magia del amanecer colmaba la isla de suaves fragancias, que se entremezclaban con el aroma del mate cosido que Carlos preparaba en su precaria cocina, mientras intentaba comprender lo sucedido la madrugada anterior.
Katia dormía luego de una larga noche de sobresaltos.
- Yo, yo, yo, soy muy inorante y no sé que e’ lo que le pasa a la Katia.
- Katia esta enferma, Carlos, nada más.
- Yo, yo, yo, puedo se’ muy inorante pero la Katia no tiene el cuerpo enfermo, lo que tiene e’ el alma rota. ¿E’ por la droga?.
- Si, es por eso, la droga, la vida. Es muy largo de explicar, Carlos.
- ¿Y se va a cura’, o se me va a mori’ como la viejita?
- No se va a morir. Nosotros vamos a hacer que se cure.
- ¿Cómo?. Si estaba sega’ por el mismísimo Añá.
- Entonces vamos a pedirle a Dios que la ampare.
- Cuente con eso gurisa.
- Me permitirías que le lleve el desayuno.
- ¡Cómo no!. Ay tiene el mate calientito.
Al entrar en la habitación de Katia tuve el presentimiento de que no se curaría fácilmente, que necesitaba de alguien que la apuntalara. Y yo iba a lograrlo cueste lo que cueste.
- ¡Buen día Katia!.
No obtuve respuesta.
- ¡Buen día!.
Sabia que ella no iba a despertarse.
Dejé la bandeja sobre la mesa de luz y me senté a su lado.
- Vamos a hacer un trato – le dije – voy a contarte una historia y quiero que le prestes mucha atención.
Había una vez una joven llamada Melian. Ella era una maia, de la casta de los Valar, (los Maiar así como los Valar fueron los primeros creados por el Dios a quien ellos llamaban Ilúvatar) y vivía en los jardines de Lórien.
Melian era hermosa y sabia, y cuando ella cantaba todo Lórien se detenía a escucharla. Se dice que fue ella quien le enseñó a cantar a los pájaros.
Thingol era un elfo, que conducía al pueblo de los Teleri hacia otras tierras. Un día cuando el viaje estaba por concluir, los Teleri descansaron largo tiempo a orillas de Nan Elmoth. Pero Thingol atravesó a menudo grandes bosques en busca de su amigo Fingüe, y sucedió una vez que llego solo al bosque de Nan Elmoth, donde escucho de pronto el canto de los ruiseñores. Entonces cayo sobre él un encantamiento y quedó inmóvil; y a lo lejos oyó la voz de Melian, y el corazón se le colmó de maravilla y de deseo. Olvidó entonces a su gente, y siguiendo a los pájaros bajo la sombra de los árboles, penetró profundamente en Nan Elmoth y se perdió.
Pero llegó por fin a un claro abierto por las estrellas y allí se encontraba Melian, y desde la oscuridad la contempló. No dijo Melian ni una palabra; pero anegado de amor, Thingol se le acerco y le tomó la mano, y enseguida un hechizo operó en él, de modo que así permanecieron los dos mientras que las estrellas giraban por encima de ellos median los largos años, y los árboles se volvieron altos y oscuros antes de que ninguno pronunciara palabra. Y del amor de Melian y Thingol, vinieron al mundo los más hermosos de todos los hijos de Ilúvatar que fueron y serán.
Día tras día le contaba historias sobre elfos y hombres, de maravillosas tierras plagadas de luz y sombra; pero Katia no respondía, estaba sumergida en una especie de sueño eterno, tan profundo que parecía estar muerta.
Apenas si tomaba la sopa que con tanto amor le preparaba el pobre Carlos, quien la observaba taciturno.
Carlos deseaba que despierte, yo deseaba que despierte. Con el correr de los días había empezado a quererla, sentía por ella ese amor que casi había olvidado, ese amor que solo sentí por Lucrecia y que creí muerto el día que me abandonó.
Lucrecia me había abandonado, se había marchado sin decir nada. Había desaparecido. Recuerdo que ella odiaba esa palabra, decía que encerraba imágenes oscuras, que ocultaba siniestras historias. Pero yo me negaba a creerlo, o tal vez no deseaba darme cuenta de lo sucedido.
Ella era mi ángel y los ángeles son inmunes a todo, o a casi todo porque Lucrecia era igual a Katia. No a la Katia que se dejaba morir hasta el fin de sus alas, sino aquella que se ocultaba en lo profundo, la que dormida en algún rincón olvidado, aguardaba, como una Titánide, el momento preciso para escapar del tártaro; y yo, estaba dispuesta, a eludir a Hermes, cruzar el Éstige, enfrentarme a Cerbero, atravesar los sombríos Gamonales y el Érebo, para llegar frente a Hades y rogarle que la libere de tanta oscuridad.
Deseaba ayudar a Katia, necesitaba ayudarla, quizá para demostrarme que ya no era la nena que había huido una vez de casa; y para ello estaba dispuesta a arriesgarlo todo. Y lo hacia, para salvar a Katia descuidaba todo lo que tenia, incluyendo a Martín.
- No podes seguir así – decía mi elfo – té aferrás a esa desconocida y te olvidas que existo.
Yo no deseaba escucharlo pero seguía.
- No te das cuenta, es una pobre drogadicta que no quiere que la salven. Dejala morir en paz.
“Dejarla morir en paz”. Ahora Martín hablaba como mi padre. Solo le faltaba adosar a “drogadicta” la frase “zurdita de mierda” y estabamos hechos.
- ¿Me estas escuchando Matilde?
Por desgracia lo estaba escuchando, jamás en los años que habíamos pasado juntos me había tratado así. Era evidente que estaba enojado con migo.
- Respóndeme, Matilde. – Exigía.
Pero yo también estaba enojada. Si bien en parte tenia razón, eso no le daba derecho a comportarse de esta manera.
- Si, señor Oroño – respondí – lo estoy escuchando, pero si el tema de hoy es “100 formas de dejar morir a alguien”, le aconsejo que se dirija tranquilamente a monologar con sus pinturas porque no esta en mis planes prestarle atención.
Martín me miro a los ojos, y pude encontrar en esa mirada un rencor desconocido. Pude ver como se perdían el candor y la magia hundiéndose lentamente en el mas profundo de los silencios. Luego apagó sus ojos, cerró la puerta y se marchó.
Sabia que no iría muy lejos pero cada centímetro que se alejaba de mi hacia mas profundo el abismo entre nosotros.
Comprendí entonces que debía cambiar. No me arrepentía del trato que le había dado, pero él tenia razón. Katia no daba indicios de querer ser salvada, parecía no poner ganas; y con las mías solamente no alcanzaba. O me demostraba que quería vivir o se quedaba sola, sumergida en la oscuridad que la trajo a mi orilla, forjando la daga que le quitaría la vida.



Padres, hijos, las dudas


Fue el lanchero que nos trajo, hace tanto tiempo ya, el que me lo enseñó:
- Ya lo va a ver, Don Oroño, cuando se acostumbre, que, acá en las islas, llega primero el ruido y después el ruidoso.
Don Oroño me había dicho y apenas si me conocía.
Flor de licencia se tomaba el hombre ya que si hablamos de conocerme, aún sigo sin poderlo lograr.
Y eso que lo intento.
Y como.
Pero no me sale.
Que sé yo.
Me miro y me miro en el espejo manchado de humedad que cuelga de la parte posterior de la puerta de mi pieza y me gasto docenas de minutos en mirar esa absurda careta que afirma ser mi cara.
Y no hay caso, no puedo conseguirlo.
Es más, a veces hasta me parece que es un extraño el que me observa.
Un extraño que copia uno a uno los rasgos que la ajada foto de mi documento le adjudica a un tal Martín Oroño.
Yo.
Dos letras.
Y.
O.
La y de yo y la O de Oroño.
¿ Qué tal?
Yo Oroño.
Ni que fuera un emperador romano.
Escuchá como suena.
Yo Oroño.
Yo Claudio.
¿ Qué tal?
Falta Nerón nomás.
Ah, y me olvidaba.
Tampoco está Robert Graves para escribir mi historia.
Y esto no es Roma.
Y no te ponen una droga en la comida para que estirés la pata.
Y falta Mesalina.
Mesalina.
Por suerte nunca tuve al lado ninguna Mesalina.
Por suerte.
Y por desgracia.
Por desgracia digo por que la mía, cuyo nombre me cuesta pronunciar, era algo imposible de definir con palabras sin caer en la más profunda de las trivialidades.
¡ Qué lo parió!
¡ Qué difícil se hace el definir al amor sin terminar repitiendo absurdas letras de gastados boleros!
Matilde.
Eso es.
Matilde.
Lo puedo pronunciar aunque me duele.
Y como me duele ese recuerdo que regresa y regresa y...
Pará.
Pará viejo.
Pará que se te vino de golpe un antiguo alud de banalidades.
¡ Qué lo parió!
Mirá que se hace difícil definir al amor.
Casi tanto como poder reconocerse en un espejo.
O en una foto.
O en esta soledad que me protege y me hace sentir un extraño dentro de este cuerpo bautizado como un tal Martín Oroño.
Un tal Martín Oroño que a veces se me hace la cáscara externa, y por lo tanto presentable, de este interior mental que me lleva y me trae de un lado a otro como estúpido trompo que ha perdido su hilo y gira y gira en dirección a un abismo que no por lejano no le va a ser mortal.
Y es mas fuerte que yo ese extraño sentimiento de que estoy en este cuerpo ( bautizado, repito, como un tal Oroño) porque alguien ( ¿ Dios? Así lo dispuso.
¿ Conque fin?
Vaya a saberse.
¿ Existe una razón, o todo lo que llamamos razones no dejan de ser otra cosa que consecuencias?
Consecuencias que nos llevan a nacer.
Consecuencias que nos llevan a crecer.
Consecuencias que nos llevan a morir.
Nacer.
Crecer.
Morir.
Ya sé que falta el de multiplicarse pero en mi caso, como en el de tantos otros, eso no se ha producido.
¿ Qué si me jode?
A veces sí y otras no.
No lo hace cuando deja el cielo su celeste claro para morir en una orgía de rosas y rojos más allá del monte, en dirección a ese conjunto de barrios donde van a nacer los que tendrán hambre. Esos que perseguidos por ser justos. Esos que heredarán la tierra, serán consolados, alcanzarán la misericordia y en un orgasmo total a lo largo de sus fatigados cuerpos gritarán de placer cuando todo el Reino de los Cielos sea suyo, vean a Dios ( si no está ocupado en algo más importante) y tengan toda el infinito tiempo de la más pelotuda nada para darse cuenta que llevaron una vida de mierda entre calles de mierda, con vecinos de mierda, con gobiernos de mierda, con parientes de mierda y hasta con una iglesia de mierda que se ha cansado de recitarnos una Religión financiada a lo largo de los siglos por los poderosos que vaya a saberse si no les obligaron a los famélicos hombres de Dios a tergiversar las verdaderas palabras Divinas para transformarlas en un texto donde, a diferencias de los amigos de Hollywood, los buenos sufren hasta que se mueren y los malos gozan y gozan hasta ser enterrados en medio de onerosas ceremonias que los, sumisos y pelotudos pobres bancan con sus espaldas cansadas, la salud de sus hijos y las gastadas vaginas de sus mujeres que son madres, esposas, obreras y hasta putas, si es necesario, en un vano intento de que el barro de sus villas sea menos barro mientras esperan ese acto milagroso, que se les niega y niega reiteradas veces, y que transformará a las chapas y cartones en hogares dignos.
Y lo hace cuando pienso que algún hijo mío, con una mente clara y un espíritu resuelto, podría haber llegado aquí para cambiar, o ayudar al menos, a esta triste tierra en su transformación definitiva que la lleve a ser un sitio digno en el cual pueda uno llegar al Reino de los Cielos y conocer a Dios sin tanto excremento que deglutir en el camino.
Un hijo.
Un pedazo de uno mismo dando vueltas por allí.
¿ Pedazo de uno mismo?
¿ Pedazo?
Apenas un espermatozoide y gracias.
¡ Sí señor!
Una minúscula partícula de semen que se niega a morir y sobrevive como líder natural de un níveo torrente que recorre genitales en busca de vaya a saberse que extraño futuro en el fondo de un húmedo útero que sólo está allí para recibirlo en la abierta y sedienta boca de un óvulo, histérico, ansioso, desbocado, pronto a crear, crear y crear y seguir creando. Respondiendo a un mandato lejano, imposible de identificar.
Sangre, sudor y lágrimas.
¡ Qué lo parió!
Por más vueltas que se den todo se termina reduciendo a eso: sangre, sudor y lágrimas.
Todo sin excepción:
Una guerra ( ¿ No es cierto Don Winston)
Un parto.
Un accidente.
Una cirugía.
Un acto sexual.
Por que en el acto sexual hay que tener sangre ( o bolas u ovarios o como lo quieran llamar), sin duda alguna se suda y nadie puede negar la aparición de lágrimas cuando hay un desvirgue o todo termina ( acaba) bien: en un orgasmo de padre y señor nuestro.
Además, una cogida es una guerra y es un accidente, porque a la larga se termina herido, muy herido, allá dentro en los sentimientos cuando el amor se va por propia voluntad o se lo lleva la puta muerte.
A veces, se transforma en una cirugía porque un cuerpo extraño se introduce en otro y existen ocasiones en las que termina siendo un parto.
Un parto que te deja un hijo.
Y que te transforma en padre.
Te guste o no, te transforma en padre.
Sin preguntarte.
Sin anestesia.
Sin pedirte permiso.
Sin ponerse a analizar si te conviene o no.
Si es el momento.
Momento.
¡ Carajo!
¿ Existe un momento para ser padre?
Cualquier tía vieja ( o señora gorda, elegí lo que más te gusta) podría decirte que todo se traduce en una sencilla operación que miles de generaciones han repetido hasta el hartazgo: un sexo más otro sexo multiplicados dan un hijo.
Pero vos sabés que no es tan así.
Claro que no.
A veces ( muchas) un sexo más otro sexo buscan una sola cosa: el orgasmo.
Placer.
Placer.
Placer.
Y más placer.
¿ O me lo vas a negar?
¡ Dejate de joder!
No me vengas con eso de que los hijos sólo vienen cuando los buscás.
No me jodás, que soy un pintor muy pelotudo y muy cobarde pero ese verso encájaselo a otro que sea más pelotudo y cobarde que yo.
Cobarde.
¡ Mierda!
Que palabrita.
Siete letras nomás.
Y pensar que los hombres han escrito miles de páginas para explicar esto que sólo tiene siete letras.
Siete, como los días de la semana.
Siete, como las vidas del gato.
Siete, como el mismísimo siete que todo cagón como yo busca proteger, sea como sea y se haga mierda ( o lo hagan mierda) quien se haga mierda.
No importa quien.
La cosa consiste en salvar el culo y mirar después para otro lado.
Buscar un pozo, como el avestruz, y meter ahí la cabeza y esperar que todo pase, que el tiempo cierre las heridas, que la gente olvide y que vuelva a salir el sol para que muera la larga noche, esa larga noche que todo cobarde, como yo, no consigue nunca matar.
Esa larga noche que te lleva a mentir, a faltarle a un amigo y a no ser capaz de procrear un hijo como se debe.
Esa cobardía que, traducida en una falta total de compromiso con mi pareja y conmigo mismo, me llevó a no tener un hijo.
Un hijo como el que este Martín Oroño ( al que un lanchero trata de igual a igual con un descaro propio del que no conoce límites y que se lanza, sin frenos, a una confianza que nadie le ha brindado), sé auto negó.
¿ O exagero?
¡ Pues es muy claro que no lo hago!
¡ Soy un cobarde!
Un cobarde que dejó a su pareja cargar con la culpa y que abandonó al amigo.
Ni hijos ni amigo.
Un hijo que es un futuro de incógnitas que quedaron sin respuesta y un amigo que se puso a jugar con fuego y se quemó.
¡ A la mierda!
¡ No!
¡ No!
¡ No puedo ser tan hijo de puta!
¿ Por qué me engaño así?
¿ Por qué?
Si querés, lo del hijo puedo perdonármelo ( aunque nunca lo podré hacer por que la imagen de una cuna vacía retorna periódicamente a mis tristes pesadillas), pero lo de Rodolfo no.
Por más que lo intente escondiendo la cabeza, en esta isla solitaria que es un vano calmante para esas noches del cobarde que nunca se van, su recuerdo está allí, al alcance de la mano.
De estas manos, las mías, que nunca ayudaron al amigo envuelto en la gruesa capa del estar jugado al límite y que jamás abrazaron a un hijo propio.
Un hijo que si tenía ese lanchero que deja de ser un irrespetuoso para convertirse en un tipo simple y sencillo al que la hora y diez minutos de viaje desde la Estación Delta hasta ahí ( a metros nomás del muelle Ginés) le habían bastado para formarse una imagen aproximada de mi persona..
Uno suele hacer las cosas más fáciles de lo que realmente son ( a veces) con la misma facilidad con las que las complica cuando no es necesario.
Talento natural que le dicen.
Tan natural como el intercambio de unas pocas palabras que terminan colocando al llegado de la ciudad en un mismo plano que el isleño.
Y me detengo en el hecho irrefutable de que existen una ciudad y una isla.
O una isla y una ciudad.
Cercanas y tan lejos.
Grises y más grises y verdes y marrones hechos islas.
Muros de ladrillos.
Juncos hechos impenetrables armaduras.
Terrazas friéndose al sol.
Frondosas copas regalando oxígeno.
Unos y otros compartiendo la creación mística del padre de todas las cosas que vaga por allí.
Big Bang para algunos que a todo le imponen la ciencia.
Dios en sus infinitos nombres para los otros, que no pueden conciliar un sueño cualquiera en sus lechos sin encontrarle un objeto divino y místico al simple intercambio de gases que se llama respiración y que les permite despertarse todas las mañanas en unos pulcros lechos donde huye el sexo en nombre de la concepción.
Agnósticos y agnósticos.
Blancos y negros.
Cristo y su anticristo.
El dragón, la bestia y las siete iglesias.
Un Apocalipsis en cada esquina y la estúpida ilusión de que Dios es argentino y que con una buena cosecha nos salvamos y que somos el granero del mundo y que tenemos los cuatro climas y que lo que falta acá son habitantes y que todo queda en Buenos Aires que es la cabeza de Goliat y que si lo hubieran dejado al General y la puta madre que la parió a la reverendísima actriz puta que se trajo a los grasitas y que Gatica murió como mueren todos estos negros a los que les regalaron las casas y usaron el parquet para hacer asado (le juro Doña María como buena señora gorda que soy y que me lo contó mi cuñada que no me va a dejar mentir) y que acá a nadie le gusta trabajar y que por eso estamos como estamos Y que lo parió, como me cansa este simple hecho de ser un argentino.
Mierda si me cansa.



El reloj ha muerto en la negra caída.



El reloj ha muerto en la negra caída.
Lejos sueñan los árboles del tiempo.

Se pierde el cielo en cada hoja,
y el otoño
entristece las paginas de los libros
que aun no escribo.
El amor se confunde en el llanto
y el rojo disperso en los tapetes
ya no asombra.
Triste partida ahogándose en las manos de quien ya no espera.

No abriré la ventana.
No hay nada que mis ojos deseen ver
Mas allá de este olvido.


Ignorante en la búsqueda

Parece que el rojo y azul anda buscando algo.
Todos andamos siempre buscando algo.
Es más, quizá la vida sólo sea una infinita búsqueda de algo.
De ese algo que algunos llaman felicidad.
Perdón, algunos no.
Todos buscamos la felicidad.
Desde que dejamos el acuoso lecho oscuro del vientre de nuestras madres lo hacemos.
O existe alguien que me lo pueda negar.
No.
La felicidad es el objetivo.
Lo que siempre cambia, de un ser al otro, es la manera de buscarla.
Aquel piensa que la hallará en los ásperos tintes de los rostros y los números del dinero que cuando llega lo hace disfrazado de felicidad.
Pero eso no es felicidad.
Jamás papel pintado alguno podrá serlo y menos todavía todo aquel objeto que ese papel pueda comprar.
Otro, en el pesado trabajo de crear un original conjunto de personas que, viviendo bajo un mismo techo, nos hacen creer que son una familia.
Familia que es felicidad, pero de a rachas.
Como lo es una tarde cálida en un clima frío.
Como lo es el beso apresurado del que traiciona.
Como lo es quien convierte la vida en arriesgadas acciones pensando que eso, lo de enfrentar al peligro, también es la ansiada felicidad.
Y no lo es.
Seguro que no.
Por que vencer al miedo es sólo eso, una absurda victoria que a nadie importa y nada vale.
En fin, todo nos parece que es la felicidad y al término del esfuerzo por hallarla, nos damos cuenta que ella es como el presente y dura como tal.
Sí.
Inconstante en su duración.
Tanto como la de eso que llamamos presente.
Ese presente que dura sólo un diminuto pedazo de tiempo entre el largo pasado y el inexistente futuro.
Yo también creí haber encontrado la felicidad.
¡ Y como lo creí!
Era capaz de apostar mi vida en ello de tanto que lo creí.
Por que no puedo negar que en sus brazos fui feliz.
En esos frágiles brazos que eran palomas al viento cuando jugaba y lacerantes garras cuando hacíamos el amor.
Ese amor que supe, erróneamente, traducir en felicidad.
Y que lo fue.
Por un tiempo lo fue.
Por ese diminuto pedazo de tiempo que anunció un futuro fugaz para luego formar parte de mi largo y penoso pasado.
Ese pasado que vuelve y vuelve a torturarme. Como sufro al recordarla.
Sus ojos claros como el más claro de los días.
Su rostro suave como lo debe ser el de ese hijo que nunca tuve.
Su larga cabellera juguete de la brisa que precede al atardecer.
Su escasa cintura que bailaba entre mis manos.
Sus discretos pechos transformados en fruto fresco entre mis labios.
Y su espontánea sonrisa que disipaba a mis miedos y dudas en imperceptibles partículas.
La amaba, no tengo dudas.
Amaba a esa mujer bautizada Matilde.
Y la amo aún.
En este mismo instante, en que el rojo y azul asoma desde el monte con cara de haber encontrado lo que buscaba.

Este hombre está nervioso.
No podría dudarlo.
Y menos a alguien como yo que he visto tantos rostros a lo largo de su retratístico deambular de la paleta al lienzo y del lienzo a la paleta.
Si habré buscado expresiones en los cansados rostros de las modelos que posan y posan, sin ropa o con ellas, frente a aquellos que se llaman a sí mismos artistas, por algunos billetes que les ayuden a pagar la pensión (en el peor de los casos) o el alquiler del ambiente único de bajas expensas y poca luz (en el mejor de los casos) mientras esperan su oportunidad de triunfar en algo en la gran ciudad.
Triunfar.
Quien no ha soñado con.
Todos.
Sí.
Todos.
Aunque alguno se haga el distraído y diga que no, todos hemos pasado por esa etapa.
Recuerdo que una hija de Freud amiga (psicóloga amiga) en medio de una sesión me dijo que en general, ante estos casos, no se busca el aplauso.
No señor.
No es la platea de pie.
Tampoco la brillante tapa de una primera edición sobre las mesas de una importante librería luciendo nuestro nombre y apellido.
Y menos aún la platea de pie ante nosotros.
No señor.
Lo que buscamos es que nos quieran.
Y que nos quieran mucho.
Al fin y al cabo, somos un poco como el Mauricio Irigorri que tan bien describiera Rodolfo.
Rodolfo.
Mierda, hace rato que no pienso en Rodolfo.
¿ Que buscaría él?
En una época creí que solo era un poco de fama para obtener algún puesto político.
Más tarde, que lo hacía de quilombero nomás (como el Mauricio Irigorri)
Pero ahora, a la distancia y después de todo lo pasado, debo darle la razón a la mujer del diván.
Rodolfo sólo estaba buscando que lo quisieran.
Como todos.
Ni más ni menos.
Como lo hacía el maltrecho Toulouse Lautrec en aquellos sórdidos bodegones.
O Goya detrás de su maja a la que desnudó, al menos, sobre una tela (no podría asegurarlo que sobre una cama)
O Van Gogh, en un frágil equilibrio sobre cuervos, soles que te incineran de sólo mirarlos, cipreses distorsionados y esas pincelas patéticas, ansiosamente ansiosas, descargando sobre la indefensa tela oleadas de adrenalina no consumidas para caer, como dice el tango, en aquel tiro del final que le salió a medias pero lo mató al fin, como preludio, hecho sangre, a la nada en la que no sé si habrá calmado esa impaciencia que solía hacérsele locura.
Por que de no ser así, jamás podría explicarme ese acto absurdo de escribir aquella carta.
Aquella puta carta (si, puta) que desnudaba lo indesnudable para transformarse en su propia sentencia de muerte.
Y eso que yo se lo había repetido hasta el hartazgo durante los años que precedieron a esos tan horribles, tan sangrientos.
- Quédate quieto Rodolfo, no jodás que la mano ya está dura y puede ponerse más dura aún.
Y él, que era todo pelotas, contestándome:
- Vos quédate quieto si querés, Martín, seguí en la tuya, escondete entre las telas y los pinceles en ese boliche tuyo tan colorido, tan sedante, tan alejado de la realidad, pero a mí dejame entre los míos y lo mío y no te preocupés, que antes de que te vayan a buscar para pintar letrinas con la mierda de tus intestinos, a lo mejor el barbeta me da una mano y te despabila.
Rodolfo.
Siempre tan él.
Siempre tan Rodolfo.
Metiendo la nariz en todo lo que quemaba para salir después hecha letra la brasa.
Recuerdo aquella vez en la que, al recibirlo de Cuba, hablaba de la Revolución y yo, sin comentárselo para no herirlo, creía que él soñaba con ser el Che con el único objetivo de acumular poder.
No era eso lo que buscaba.
No.
Era solo cariño.
Nada tan simple y complicado como eso.
Como Toulouse Loutrec detrás de esas mujeres encalladas en la noche más noche de las noches como La Goule, Grille d’Egout, Rayón d’Or o Jane Avril para terminar en una tumba hecho alcohol propio y sífilis donada por Rosa La Rouge.
Como Goya jugando a ser la sombra, que ni un paso se aleja, de su Duquesa de Alba que nos mira provocativa en la inmovilidad de su mirada hecha insinuación.
Como Van Gogh, marcada por siempre en el fondo de su alma la pobreza de las minas de carbón belgas de Borinage y sus ganas de ser un evangelizador, que no prosperaron como tampoco lo hizo su comunidad de artistas, para agotarse, plomo mediante, en Auvers-Sur-Oise mientras a su alrededor languidecía un verano plagado de sus soles.
Cariño, nada más que eso.
Tan simple como ese hombre que se acerca hacia mí, en presurosa marcha, alejándose del monte mientras echa unas cortas miradas hacia los árboles que acaba de dejar atrás.
No tengo dudas.
Ese hombre está nervioso.
Y la causa de sus nervios yace entre la vegetación, a su espalda.
Paso a paso se acerca a mí.
Su imagen me hace recordar a las gastadas formas de aquellos que alguna vez se pasearon por las telas del Greco.
Flaco, alto y terriblemente desgarbado cumple al pie de la letra los requisitos para dicho puesto sobre una tela.
No sé porque pero noto un ligero aire al Entierro del Conde de Orgaz en su semblante.
Se ha detenido a metro y medio, más o menos de mí.
Vuelve a mirar sobre su hombro en dirección al monte.
Está nervioso.
Aunque...
Aunque nervioso no.
Yo diría, sin temor a equivocarme, que está asustado.
Me habla.
Lo imaginaba de chillona voz pero el tono de la misma es grave.
Yo diría que tiene voz de un Pilatos y no de un Nazareno que es lo que parece ser.
Vence, al pronunciar las palabras, el temblequeo, sin dudas, producto de su estado anímico.
- ¿ Usted es de aquí, señor?
Debo reconocer que esa es una buena pregunta.
Porque, al fin y al cabo, de donde mierda es uno.
¿ Del lugar en que nació?
No.
Si así fuese como se explicarían los actos de aquellos héroes de pasadas guerras muriendo por patrias extrañas a su cuna.
De la de sus padres.
No.
Claro que no, sino aclárenme lo de Adán tirando al carajo al Paraíso.
De la que uno elige.
Tibio, tibio.
Voy por buen camino.
Es probable que uno encuentre aquel lugar en el mundo por tantos poetizado.
Si señor, puede que yo sea de aquí.
Es muy probable.
Aunque, tal vez uno solo sea de un determinado lugar mientras permanece en él.
O no.
Vaya uno a saberlo.
- Creo que sí.
- ¿Y hace mucho que vive en este lugar?
- Bastante hombre, bastante.
Pero ojo, un bastante que considero insuficiente.
Ojalá hubiésemos llegado unos años antes con mi Matilde.
- No tanto como quisiera.
- ¿Cinco, seis, siete o más años?
A ver.
Si, los dedos de la mano me alcanzan.
- Yo diría que seis es lo más aproximado. ¿Por qué?
- Por que quizá usted pueda ayudarme.
Me pide ayuda.
A mí.
A mal puerto va por agua.
A gatas si puedo ayudarme un poco yo y este hombre me pide ayuda.
Dios mío, si por lo menos dejara de mirar por sobre su hombro en dirección al monte.
- ¿ Ayudarlo, ayudarlo en que?
- Mire, estoy buscando a una pareja. Uno hombre cuarentón, así como usted y una chica más joven. Para ser exactos, él debe tener unos cuarenta y ocho años y ella unos veintiséis. Tengo entendido que viven en esta isla. O por lo menos eso es lo que he sacado como conclusión sobre la base de las investigaciones que ando llevando a cabo desde hace unos ocho meses.
Busca una pareja.
No.
No puede ser.
¿Quién podría haberlo guiado hasta aquí?.
Nadie nos vio huir.
Matilde me juró que nunca más había entrado en contacto con su familia.
Y ella era de confiar.
Es posible.
Debe ser una casualidad.
- ¿Una pareja?. Puede ver que yo estoy solo.
- Sí, caballero. Me doy cuenta de eso.
Debe ser una casualidad.
- Y porque me pregunta a mí, si yo estoy solo?
- Porque es la primera persona con la que acabo de cruzarme. Al bajar de la lancha me encaminé hacia el centro de la isla en busca de una casa y no he encontrado nada. Bueno, nada no. Digamos que encontré lo que no buscaba. Y puedo decirle que eso me tiene más preocupado que antes.
Ni que lo diga.
Se le nota.
Y como.
Noto que disimula un ligero temblor de su mano derecha y que hace grandes esfuerzos por no tartamudear.
¿ Qué lo tendrá tan tenso?
- Preocupado, ¿ por qué?
- ¿ Por qué, me pregunta?- mira por enésima vez hacia el monte- ¿Nunca se ha fijado lo que hay más allá del fondo de su casa?
Fijarme.
Me he fijado en tantas cosas a lo largo de mi vida que ya estoy harto de hacerlo.
Si lo supiera.
Si este hombre tomara conciencia de lo que pesa en mí ese monte que a él tanto lo asusta y a mi tanto me deprime.
Fijarme.
¿ Para qué?
Para remover la herida.
No, por Dios, darme una vuelta por allí sería como abrirme una llaga e inundarla de sal.
Día y noche.
Noche y día.
- La verdad que no. Es más, no suelo darme una vuelta por el monte jamás. A decir verdad, no guardo buenos recuerdos de ese lugar.
- Ah, ¿ entonces usted ya ha visto lo mismo que yo?
Ver lo que él vio.
No lo creo.
No existe lugar alguno sobre este cansado planeta que sea igual para dos personas.
Es imposible.
- No sé que ha visto usted.
- Bueno, mire... no sé como explicárselo. Pero usted lo debe saber mejor que yo y no me va a negar que la cosa es bastante macabra, ¿ verdad?
No puede haberla encontrado.
Es imposible.
Ni la más brava de las sudestadas podría haber socavado esa fosa.
- ¿ Por qué?
- Por lo de los huesos. Los hay por montones. Largos, cortos. Mi Dios, no entiendo que puede haber pasado allí pero confirma mis sospechas y las de mucha gente que hoy busca la verdad a toda costa.
Mucha gente quiere decir varios.
Este hombre no está solo.
Alguien lo envía.
Y ese alguien tiene un enigma que resolver.
Me niego a creerlo.
Con Matilde tapamos todos los posibles agujeros que podrían habernos puesto en evidencia.
- ¿ Verdad, qué verdad?
- Lo de la matanza, lo de los subversivos, lo de la marina, en fin, usted ya sabe a que me estoy refiriendo. Es increíble, cuando vuelva a la ciudad y lo cuente será la opinión pública un hormiguero explotando bajo el calor de enero. No tengo dudas de ello.
La imagen del hormiguero me parece patética.
Debe haber visto pocos hormigueros este hombre.
Subversivos.
Matanza.
Ya sabía yo que este hombre no podría estar buscándonos.
- ¿ Matanza? ¿ De que habla? No lo entiendo.
- Mire, no tengo tiempo ahora para explicárselo. Seguramente volveremos a vernos. Debo marcharme, total, es muy probable que esa pareja que busco se encuentre allí, entre esos huesos. Es más, es muy probable que varios de esos huesos les pertenezcan. Pobres, terminar así, en esta isla, bajo las balas, pobre gente. En fin, le agradezco mucho igual su ayuda. Debo partir.
Increíble.
O los que lo envían pasen largas horas en cines de dudosa calidad o esta isla ha sido escenario de algún hecho terrible.
Aunque es muy probable que alguna crecida haya encontrado a sus víctimas entre animales muertos de miedo bajo la tormenta.
Me pregunto si Carlos sabrá algo de este tema.
- No estará haciendo una película de esto. Quizá sean unas tristes osamentas.
- ¿ Osamentas? No creerá que estoy tan alterado por unos animales muertos. Esto es otra cosa. ¿ Usted no ha visto los huesos?
Como explicarle que ingresar a ese monte es para mí una herida abierta.
- Le he dicho que voy poco por allí, me trae malos recuerdos.
- Malos recuerdos, ¿ por qué? Los ha visto entonces y le asustan tanto como a mí.
Dios mío.
¿ Por qué me lo haces tan difícil?
- No, no es por eso. Es por otra cosa. Es por algo que perdí que está en ese lugar.
- Algo que perdió. Y si sabe que esta allí por que no lo trae a su casa. Es por miedo o por superstición.
Jamás podría retornarla aquí.
Jamás.
- Ni por la una ni por la otra. Digamos que es por imposibilidad.
- Por imposibilidad. Pero entonces ha visto los huesos.
Por todos los Santos, cómo explicarle que yo mismo la enterré.
Claro que los he visto.
- ¿ Y por qué no ha denunciado el hecho?
Es increíble que estemos manteniendo este diálogo digno de Dalí.
- Por lo que le dije antes, deben ser vacas muertas. Que otra cosa podrían ser sino.
- Restos de una matanza, eso es lo que son. Personas desaparecidas. Bah, hechas desaparecer en aquellos años tan oscuros.
Por fin.
Esa es la verdad que buscan.
N.N.
Eso es.
Nosotros no tenemos nada que ver con esto.
- Me parece que exagera.
- Piense lo que quiera. Se me ha hecho tarde. Debo volver a la ciudad. Gracias, me marcho.
Vuelvo a preguntarme si Carlos sabrá algo de todo esto.
- Oiga.
- ¿ Qué?.
- Por las dudas, y aunque en este momento no está en aquella casa, la que está casi sobre la orilla, junto al muelle, vive un hombre. ¿ No será la que busca?
- ¿ En esa casa? No, no creo que sea ese el tipo de casa en la que hubiera vivido esa No señor. Disculpe, debo ir a esperar la lancha.
Otra vez mira sobre su hombro en dirección al monte.
Que vaya con Dios.
No puede negar que quise ayudarlo enviándolo a ver a Carlos.
En fin.
- Como usted quiera, caballero.
- Adiós, y gracias igual.
- De nada, a su servicio.
Con tal de que te marches.
- Volveremos a vernos. Estoy seguro. No se imagina el revuelo que se va a armar con el tema de los huesos.
Mientras sólo sea eso que vuelva las veces que quiera.
De algo puedo quedarme tranquilo: Matilde y yo no tenemos nada que ver en todo esto.


Conquistarte


Conquistarte.
Es el vacío para completar.
Eterno e inconcluso.
La luz del alma iluminando los rincones,
para luego naufragar en sangre.
Es el sabor de la eterna espera,
nacida de un romance en celo.
Un remanso de paz
contorneado por sombras matutinas...



El regreso de unos muchos


Al oír los motores no necesité preguntarme su causa.
El de rojo y azul cumplía su palabra.
Y vaya si la cumplía.
Hombre que pasaba del dicho al hecho el tipo, aunque de nuestra charla había extraído la conclusión de que era un charlatán.
Pero allí estaba dando vida a su promesa.
De vuelta a mi isla.
Violando mi intimidad.
Y, tal como me lo había comentado, no efectuaba dicha tarea solo.
Era dos embarcaciones de prefectura y una lancha colectivo fuera de su recorrido y horarios habituales ( esto lo supuse al ver el pasaje que se incorporaba velozmente al tocar la embarcación el muelle de Carlos)
Al ver a los oficiales de pardos uniformes pensé en Katia.
gastado rostro de dama de Toulouse Lautrec.
Me entretuve observando que el rojo y azul era, ahora al descender a tierra, marrón y verde claro.
Daba la sensación de ser un pequeño aromo llegando a la isla.
Un aromo.
Me asombré de la comparación.
A nadie escapa que el aromo suele ser un árbol de crecimiento rápido.
Y bastante rápido había crecido este oscuro personaje en mi vida.
Me daba la sensación, pese a tener una plena convicción de que mi Matilde y yo nada teníamos que ver con esta gente, de que podía verme envuelto en todo esta operación.
No pude atribuir al viento sur que había comenzado a levantarse, encrespando al río, un ligero estremecimiento que recorrió mi estómago.
Algo se avecinaba.
Y no me encontraba en condiciones de prevenirlo.
Mientras jugaba a perseguir ideas en mi cerebro, los recién llegados se fueron reuniendo frente a la casa de Carlos.
Parecían seguir un cronograma previamente establecido.
No necesitaron orden alguna para ir tomando posiciones junto al río mientras una extraña niebla comenzaba a cubrir la copa de los árboles y los tejados de las casas.
En pocos minutos tuve que forzar la vista para observar lo que hacían.
Me parecieron fantasmas o, mejor dicho, una extraña clase de brujas reuniéndose en un programado aquelarre.
Casi no existieron órdenes entre ellos.
No.
Sólo se pusieron en marcha, cerrándose sus chaquetas a causa del fuerte viento, en dirección al monte.
Adelante el marrón y verde claro.
Detrás un nutrido grupo de civiles.
Los de Prefectura se quedaron en la orilla, confirmándome que la cosa no tenía mucho que ver con la justicia y que tal vez la Prefectura sólo daba una ayuda de tipo logística.
Al perder de vista al último de la fila, devorado también como sus compañeros por la cerrada vegetación, se largó a llover, lo que llevó a los uniformados a treparse a sus naves.
Era una terrible sudestada.
El ruido que hizo la lancha colectivo al golpear su quilla contra el precario muelle de Carlos me obligó a dirigir la vista hacia el río.
Las olas golpeaban con fuerza contra las tres embarcaciones.
Era una furia extrañamente desplegada ante mis ojos.
Cortas y pequeñas, pero destructoras en potencia, las olas se descargaba sobre las lanchas.
Los gritos, provenientes del monte, completaron el cuadro.
A través del viento me pareció escuchar uno que alertaba sobre la caída de un árbol.
También algo sobre un herido.
El vidrio de la ventana de mi cocina, detrás del que me encontraba a salvo como privilegiado observador, comenzó a vibrar fuertemente.
No le hice caso y seguí mirando, totalmente fascinado, esa orgía furiosa de una situación climática que sin motivo alguno se había desatado sobre hombres, máquinas, animales y vegetación.
Me sentí ajeno a lo que estaba aconteciendo, tan ajeno como puede estar un espectador sentado en la butaca de un cine.
Del monte surgían los hombres, llevando sujeto de los brazos y las piernas al marrón y verde claro, hechos un bollo tratando de no ser vencidos por las fuertes ráfagas de viento que amenazaban con arrojarlos de la isla.
En el río, las naves chocaban sus quillas con ruidos sordos y potentes, no se necesitaba saber mucho del tema, para darse cuenta de que corrían un serio riesgo de zozobrar.
La imagen me trajo un fuerte sabor a Turner.
Al instante recordé El Naufragio, aquella tela de 1805 cuyo centro era una perfecta elipsis de luces y colores que se hacían imprecisos hacia los bordes.
La imagen ante mí también se trazaba en esquemas diagonales y lo que se representaba, cómodamente instalado en mi cocina era una escena semejante, aunque aquí el mar era la isla y los náufragos eran náufragos sobre la húmeda vegetación y sobre la superficie encrespada de un río de amarronadas aguas que no podían compararse con el mar.
Como lo hice ante los seres humanos en peligro pintados al óleo sobre aquella tela de casi dos metros y medio por dos que cubría una de las paredes de la Tate Gallery, una vez más volví a emocionarme.
Aunque con una diferencia.
Aquí los seres humanos eran eso: seres humanos.
Y el peligro era real.
Lo que no podía entender era el simple y a la vez complicado caso que representaba esa tormenta surgida de la nada.
En un momento era un día como cualquier otro día y, minutos después el temporal se abalanzaba sobre todo lo que la isla contenía.
Mientras mi casa vibraba bajo los fuertes vientos se me ocurrió que alguien no quería que estos hombres estuvieran aquí.
No pude menos que sonreírme.
Era ridículo.
Tal vez la soledad estuviera por fin afectándome.
La soledad.
Mi soledad.
Es importante la soledad.
Mi soledad.
Me permite pensar.
Pensar sin interrupciones.
Sin interferencias.
Con todos los sentidos puestos en mí.
Ya sé.
Tantas veces me lo decía mi Matilde.
Egoísmo.
Eso eran para ella mis terribles y necesarias ganas de estar solo.
Egoísmo.
Sí.
Puede ser.
Ese egoísmo, quizá, que me llevaba a encerrarme en mi estudio.
Para mezclar los colores.
Para bocetar una idea.
Para recorrer con la palma de mis manos la tersa superficie de la tela en una caricia larga, que tal vez tuviera algo de erótica.
Aunque no lo sé.
Erotismo y soledad pueden ser fácilmente confundidos con onanismo.
Y no creo haber practicado asiduamente el onanismo.
No.
Siempre he preferido el amor entre dos, que suele llamarse sexo, y no aquel con uno mismo que un Dios en su Biblia condena y que los hombres ridiculizan en sus charlas.
Mis pinturas y el onanismo.
No creo que tengan algo en común.
Bah, estoy convencido de esto.
Jamás podría poner en un mismo plano a la felicidad inmensa que da ver una obra terminada, (brillando fresca aún en las gotas disciplinadas de los trazos que el pincel ha dejado)con la indescriptible explosión que significa un orgasmo, estallando dentro de uno mismo, sobre o debajo del cuerpo de una mujer que, si la suerte acompaña, lo disfruta al mismo tiempo.
Son cosas distintas.
Sin duda.
Mi soledad es eso: soledad.
Lo otro es sexo.
Y si imaginaba que alguien estaba tratando de echar a los hombres de la isla eso debía ser atribuido a mi soledad y no a mi falta de sexo.
Estaba seguro de ello.
Tan seguro como que los fuertes golpes que escuché sobre mi puerta me anunciaban que esos extraños llegaban a mí buscando refugio.
Refugio que no podía negarles.
Refugio que venía a romper mi soledad.
Antes de abrir, no sé porqué, la imagen de mi Matilde cruzó por mi mente.
Al girar el picaporte tuve un momento para pensar si debía tomar dicha aparición como una señal.
No, me dije decididamente, cuando, al abrir la puerta, un grupo de náufragos terrestres se presentó ante mí con un sentimiento de ruego pintado en sus rostros.
El marrón y verde claro sufría.
Un rictus de profundo dolor se pintaba en su rostro.
Sin tener demasiados conocimientos médicos pude darme cuenta que ayudaba a sus penas la burda manera en que sus improvisados enfermeros lo transportaban.
- ¿ Hay una cama aquí? - preguntó un inmenso y desaliñado gordo cuyo grasoso flequillo le caía sobre la rosada frente como una oleosa cascada.
Antes de contestarle pensé en las consecuencias que me traería esa gente allí pero los cinco minutos de boludo, que todos tenemos, me llevaron a señalarles en dirección a la pieza.
- Es por allá.
Los conduje dentro de la habitación en donde, prácticamente, lo arrojaron sobre la cama como a una bolsa de maloliente basura.
Aproveché la indecisión del grupo para observar al herido.
Su hombro izquierdo parecía estar, hablando en términos de carpintería, fuera de escuadra y su antebrazo formaba un extraño ángulo. Un hilo de sangre corría a través de su mejilla y un corte profundo, que me hizo recordar a un boxeador, partía en dos a una de sus cejas. Se quejaba con entrecortados sonidos.
El desagradable gordo, al que ahora podía oler ya que estaba junto a mí, me inundó con su halitosis al hablar demasiado cerca de mi nariz.
- ¿ Sabe donde hay un médico?
No podía negar que este tipo era todo un personaje.
Un médico.
Qué increíble, este tipo apareciendo de donde no se sabe y pidiendo semejante cosa.
Dudé entre preguntarle que huevo había salido o si hacía rato que no se cruzaba con su cerebro, pero me contuve.
- Por aquí no hay ninguno.
Como me lo temía, no le gustó mi respuesta.
- ¿ Cómo que no hay ninguno? ¿ Qué hacen acá si alguno se enferma?
Este gordo era una maravilla.
Cualquier circo podría haber contado con su absurda inteligencia sobre su pista de arena para entretener a decenas de espectadores.
Muchas veces me he enfrentado con este tipo de personas que hablan, putean, se enojan y opinan sobre todos los temas poniendo en movimiento su lengua de forma independiente a su pensamiento.
Lo peor del caso es que generalmente abundan.
Y opinan.
Opinan.
En lugar de reconocer sus limitadas mentes y mantener sus bocas cerradas, hacen todo lo contrario.
Hablan.
Se meten en todo.
Y dan clase a los que los rodean colocándose en puestos de lideres sin que nadie los elija o se los pida.
No era muy difícil, lógicamente para alguien con raciocinio, darse cuenta de cuales eran los pasos a seguir si la enfermedad llegaba y uno tenía ganas de curarse.
Se los aclaré.
- Esperamos a la primera lancha que pase y nos vamos hasta el Hospital de Tigre o al de San Fernando.
Me observó calcando la imagen de una vaca mirando pasar al tren.
Pareció dudar antes de hablar.
- ¿ Y sí la lancha tarda mucho?
No.
Era un pelotudo.
Mejor dicho: éramos unos pelotudos.
Él por hablar y yo por escucharlo sin darle una buena patada en el culo, por impertinente y roñoso.
Conté hasta diez y traté de parecer lo más calmo posible.
- Aguantamos.
Volvió a mimetizarse en vaca, se pasó las infectas uñas de su mano derecha por el pelo, acomodando al grasoso conjunto en dos mitades cortadas al medio por una raya desigual.
Por un segundo me dio la sensación de que iba a insultarme, pero algo lo contuvo.
Miró al hombre sobre la cama.
Luego, a través de la ventana, en dirección a la tormenta que no perdía su intensidad y se alejó de mí, cosa que automáticamente quise agradecer, para abrir luego su inmensa boca que mostró una desolada dentadura.
- ¡ Qué lo parió! - se dirigió a sus compañeros - ¡ Hay que tener sangre de horchata! ¡ La puta madre que los parió a estos de la isla!
Pensé en defenderme pero al instante deseché la idea: el hombre no lo valía.
El marrón y verde claro gimió sobre mi cama.
El pobre sufría bastante.
Al verlo así recordé a Matilde y sentí que mi cuerpo era recorrido por una extraña especie de corriente eléctrica.
Ella también había sufrido sobre esa cama.
Y como.
Con cada célula de su cuerpo lo había hecho.
Desde el pelo hasta la planta de los pies.
Desde los diminutos pezones de sus delicados pechos hasta la sedosa calidez de su espalda.
Y desde su entereza hasta mi pena.
Mi profunda pena.
Su rígida entereza.
Una junto a la otra.
Leche y limón.
Ébano y marfil.
Y esa extraña sensación de ir perdiéndola como quien parte en un velero a buscar extraños horizontes y nos deja tristes sobre el muelle, envueltos en la frágil neblina que siembra la duda del “¿y después que?”.
Ese después que, que llega para quedarse, para no irse jamás, para inundarnos de pena, de miedos, de pesadillas, de soledad y que nos hace pensar en el suicidio cuando las noches son largas y el cuerpo amado no está.
Ese cuerpo amado que uno quiso de una forma imposible de explicar.
Esa forma que nos hace llorar de felicidad cuando la vida es plena.
Esa forma que en el sexo nos lleva a querer devorar al otro.
Con todo el cuerpo.
Con toda el alma.
Con manos, brazos, piernas y pena.
Ese amor que no posee una clara definición.
Ese amor que no es ni puede ser jamás ese sentimiento que inclina el ánimo hacia una persona, ni tampoco aquella pasión que inclina un sexo hacia el otro y, menos aún, caer en la liviana definición de que el amor es dulzura o suavidad.
Dulzura, suavidad.
Vaya mierda.
Una mermelada puede ser dulce.
Una tela puede ser suave.
Pero el amor no.
El amor es otra cosa.
No sé que mierda es pero es otra cosa.
Distinta.
Profunda.
Oscura.
Confusa.
Tan distinta, profunda, oscura y confusa que no tiene, ni podrá tener jamás, aunque un libro diga otra cosa, definición alguna.

De mi Matilde que enfermó sin darnos cuenta.
De mi Matilde que murió en silencio, como lo hacen los mártires, como lo hacen algunos elegidos, como lo hacen los que no tienen deudas que pagar ni enemigos que los persigan.
Matilde era poesía.
Toda ella era una poesía.
Una inmensa y plena poesía que iluminaba mis jornadas, que daba brillo a mis telas, que perfumaba mis pinceles, que enloquecía a mi paleta y que era, y fue, el componente principal de la única época en la que fui plenamente feliz.
Tan feliz como cuando era un niño entre los pechos de mi madre.
De esa madre que, vaya coincidencia, también se fue muy joven.
Vaya ese extraño estigma que ha llevado a las mujeres que realmente amé lejos de mí.
A esos parajes de los que nadie vuelve.
A esos lejanos parajes que llaman cielo en el caso de los justos e infierno en el de los que no lo son.
Aunque esto, en mi caso, no pueda ser completamente asimilado por el convencimiento de que si los santos mueren jóvenes y los que no lo son de viejos, algo anda mal.
Muy mal.
Demasiado mal en esta conciencia colectiva nuestra que alguien nos metió en el bocho.
Por que alguna vez, los que andamos por la vida sin joder a nadie, tendríamos que ver, frente a nuestros ojos, ese castigo Divino que anda en aquellos Juicios Finales que nunca vemos.
Por que alguna vez, los que andamos por la vida sin joder a nadie necesitamos, como San Agustín, ver para creer.
Ver en serio.
Con nuestros propios ojos, como se queman por siempre los hijos de puta en el infierno y andan en bolas y a los saltos, de nube en nube, los que han pasado por aquí envueltos en un aura de bondad.
Por que alguna vez, los que andamos por la vida sin joder a nadie, vamos a necesitar un ejemplo tangible que mostrar a los que nos quieren joder, para que sepan que no se jode con nosotros, que sólo tratamos de vivir y dejar vivir.
Por que los hijos de puta son eso: hijos de puta y nosotros no lo somos.
No sé que mierda somos.
Pero hijos de puta no.
Y alguna vez tendrá que ser nuestro tiempo.
Alguna vez deberemos ganar los que siempre perdemos y alguna vez, no sé cuando, las risas tendrán que ser nuestras y las penas de los otros.
De esos otro como los que estaban metidos en esta casa que alguna vez, cuando mi Matilde la iluminaba con su gracia, había sido mía.
Y que ahora no era de nadie.
Salvo del grupo comandado por ese grosero y maloliente gordo que volvía a inundarme con su fétido aliento.
- Este tipo está bastante hecho mierda. ¿ Qué carajo podemos hacer?- miró a sus compañeros - ¿ Alguno tiene una idea?
El resto del grupo le devolvió la mirada.
Por un momento solo pudimos escuchar el sonido externo de la sudestada.
Tal vez para quitármelos de encima, ya que no puedo creer que haya sido por solidaridad, decidí hacer algo ante la agónica reacción de mis indeseados visitantes.
- ¿ Porqué no se corre alguien hasta la orilla y les pega el grito a los de Prefectura para que traten de acercarse? Me parece que este hombre no está nada bien.
Me contestó un muchacho joven que llevaba un pequeño grabador en su mano.
Sin dudas, era un periodista.
Parecía un niño, pero me gustó esa manera de enfrentar las cosas típicas de su juventud.
Los jóvenes nunca son cobardes.
Bueno, todos no, pero la mayor parte de ellos lo son.
Uno también lo ha sido.
Falta de experiencia.
Poca noción del peligro.
Creerse el dueño del mundo.
Por Dios.
Es necesario que uno sea joven para teñir su imagen de osado.
Es tan simple esa ecuación que nos lleva a ser intrépidos y atrevidos por la sola razón de tener pocos años.
Debe creerse entonces que la madurez nos transforma en cobardes.
¿ Tal vez el no tener nada que perder, cuando la vida está en sus comienzos nos lleva a jugar con los límites?
¿ A enfrentarnos con ese punto de no retorno en el que se vence o se muere.
Juventud y valentía.
Madurez y cobardía.
Cuantas veces habíamos hablado con Rodolfo de este tema.
Y más aún de esto de ser valientes por ser jóvenes.
Recuerdo que se reía y me cargaba.
" Las pelotas se arrugan pero no se achican Martín " solía decirme entre mate y mate.
- ¿ Pueden hacer eso con esta tormenta?
La verdad que yo no lo sabía.
Para mí la prefectura no dejaba de ser otra cosa que una policía sobre el agua.
No los creía capaces de grandes hazañas pero para algo debían servir.
- Pienso que sí. En caso contrario nada se pierde con probar.
Al fin y al cabo debían saber nadar.
- ¿ No será peor el remedio que la enfermedad?
Era una buena pregunta.
De la cual no tenía respuesta alguna.
- No sé, nada es seguro en este triste mundo. O sí, de algo estoy seguro: este tipo puede estar muriéndose por una hemorragia interna mientras nos miramos las caras sin hacer nada. No es que me asuste verlo morir, y es más, me importa muy poco si lo hace sobre esa cama, pero me parece que algo tendrían que hacer.
Y debían hacerlo rápido.
- Tiene razón. ¿ Les parece bien? - dijo mirando a sus compañeros.
No pude menos que asombrarme.
¿ En que momento se había producido esa epidemia de sordera que le impedía, a los que allí estaban, contestar?
El joven se quedó esperando algo que no llegó.
Decidí contestar, no por que consideraba que debía responder, sino que para llenar ese hueco de sonidos que me molestó.
- A mí sí.
Casi dio un salto al oírme.
- Ya sé que a usted sí. - se dirigió al grupo - parecen idiotas. ¿ Tienen huevos adentro de los calzoncillos ?
Nadie emitió respuesta alguna.
Evidentemente estábamos rodeados por un grupo de castrados.
Lamenté dos cosas; una, no tener un harén a mano y dos, el no animarme a pedirles que canten algo.
No sé que ayuda externa impidió que el periodista mandara al grupo a donde merecía ir.
Me miró a los ojos.
Pude ver en ellos una fría resolución
- Voy a salir - me dijo.
Parecía muy disgustado al abrir la puerta y entregarse a la sudestada.
No era para menos.
Pude observar el gran esfuerzo que debió hacer para llegar, hecho un ovillo ante el fuerte y desacostumbrado viento, hasta la orilla.
Colocándose las manos a los costados de la boca, formando una precaria pantalla, comenzó a gritar en dirección a una de las lanchas de Prefectura.
Lógicamente, no pude escucharlo y creo que los de Prefectura tampoco, aunque entendieron lo que el joven les decía a través de las frenéticas señas que hacía con sus brazos.
Transcurrió un largo minuto en donde los hombres parecieron congelados bajo la tormenta.
Luego, la lancha comenzó a acercarse con mucho cuidado hacia el muelle de Carlos.
Diez minutos y muchos trabajos después, un mojado grupo de tres prefectos y el valeroso joven ingresaban a la casa.
Lo reconocí antes de que él lo hiciese conmigo.
Estaba cambiado.
Los años nunca pasan por pasar nomás, sino que nos dejan huellas.
Algunas exteriores.
Canas, arrugas.
Otras interiores.
Que, sin lugar a dudas son mucho más jodidas.
Bien jodidas.
Como los recuerdos.
Matilde.
No.
No quiero volver a Matilde.
Ella bastante me ha costado.
Amor.
Pasión.
Vida.
Muerte.
Muerte.
¡ La puta que la parió a la muerte!
La muerte.
Acabo de darme cuenta de que la muerte es femenina.
Como Matilde.
¿ Será por eso que duele tanto no tenerla más?
Por que no se puede negar lo que el macho sufre ante la muerte de la hembra.
Mi madre.
Matilde.
Las dos mujeres.
Las dos femeninas.
Las dos ausentes.
Tan femeninas como la muerte.
Como esa puta muerte que tiene sobre nosotros una actitud que la debe llevar a ganar miles de premios por presentismo.
Esa que nunca falta.
Esa que nunca falla.
Esa a la que imagino como un desagradable personaje que ha sido entrenado para el asesinato y el que es poseedor de un atrofiado cerebro que repite, segundo tras segundo su trabajo como un dios sanguinario y vengativo.
La muerte.
Esa que parecía haberse apropiado del verde y marrón claro que sobre la cama se adormecía por momentos mientras mi antiguo conocido y sus acompañantes se distribuían a su alrededor para atenderlo.
Al verlo trabajar hice memoria.
En aquellos años era más rubio y menos arrugado.
Su pecho de rugbier estaba menos hundido y su porte era el de alguien que pensaba llevarse la vida por delante.
Un ganador.
Lo recordaba como el más brillante con las minas.
El que cogía en conchas limpias y sin tener que poner un solo mango.
Hijo de puta.
En la cuadra solíamos tenerle envidia.
Ojo, no un poco.
Mucha envidia.
Y no lo digo esto de envidioso nomás.
No.
Lo digo de resentido.
Resentido.
Sí.
Lo reconozco.
Toda la pinta.
Toda las minas.
¿ Qué mierda hacía ahora, veinte años después, disfrazado de prefecto?
Dudé en preguntarle algo.
Era como darme a conocer.
Y no me gustaba mucho eso delante de mis indeseables invitados.
Dudé.
Y como lo hice.
Por largos dos minutos, mientras lo veía atender al herido, dudé.
Pero pudo más mi deseo de desenmascararlo, de ponerlo en evidencia.
No ante la gente que nos rodeaba ya que ni lo conocían, sino delante de mi propio y anciano resentimiento.
¿ Vos sos Oscar? - pregunté ignorante de la puerta que acababa de abrir en mi futuro.
El tipo dejó de hacer su tarea y me miró.
Por largos segundos lo hizo.
En el fondo de sus ojos pude ver que su memoria hacía pesados trabajos para detectar mi rostro y el nombre asociado a él.
¿ Martín?- dijo dudando y agregó ¿ Martín Oroño? ¿ Sos vos?
Una convulsión recorrió el cuerpo del herido que intentó señalarme y balbucear algo (que no logró) mientras le contestaba que sí en voz baja.
Sin darme cuenta, en ese momento había abierto mi propia caja de Pandora.
Tiempo tendría de arrepentirme luego.


Suelen los huesos indicar erróneas direcciones

La sudestada terminó abruptamente cuando las lanchas se alejaron del muelle de Carlos en dirección al Tigre.
Tal como había comenzado, terminó.
Un rato después de verlos desaparecer tras la amplia curva que el río hace hacia el sur yo seguía frente a mi ventana.
Pensaba.
En nada en especial y en todo.
Por suerte, el silencio era nuevamente mío.
Al igual que la isla, el cielo, los pájaros, el río y mi soledad.
Sentía un profundo cansancio en mi cuerpo.
Los ojos me ardían y un agudo zumbido taladraba mi oído derecho.
Sin dudas, todo ello era consecuencia de la larga jornada.
De esa larga jornada en la que mis indeseables invitados habían desembarcado en mi tranquilo lugar con toda esa carga de locura que la ciudad les colocaba en el cuerpo como un absurdo y estresante distintivo.
Silencio antes de su llegada.
Silencio después de su partida.
Una vez más me daba cuenta de lo acertado de mi elección.
Una vez más, pese a todo, a ese todo que incluía la muerte de mi Matilde, me felicitaba por mi ermitaño corazón.
Verlos llegar, correr hacia el monte, dejarse maltratar por la sudestada, conseguirse un herido propio y marchar de la misma forma en la que habían llegado (sin nada) dejaba en mí dos sentimientos encontrados.
Por un lado, la alegría de mi elección.
Y por el otro, el triste papel de la humanidad que, inmersa en su progreso del que se siente orgullosa, daba día a día un paso más hacia su propio abismo.
Por ya no me quedaban dudas de esa locura colectiva que, impregnada en los humanos pechos como un irresistible elixir, llevaba a la sociedad toda en dirección a un abismo del que no podía existir retorno alguno.
¿ Por qué?
Esa era la pregunta sin respuesta.
¿ Qué los guiaba?
Nadie.
Nadie lo hacía.
Los así llamados líderes no eran otra cosa que unos pocos enajenados tanto o más que sus congéneres, tocados por la magia del poder.
No eran Dioses.
Ni siquiera aprendices de brujo.
Pero se transformaban en guías de un inmenso grupo de alienados que, a ciegas, los seguían,
Sin pensar, sin razonar siquiera un momento en lo que estaban haciendo.
Una estampida.
Estampida.
Eso es.
Esa es la mejor definición.
La humanidad toda sólo era una asustada estampida dejando a sus espaldas algo desconocido, pecho al frente en dirección a algo más desconocido aún.
Un tipo adelante, un montón detrás y, al frente, un objetivo sin definir.
Casi casi lo mismo que había llevado al verde y marrón a regresar a mi isla, transformado en líder, con un grupo de seguidores irracionales, en pos de los restos de una matanza.
Matanza esta de la que nadie tenía pruebas.
Salvo esos huesos que decían haber encontrado en el monte.
Huesos que nunca había visto.
Ni siquiera en aquella amarga tarde en que enterré a Matilde.
Recuerdo que llovía.
Mucho.
Tanto que las gotas formaban charcos sobre la blanda tierra y me dificultaba la triste tarea.
Nunca me han gustado los entierros.
Suelo asociarlos con la soledad.
Con la misma soledad que sintió mi pecho joven cuando depositamos a mi madre en su nicho.
Extrañamente, vaya coincidencia, aquella vez también llovía.
Mi madre y Matilde.
Las dos mujeres más importantes de mi vida.
Las dos muriendo jóvenes.
Las dos dejándome solo.
Ingratas.
Egoístas.
Desalmadas.
Dejándose morir sin defensa alguna.
Hartas quizá de la vida pero sin emitir ninguna queja.
Y las sosas tumbas, escondiéndolas.
Ocultándolas de mí.
Eternizándolas.
Jóvenes por siempre.
Tristemente frustradas en su existencia.
Veladas por la fuerza y sepultadas sin entusiasmo.
Mi padre con sus lágrimas allá en mi niñez sin esperanzas.
Y yo con las mías en esta isla a la que había adoptado como una inexpugnable fortaleza en la que, iluso de mí, estaríamos a salvo de hombres y mujeres.
Me veo entonces, cayendo en la tumba con mi Matilde, gritando que no, que no era justo, que no era lo que esperaba e insultando a Dios, deseándole una nueva y prolongada crucifixión y pidiendo ser el romano que le clave la lanza en el costado mientras agoniza en el Monte de los Olivos.
Recuerdo todo esto con una exacta definición de lo sucedido.
En especial aquellas blasfemas palabras.
En ese momento no estaba de acuerdo con Dios y su extraña conducta.
Por un lado, pidiendo que nos conduzcamos dentro de un rígido código moral y, por el otro, haciéndose el pelotudo cuando nos meten el palo en el culo, nos escupen los alimentos, se violan a nuestras mujeres y nos cortan los huevos para cocinarlos después en una inmensa hoguera de vanidades con las que se alimentan aquellos que no viven bajo sus rígidos preceptos morales y se llevan la mejor tajada de cada cosa mientras nosotros, los abandonados boludos, nos cagamos jodiendo.
Siempre.
Siempre.
Y siempre boludos.
Siempre.
Siempre.
Y siempre cagándonos jodidos en nuestras apestosas letrinas bajo la mirada divina de nuestro Dios que, de tan objetivo que es, no se juega nunca por nada.
En fin.
Que sé yo.
A veces cuando me dejo llevar por estos razonamientos no sé que carajo hago.
Ni siquiera me siento dueño de la verdad.
De la verdad ni de nada.

Porque, si lo pienso bien, quien mierda soy yo, salvo un pobre y boludo pintor de cuarta, para transformarme en un Santo Tomás berreta y hacerme el loco, con un cierto riesgo de transformarme en un necio, puteando a Dios con toda la fuerza de mi garganta y todo el aire de mis pulmones.
Quien soy yo, salvo un absurdo y resentido solitario que nunca ha luchado por su felicidad y que desde el infesto agujero de su burda existencia busca enfrentar a Dios, a ese Dios que ni siquiera me escucha, con la intención de que alguien haga lo que yo he intentado varias veces sin lograrlo: terminar con mi insulsa vida.
En fin, tal es mi ego que, con esta tonta forma de enojarme, trato de ponerme en un plano igual al de aquel que es guía espiritual de miles de millones.
Y acá estoy, como al principio, hablando de un líder.
Un líder como el marrón y verde claro que había logrado destruir mi precario refugio.
Ese precario refugio que, sin yo saberlo, tenía sus horas contadas.

Mis sueños se perdieron

Mis sueños se perdieron en el pesado lienzo bermejo.
Mas allá la puerta, y el olvido.
Pies descalzos.
Sombra que congela el alma.
El nunca debió a haberse marchado,
tan frágil,
tan puro,
tan mío.
Sin decir nada, sigiloso como la misma muerte.
Plenilunio ancestral el de aquella noche en tierra firme, donde
apaciguado concretaste tu migración, manifestándote incólume
frente a aquella partida.
Alegórico.
Arbitrario.
Abandonando, prematuro, el vientre materno.
Llevándote contigo el eterno néctar de la vida.


Nunca nos llevan a donde queremos ir

Al escuchar el motor dejé mi sillón y me dirigí hacia la ventana.
Por la hora, era imposible que pasara la lancha colectivo.
Y por la dirección que traía el sonido, no me quedaban dudas de que la embarcación se aproximaba a la isla. Era la prefectura.
¿ Sería Oscar?
A lo mejor mi amigo venía a recordar viejos tiempos.
Podía ser aunque, al instante, imaginé que otro era el motivo.
Pensé en el marrón y verde claro cuando la lancha tocó el muelle de Carlos.
Habría muerto ese molesto tipo.
Cuando Oscar saltó a tierra junto a otros dos compañeros, grité una soberbia puteada que ellos no pudieron oír. Coincidió con el trueno de una sudestada que se inició espontáneamente mientras una gruesa niebla nos rodeaba.
Agazapándose para protegerse del fuerte viento y sujetándose apenas sus gorras cubrieron la distancia de la orilla hasta mi puerta rápidamente.
Dos golpes secos y un " abra Oroño " me quitaron toda posibilidad de escapatoria.
No me quedaba otra, debía soportarlos nuevamente.
Creo que conté hasta mil antes de dejarlos pasar.
- Martín, creí que no nos ibas abrir más.
- ¿ Oroño, Martín? - antes de darme cuenta esa pregunta, efectuada por otro de los prefectos que estaba a mi derecha, me quitó toda posibilidad de confesarle a Oscar que la presencia de ellos allí me rompía mucho las pelotas.
Oroño, Martín.
El tipo lo había dicho de esa manera que trajo, instantáneamente a mi memoria el servicio militar.
Apellido primero.
Nombre después.
Esa extraña manía militar de dar vuelta las cosas nunca dejaba de asombrarme.
Como eso de llamar a la gente ciudadano.
Ciudadano.
Afirmativo.
Negativo.
Apersonarse.
Vaya boluda manera de llamar a las cosas.
Alguna vez, allá por mis veinte años, me había cagado en las madrugadas de Campo de Mayo con ese idioma particular.
Tan particular como ridículo.
Ridículo como los que lo utilizaban.
Por que no hay dudas de que todo tipo que porta un uniforme se transforma en ese extraño parlante donde reinan los si señor, no señor, como usted diga señor, por que no me chupa bien el huevo izquierdo señor y tantos otros señores que no se como no se hacen putos esos mierdas de tanto oler bolas por todos lados mientras tiñen las cosas con ese machismo barato que de barato nunca les ha servido para nada.
O sí.
Si, para algo les ha servido.
Para patearle el culo a las democracias.
Para jugar a los soldaditos con nosotros, los civiles.
Para desfilar en las fiestas patrias disfrazados con los históricos trajes de aquellos que un siglo atrás si supieron jugarse las bolas en cada ocasión en las que alguien se los ordenó.
Y no como estos Napoleones de segunda que sueñan con San Martín mientras se pelean por acomodarse en algún puesto que les sirva para llenarse los bolsillos y cogerse alguna pelotuda obnubilada por las marciales pijas que ni a fuerza de cañonazos se deben poner en posición de firmes.
Como estos Napoleones, repito, que sólo están en ventaja si superan al enemigo diez a uno.
Diez a uno.
Ese diez a uno que seguramente debían tener a favor cuando lo fueron a buscar a Rodolfo.
Rodolfo.
¡ La puta que lo parió!
Mi Rodolfo.
A él se lo habían devorado los Napoleones.
Diez a uno, o cien a uno o mil a uno, que sé yo.
No me importan los detalles ni puedo tener una exacta descripción de lo sucedido
Pero su ausencia me duele.
Casi tanto como la de Matilde.
No sé sí por cariño o remordimiento.
No sé si por nostalgia o temor, aunque estoy seguro de no haber hecho lo que él se merecía.
O mejor dicho, lo que su amistad hacia mí se merecía.
Rodolfo confiaba en mí.
Tanto o más que Matilde.
Con ese tanto o más que lo había llevado a aceptar mi idea, que aún nadie sabe que ha sido mía, de colocar en la tapa de su libro sobre los basurales de José León Suárez aquella reproducción de los fusilamientos del tres de mayo de 1808 que Goya derramara en óleos sobre una tela.
Sonrío internamente al recordar su negativa inicial y el largo desarrollo de mis conceptos que habían logrado convencerlo finalmente.
Tras varios cabezaduras de mi parte y no me rompas Martín, de la suya, tras una larga charla había conseguido representarle esa dolorosa escena en la que las ejecuciones se producen de noche y las expresiones de los que van a ser ajusticiados se contraponen a esos soldados sin rostros que van a matarlos.
Mirá Martín, me había dicho al observar la reproducción que había puesto frente a él, mirá: a los muy hijos de puta no se les ven las caras.
Hijos de puta, ¿ porque, Martín siempre será de esta manera, porque?
Las víctimas al desnudo y los victimarios ocultos.
Siempre igual.
La honradez sin pilchas y la barbarie oculta.
Siempre igual, Martín.
La víctima es la luz y el asesino la oscuridad.
Pobre Rodolfo.
Tenía toda la razón.
Y moriría por ella en ese marzo en que sería iluminado por la claridad de su propia valentía ante el oscuro accionar de los Napoleones.
Napoleones como el que, delante de mí, repetía ese ¿ Oroño, Martín? ¿ Usted es Oroño, Martín?
- Si, soy yo - contesté al fin.
El tipo miró a Oscar y al otro compañero.
Luego, lo hizo conmigo, mientras ordenaba:
- Oroño, Martín - otra vez el apellido primero y el nombre después - nos va a tener que acompañar.
Debo reconocer que la frase sonó tan extraña que no pude expresar respuesta alguna y, sin comprender lo que sucedía, me dejé llevar al barco.
A ese barco que comenzaba a transformarse en la primera celda de mi vida







Nunca nos dejan estar donde debemos

A medida que nos alejábamos de la isla se diluían los efectos de la sudestada.
A decir verdad, y a la distancia, parecía como si una extraña especie de microclima reinara sobre ella.
Era extraño.
Tan extraño como el ambiente que se vivía a bordo, en aquella timonera.
Oscar echaba sobre mi persona discretas miradas mientras fijaba su atención en las maniobras que efectuaba el timonel.
Sus compañeros, en cambio, dentro del cansancio que se reflejaba en sus rostros, parecían ignorantes de mi presencia.
Evidentemente yo no significaba nada para ellos o, al menos, sólo era un trabajo más.
Pero, lógicamente, para mi antiguo vecino era otra cosa.
No sé exactamente que, pero otra cosa.
Más cercana.
Más sanguínea.
Sin dudas formábamos mutuas partes de nuestras historias ( o de una parte de ellas)
Y yo conocía su pasado tanto como él parecía conocer mi presente.
Estábamos en desventaja.
Él sabía de su pasado tanto como yo pero, él disfrutaba del conocimiento de mi presente y podía, por lo tanto, adivinar mi futuro inmediato.
Futuro este que yo distaba tanto de conocer como de imaginármelo.
No me quedaban dudas de que el verde y marrón claro ¿ habría muerto? Tenía algo que ver en todo lo que estaba pasando.
La matanza.
¿ Podría esa ser la causa?
Y en ese caso, que mierda tenía yo que ver con lo sucedido.
No recordaba, durante mi permanencia ( o nuestra si incluyo a Matilde, Katia y Carlos) en la isla, ningún acontecimiento, por más discretamente que se hubiese efectuado, que pudiera ser vinculado a una cosa tan, digamos quilombera, como un enloquecido grupo de milicos disparando a mansalva sobre algunos guerrilleros o lo que fuese.
La isla es un sitio demasiado silencioso para camuflar algo así.
No sabía porque me llevaban.
Y me daba mucha bronca el no tener idea de mi culpa.
Culpa.
¿ Que culpa?
Por más que daba vueltas a mis neuronas de una punta a la otra de mi cerebro no llegaba a ninguna conclusión lógica.
¿ Cuál era mi falta?
¿ Que delito se me adjudicaba?
¿ Que trasgresión buscaba en mi a un responsable?
¿ Cuál era mi responsabilidad?
Por más que pensaba y pensaba en esa gris timonera no lo sabía.
Rodolfo.
¿ Rodolfo?
No.
Rodolfo no.
Estaba muerto.
Hacía varios años que lo estaba.
Y los muertos no hablan.
Aunque...
Aunque a veces lo hacen.
De hecho, los masacrados en la isla lo habían hecho.
Ausentes las bocas, sus huesos parecían haber gritado a los cuatro vientos su martirio.
Era como si la isla ocupara el lugar de la tela de Goya mostrándonos, en un patético alarido óseo, las tristes imágenes que a través de los óleos el hispano maestro había sido capaz de plasmar.
No.
Rodolfo y la isla no tenían relación alguna entre ellos.
Aunque...
Aunque al decidirnos a dejar atrás a toda esa puta mierda llamada sociedad occidental y cristiana Matilde y yo habíamos elegido una isla en el delta, nuestra isla, inspirados por Rodolfo y su eterna costumbre de hablar y hablar de los marrones ríos y las exuberantes masas de tierra.
De hecho, yo conocía la zona gracias a él que solía invitarme algunos fines de semana.
Fines de semana que repartíamos entre las charlas, sobre todo aquello que artísticamente nos había, como decía él, tocado las sensibles bolas del alma y la pesca en el extremo del reducido muelle de su isla.
A veces, cuando tropezaban nuestras opiniones, elevábamos las voces hasta gritarnos y era la pobre Piri, su compañera, la que evitaba que la sangre llegara al río.
Me gustaba mucho Rodolfo.
Era un gran tipo.
Un poco loco quizá y muy politizado para mi gusto pero era una persona excelente.
Y con unos huevos así de grandes.
Mientras me dejo llevar imagino lo que hubiera hecho él en mi caso.
Sin duda alguna habría saltado sobre mis captores, que dicho sea de paso no me habían esposado ni atado ni nada que se le pareciese, hasta reducirlos para arrojarse luego por la borda.
Sin dudas ese era Rodolfo.
El mismo que solía decir que mis pinturas de caballete eran lo mismo que la literatura tradicional mientras que los murales se asociaban al periodismo.
No sé porque pero siempre solíamos discutir cuando esto salía a la luz.
Quizá por que no estaba de acuerdo con él.
Le decía que estaba equivocado.
Goya y sus fusilamientos eran periodismo puro.
La tapa de su libro lo atestiguaba.
La Ultima Cena representaba el recuerdo y por lo tanto la nostalgia de las postreras horas de Jesucristo.
Y Rodolfo lo negaba.
Operación Masacre es pura literatura, no periodismo.
Yo no me mostraba de acuerdo y terminábamos sin hablarnos a veces hasta por algunos días.
En esos casos trabajaban de mediadores Piri, en la mayoría de las veces y la pequeña Patricia ( con esa seductora voz de las niñas, mandada sin lugar a dudas por él) en las menos.
Rodolfo.
Nos conocimos en un lugar tan insólito para él como para mí: la inauguración de un canal de televisión.
Parece joda.
Pero no lo es.
No, para nada.
Eran los inicios de los años 60, de aquella década que navegó sobre un mar de anfetaminas, barrido por tormentas de cocaína, con suaves olas de marihuana y regada por lluvias de ácido.
Rock en los oídos, la revolución en las calles y a coger que se acaba el mundo en los rincones.
Fueron días increíbles.
Todo era posible.
Y ese todo se llevaba a cabo mientras pasaban demócratas y militares y crecía el largo de los pelos casi en forma simultánea a la longitud de los machetes de la cana que rompían científicas cabezas en la puerta de las universidades.
Esos pelos y esos machetes que se encontraban y volvían a encontrar.
La razón y la fuerza.
Esa fuerza que era prácticamente invencible y esa razón que nos traía el futuro.
Ese futuro que nos permitió conocernos entre discursos y bebidas pagadas por la National Broadcasting Corporation en una flamante emisora que llevaba el número 9.
A mí me habían invitado a través de la admiración que el empresario cinematográfico Kurt Lowe ( uno de los dueños del canal ) tenía de mis obras y a Rodolfo el editor Julio Korn ( otro de los dueños )
De más está decir que yo me sentía, en medio de decenas de figuras teatrales, de la radio y del cine como el último de los pelotudos y él, según me lo confesó más tarde, como una puta en un congreso eucarístico.
Estábamos tan fuera de lugar allí que los dos, por separado, buscamos el refugio de uno de los rincones más apartados de la fiesta.
- ¿ Lindo no?- le comenté al verlo tan sólo como yo y mirando su copa vacía como estudiándola.
- ¿ Le parece?- por el tono de su voz confirmé que la cosa le gustaba tanto como a mí.
- No, la verdad que no. Me parece compañero que acá estamos de más - alargué mi mano con la intención de estrechar la suya - me llamo Martín, Martín Oroño.
- Su mano era cálida, se la notaba noble.
- Rodolfo, Rodolfo Walsh.
- Solté su mano, miré nuestras copas vacías y le señalé una puerta a nuestra derecha.
- Rodolfo, que tal si nos rajamos de acá y seguimos la charla en otra parte menos artística.
- Recuerdo que sonrió antes de hablar.
- Tiene razón, huyamos compañero antes de que nos metan dentro de un televisor y debamos ganarnos la vida haciendo morisquetas detrás de un vidrio.
- Y nos fuimos de allí, rumbo a una amistad que duraría para siempre.
- La entrada de la lancha de Prefectura al Luján me anunció que la distancia que nos separaba del Tigre era cada vez menor.
- Oscar, sentándose junto a mí, dio inicio a una conversación.
- ¿ Todo bien Martín?
- Si, dentro de todo estoy bien.

- Hizo una extraña mueca ante mi respuesta y acercó su boca a mi oído como dispuesto a contar un secreto.
- Quédate tranquilo, estoy con vos, no creo una sola palabra de lo que dicen que hiciste, quédate tranquilo viejo - se incorporó luego y agregó, mientras palmeaba mi muslo derecho - todo bien Martín, todo va a andar bien.
Lo que dicen que hiciste.
¿ Por Dios, que había hecho?
Sinceramente no lo sabía y me jodía mucho el no saberlo.
Ni Rodolfo, ni la matanza podían tener algo que ver.
La entrada de la lancha de Prefectura al Luján me anunció que la distancia que nos separaba del Tigre era cada vez menor y, por lo tanto, mi prisión se acercaba en forma inexorable.
Creo que Oscar pensó lo mismo ya que dejó solo al timonel y, sentándose junto a mí, dio inicio a una conversación.
- ¿ Todo bien Martín?
Creí que se estaba riendo de mi pero un extraño brillo en sus ojos ( ¿ pena? ) me hizo desistir de la idea.
- Si, dentro de todo estoy bien.
Hizo una extraña mueca ante mi respuesta y acercó su boca a mi oído como dispuesto a contar un secreto.
- Que date tranquilo, estoy con vos, no creo una sola palabra de lo que dicen que hiciste, quedate tranquilo viejo - se incorporó luego y agregó, mientras palmeaba mi muslo derecho - todo bien Martín, todo va a andar bien.
Lo que dicen que hiciste.
¿ Por Dios, que había hecho?
Sinceramente no lo sabía y me jodía mucho el no saberlo.
Ni Rodolfo, ni la matanza podían tener algo que ver.
Matilde menos.
Aunque...
¿ Y los padres de Matilde?
Esos dos hijos de puta.
Esos dos reverendos hijos de puta que tanto veneno habían puesto en mi Matilde.
No.
Después de tantos años para que nos iban a querer.
Mejor dicho:
Para que mierda nos iban a querer.
A esta altura de la vida debíamos ser historia antigua para ellos.
Tanto como ellos lo eran para nosotros ( o mejor dicho, muerta mi Matilde, para mí)
Reconozco que el no tener nunca más noticias de sus padres me hacía preguntarle de vez en cuando si, venciendo su bronca, ella alguna vez se había puesto en contacto.
La respuesta era siempre un no.
Y si algo Matilde jamás practicaba era la mentira.
Por lo tanto desconocían lo sucedido con nuestras vidas tanto como nosotros desconocíamos las de ellos.
Estábamos mutuamente muertos.
Nosotros con nuestro amor y ellos con su odio.
Su, para mí, inexplicable odio filial.
Un odio al que no podía encontrarle una causa lógica.
O si, pero es una absurda causa la de una hija que desea ser independiente en cuerpo y alma de sus padres.
Por que, al fin y al cabo, el terrible pecado mortal de mi mujer no había sido otro que ese.
Aún recuerdo lo que lloraba sobre mi pecho, en esa desinhibida confesión que suele seguir al sexo, describiendo al infierno que, extramuros, solía su familia definir como hogar.
Un hogar de mierda.
Una seudo familia en la que uno de sus miembros dice basta.
Basta a tanta mierda.
Basta a tanta hipocresía.
Basta a tanto orgullo que no es otra cosa que el tapar con el ligero tul de una falsa moral, repetida y gastada, la putrefacta cama de excrementos en la que puede llegar a transformarse una relación entre seres humanos que no merecen ser catalogados como tales.
Ojo que no digo que todas las familias sean así.
No.
Algunas se salvan.
Una o dos de cada mil millones de familias lo hacen.
Si, debo ser optimista y apostar mis últimas fichas a esos pocos humanos que deben andar por ahí, perdidos en algún lugar de nuestro ridículo mundo, tratando de amarse, protegerse y respetarse mutuamente.
Por que Dios, sin dudas en busca de preservar el negocio, debe haber desparramado algunos pobres tipos que, entre tanta alienación, traten de conservar la cabeza fría y busquen un objetivo lógico al cual dedicar sus vidas.
No sé, no estoy seguro pero el eterno no puede ser tan boludo y permitir que miles de millones de locos le caguemos lo que tanto laburo le llevó construir.
Por que algún futuro debe existir detrás de esta mole de traiciones, infidelidades, dobles mensajes y palos en el orto que cada amanecer nos putea al dejar nuestras casas.
Es más, estoy convencido de que Matilde y yo estuvimos muy cerca de lograrlo.
No tengo dudas sobre eso.
Claro, no una familia al estilo, digamos tradicional, sino una de las verdaderas, de esas que yo considero como las únicas válidas.
Por que seudo familias existen montones pero aquellas donde sus miembros se unen para ya nunca separase muy pocas.
Ya lo decía antes, una o dos de cada mil millones.
Unirse con otro u otra para tener luego otros más lo hace cualquiera, pero unirse hasta el fin de los tiempos, si es que existe un fin, si es que existe un tiempo, si es que existe algo en esta puta vida o sólo somos parte de un extraño experimento efectuado por alguien superior que juega como los hacen las niñas con sus casas de muñecas, es un tema demasiado diferente como para dejarlo pasar así porque si.
Jura choto amar a concha hasta que un cáncer de mierda los separe, dice un tipo que se traga sus ganas de coger disfrazado de religioso en una casa que pagó algún gobierno o algún grupo de viejas que, hartas de joder al prójimo, temen por su cercana muerte.
Y choto, que ya está pensando en la noche que le espera para quitarse de encima las ganas inundando de semen al planeta entero, si es posible eso, dice que sí.
Y concha, que está seca de tan poco uso, tan seca como su garganta que hace rato ya no grita, también dice que si, un sí con fuerte voz, un sí que preanuncia los quejidos que la madrugada le regalará, cuando choto, dentro de ella transpire sexo.
Y suena la marcha nupcial.
Y todos aplauden.
Y les arrojan arroz.
Y choto sonríe.
Y concha también.
Y los padres de choto y los de concha se felicitan.
Han salvado a la mentira.
Y esa mentira puede seguir adelante.
Hasta que choto encuentre otra concha ( u otro choto) que no esté tan arrugado.
Y concha se canse de ese choto que le va a quedar chico y salga a buscar otro choto que le calce mejor.
Y a lo mejor, en el medio y para completar esta hermosa torta de mierda humana, algún espermatozoide de choto impacta en un óvulo de concha y se prolonga la especie.
Y todos más contentos que antes.
Por que una vida nueva viene con un pan bajo el brazo.
Lástima, piensa concha, que el pan engorda.
Lástima que el pan se acaba enseguida y el pibe va a seguir comiendo, piensa choto mientras acaricia los billetes de un sueldo que le va a empezar a quedar chico.
Y chotito ( o conchita) empieza a crecer casi tanto como lo hace la desunión entre choto y concha que descubren, sin confesarlo, que ya no se aman.
O mejor dicho, que nunca se amaron.
Que todo este quilombo es producto de una calentura pasajera que dejaron llegar muy lejos.
Demasiado lejos para cortarlo sin anestesia.
Hasta que un día, un maravilloso día, choto llega a los gritos ( como siempre lo hace) y concha lo manda a la puta que lo parió ( como nunca lo había hecho) y vuela una trompada y chotito ( en el medio) llora y choto o concha ( esto cambia según los casos) se van a casa de abuela concha que, en nombre de la sociedad y su hipocresía, todavía soporta al abuelo choto.
Y colorín colorado choto y concha para la mierda han terminado.
Y a esto algún reverendo hijo de puta pretende llamarlo familia.
¡ Qué lo parió!
Familia es otra cosa.
Mejor dicho.
Tiene que ser otra cosa.
Mejor.
No.
Mejor no.
Distinta.
Muy distinta.
Algo que tenga sentido.
Otro sentido.
Un sentido más lógico.
O por lo menos, un sentido que no joda a nadie.
Ni a choto, ni a concha, ni a chotito y, por que no incluirlos si se joden también, a la abuela concha y al abuelo choto.
No sé lo que busco.
Me cuesta definirlo.
Pero mi propio sentido de lo que es una familia tiene que ver con otra cosa.
Una forma distinta de unión entre las personas.
Sin tantos intermediarios.
Sin tantos requisitos dictados por una falsa moral.
Con menos verso.
Con más prosa.
Unidos de tal manera que si es para toda la vida que sea, y sino, mala leche.
Que si a choto un día le calienta una concha que no es la suya que vaya y se saque el gusto.
Y lo mismo para concha.
Que tanto hinchar las pelotas.
Que una cosa es choto como ser humano, esposo y padres ( si llega algún chotito) y otra como objeto de satisfacción sexual.
Y lo mismo pasa con concha.
Que se arrugue no significa que ya no sirva.
Que sigue siendo, internamente, la concha con la que choto se unió.
En fin.
Choto y concha para siempre ( y si es en la cama mejor) y la calentura a sacársela en otra parte, con otros chotos y conchas.
Por que, al fin y al cabo, una cosa es ser fieles en la vida y otra muy distinta serlo en la cama.
No sé como decirlo, pero debemos darnos cuenta, de una vez y para siempre, que coger con otro no es engañar.
No.
Coger con otro es distraerse nomás.
Es pasarla bien.
Y si, ya lo sé, si en una de esas cogidas aparece una concha que nos gusta más, entonces si vamos a poder ir junto a la nuestra y decirle que nos equivocamos, y ella lo va a saber comprender porque tiene y tenía toda la libertad para hacer lo mismo que nosotros.
Porque estoy convencido de que cuantas más trabas se le ponen a una unión más fácil se la encarajina.
Libres.
Hay que ser libres.
En la calle.
En la casa.
En la vida.
Sí en la vida.
Para que esa palabra vida tenga un verdadero sentido.
Sin misterios.
Que el que calla otorga.
Sin prohibiciones.
Que el que prohíbe castra y basta que al castrado se lo castre para que quiera hacer lo que no puede.
En fin, si esto, esta puta vida, fuera una partida de cartas habría que barajar de nuevo y reiniciar el juego siendo más sinceros, más nobles, más hijos de buena madre y con menos condicionamientos.
Tenemos que aprender de una buena vez que mucha disciplina solo lleva al motín.
Y quizá eso sea lo que nos está pasando.
Tanto nos reglamentan las uniones que terminamos haciendo quilombos por ahí y jodiéndonos la vida entre nosotros mismos.
Y esto siempre lo he pensado así.
Y Matilde lo sabía.
Atentamente había escuchado mis palabras.
Y creo que esto fue lo que nos permitió vivir.
Hasta su muerte que ha sido la mía.
Estoy convencido de que sólo la ausencia total de trabas hizo que nuestra relación llegara hasta donde lo hizo habiendo casi veinticinco años de diferencia.
Es que no había ni podía haber ningún problema.
Si ella se cansaba de mi choto, o no la satisfacía, era dueña de buscarse otro.
Ojo, no digo otro hombre sino otro choto, que es muy distinto.
Por que mi sexo es mi sexo pero Martín Oroño soy yo.
Y no existe otra persona con iguales características a la mías.
Características de las que Matilde se había enamorado.
Como yo de las suyas.
Entonces, es muy fácil de esta forma.
Matilde me quería por lo que yo era, no por lo que mi sexo podía darle.
Y a mí con ella me pasaba lo mismo.
Y si la cama no llegaba a funcionar no era necesario terminar con toda la relación.
No señor.
Si por allí anda el mundo lleno de chotos y conchas.
Si, en estos benditos tiempos que corren, transpiran sexo las miradas.
Por todo esto es que mi teoría funcionó bien entre nosotros y podría hacerlo con cualquiera que se animara a llevarla a cabo.
Matilde y yo somos el mejor ejemplo.
Funcionamos durante años y fuimos muy felices.
Tanto como pueden serlo dos personas castigadas y repodridas de esta puta sociedad llena de absurdos códigos que originan estúpidas prohibiciones que terminan transformándose en las armas con que sé autodestruye día a día esta sociedad occidental, casta y cristiana que me jode y me jode y no para de joderme.





De inocentes está lleno el mundo


Cuando por fin llegamos al Tigre Oscar se acercó a mí con un aire, muy forzado por cierto, de ser un miembro de la ley cumpliendo con su trabajo.
Parecía más molesto que yo cuando me dijo:
Martín, lo lamento ora vos pero los reglamentos son los reglamentos, tengo que entregarte a la Federal esposado. No es nada personal, ¿ sabés?
¿ Esposado, por qué?
Me miró de la misma manera con que se lo puede mirar a un chico que acaba de romper un jarrón y se hace el tonto con cara de yo no fui.
Vamos Martín, hacémela un poco más fácil.
Sentí el metal, frío muy frío, alrededor de mis muñecas y me dejé llevar por mi antiguo vecino.
Sobre el muelle esperaban dos patrulleros y una docena de personas más.
No necesité mirarlos mucho para darme cuenta de que eran periodistas.
Y los acompañaban unos cuantos fotógrafos.
Apenas comencé a bajar la planchada, llevado con firmeza pero sin bronca del brazo, por Oscar se lanzaron en mi dirección.
- ¿ Oroño, Oroño, está feliz ahora?
- ¿ Oroño, donde escondió el cadáver?
- ¿ Por qué la mató?
- ¿ Siente algún tipo de remordimiento?
- Las preguntas me aturdieron, no podía entender a que se referían y me molestaban los ojos con los flashes de las cámaras.
- Los policías me tomaron del brazo izquierdo, como más energía que Oscar, y me introdujeron en el patrullero de una manera bastante bruta.
- Golpeé levemente mi cabeza contra el borde del techo y alcancé a escuchar una pregunta que, para mí marcaría un antes y un después en mi vida.
- ¿ Qué te hizo tu mujer para que la hayas matado de esa manera Oroño?
- ¿ Mi mujer?
- ¿ De qué carajo hablaban estos hijos de puta?
- Miré al policía que estaba sentado junto a mí y le lancé la pregunta como si fuera una escupida:
- ¿ Que pasa con mi mujer?
El tipo se dio vuelta hacia mí y por un momento me pareció que iba a pegarme.
- ¿ Me lo estás preguntando en serio? Decime una cosa, pedazo de hijo de puta, ¿ no
sabés que pasó con tu jermu, ya te olvidaste de todo o me vas a decir que el fiambre enterrado detrás de tu casa lo puso otro ahí?- me golpeó con fuerza la rodilla - mirá que resultaste un flor de guacho vos, matás a tu mujer, te callás bien calladito la boca por un montón de años y ahora te querés hacer el pelotudo. ¡ Qué te parió carajo ¡ - volvió a golpearme - ¿ Qué te creíste, boludo, que nunca nadie iba a notar que faltaba tu jermu, que nadie se iba a preocupar, hijo de puta?- por tercera vez se la agarró con mi rodilla -
Ahora te quiero ver, cuando le tengás que contar al Juez toda la verdad, me va a gustar verte la cara cuando te acusen de asesino, vas a quedar lindo mañana en la tapa de los diarios. Sí, viejo, sos toda una noticia vos ahora.
Noticia yo.
Justamente yo que había dejado a esa sociedad de mierda para poder vivir.
Exhibido como un animal en el zoológico.
En eso me estaba transformando.
Pronto a ser devorado.
Me dieron ganas de gritar.
Y lo hice.
Estúpido de mí, lo único que logré fue darle más alimento a las fieras.
A esas fieras que transformaron, gracias a mi colaboración, una pequeña noticia en un debate nacional.
Según me enteré después, en la dureza de mi celda, perdí totalmente el control dentro del patrullero.
Hasta me resistí a los golpes y debí ser dominado por los policías, que tuvieron que detenerse a metros nomás del muelle.
De más está decir que los periodistas, esas pequeñas y delicadas aves de presa, corrieron al ver que algo pasaba dentro de ese Falcon celeste y azul y obtuvieron, de premio, una muy vendedora noticia.
No recuerdo nada de eso salvo que entre las luces, las preguntas absurdas y los uniformes que me rodeaban, pude sentir como mi intelecto se refugiaba en mis subconsciente, allí donde podría yacer feliz junto a Matilde mientras mis pinceles recorrían el dulce camino que va de la paleta al lienzo y del lienzo a la paleta.
Ah, los hombres.
Buen pedazo de bosta son los hombres.
En cambio mis pinceles.
Y mis lienzos.
Azules, rojos, ocres, amarillos, negros y blancos fluyendo de mis manos para depositarse, absorbidos en un extraño acto sexual por las fibras de la tela.
Pinto por que es una forma de aludir al sentimiento, recuerdo que, allá por los inimitables sesenta, le había contestado a un periodista en pleno desarrollo de aquella caótica Experiencia 68 en el Di Tella.
La Experiencia 68.
Arte Pop lo llamaban.
Bueno, por aquellos tiempos te tirabas un pedo adentro de una palangana o le pintabas de rosa el culo a tu abuela y le exhibías en la ventana del living y en vez de tildarte de pelotudo o maleducado, te colgaban el cartel de artista pop.
No todo era pop.
No todo era amor libre y hapenings.
No.
Lo del Di Tella si que era Arte Pop.
Allí existían artistas de verdad, con todas las letras.
Fuera de ahí, en cambio, existían otros que jugaban de...
¿ De qué?
¿ De que mierda jugaban esos tipos que lo único que hicieron fue robar un poco de espacio en los medios para desaparecer después como habían llegado?
No lo sé y nunca lo supe.
Pero por suerte hubo quienes actuaron de acuerdo a sus sentimientos y trataron, con buena leche, de cambiar al arte, de acercarlo al pueblo, de sacarlo de los Prados y Louvres para llevarlo a Villa Domínico, a Soldati y a tantos lugares en los que debían germinar sus semillas.
Lógicamente, el poder instalado a la fuerza, tenía otros planes y utilizó palabras como drogas, inmoralidad, vagancia, degeneramiento y mil sinónimos más como un noble argumento antes de llegar a las puertas de la Santa Iglesia ( esa santa e intocable institución que aún nos debe una mea culpa sobre aquel pequeño negocio llamado inquisición que tuvo sus puertas abiertas ( ¿ o debo decir cerradas) hace un tiempo atrás y pedirle su noble ayuda en la lucha contra ese Satán camuflado de artista.
Y dicho cometido se logró perdiéndose un extraordinario lugar en donde tipos como Romero Brest y su Centro de Artes Visuales, permitieron que muchos Rodríguez Arias, Cancela, Mesejean, Trotta, Stoppani, Minujín, Jacoby, Azaro y tantos otros pudimos, por primera y única vez en nuestra tierra, jugar, creciendo en libertad.
Entre esos otros estaba Oscar Bony.
Que quilombo hizo con su Familia Obrera en aquella Experiencia 68.
Recuerdo que había puesto tres personas sobre una tarima, sin que hicieran nada, y al lado un cartel que decía que permanecían allí sin efectuar tarea alguna y cobrando el doble de lo que ganaba el padre trabajando de matricero.
Que tipo este Bony.
Espectacular como Roberto Plate y su baño.
Lo del baño fue el detonante para que esa Experiencia 68 fuera clausurada.
El bueno de Plate había construído un espacio realizado en madera y la gente que pasaba podía escribir graffitis sobre las paredes como si fuera el de una estación de trenes o una pizzería de mala muerte.
Justamente por culpa de uno de esos escritos había llegado la censura del poco quisquilloso general O dando por finalizada la muestra.
Los artistas quemaron sus obras y los malos volvieron a ganar.
Días más tarde estos sucesos fueron objeto de una charla bastante prolongada con Rodolfo.
Con un Rodolfo que no estaba muy convencido del todo ante estas manifestaciones.
Y nuestro encuentro, que se prolongó por varias horas, fue una exposición detallada de nuestras distintas maneras de ver la vida.
Él escribía como una forma de liberación, con un fin determinado, creía que su trabajo debía ser puesto al servicio de todos.
En cambio yo lo hacía por mi propia satisfacción.
A diferencia de Rodolfo, que pensaba en todos al volcar las letras sobre el papel, yo pensaba sólo en mí al pintar.
Recuerdo que ante su pregunta de por que pintaba le había contestado de la misma forma que a aquel periodista cuyo nombre he olvidado y él, tan hermosamente frontal como era, me había mandado a la concha de mi madre exigiéndome que le dijese la verdad.
Y en aquella nocturna confesión Rodolfo se transformó en el único que supo la verdadera razón que me llevaba a extender mis pinturas sobre las telas.
Aquella razón que tuvo su origen en una vieja casona de Palermo en la que mi infancia se dejó llevar rumbo a la adolescencia.
Esa adolescencia que en el seno de mi patricia familia significa las armas, cualquiera de ellas, sin distinción de uniformes o espacio físico en donde desarrollarla ( aire, agua o tierra. Faltaba el fuego pero para eso existía, según mi paqueta abuela Carmen, la muerte y el infierno en el que se pudrirían los nefastos que para ella formaban todos aquellos que siendo pobres, o medio pobres, no tenían la suerte de haber nacido en aristocráticas y coquetas cunas.
En fin, pobre vieja idiota que cuando le tocó su hora se olvidó de Dios y su posibilidad de una mejor vida para morir llorando desesperada por una vida que se le marchaba sin respetar sus canas ni su tradición.
Esa muerte que se rió en su propio rostro sin respetarla a ella ni a sus dos hijos ( mi padre y mi tío) militares ellos que vestían sus nobles uniformes de un Ejercito Argentino al que jamás habían entregado una sola gota de sus sangres ( ni al afeitarse siquiera por las mañanas según marca el reglamento) pero del que litro a litro robaban puestos de privilegio e influencias.
Mi tío.
Mi padre.
Al primero lo he odiado, y aún lo hago, con todas mis ganas.
Y al segundo...
No.
Odiarlo no puede ser la palabra ya que todavía, en el fondo muy profundo de mi alma, yace un soplo de humanidad que me hace recordar que ha sido uno de los que hicieron posible mi vida.
Y eso acto, haya sido por placer o por multiplicativas intenciones, creo ( no sé si tontamente) que debe ser respetado.
Aunque durante esa infancia mía tan lejana lo haya puteado y reputeado miles de veces.
Por lo bajo.
Entre dientes.
A la mañana.
A la noche.
A la tarde.
Siempre puteándolo.
Por su arrogancia.
Por su falta de ternura.
Por su incomprensión.
Por creer que nuestro hogar era sólo una continuación de los cuarteles.
Y por su intento de querer gobernar mi vida, a lo mejor como la habían hecho con la suya.
Pero ese no era mi problema.
Si a él le habían gobernado su existencia era un problema que sólo le incumbía a él y a mi abuelo.
Yo estaba fuera de ese tema.
Si fuera.
Aunque quisiera repetir conmigo lo que habían hecho con él, yo era de otro palo, era otra persona, eran otros tiempos.
Otros tiempos.
Acabo de meter el dedo en la llaga.
Estoy seguro que eso era lo que más lo jodía.
Otros tiempos.
Otros tiempos en donde los hijos ya no obedecían a sus padres ciegamente.
Otros tiempos en donde los recién llegados usaban el cerebro para pensar y no para obedecer.
Y eso, no tengo dudas, le rompía muy bien roto el culo.
Lo suyo no era disciplina.
Lo suyo era envidia.
Una profunda envidia hacia mi generación rebelde y pensante.
A mi generación que comenzaba a rechazar el tango para tomarse unas copas de jazz primero y alcanzar la borrachera después con ese primer rock and roll de Haley y sus cometas o de un rey Presley ( flor de puto como decía aquel noble militar) que moviendo las pelvis nos hacía aspirar un sexo más libre y directo en estas nuestras lejanas tierras en las que si a una mina no le prometías traje blanco, iglesia y cura no te dejaba sobarle las tetas o sacarle brillo a los cachetes de sus culos en oscuros zaguanes a metros nomás de las familias que escuchaban al Glostora Tango Club en aquellas salas que aún no estaban bautizadas de living comedores.
Salas como la de aquella casona de Palermo en donde tuve, un domingo caluroso de Enero la valentía suficiente para decirle que el Liceo Militar y yo no íbamos a tener la oportunidad de conocernos.
Me parece que vuelvo a tenerlo enfrente de mí y se repiten en mi memoria, una a una, las muecas que fueron transformando su rostro.
Al principio creyó que era una broma.
Pero cuando volví a repetírselo supo que la cosa era en serio, muy en serio.
Me insultó.
Con la más extraordinaria colección de obscenas e hirientes palabras.
Durante largos diez minutos lo hizo.
Creo que descargó en mi temeroso humanidad de apenas trece años toda su frustración de años.
Esa misma frustración que envenenaba su cuerpo y que trató de trasladar al mío.
Y lo consiguió.
No quizá en un cien por ciento pero podría arriesgar que un sesenta o setenta por ciento lo consiguió.
Como consiguió que nuestra unión entre padre e hijo ( que nunca había sido perfecta)muriera al instante para no resucitar jamás.
Muerto el amor filial.
Muerta mi infancia.
Podida para siempre mi adolescencia.
Marcada a fuego mi adultez.
No fui al Liceo Militar.
No fui su hijo.
No fue mi padre.
No le importé nunca más.
Ni mis notas en un colegio estatal.
Ni mi bachillerato.
Ni mi amor por el arte.
Ni siquiera mi salud cuan do la depresión llegó a mi vida sumergiéndome en las tinieblas del nada importa que me arrastraron hasta las puertas mismas de un suicido que nunca fui capaz de llevar a cabo.
Ni mi primera exposición.
Ni mis primeros premios.
Ni mi beca a Paris.
Ni mis cartas escritas en una pensión de Montmartre que ni siquiera mi madre le leía.
Mi madre.
Ella tampoco fue la misma desde aquella tarde de Enero.
Quizá el hecho de haberme tenido nueve meses en su vientre suavizó un poco la bronca de no poder sacar pecho ante sus amigas hablando de su hijo militar pero no por ello volvió a ser la misma.
Es más, en aquella puta casa de Palermo ya nada volvió a ser lo que era.
Y todo por una tradición de mierda envuelta en uniformes que para mí no tenían, ni tienen aún sentido alguno.
Todo esto le conté a Rodolfo.
Y por muchos años, hasta la aparición de mi Matilde, fue el único custodio de mi secreto más doloroso.
Como yo lo fui de algunos suyos que jamás conté y que me pienso llevar a la tumba ahora que él a muerto.
Igual de muerto que mi Matilde.
Igual de muerto que mi pasado familiar.
Igual que aquellas charlas en las que amanecíamos hablando hasta quedar roncos.
Roncos de vino y madrugada.
Madrugadas como aquella en la que supo las causas que me llevaban a pintar.
Pintar.
Cualquiera pude hacerlo.
Bastan las ganas.
Un lienzo.
Pinceles.
Y una paleta cubierta de colores.
Rojos, verdes, negros, blancos, violetas, amarillos.
Unos junto a los otros, en abanico.
Regalándonos esa belleza que nos lleva a ser mudos espectadores atontados como niños frente a juguetes, como hombres frente al cuerpo desnudo de la que amamos, como bebitos frente al rostro de su madre.
Sacudidos hasta las profundidades de nuestras almas por ese efecto psicológico que nos provocan.
La intranquilidad que nos regala el amarillo.
La atracción que ejerce sobre nosotros el azul.
Los prolongados silencios transportados por las alas de la pureza que nos brinda el blanco.
La muerte que nos hiere desde el tenebroso y nada apasionado negro que semeja un pozo sin fondo donde caemos sin misericordia alguna.
El ligero pero persistente tufo a luto que nos envía el violeta.
La falta de humildad del naranja.
La dureza del marrón.
La conmoción interna que nos provoca ese rojo que se transforma a la vez en sangre, pasión y fuego.
Ese fuego que nos transporta a un seguro infierno que solo la aparición del verde con su infinita calma puede evitarnos.
Esa calma que para nada le sirve al artista.
No.
Porque el artista es un ser humano complejo que transpira emociones.
Emociones que vuelca, en forma inconsciente sobre sus obras.
Sobre esas obras que transmiten, a aquellos que pueden apresarlas, eléctricas sacudidas
Que algunos interpretan como temores, angustias, esperanzas, nostalgias y miles de cosas más que para cada humano son propias e irrepetibles.
Esas eléctricas sacudidas que sumadas anuncian al hombre un posible derrumbe de todo lo que siempre ha creído justo y normal.
Y cuando ese derrumbe lame nuestra playa en forma de tenue marea se desatan los miedos y dejamos de lado lo exterior para sumergirnos en nuestro interior.
En ese interior que, no tengo dudas de ello, asume su condición de mecha espiritual encendiendo en cada ser humano el fuego sagrado del artista.
Ese artista que trata de iluminar al temeroso corazón humano.
Y lo hace a través de la literatura, la música o, en mi caso, la pintura.
Aunque debo reconocer que cuando me lancé a pintar, el único corazón temeroso al que deseaba iluminar era al mío.
Porque sin lugar a dudas, y en vista del silencio afectivo de mis padres hacia mí, la pintura pasó a ser mi único medio de comunicación con lo que me rodeaba.
Ya sé, ahora que he madurado lo sé: hice gala de la más sencilla y peligrosa de las soluciones.
Tendría que haberme revelado.
De la misma forma que lo había hecho para decir que No al Liceo Militar.
Ni más ni menos, en aquellos decisivos años, debería haber elevado mi voz al cielo más lejano y alto y continuar con el proceso de defensa.
De esa defensa que, en un joven, no es más que la mal llamada rebeldía con la que suelen bautizarla los viejos pero que no es rebeldía, no señor, ya que esa manera de actuar es mucho más que una simple rebeldía.
Es 4el acto que nos permite decir basta, hasta acá llegué y hasta acá llegan ustedes, queridos padres: soy una persona, tan persona como ustedes, más joven sin dudas, pero persona al fin.
Y tienen que respetarme.
Si, como lo oyen, respetarme.
Que al fin y al cabo, cago, meo, erupto, escupo, me agrando, me achico, soy valiente, soy un cobarde y miles de cosas más como ustedes.
Sí, como ustedes.
Por que la edad no otorga diferencias.
Y si lo hace está mal.
Muy mal.
Todos somos seres humanos.
Todos debemos ser escuchados.
Tan escuchados como entendidos y protegidos.
Para que de una vez se entienda que así como la victoria no da derechos, tampoco lo hace la antigüedad.
Que tan tanto hinchar viejo.
Que cincuenta son más que veinte pero mucho menos que ochenta.
Y digo esto por que ustedes, los adultos que pretenden gobernar a los jóvenes son los mismos que se cagan en sus propios padres diciendo que son unos viejos de mierda.
Y aquí cerramos el ciclo.
Los jóvenes son boludos por ser jóvenes y los viejos idiotas por ser viejos.
Y en el medio se sitúan ustedes, los que se las saben todas, los que mandan sin obedecer, los que opinan sin conocimiento de causa, los que arrastran un carro de mierda a sus espaldas y pretenden disimularlo haciéndose los dioses.
Dioses de pacotilla que, en el fondo de sus almas, no pueden negar que ya fueron esos adolescentes de mierda que hoy critican y que serán, años mediante, esos viejos artero escleróticos que, en este mismo momento, tratan de sacarse de encima.
Los felicito.
Por un lado intentan borrar el pasado y por el otro niegan el futuro, que se acerca, se acerca y a pasos agigantados lo hace.
En fin, cuanta podredumbre dando vueltas por los cerebros.
Que colección de frustraciones.
Que hueco parece todo.
Si hasta parece que nada valiese la pena.
Que hasta el cielo está vacío.
Que ha muerto Dios.
Muerto Dios.
Eso sería lo peor que nos podría pasar.
Por que una cosa es la religión manejada por el hombre.
Esa religión de fantasía que tanto me jode.
Esa de los magníficos templos y los distinguidos religiosos que tanta distancia ponen entre ellos y los creyentes.
Y otra es Dios.
Ese verdadero Dios.
Que existe por sobre todas las cosas.
Por que, carajo, algo debe existir.
Alguien.
No sé.
Quizá un extraterrestre como dicen algunos.
O un primer humano puesto aquí vaya a saberse por quien.
O un animal.
O una planta.
O una piedra.
O el aire.
O la lluvia.
O.
O.
O.
O no sé.
No sé.
No sé.
No sé.
Y me importa un carajo el no saberlo.
Mucho más me importa el creer.
El creer en algo.
En alguien.
Para que no exista ateo alguno.
Ojo, ateo en el exacto sentido de la palabra: el que en nada cree, y no el sentido que le dan los que se apropiaron de Dios y lo usan en su beneficio propio cuando alguien como yo pone en tela de juicio su manera de proceder.
Por que no puede ser que hayamos llegado a este mundo para nacer y morir.
No.
Debe existir algo más.
Tiene que existir.
Para que no tengamos que caer en aquella frase que alguna vez un científico, cuyo nombre no recuerdo, repetía en su vejez y que se refería al hecho de haber embalsamado muchos cadáveres sin hallar jamás un alma.
Para que todo lo que nos rodea tenga algún significado.
Para que nuestra historia ( la de Matilde, la de Rodolfo y hasta la de mi absurda familia) tenga sentido.
Para que los que vengan en un futuro no se equivoquen tanto.
Para que aprendan de nuestros errores.
Para que, al fin y al cabo, lo que me ha pasado sirva de algo.



En el último refugio


Un hoyo verde era el monte que recibía el cuerpo de Matilde para guardarlo en su seno.
Tierra arcillosa.
Tierra marrón.
De momentos protectora.
De momentos traicionera.
La tierra del Delta es similar al alma humana.


En medio de la tormenta los vi.
Martín se internó en el monte, con el cuerpo de mi amiga en sus brazos.
Mientras tanto mi alma se internaba también en un hoyo profundo. Oscuro y desolado. Que se diferenciaba de los tantos hoyos, por los que había caído mi alma hasta ese momento, por que aquel hoyo era absolutamente infinito. Tan hondo que tuve conciencia, como no había tenido las veces anteriores, de que me estaba cayendo. Y saber que me caía jugó a mi favor, por orgullo, o por respeto a lo que había intentado lograr Matilde en mi, yo no podía ni quería defraudarla.
Mi hada viva o muerta, yo me debía a ella. Y de aquel deber, de aquella responsabilidad saque fuerza para seguir viviendo como a ella le hubiese gustado que yo viva.
Ni una lágrima, a su secreta tumba, no por que el dolor, me impidiese como a Martín, internarme en el monte, bajo la canavis, donde descansaban sus huesos. Si no por que en la carta que me dejó, decía que la mejor flor que le puedo regalar después de muerta, es la flor de mi valor.
Tenía que volver al lugar de donde vine.
Si no encontraba el perdón de los hombres, tal vez mostrando mi sincera metamorfosis, conseguiría el perdón de Dios.
Y si se me negaba la libertad física tendría la libertad espiritual que los vicios me habían robado.
Los días siguientes transcurrieron silenciosos. Sólo recuerdo haber hablado con Carlos la mañana de aquel sombrío Domingo cuando regresó de la escuelita, al haberse disgregado la tormenta.
No fue fácil contarle a mi compañero los hechos.
Y más difícil fue tratar de que entienda.
- Yo... yo... yo... puedo sé muy inorante pero volvió a pasá otra ve – dijo – mi viejita también se me murió po no tené un dotor cerca.
Carlos lloró por impotencia, por la injusticia, y por bronca.
Carlos lloró por la muerte de Matilde, y por la muerte de su madre.
Carlos lloró por amar la isla que sólo ofrecía el refugio de su vegetación al desamparo de la sociedad.
Carlos lloró por mí, que por el desconsuelo no pude derramar una lágrima.
Y Carlos también lloró por Martín, que durante días se quedo mirando, sentado en una vieja banqueta el río y el cielo, sin contestar cuando le preguntábamos si necesitaba algo.
A Martín la muerte de Matilde le cerró la garganta.
Y a Carlos la muerte de Matilde lo sumergiría nuevamente en la soledad, por que a mí, la muerte de mi hada me marcó el fin de mi tiempo en la isla.
- Yo... yo... yo... soy muy inorante y no puedo hacé que te quede – me dijo cuando intenté explicarle el por qué de mi regreso a la ciudad y continuó- pero quiero que sepa que me voy a quedá muy triste acá, sin vó, y con Martín mudo como si la finá le habría cotao la lingua.
Pero no te puedo detené, tu vida esta haya, y ahora que está mejo tené que volvé aunque a mí se me quede vacía la casa.
Yo nací isla y isla vo a morí.
Vo naciste ciudá y aunque te hirió la ciudá, ciudá va a morí.
Cuando el calendario volvió a marcar Domingo, puse mis escasas pertenencias en un viejo bolso de lona verde, que Carlos me prestó, y me dispuse a partir.
Me llevé también una blusa hindú que había sido de mi amiga, y El Silmarillión que ella me había regalado, dentro del cuál guardé cuidadosamente su carta de despedida.
Me llevaba muchísimo más de lo que había traído.
Me llevaba el amor de quienes me recibieron en estos ocultos rincones.
Me llevaba el recuerdo de los días en los que cultivé lo mejor de mi vida.
Porque en esas soledades me eduqué en el ejercicio de recibir, para así aprender a dar.
Cultivé mi “yo” sin castigos ni juzgamientos.
Logré vivir sin sometimientos.
Logré respetarme y ser respetada.
Acepté virtudes y defectos, propios y ajenos.
Y supe que el verdadero sentido de la libertad sólo se tiene cuando uno aprende a quererse, para entonces recién después querer a los demás.
Todo este infinito bagaje me llevaba, y de ninguna manera estaba dispuesta a extraviarlo.
Una prueba difícil tenía pendiente: volver.
A la ciudad, al pasado.
Volver sin renuncios, con la frente erguida.
Volver y hacerme cargo. Si era necesario cumplir mi condena.
Después de todo no hay peor condena que el tormento de la duda.
- Puedo ser muchas cosas Carlos- le dije al despedirme- pero nunca dejé de ser honesta, y como dice el viejo tango: “Si soy un delincuente, que me perdone Dios”- y seguí- Nos vamos a mantener en contacto, yo te escribo cuando sepa que fue lo que paso y te doy mi dirección para que vos también me escribas.
Si todo sale bien en cuanto pueda vengo a visitarte. Todo va a estar bien. Te voy a extrañar. Cuidalo a Martín, en este momento él te necesita más que yo.
- Yo... yo...yo... puedo sé muy inorante pero sé quere, y yo a vó Katia te quiero, y no me vó a olvidá de vó.
Me dio un beso y un abrazo, que fueron muestras de cariño de un padre, de un amigo, o de un hermano, por que a pesar de su ignorancia él en mi vida había representado todos estos matices.
Le di las gracias por el cariño que él me tenía, y que yo no creía merecer.
Escuche el motor de la lancha colectiva que rugía aproximadamente a un kilómetro de distancia. Salí a despedirme de Martín mientras Carlos arrastraba de mala gana el bolso hasta el muelle.
Martín Oroño seguía con su mirada inexpresiva observando infinitamente el horizonte, como si en algún sitio pudiese encontrar una huella de Matilde, una señal de mi hada, como si estuviera soñando que despierta de la pesadilla que le había robado al amor de su lado.
Pero los fantasmas no existen. Y quienes mueren no acostumbran a dejar huellas para que los hallemos. Quienes nos han dejado marcaron sus huellas en nuestro corazón y sólo si sabemos mirar dentro de nosotros podremos encontrarlos. Martín se había extraviado, y su corazón también.
- Vuelvo a Buenos Aires- le dije sin que él me prestase atención, y seguí- Matilde me pidió muchas veces que regrese, me dijo que esa era la única forma de demostrarme y demostrar que yo estaba curada. Volver y disipar las dudas. Volver y hacerme cargo, si era necesario de aquellas muertes.
Oroño seguía sin escucharme, o esa era la impresión que me daba, porque terminé mi monólogo diciendo:
- Ella me lo pidió, y ya que no pude hacer nada para ayudarla, voy a cumplir su deseo.
Le puse una mano sobre el hombro y me contestó con una voz que fue un susurro perdido entre el rugido del motor de la lancha.
- Que tengas suerte.
Le sonreí y me encaminé hacia la costa donde me esperaba la embarcación.
Carlos me ayudó a abordar. Mi mano quedó húmeda con su sudor y sus lágrimas. En mi mano se quedó su soledad. Y mi soledad irónicamente se alzaba sobre Buenos Aires.
Tenía que disipar las sombras.
Tenía que demostrar que había aprendido a ser libre.




¿Dónde ir primero?, me pregunté varias veces mientras la lancha se acercaba lentamente a la estación fluvial.
Si duda había un solo sitio dónde podía ir sin correr peligro y fue allí donde me dirigí.
Al lugar donde podía encontrar a mi hermano de la vida, al que la muerte aún no me había arrancado, pero no dejaba de arrastrarlo paciente y fanática, con cada vaso de whisky, con cada raya jalada.
Tenía que encontrar a Ángel, y eso no era lo difícil. Lo duro, la verdadera prueba comenzaba después: cuando sabiendo lo que hice, me encaminara hacia el futuro. Tironeándome de un lado, la fuerza del amor que me regaló Matilde, tironeándome del otro, el fantasma sombrío que sabía de antemano iba a encontrar en Ángel. Mis dos partes, mis dos amigos más queridos, y yo navegando en medio de una tormenta donde las aguas del bien y del mal no se conforman en empates. Donde el amor es vida, y el vicio muerte. Donde uno quiere salir de este mundo porque extraña el amor que impasible se llevó la parca. Donde quienes llegamos al límite sabemos, que salir del juego no soluciona los dolores y las pérdidas que nos quitó el exceso.
Yo fui a rendir el examen más difícil de mi vida, y mi Hada me acompañó siempre como un machete copiado del libro de Dios.

Tomé el Ferrocarril en Tigre.
Bajé en Acasusso.
- Camino, o tomo un taxi. – me dije-
No contaba con demasiado dinero, algo de cambio que Carlos me había facilitado, pero el Stud estaba lejos, y no podía arriesgarme.
- Tomo un taxi – me respondí-
Salí del anden, y caminé por la vereda hasta la parada, donde un par de chóferes, leían muy ensimismados La Palermo, mientras esperaban pasajeros.
- -“Estos dos la deben tener clara con el tema del turf”- pensé y dije- Necesito un auto-
- ¿Adónde va?, Señora.- preguntó un hombre mayor, que con cara de aburrido miraba el mate lavado que cebaba dentro de una pequeña garita atestada de teléfonos que parecían haberse vuelto mudos hacía ya largo tiempo-
- Voy a Dardo Rocha al 2600.
- Cacho, estas vos en punta.
- Sí. -respondió el rubio insulso que sostenía la revista-
- Largá el estudio, y lleva a la Señora. –Dijo el del mate-
- O.K. Chavón. Suba Señora.



- ¿Dónde vamos?
- Dardo Rocha 2600- repetí, y el vehículo se encaminó hacia la Av. Santa Fe. Luego de cruzar la rotonda tomo por un boulevard desconocido.
- A Dardo Rocha le dije.
- Hace mucho que usted no viene por San Isidro ¿no?
- ¿Cómo cinco años, por?
- Dardo Rocha es la de la derecha. Esta es una Avenida nueva que hicieron para que los días de reunión no se arme tanto desbarajuste al salir del hipódromo.
- ¡Qué lindo está todo esto!, Parece que le hubiesen comido una cuadra a lo ancho al hipódromo. Pero valió la pena.
- Seguro doña, y aunque usted no lo crea el mismo capo del Jockey Club, y todos sus compañeros cajetillas, le donaron sin más ni más, los terrenos al pueblo. Un tiro para la justicia. ¿Qué le parece?
- Me parece bárbaro porque, además de ser práctica, es muy linda. Parece Palermo, sin embargo tiene el estilo de San Isidro.
Tenía tantas ganas de volver. Quién ha vivido acá no lo olvida nunca y siempre extraña.
Cruzamos La Av. Fleming.
- ¿Esta rotonda también es nueva?- Pregunté-
- Sí, también. Me dijo al 2600 ¿no?
- Sí.
- Debe ser a la altura del túnel
- ¿Qué túnel?
- Un túnel que hicieron abajo de la avenida para que crucen los caballos.
- Todo cambió tanto que me cuesta ubicarme. Parece un sueño. – y pensé- “es un sueño, las pesadillas en mi vida han quedado atrás.”
Cruzamos dos semáforos y en el tercero se desvió a la izquierda para tomar Dardo Rocha.
- ¿2600 cuánto?
- 2665
- ¿Busca a alguien en la obra?
- ¡Dios mío, no puede ser!... -Alcancé a Decir, al darme cuenta que en el predio que ocupaba el Stud El Cotorro, ahora había una obra en construcción. Un cartel decía: Obra de remodelación a cargo del arquitecto Teodoro Marciel. Próxima inauguración Restauran Los Pingos.
El hombre debió ver mi cara de desesperación por el espejo retrovisor he inmediatamente preguntó:
- ¿La puedo ayudar?
Tomé aire, y rezando que me pudiese ayudar respondí.
- ¿Sabe si el Stud El Cotorro desapareció?
- No. Me comentaron en la cancha, no hace mucho tiempo, que a Ángel Leugim, no le va demasiado bien. Desparramó mucha guita el chavón. La mujer se tomó el raje con los hijos y un tal Perechea, la mano derecha del otario.
¿Qué me cuenta?, El que lo tubo todo ahora esta casi en la calle, pero todavía tiene el stud en la Villa Hípica.
¿Usted busca a alguno de sus peones?
- No tiene demasiada importancia a quién vine a buscar. ¿Dónde queda la Villa Hípica? –pregunté mientras una lágrima se derramaba solitaria y silenciosa por mi mejilla-
- Atrás de las canchas de entrenamiento, seis cuadras más adelante. ¿Vamos?
- Sí, por favor.
Ambos guardamos silencio el resto del camino.
No había mucho más que decir, él ya me lo había dicho todo, y lo que el chofer no supo decir porque lo desconocía, yo ya me lo imaginaba. Algunas cosas no cambian nunca sin ayuda. A mí me ayudaron. Era hora de enseñar lo que había aprendido.
El auto se desvió a la derecha de la rotonda por una diagonal, y cuando pude divisar la Av. Márquez el auto dobló a la derecha.
En el cartel de la entrada se leía: Bienvenidos a la Villa Hípica.
El portero preguntó:
- ¿Adónde van?
- Necesito llegar al Stud El Cotorro- dijo el chofer al ver que yo no contestaba.
- Siga por esta calle hasta el final. De mano derecha lo va a encontrar.
- No sabe si esta Ángel Leugim.- me decidí a preguntar en un sollozo-
- Sí está. El señor Ángel ya casi nunca sale, vive acá.
- Gracias –dije-
Seguimos camino despacio, entre el olor de la bosta y los vareadores, que miraban con extrañeza la presencia de una mujer en esos lugares. Murmuraban entre ellos, preguntándose a donde iría a dar servicio la puta que ellos suponían viajaba en la parte trasera del taxi.
- Acá es señora. –dijo el hombre-
Entonces vi en la entrada de El Cotorro la chaquetilla que identificaba al stud pintada en la puerta. Blanca y azul, y recordé el día en que con Julio y Ángel la diseñamos.
Ellos la querían toda blanca.
Todo en esa época era blanco para nosotros, sin embargo yo tuve un estallido interno. Dibuje una “V” azul sobre el pecho de la camiseta, y dije:
- Para nosotros todo es blanco. Pero el blanco solo en la cancha se pierde tanto, como nosotros estamos perdidos por “la blanca”.
Te imaginas esa chaquetilla corriendo en la arena. Para mí, habría que ponerle un corte de color.
El azul representa a la inteligencia, cosa Ángel, que a vos no te falta. La “V” azul te va a dar suerte, aceptala como un regalo mío.
Ángel me miró con sus ojos turbios y me respondió:
- Acepto el diseño, gracias hermana por tu regalo. No dudo que esta chaquetilla vaya a ganar más de un Carlos Pelegrini.

Y así fue.
Solo que toda esa pompa de ser un hombre exitoso a Ángel le había jugado en contra.

Pagué.
El chofer me devolvió el cambio.
Me miró por el espejo retrovisor y me dijo:
- Seque esas lágrimas mujer. Que el amigo no la vea así. -Le hice caso y él continuó- Que tenga suerte.
- Muchas gracias. –respondí al bajar del auto-



El olor a bosta se hizo más intenso. Me penetró en los poros, tanto como la humedad de ese otoño, que pronto acabaría siendo invierno.
Por que el otoño es así, desacreditado como la bosta, y a la vez tan traicionero como los vicios, como la mismísima cocaína. Empieza despacio, lento, casi uno no se percata de que el 21 de Marzo ya ha pasado. Alternando al principio, días de 28 grados con días de 15. Algunas hojas en los empedrados caen sin rumbo, como los amigos que indiferente, le regala al loco la calle. Luego el mal olor que irradia la humedad y las primeras noches de desvelo con el cuerpo pegoteado por una transpiración ácida, a la que no reconocemos como nuestra. Después el frío se empieza a sentir, en el cuerpo, y el alma se enreda en el hielo impenetrable que no te permite pensar. Y por último, un día cualquiera volvemos a nuestra casa del trabajo a la misma hora que siempre y nos damos cuenta con tristeza, casi con desesperación que se hizo de noche, que se nos viene la noche y el invierno del corazón será eterno si no se produce algún milagro, por que el olor a bosta que tiene la merca no se encorcha ni con el mejor perfume francés.


Ya sin lágrimas cruce la reja de la entrada del stud. Un patio amplio rodeado de caballerizas deterioradas me daba silenciosa, la bienvenida. Una parra añeja intentaba regalar sombra, sin conseguirlo, al terreno enladrillado, calloso y hundido que hacía de piso.
Caminé despacio, para hacerme la idea de que aquel hombre que yo estaba viendo no era otra jugarreta de una posible alucinación:
En el medio del solar, sentado, con la mano apoyada sobre una mesa, en donde el pobre tipo había depositado su vaso a medio tomar de vino tinto, una mosca jugaba a despertarlo de su oscuro sueño, sin poder lograrlo. Mientras tanto sobre el suelo descansaba el viejo fuelle, que le dio vida a mis tangos.
En el medio del patio el Fusa dormía con sus orificios visuales abiertos al sol, el también esperaba un milagro, o ya ¿Se habría resignado a la enlutada prisión en donde sus ojos enfermos lo encerraban?
Como sea, el Fusa estaba con su cuerpo renegrido y largo, tendido en aquella banqueta de paja seca, con la cabeza apoyada sobre la vieja pared andrajosa de cal.
Sentí ternura al verlo, y tuve el impulso de salir corriendo para abrazarlo, pero no lo hice.
Me acerqué despacio, me paré frente a él. Le tapé con mi sombra la luz, pero no se dio cuenta. Entonces con las palmas de mis manos le rocé despacio la frente y luego la cara. El Fusa se movió, levantó sus extremidades y tomó las mías, para luego decir:
- Sabía que ibas a volver piba.
Le apreté fuerte los dedos, y él siguió hablando, mientras un nudo de temores hacía nido en mi garganta:
- No tengas miedo, el Jefe te arregló todo. Estás libre de culpa y cargo.
- Los maté...
- Esos dos hijos de puta se lo merecían. Tranquila piba, ya pasó.
Le solté las manos y me senté en el piso para acariciar el bandoneón.
- Estuve tanto tiempo pensando que sentiría en este momento, y ahora compañero, no siento nada. O, a decir verdad siento alivio. Nada de culpa. Me arruinaron la vida, a mí y a mis amigos. Parece que yo a pesar de todo soy la que la saqué más barata.
¿Cómo hizo el Jefe para saber que yo fui la que los maté?
- Fue con el juez para arreglar las evidencias que pensaba lo implicarían, pero se llevó una buena sorpresa: Dejaste tantas huellas, que si hasta yo, hubiese entrado en el departamento, creo que también las hubiese visto.
- Pero yo llevaba guantes.
- Pero llovía y los guantes mojados dejan más huellas que sino te los ponés. O sea que estabas hasta las manos, pero como el Jefe es un hombre agradecido y le limpiaste el honor, puso un buen fajo de guita sobre el escritorio del juez (cosa que ya tenía pensado para salvar su propio cuero) y arreglaron todo. Esta noticia no apareció en ningún diario. No hubo juicio, ni testigos, ni muertos, ni asesino. Fue como si no hubiese pasado nada. Limpiaron la basura y se acabó el asunto. Ana dijo que te fuiste un día antes del asesinato a la provincia de Santa Fe a la casa de una prima. Y aunque algunos sospecharon, de vos tampoco se habló más.
Esperamos con Ángel durante mucho tiempo que aparecieras, un llamado, una carta, alguna seña.
Tu silencio se transformó en vacío, y el vacío en resignación, pero la resignación tiene algo bueno: nunca se hace olvido.
Lo único que lamento es que hayas estado tanto tiempo perdida, escondiéndote.
- Es verdad que estuve escondiéndome, pero no estuve perdida, al contrario estuve encontrándome.
- ¿Cómo?
- Pasé todos estos años en una isla en el Delta. Conocí gente maravillosa que pudo enseñarme el verdadero sentido de la vida. Me escuchas igual, pero cambié mucho. No fue fácil, pero la amistad de una mujer me hizo comprender que yo valgo mucho, y necesitaba aprender a quererme para poder vivir en libertad. Ahora si soy libre y vine a luchar.
Se escuchó un ruido fuerte, un golpe en una de las puertas que cerrada esperaba ser abierta desde hacía ya muchos días, para dejar salir a la fiera en que mi amigo se había convertido.
- Es Ángel.- dijo el Fusa inexpresivo-
- Por Dios. ¿Cuánto hace que no sale?
- No sé. Días, semanas, meses. El único que entra es El Corte.
- ¿Quién mierda es ese Corte? –contesté-
- Uno de la villa. Le trae la merca, los fasos y el güisqui. Le saca la poca tela que le queda, y yo ya no sé que hacer, la verdad no puedo hacer nada más que darle de comer a los dos potros que nos quedan. Que son de Ángel, por que todos los otros que teníamos los dueños nos los sacaron, y pronto nos van a sacar de acá también. Si hasta ahora no lo hicieron es por que le tienen lástima a tu amigo pero, en cualquier momento se les acaba la paciencia y nos quedamos en la vía.
- Y ¿Adónde irían?
- A ningún lado. Ángel perdió la casa, la mujer y los hijos. Los amigos del turf se hicieron humo cuando este gil se quedó de a pié. Y no hay nadie a quién recurrir. Si por lo menos estaría el Julián, ese sí que tenía muchos defectos, pero con los amigos era un pingaso. Pero no está.
Estoy viejo y cansado. A veces intento dejarme morir pero el Barbudo no me lleva, le pido, le ruego, le imploro terminar con esta oscura comedia pero él no me escucha.
- Ni te va a escuchar porque vos viejo tenés mucho por hacer todavía.
- Y ¿Qué carajo se supone que puedo hacer yo? Si me tendrían que estar atendiendo a mí y resulta que soy el lazarillo de otro otario que se las ve más negra que yo.
- No va a ser fácil, pero estamos de nuevo juntos y eso puede que sea el principio de un milagro.
Se llevó el vaso de vino a la boca y succionó el borde con asco, como si al beberse el oscuro líquido se hubiese bebido toda la amargura que llevaba abarrotada en su pobre alma.
- No creo en los milagros, no creo ya en mí ni en Ángel. Pero sí, en algo puedo consolarte, a vos si te tengo fe, y esto no es de ahora, a vos siempre te tuve fe, desde la primera vez que te vi supe que te habían hecho de material noble.
- Gracias. Pero noble o no estuve muchísimo tiempo viviendo equivocada. Equivocado estas ahora vos viejo. Equivocado está también Ángel. Equivocado y enfermo.
- ¡Fusaaaaa!!!!!!!!!!!!!.... - se oyó desde adentro y el grito descollado siguió- Traeme al Corte. Ese hijo de puta se llevó la guita hace cuatro horas y no volvió. ¡Traelo, por que si lo salgo a buscar cuando lo encuentro lo mato!
El fusa comenzó a contestarle mientras se llevaba el índice derecho a los labios. Yo entendí que debía quedarme quieta y en silencio.
- Ahora lo voy a buscar pibe –dijo- tranquilo.
El bandoneonísta saco de su bolsillo una llave y me dijo:
- Vos que sos más rápida encerralo, para que se haga menos mal él, y haga menos mal a los otros, a nosotros, por que cuando está así no reconocería ni a tu padre.
Y entonces el recuerdo del bar y los años de quimeras volvieron para desparramar un chaparrón de tristeza y culpa en el alma. De todos modos me levanté y apresuradamente cerré la puerta mientras, mi amigo daba un nuevo puñetazo, esta vez a la pared, lejos de imaginar que era yo su nueva carcelera.
- ¡Hijo de putaaaa!!!!!!!!!!..... –grito con desquicio-
Yo volví a sentarme en el suelo enladrillado y como si ninguno de los dos lo hubiésemos escuchado, convencidos de que era mejor encerrarlo, continué mi conversación con el Fusa, tras elevar mis ojos al cielo clamando solidez y tolerancia.
- Si mi viejo hubiese alcanzado a ver todo lo que fuimos capaces de hacer Julián Ángel y yo, estoy segura, que de amargura se hubiese muerto también. Por que fuimos como un cáncer, como su propio cáncer, un gran tumor de desilusiones causando un dolor insoportable, haciendo continuas metástasis, contaminando todo lo bueno que alguna vez tuvimos para transformarnos en monstruos.
El amor salva vidas, yo no estuve con el viejo cuando me necesitó, tampoco pude ayudar a Julio, pero estoy acá y no me voy a quedar de brazos cruzados. Hace rato que le di salida a la Katia que se quedaba en la fácil, y como ya te dije vine a luchar.
- Piba... –dijo pausadamente el Fusa- llevame a caminar por la cancha. Hace tanto tiempo que no salgo de este patio.
Aunque ver el febo para mí sea un lujo imposible igual lo necesito en la piel. Sentir el calor del sol, es como sentir la caricia de esa mina que alguna vez fue mi vida, por la que me jugué los ojos en una riña sucia que nunca te batí. Esa riña, en la que dos varones contra mí, acusaban defender el honor de una familia. Yo solo luchando contra los dos, protegiendo el amor, en el que ellos creyeron leer interés, escudando la vida de un pobre ser que inocente podría robarles parte del tesoro común que habían heredado.
Esos tíos, los futuros tíos del niño que no nació, me dieron una paliza tal que caí en medio de la calle y mi frente fue a dar contra el cordón de la vereda. Mala suerte. No vi a mi hijo por que ellos se encargaron de que no naciera. No vi a mi amor por que ellos se la llevaron a otras tierras. No vi nada más, por que el golpe me arruinó la vista. El médico dijo que se podría llegar a arreglar el daño con una operación.
Yo no quise, por que si mi hijo ya no estaba, y tampoco estaba mi mujer yo ya no quería ver más nada y de ahí en más mi vida fue y seguirá siendo sólo sombra.

Nunca me había contado aquella historia, y no sé por que se atrevía a hacerlo en aquel momento. Lo que sí se es que el Fusa ya no esperaba un milagro y que también y con razón estaba resignado.

- Pirémonos un cachito de esta limada ¿ Me acompañas? –dijo-
- ¿Y Ángel?
- Tranquila nena, el punto revienta en un montón de putiadas y después se estanca. Capaz que si hasta lo dejamos se torre, y es lo que precisa.
Entonces con voz tímida pregunté:
- ¿Me puedo quedar con ustedes?, no tengo donde ir
- Si te animas. No puedo prometerte nada, pero tampoco voy a versearte: te necesitamos. Si me ayudas a tirar de esta cuerda, el peso que yo solo siento, dividido en dos espaldas no será tan cruel.
- Gracias – atiné a decirle mientras me incorporaba del suelo para tomarle la mano.


Salimos en silencio. Con el sol del otoño iluminando las callejas. Esas llevan a las canchas coloreadas de amarillo dorado por las hojas que al azar, había regado el otoño.


Al regresar la luna intentaba prenderse de la oscuridad como un broche de plata sobre el negro percal del cielo.
El stud era penumbras. Una quietud densa embriagaba la escena.
- ¿Estará bien nuestro socio? – Pregunté refiriéndome a Ángel-
El fusa se dirigió entonces con seguridad, hasta la puerta cerrada, se puso de cuclillas y apoyó las manos sobre la madera astillosa para decirme:
- Tranquila piba, tu amigo está torrando.
- ¿Cómo sabés?
- Se acuesta en el piso, al lado del umbral de la puerta. Yo no veo con los ojos, veo y siento con las manos.
- ¿Y qué sentís?
- Siento los latidos de su corazón- respondió- mientras mis facciones se inundaban de una mezcla de sorpresa y admiración- sé que pensás que además de ciego estoy pirado, pero todavía no perdí la cordura. Los ciegos al no poder ver desarrollamos al máximo el sentido del tacto. Cosa que, los videntes, ya sea por pereza o por comodidad no consiguen hacer.
- Extraordinario.
No te creo loco, o tal vez sí. Para mí siempre fuiste y seguirás siendo un genio, y como dicen todos los genios tienen algo de locos, y los locos de genios.
- Seguro que va a dormir toda la noche, espero que así sea, para que mañana cuando despierte esté bien lúcido, y se puedan dar un buen abrazo.
- Yo espero lo mismo. ¿Te cocino algo?
- Mucho para elegir no hay, pero creo que en la cocina queda un poco de fideos.
Cocíname piba, es hora de que alguien me mime un poco.
- Con gusto.
¿Dónde está la cocina?
- La primer puerta a la derecha de la pieza de Ángel.
Entre.
El lugar se presentaba asqueroso.
La humedad había corroído las paredes que alguna vez habían estado pintadas de un rosa colonial.
Las canillas chorreaban agua, dejando una añosa mancha de sarro en las griferías y en piletón revestido de grasa.
- Sin falta mañana mismo voy a tener que hacer una buena limpieza y arreglar las canillas.- Grite al Fusa que seguía en el patio-
- También hay que arreglar el horno y los mecheros de la cocina. A veces tengo que esperar a que venga el Corte para manducar, por que sólo no puedo prender el fuego.
- Tranquilo viejo, ya no vas a tener que pasar hambre, de ahora en más voy a cocinar yo.
El ciego cenó con ganas, como si la mísera comida hubiese sido un manjar.
Yo cené con ganas, con las ganas que me daba el estar agradecida a Dios, por que yo podía arrimarles el hombro para cambiarles la vida, tal como lo habían hecho con migo.

La sobremesa no duró demasiado. Los dos estábamos cansados, por lo tanto el músico me llevó hasta una de las habitaciones que tenía el stud, y antes de abrir la puerta me dijo:
- Acá también hay que hacer arreglos, pero por esta noche puede pasar.
- No importa- contesté mientras el hombre me dejaba entrar- Haremos lo que sea necesario, y la verdad, hay que hacer unas cuantas cosas-
Terminé de decir mientras miraba el desolado panorama de la habitación pelada, que habitaba sólo un catre herrumbrado cubierto de una manta centenaria. Las paredes estaban salpicadas por telas de arañas, y del centro del techo que era bien alto, colgaba lánguida y retraída una bombita de luz de muy poca intensidad.
- No sabés ¿dónde puede haber una lapicera y un papel?
- ¿Para?
- Para darle mañana a Ángel una linda sorpresa.
- Supongo que debe haber en la cocina arriba de la heladera que no funca.
- Otra cosa que hay que arreglar urgente. Voy a buscarla.
Y fui rápido. Se me acababa de ocurrir una idea, y tenía que sentarme rápido a escribir, por que si uno no atiende enseguida a las musas, las engreídas se ofenden y se van tan apresuradamente como irrumpieron.
Cuando volvía a mi “habitación” con los elementos en la mano, vi al Fusa arrodillarse nuevamente sobre el umbral de la puerta cerrada.
- ¿Está todo bien? – pregunté –
- Sí, piba. Anda tranquila.
Y me encerré en la húmeda pieza, en compañía de la inspiración hecha dos por cuatro.
Escribí, leí, releí, canté bajito.
Acomodé lo mejor que pude los versos y el sonido.
Volví a releer, taché y volví a escribir.
Intenté lo perfecto, auque en el arte menos que en cualquier otro deleite de la vida, exista lo perfecto.
Pero sólo algo jugado, y sentido podría llegar a derribar la barrera compacta, que existía entre mi amigo y yo.
Planeé llegar a él tal vez de la mejor manera que yo lo podía hacer: cantando.
El sol del Lunes me sorprendió en la cocina haciendo tostadas, con pan duro que encontré en la alacena, y mientras tarareaba el tango producto del desvelo de la noche anterior, se presentó en el cuartucho el Fusa.
- Buen día piba. Parece que no dormiste mucho, pero bien valió la pena. –dijo, mientras yo no dejaba de cantar y alzaba un poco la voz para que el ciego escuchase la letra-
- ¿Te gusta? – dije en el silencio que le correspondía a mi voz en la canción y seguí con el tango.
- Es una joyita digna de una reina como voz. Si no lo arrancamos con esto, el chavón no larga más.
- ¿Querés un mate?
- Bueno. Huelen bien las tostadas, hace tanto que no como.
Le serví y el hombre devoró el pan crocante con fascinación, mientras yo preguntaba:
- ¿Podrás seguirme con el fuelle?
- Como en los viejos tiempos- dijo con fortaleza-
- Como en los viejos tiempos- Repetí-
El Fusa salió al patio y se arrodilló nuevamente en el umbral de la puerta cerrada.
- ¿Duerme?- pregunté-
- Todavía sí. Abríle la puerta que yo voy a preparar el bandoneón.
El viejo se sentó en la misma silla donde la tarde anterior lo había encontrado dormido. Yo abrí la puerta y sentí que Ángel se movía. Apresuradamente cruce el patio para pararme de espaldas a la puerta cerrada y de frente al Fusa con mi mano derecha sobre su hombro para marcarle los tiempos. Entonces con seguridad, con esa seguridad única que me da el tango comencé a cantar:


Vengo

Vengo, hecha otra y prometiendo,
Ahora que entiendo,
La importancia del amor
Vengo, a sacarte de esta hoguera
El vicio es la manera
De someter a la razón.

Vengo, sabiéndome culpable,
Escapé como cobarde,
Pero ya ves, aquí estoy.
Vengo, levantando la frente,
Por que soy muy decente,
Si maté fue por honor.

Vengo, a traerte de regalo,
La ayuda de mi mano,
La melodía de mi voz.
Vengo, con agua al desierto,
De blanco desconcierto,
Donde se ahoga el corazón.

Vengo, a robarte una sonrisa,
Vivimos tan deprisa,
Que olvidamos sonreír.
Vengo, a removerte de este agujero,
A decirte que te quiero,
Tanto hoy como ayer.

Vengo, sí te queda alguna duda,
Para arrancarte la amargura,
Aún se puede ser feliz.
Vengo, a ponerme de tu lado,
Un hada me ha marcado,
El camino a seguir.



“Sentí en medio del sueño como la llave entraba en la cerradura y la abría.
Con aquel sonido mecánico me desperté.
Con la boca reseca, la visión nublada, y la sed... recorriéndome el cuerpo, partiéndome de lado a lado. La sed de todos los desiertos había hecho su nido en mi garganta.
Unos pasos olvidados corrían hacia el centro del patio.
Una voz que nunca olvidé cantaba del otro lado de la puerta, acompañada del bandoneón de Betsaida (Al Fusa le gustaba que yo lo llamase así, Betsaida era ciudad de milagros y eso para él significaba esperanza)
La piel se me erizó al comprender lo que estaba ocurriendo. Tuve miedo que aquello fuera sólo un capricho de mi imaginación, tuve miedo que la locura se me hubiese hecho crónica.
Me incorporé mientras escuchaba la letra del tango. No conocía el tango, pero sí, conocía esa historia. Por que era nuestra historia hecha verso. Y sólo una persona en el mundo había podido crearlo. Sin embargo, a pesar de la certeza, tenía miedo de abrir aquella puerta. Miedo a que todo se esfumase, al salir de mi condenado encierro.
Puse la mano sobre el picaporte herrumbrado alzando los ojos al techo y abrí despacio.
Poco apoco mis ojos se fueron acostumbrando a la luz, y todo mi ser tuvo la certidumbre de que no estaba alucinando: Katia había vuelto y Betsaida la acompañaba como en los viejos tiempos.
Ella me daba la espalda. Él aunque intuía mi presencia, como era lógico, no me veía. Entonces mientras terminaba de escuchar el tango tomé fuerzas y cuando el patio se hundió en silencios corrí para abrazarlos”...
Aquel abrazo fue eterno, tranquilizador y añorado, como el chocolate que me hacía el viejo, “El Chueco” para los amigos, las mañanas de invierno, en el bar antes del colegio.
Ese abrazo llenó todas mis necesidades. Las que mi alma había acumulado durante los años de ausencias.
Ese abrazo fue una taza de cacao caliente y fragante. Reconfortador. Fue un regalo del cielo, y sentí que El Chueco también nos estaba abrazando. Percibí su olor, y su presencia querida se hizo lugar entre nosotros.
Cuando la “papa” lo tironeó, yo no tuve conciencia de ello. Mi vida era un caos. Un caos con nombre y apellido: Darío Mascate. Todo Era para Darío, nada para mí. Todo lo que era mío: cosas y afectos eran nada. El chueco era nada, sólo un dulce y cálido recuerdo, como una taza de chocolate, una mañana de invierno.
Mi viejo no dio a conocer su enfermedad hasta no estar ya en las últimas.
Padeció solo.
Para mi viejo siempre estuvo primero el trabajo.
Yo me fui.
Mi vieja se quedo sola antes que él.
Y no se resignó a sobrevivir. Una tarde cualquiera por aburrimiento o necesidad, se volvió a enamorar y se fue.
El chueco por orgullo, nunca la buscó. Y creyó en las reglas comunes que tienen todos los hombres que frecuentan los bares: “las mujeres no sirven, son todas igual de putas.”
Sólo él con su cáncer y sus ausencias.
Sólo él con su cáncer y sus rencores.
Sólo él con su dolor y sus frustraciones.
Sólo él hasta el final.
Sólo él por que cuando Ángel y yo llegamos al hospital ya era tarde. Unos minutos antes nos había dejado para siempre.
Lloramos juntos, sabiendo que nuestras almas llevarían la carga de esta culpa por siempre. Nuestro padre había muerto. Ninguno de los dos estuvo. Y ni la culpa, ni el dolor más grande puede cambiar el pasado.
Lloramos juntos, como lloramos en el patio del stud al reencontrarnos. Por las faltas, por las presencias. Por las culpas compartidas, por las generosidades desenterradas. Por el amor que no se deteriora con la distancia.
Lloramos por el pasado y el presente. Por lo que hicimos, y lo que dejamos de hacer.
Lloramos por el futuro, y no saber como encararlo.
Lloramos por que nos queríamos, y por que uno siempre vuelve al lugar donde empezó a correr.



El infierno ignorado


Me desperté sobre un áspero colchón.
Me rodeaba un mundo gris.
Alguien me gritaba.
- Oroño, hora de levantarse.
Me dio la impresión de que se burlaban de mí.
No me equivoqué.
- Vamos artista, que el desayuno espera en el estudio.
Al incorporarme lo pude ver.
La primera idea que cruzó por mi dolorida cabeza fue la de un oso.
Se acercó, inclinándose sobre mí.
- Vamos Van Gogh, obedecé rapidito, no sea cosa que te tengamos que cortar la oreja.
Al tenerlo encima una segunda idea se hizo hija de mis neuronas: roña.
El tipo era una bestia inmunda.
Muy inmunda.
Tanto como la situación en la que me encontraba.
Situación esta de la que tomé inmediata conciencia al seguirlo, instantes después por unos largos y tristes corredores.
Se escuchaban gritos, risas y algunas puteadas.
Era un vasto país de ventanas y puertas enrejadas ese lugar que olía a caroína.
No sé cuanto caminamos pero llegó un momento en que creí que dábamos vueltas en círculo, como desesperanzados tripulantes de un barco sin timón.
Y a decir verdad, lo éramos.
Sin dudas.
Yo como prisionero.
Y él como absurdo guardián de esa cárcel que, para mí, aún carecía de nombre.
Lamentablemente mi absurda crisis nerviosa en el patrullero y el posterior desmayo que sufrí, me habían hecho arribar ahí como el último de los ignorantes.
Habituado a la vida civil, le pregunté:
- ¿ Dónde estamos?
Fue el primer eslabón de una larga cadena de errores que cometí.
Con solo ver la expresión de su rostro al frenar abruptamente y darse vuelta supe que acababa de violar algún código no escrito.
- ¡ Puto de mierda! ¿ Quién carajo te crees que sos para andar preguntando algo?
Inconscientemente lo interrumpí.
- Un ser humano.
Fue el segundo error.
Y me dolió.
Desconozco aún si fue con la palma de la mano o con el puño cerrado.
De lo que sí estoy seguro es de que impactó en mi mejilla izquierda y que caí hacia atrás golpeando mi espalda contra la pared.
La patada en el estómago vino después.
Y el rodillazo en la cara llegó cuando trataba de reaccionar de los dos golpes anteriores.
Quedé tirado en el piso boca abajo.
Al instante comprobé que el tipo era pesado y que las suelas de los zapatos de los guarda cárceles son duras, muy duras.
Comenzó a apretarme contra el suelo.
El aire se iba de mis pulmones y mi esternón intentaba penetrar entre las rendijas de los fríos baldosones.
Su voz me llegó desde muy arriba, casi podría decirse que desde el cielo.
No de Dios.
Me refiero a su propio cielo.
A ese que gobernaba allí.
Con sus propias leyes y sus consiguientes premios y castigos.
En ese momento desconocía a los primeros, pero estaba sintiendo en espalda y pecho propios a los segundos.
- ¡ Hijo de Puta! ¡ Trolo de mierda! ¿ Anda sabiendo que la lengua acá sólo te puede servir para chupármela bien chupada o para cantar! ¡ Para cantar bien alto! ¿ Entendiste?
Y volvió a patearme, esta vez en las costillas.
Entre la impotencia y el dolor supe que debía levantarme rápidamente ya que ese bruto podía terminar conmigo a los golpes.
Ese animal estaba, sin dudas, entrenado para semejante oficio.
No logré levantarme.
Me faltaba el aire.
Sentía mi rostro ardiendo.
Pensé en la muerte.
¿ Terminaría allí, en ese asqueroso pasillo y a manos de semejante bestia?
No podía ser cierto lo que me sucedía.
No.
Era un sueño.
Mejor dicho, una pesadilla.
Sí.
Eso era.
En cualquier momento iba a despertarme en mi cama, de la que se escuchaban el río y los pájaros, mis pájaros.
Sí.
Y Matilde vendría a sentarse junto a mí a hacerme cosquillas, esas cosquillas que tanto me gustan, y a besarme en los labios, con esos, sus labios, que eran como una tenue brisa, esa tenue brisa que semeja la discreta y suave respiración de un pequeño ángel.
Sí.
Eso no me estaba pasando.
La muerte no existía.
Y menos el dolor.
Era feliz.
Muy feliz.
Nada había pasado en realidad.
Ni Matilde muerta.
Ni mi padre despreciándome.
Ni mi Madre negándome.
Ni Rodolfo hecho mierda vaya a saberse donde.
Ni la prefectura.
Ni Oscar, que seguía en el barrio como una absurda copia de play boy barato.
Ni esta cárcel.
Ni este piso extraño.
Ni estos barrotes.
Ni siquiera este salvaje que, contra toda lógica me toma de los pelos y me obliga a levantar con la sangre brotando de la parte inferior de mi ojo derecho para caer sobre mi pecho luego de atravesarme la barbilla.
No.
Nada es cierto.
Lo niego.
Terminantemente lo niego.
Mientras me empuja por el estrecho corredor rumbo a una amplia sala repleta de toscas mesas donde desayunan en tazas de aluminio barato un montón de extraños tipos que clavan en mis decenas de ojos inyectados en sangre que desbordan en odio, frustración y revancha.
No.
Nada es cierto.
Nada.
Y menos aún lo que grita en voz alta, detrás de mi nuca con un poderoso volumen de voz.
- Acá lo tienen, el nuevo. Es un Marcia que pinta cuadros. Se los dejo. Ah, me olvidaba, tengan cuidado, por que este pedazo de pelotudo hijo de puta amasijó a su mujer y la enterró en una isla del Tigre.
Y me empuja sobre la mesa más cercana.
Y yo quiero explicarles, y explicarme, que no sé de donde sacó semejante cosa, que no sé quien se lo contó, que no es verdad.
Pero no puedo.
Trato.
Pero no me dejan.
Son dos o tres, no puedo precisarlo.
Me sujetan los brazos a la espalda.
Comienzan a pegarme.
Tres o cuatro tazones de algo muy caliente que tiene un fuerte olor a leche rancia caen sobre mi cabeza.
Grito.
Muy fuerte lo hago.
Hay cuatro guardia cárceles rodeándonos pero no participan, no se meten, dejan hacer.
Grito.
Suplico.
Lloro.
Se ríen de mí.
Son una patota irracional y aburrida a la que le permiten un recreo.
Y aprovechan muy bien la ocasión que se les brinda.
Me insultan.
Golpean mi rostro.
Laceran mi espalda.
Siento que las fuerzas me abandonan.
Voy a caer.
Lo presiento.
Voy a desmayarme.
Sin dudas.
Alguien me arranca el pantalón.
Otro mete su asquerosa mano en mis testículos.
En el exacto momento en que caigo vencido al suelo alguien aferra mis nalgas y las separa con violencia.
Ya no puedo explicarles nada, y menos aún defenderme.




Cuando un abogado necesita abogado


Supe, gracias al abogado de oficio que la Justicia nombró para que me defendiese que la violación no dejaría secuelas en mí.
- Quédese tranquilo, Oroño, ninguno de los reclusos es cero positivo - me palmeó el hombro y, sin saber la razón, temblé ante su absoluta tranquilidad.
Que fácil es hablar de ciertos temas, que fácil; en especial cuando la víctima es el otro.
El dolor ajeno es siempre el que mejor se soporta y el que menos problemas nos trae.
Me explicó, también, la estada en la enfermería, de lo cual no recuerdo, aún hoy, nada y se cansó de repetirme que no me preocupara que todo iba a estar bien.
Estar bien.
Ese tipo estaba lleno de lugares comunes.
Infinitos lugares comunes.
Como podía estar bien.
Si me daban ganas de gritar.
De arrancarme los cabellos.
De estrangular al que se parase delante de mí, en un estúpido intento de que alguien pagara por el crimen que se había cometido contra mi persona.
Violado.
Preso.
Presos y violado.
Sentí un profundo mareo.
No podía estar sucediéndome algo así.
Vejado.
Encarcelado y preso.
Desprovisto de mis derechos como persona.
Era un perfecto minusválido al que no le quedaba otra cosa que permanecer encerrado en una triste celda y, lo que era mucho peor, escuchando a ese estúpido abogado imberbe haciendo gala de esa ficticia y estudiada y precoz tranquilidad universitaria.
- Por lo del asesinato de su mujer no se preocupe. Inocente o culpable, me voy a encargar de sacarlo a la calle libre como un gorrión.
¿ Cómo que gorrión?
¿ Libre?
¿ Inocente?
¿ Culpable?
Ese inmenso pedazo de pelotudo me decía que no me preocupara.
No preocuparme estando en ese lugar.
No preocuparme con mi Matilde muerta.
Tuve ganas de hacer dos cosas: una, sentir su aliento para ver si el idiota no estaba borracho y dos, partirle la cara con mis puños.
Mi Matilde muerta.
Yo su asesino.
Y ese abogaducho dándome consejos.
Juro que sentí el conjunto de descargas eléctricas entre mis castigadas neuronas.
Se repitió el mareo inicial.
Nacieron dos o tres arcadas producto de las repentinas náuseas.
Tuve una extraña sensación de caer en el más profundo de los precipicios.
Y la interna rebelión dejó libre al salvaje Sr. Hyde que todos llevamos dentro.
Sí.
Hice a un lado a mi Dr. Jekyll y dejé que la bestia brotara plena de irrefrenables sentimientos de violencia.
Hubo un escándalo y yo fui el iniciador.
Mi joven abogado sufrió varios golpes en el rostro, en la espalda y en el pecho.
Entraron a la celda tres guarda cárceles.
Uno recibió un bruto rodillazo en sus testículos.
Dos machetes se estrellaron en una cabeza que resultó ser la mía.
Un par de esposas contuvieron mis alienadas manos.
Un desmayo, el mío, puso fin a la contienda.
Mi tiempo se detuvo en ese cuarto oscuro que forma nuestra inconciencia y navegué ignorante de mí en el vasto océano de la nada más profunda.
Al recuperarme, en la más absoluta soledad, supe que algo había cambiado en mí.
Ya no era el mismo.
Era otro.
Me sentía como únicamente puede hacerlo un ser al que se le quitan del cerebro todos aquellos pensamientos que significan vida, para transformarlo en un ente con forma humana.
Lloré.
Reí.
Me arañé el rostro hasta que la sangre empapó mi camisa y me sentí solo, tan solo como nunca me había encontrado.
Alguien trajo comida que no quise.
Vino un médico al que insulté.
También un cura que habló y habló sin parar sobre el pecado, el castigo, el perdón, el paraíso, el cielo azul, las nubes blancas, Adán, Eva, la serpiente y miles de cosas más hasta que lo interrumpí preguntándole sobre sus deseos sexuales y el tipo huyó sin saludarme.
Un día.
Otro.
Y otro más.
Y otro.
Y así sucesivamente hasta que alguien que dijo ser psicólogo me preguntó en que podía serme útil y allí, en ese momento, la idea se hizo carne en mi y me arrodillé abrazando sus piernas.
Sentí que ese hombre era el último trozo de cornisa que podía salvarme de la caída final.
Y, al igual que en esos tiempos en que mis padres habían comenzado a ignorarme, puse en libertad a mis artísticos sentimientos que podían ( ellos y sólo ellos) alejar a mi cansado navío mental de los peligrosos arrecifes de la locura.
- Quiero un lienzo, una paleta y mis pinturas - llorando se lo rogué - hágalo por mí - quiero, mejor dicho, necesito pintar, lo necesito.
El hombre no dijo nada.
Se marchó sin mirar atrás.
Y el sol, del cual recibía unos tímidos rayos, entró y salió de mi celda varias veces hasta que ese mismo hombre regresó con otro más.
Los miré entrar en silencio y acomodar una caja en el suelo.
Me intrigué cuando la abrieron.
Y lloré como ese niño que nunca fui al ver, en su interior, a mi tesoro más preciado.
Y ellos se fueron mientras quedaba abrazado a los pinceles como lo hace un niño con su madre.
Mi mundo volvió a tener sentido.
Era feliz con mis colores.
Matilde se reprodujo en la tela.
Trajeron alimento que comí.
Vino el hombre al que escuché.
Regresó el cura al que pedí perdón.
Y un día, mientras retocaba los finos labios de Matilde, entró un tipo de mi edad y decidí escucharlo.
Era otro abogado.
- Oroño...- comenzó y no lo interrumpí mientras hizo un resumen de lo sucedido desde que Prefectura me había ido a buscar a mi isla hasta ese momento.
Cuando terminó me lo quedé mirando.
Era una extraña historia.
Y yo era la estrella principal.
La estrella principal de una película barata, muy barata.
No conseguía asimilarlo.
- Oroño, amigo Oroño - me sonrió - digan lo que digan yo creo que usted es inocente por que a simple vista se le nota que no posee el estilo de un criminal aunque la Justicia, con tanta liviandad, diga que todo es posible hasta que se demuestra lo contrario. No se preocupe y déjelo en mis manos.
Su mano era seca cuando estrechó la mía al despedirse.
" Todo es posible hasta que se demuestra lo contrario "
Sonreí con nostalgia.



De ellos solemos venir


¿ Y los padres de Matilde?
Esos dos hijos de puta.
Esos dos reverendos hijos de puta que tanto veneno habían puesto en mi Matilde.
No.
Después de tantos años para que nos iban a querer.
Mejor dicho:
Para que mierda nos iban a querer.
A esta altura de la vida debíamos ser historia antigua para ellos.
Tanto como ellos lo eran para nosotros (o mejor dicho, muerta mi Matilde, para mí)
Reconozco que el no tener nunca mas noticias de sus padres me hacía preguntarle de vez en cuando si, venciendo su bronca, ella alguna vez se había puesto) en contacto.
La respuesta era siempre un no.
Y sí algo Matilde jamás practicaba era la mentira.
Por lo tanto desconocían lo sucedido con nuestras vidas tanto como nosotros desconocíamos las de ellos.
Estábamos mutuamente muertos.
Nosotros con nuestro amor y ellos con su odio.
Su, para mi inexplicable odio filial.
Un odio al que no podía encontrarle una causa lógica.
O si, pero es una absurda causa la de una hija que desea ser independiente en cuerpo y alma de sus padres.
Por que, a/ fin y al cabo, el terrible pecado mortal de mi mujer no había sido otro que ese.



Una pincelada aquí sobre la mejilla.
Otra para terminar la ceja.
Y, la última para destacar la leve barbilla.
Me alejé unos pasos para observarlo en conjunto.
Un retrato.
De Matilde.
Un retrato.
El primero que hacía en años.
A decir verdad no me gustaba realizar retratos.
Los sentía muy lejanos en mi vida.
Los asociaba con mi época de estudiante.
Paisajes, Madonas, modelos masculinos, femeninos, vestidos, en bolas, niños con la reiterada lagriman rodando por sus mejillas, ancianos de barbas blancas y algún que otro perro o gato para matizar algunas naturalezas muertas deprimiéndome por allí.
Arte antiguo.
Clásico corregían los profesores.
Para representar a la naturaleza como tal usen una cámara de fotos, retrucaba yo haciéndo de mi posición una continua rebeldía.
Ignorante, terminaba alguien bautizándome.
Mi idea de la pintura se acercaba más a los impresionistas que a otras escuelas.
No podía negar que algo del cubismo que me trataba de inyectar Pablo me caía bien, pero lo mío, a riesgo de parecer pasado de modo andaba por el lado de Pissarro, Monet, Degas y tantos otros.
De hecho, mientras algunos tomaban para el lado de la continua invención y corrían los riesgos de la crítica que no los perdonaba yo solía navegar en mis propias composiciones dignas de un Paris de fines del siglo XIX y principios del XX.
Recuerdo que mis compañeros de estudios trataban de crear ese algo que revolucionara la pintura mientras yo parecía, y lo estaba, detenido en el tiempo.
Irónicamente, el no buscar nuevas alternativas, el no ser un desesperado explorador de la originalidad transformada en arte me llevó a esa fama que nunca pensé encontrar.
Fama.
¿ Qué mierda es la fama?
Ganar mucha guita.
No.
Eso es sólo haber encontrado un buen negocio.
Que te reconozcan por la calle o en algún sitio público.
No.
Una de las hermanas de mi viejo que vivía en Flores era saludada hasta los perros por haber sido la curandera del barrio y nadie en su sano juicio habría podido tildarla de famosa.
Pasar a la historia.
Sí.
Eso.
Pero...
No.
Eso no.
Jack el destripador había pasado a la historia.
Hitler también.
Y tantos otros.
No.
Eso no era fama.
No.
Fama es otra cosa.
Tiene más que ver con que los otros no pudieron hacer y te lo colocan encima como remedio para sus propias frustraciones.
Eso sí.
Eso puede ser.
Todo el rollo de la fama se reduce a una sencilla fórmula.
Sí señor.
Hacés algo que otros no pueden.
Les caes bien por que sos simpático, o tímido, o de izquierda, o de derecha.
Bien macho, o gay.
Lindo o feo.
Con una vida dulce y sencilla.
O amarga y atormentada.
Abstemio.
O el peor de los borrachos.
Y ellos, me refiero por ellos a nuestra bendita sociedad, se encarga de hacerte conocido.
Por recomendación.
Por algo escrito.
Por fotos.
O por lo que carajo sea.
Y, finalmente, con un poco de tiempo, llegás a ser famoso.
No por lo que sabés hacer sino porque satisfacés sus gustos.
Y una vez que te colocaron la cucarda de famoso preparate por te consideran de su propiedad y son capaces de llevarte al Paraíso a upa de las santas nubes o a la sartén más roñosa del Infierno clavados en un oxidado tridente.
Y no te queda elección alguna.
O te entierran dos millones de personas después de tres días de duelo nacional o morís debajo de las ruedas de un colectivo a la salida dela cancha de Independiente mientras tratas de vender unos muñequitos para poder morfar.
Todo se reduce a eso viejo.
O Medellín y su fuego o, mirá ese borracho pelotudo como tiró la guita en putas villeras más villeras que él.
Todo se reduce a eso viejo.
La Recoleta o la Chacarita.
Rubio, aunque seas teñido, o cabecita.
Eso es la fama.
Sí señor.
Una tonta cuestión de ser o no ser aceptado.
Aceptado como yo mismo lo fui durante años.
Desde aquel primer cuadro que le gustara tanto a la esposa de Frondizi.
La pastorcilla se llamaba.
Mi primer éxito.
Ese primer reconocimiento en aquella exposición nacional que no era más que una copia algo disimulada de la Campesina con vara de Pissarro.
Tres cosas recuerdo de aquella vez.
Una, que ese no iba a ser el cuadro que iba a exponer.
Dos, que la modelo había sido mi prima.
Tres, que por esas cosas del destino el rostro de mi prima era casi idéntico a una compañera de juegos de la infancia de la esposa del Presidente.
Sí.
Aunque parezca una joda, esa había sido la causa de que aquella bendita dama se detuviera frente a mi cuadro, acompañada de todo su séquito, incluido Aramburu.
Dos o tres elogios.
Un estoy de acuerdo del presidente y algún que otro comentario de la corte de adulones de turno y las fotos de mi cuadro y yo recorrieron los diarios y revistas.
De más está decir que la decisión de Presidencia de comprar mi obra para colocarla en una sala de la residencia de Olivos hizo el resto.
Ningún crítico se detuvo a comentar que el parecido de mi obra con la de Pissarro era muy grande y menos aún que en el margen inferior izquierdo de mi cuadro se me habían borroneado algunas pinceladas por no dejarlas secar lo suficiente.
La fama.
Era increíble la fama.
Tanto que desde mi desaparición con Matilde al Delta se había creado sobre mi persona una leyenda que, transformada en negocio había llevado la cotización de mis cuadros a precios injustificadamente altos.
Arte por dinero.
Dinero que nunca llegó a mis manos porque marchands e intermediarios se hicieron cargo sin consultarme.
Para algunos era un desaparecido político ya que no les resultaba difícil vincularme a Rodolfo.
Para otros era un espectro enajenado vagando por algún loquero.
Y para muchos más un nombre y rostro olvidados entre la mierda que inundó a nuestra tierra en los años setenta.
Lógicamente, mi aparición, y los sucesos que la rodearon era el gran espectáculo del momento.
Cuatro o cinco fotos como embrión del circo que echaron a rodar algunos periodistas ávidos de notoriedad y, a partir de allí, quedaron libres los perros del opinador que ningún argentino deja de llevar dentro.
Gracias a Dios, en la cárcel no tenía acceso a los diarios que ocupaban dos o tres hojas diarias con el pintor asesino.
Era, por suerte, ajeno a lo que se decía de mí y el único contacto era mi abogado que seguía repitiendo me lo mismo:
- Oroño, amigo Oroño, digan lo que digan yo creo que usted es inocente por que a simple vista se le nota que no posee el estilo de un criminal.
¿ Qué era poseer un estilo criminal?
¿ Una moda nueva?
¿ Una forma de vida?
No lograba entender, en toda su inmensidad, lo que me estaba ocurriendo.
Sabía que mi situación, pese a ser totalmente inocente, era muy complicada.
- Oroño, amigo Oroño - estaba serio el abogado al comentármelo - usted no mató a su mujer pero es su palabra contra el silencio de un cadáver que no puede responder por su inocencia. Oroño, amigo Oroño, no hay testigo alguno. Le juro que he tratado de encontrar al Carlos que usted me comentó pero el rancho está vacío. Y de esa mujer, Katia, nadie sabe nada, nadie la conoce. He puesto avisos en los diarios pidiendo que se presenten pero nadie me ha contestado. Oroño, amigo Oroño, si no resolvemos pronto esto nos vamos a encontrar en el juicio oral y público prácticamente indefensos.
Ya no parecía tan seguro mi abogado.
A decir verdad, mientras me dejaran los lienzos y las pinturas, a mí me tenía sin cuidado lo que me sucediera.
Y no miento al asegurar que me preocupaba más la carrera futura de ese abogado sin defensa alguna que mi destino.
Sin Matilde ya nada conseguía moverme un pelo.
Ni siquiera las noticias de que, en esas calles que apenas descubría detrás de los altos muros desde la ventana de mi celda, los diarios se ocupaban de vender a cosas de mis tripas.
Era carne de periódico.
Y como tal, cumplía la función de llenar a los vacíos estómagos.
No me importaba.
Total, mi vida ya no era mía, era de ellos.
De las cosas contadas por mi pobre abogado una definición, de no sé que sabio conductor de un noticiario televisivo, se llevaba el premio " Picasso asesino ".
" Picasso asesino ".
La verdad, el pobre periodista me daba lástima.
Sin dudas, no debía saber nada de pintura y usaba el nombre del primer pintor que se le cruzaba por la cabeza.
Tendría que haberle cambiado algunas letras y decir Pissarro.
Me sentía mucho más unido a este que al español.
Nunca podría olvidarme de su Campesina con Vara, al que tanto le debía, y menos aún de la tercera vez en la que nos encontramos con Matilde y verla reír al contarle lo de la esposa de Aramburu y aquella exposición que me hizo conocido.
- ¿ Esto que me contaste es cierto Martín? - su sonrisa era fresca aquella tarde en El Tigre - ¿ No me estás macaneando?
Recuerdo haberle dicho que no.
- Así que sos todo un plagio Martín.
- Si - sonreía yo también - pero no me vas a negar que bien relacionado.
- No, de eso no tengo dudas. ¿ Y el cuadro sigue en Olivos?
- Si alguno no se lo llevó prestado, sí.
Matilde brillaba al sol.
O mejor dicho: brillaba junto con el sol.
Sí.
Por que ella era también un sol.
Joven, rojizo, alegre e impetuoso.
Sin respeto a lo establecido.
Con ganas.
Con toda la fuerza que da la juventud.
Con esa misma fuerza con la que, sorpresivamente me abrazó buscando mis labios, un rato después, mientras caminábamos junto al río a la altura del Tigre Hotel.
Su lengua fue un cachorro pequeño dentro de mi boca.
Un cachorro pequeño que buscó su alimento en aquella lengua mía un poco cansada de andar por andar.
Pegó su cuerpo al mío y sus pechos fueron blandos, tal como los imaginaba, al quedar separados de mi carne por la delgada ropa.
El beso duró hasta que coloqué una de mis manos dentro de su blusa.
Como un resorte se separó de mí.
- Pare, pare, Bilbo Bogart Martin. Pare que ya le dije que hasta llegar a Ingrid Bergman le espera un largo viaje. Paciencia amigo.
La expresión de mi rostro debe haber sido tal que se puso a reír a carcajadas.
Sus dientes eran tan blancos como las velas de las embarcaciones que pasaban por el Luján.
- Un poco de agua fría, amigo. No se me quede tan duro, relájese. Si puede claro - señaló hacia mi pantalón - si puede claro.
Fui veloz al contestar mientras me miraba yo también.
- A lo mejor ando necesitando ayuda para relajarme. ¿ Vos podrías hacerme el favor?
Fue la primera vez que la vi sonrojarse.
Y me encantó.
Descubrí, en ese instante que detrás de su desfachatez se escondía una niña bastante tímida.
Como se quedó callada, agregué:
- ¿ Cambiamos de tema, no?
Tardó en contestar.
- Va a ser mejor.
- ¿ Seguimos caminando?
- No, mejor no, ya es un poco tarde y hasta casa tenemos un viajecito un poco largo.
El viaje de vuelta lo hicimos hablando de todo un poco.
Política, amigos en común, el clima y otras banalidades.
Faltaba poco para llegar a su casa cuando puso su mano sobre mi antebrazo.
- ¿ Podés para acá Martín?
Frené junto al cordón y miré en su dirección.
Estaba sonrojada y, por primera vez, no me miraba a los ojos.
- Martín - dudó - no se como decírtelo - se interrumpió - pero hay dos cosas que debés saber.
Me intrigó.
- No té pongás tan nerviosa Matilde - le acaricié su mejilla - si querés decídelo, si no, no hay problema.
Hice silencio a propósito.
- No, te las quiero decir - y levantó sus ojos hacia mí - la primera es que soy virgen - fui a interrumpirla pero colocó la palma de su mano sobre mi boca impidiéndomelo - y la segunda que quiero dejar de serlo hoy mismo y con vos, me entendés.
No sé que cosa le contesté, de lo que estoy seguro es de que el hotel hacia donde nos dirigimos fue el más cercano que pude hallar.


En ayuda del naúfrago



“Limpiar, Ordenar, Arreglar, organizar, para reorganizarse”, decía el chueco. Y cada vez que quería salirse de algún bajón, o encontrar la forma de cambiar de actitud para poder después cambiar las cosas, o en el peor de los casos si el cambio era imposible, ver el asunto desde otro punto de vista, cerraba el local por un día, limpiaba y arreglaba todo lo que por el uso se iba deteriorando.
Su teoría de reconstrucción personal ante las depresiones, sugería que empezar a hacer algo por uno, era comenzar arreglando el lugar donde ese uno pasa la mayor parte del tiempo. Viendo los resultados ya se siente mejor, y hasta puede volver a crecer dentro de nosotros el retoño marchito del ego que la sociedad y las circunstancias dejaron sin aguas de triunfos.
Si uno se convence de que puede mejorar tiene las tres cuartas partes del camino ganado, lo que queda por poner es voluntad, amor por uno mismo y por la vida.
Así pensaba mi padre, y en su nombre y para el bien de ángel me puse a trabajar.

Fusa y yo trajinábamos, Ángel mientras tanto entraba y salía. Miraba las paredes, que iban teniendo el aspecto que alguna vez habían tenido, con una sonrisa opaca y pétrea, la sonrisa que tiene pegada en la careta todo loco.
Pero además de su enfermedad mi amigo estaba desconcertado, yo no era la Katia que él recordaba. Y mi conducta lo mareaba.
Yo también estaba mareada, pero igual seguía, no tenía trazado ningún camino, sólo sabía donde estaba la meta, e iba a alcanzarla costara lo que costase.
Un peón del stud vecino, me presto una caja de herramientas, y con ellas reparé la cocina y el baño, entre otras cosas. El calefón nunca había dejado de funcionar como creía el fusa, sólo se había apagado. Lo prendí.
Puse algunas plantas en los canteros del patio. Y enclave los destartalados muebles que teníamos.
A medida que las cosas se iban poniendo en orden, las visitas del Corte se espaciaban, y no por casualidad.
Yo lo ignoraba. No era muy inteligente prohibirle la entrada, si lo hacía, no lograría más, (en algún momento, cuando la desesperación se presente de cuerpo entero)que un rencor loco por parte de mi amigo.
El puntero percibió el mismo día que me conoció, que sus visitas comerciales al Cotorro, se terminarían a la brevedad.
Cada vez que volvía notaba un nuevo cambio en el inmueble, y eso lo llenaba de desconfianza, por que para que ángel me permitiese esos cambios, me tenía que tener mucha fe, y si me tenía mucha fe, significaba que ya no estaba solo, y cuando un drogadicto se siente sinceramente querido, deja de ser tan Vulnerable.
La desconfianza del corte se traducía con el correr de los días en paranoia. Él no sabia quien era yo, ni de que agujero había salido para venir a arruinarle tan buen negocio.
El cuidador sufría las ausencias del Corte, pero se contuvo de mandarlo a buscar por respeto a mí y a la nueva persona que yo era. Yo creo que, en el fondo no lo hizo, por que sintiéndose querido, empezó a tener un poco de respeto por el mismo.
Notaba su necesidad.
Ángel no se hacía cargo, y yo convine con él tácitamente tratar de no hablar del tema. Mi amigo aguantaba todo lo que podía y yo no preguntaba. Nada que yo preguntara, o le dijera iba a cambiar la situación. Todo tiene un tiempo, y este era el tiempo del silencio, por que él era silencio, yo esperaba que diese el primer paso, entonces sí podríamos manifestarnos.
A veces lo sorprendía parado, tembloroso en el medio del patio, con la mirada fija en la entrada, como si con aquel desesperado rito pudiese acelerar la llegada del corte. Entonces lo miraba fijo y le decía:
- Estoy acá por que te quiero.
Él me encerraba en su abrazo de chocolate y me respondía sin hablar, con la fuerza plana de unos brazos vencidos:
“no se hermana si voy a poder”
Después se volvía a encerrar en su pieza, que fue el último lugar del stud que reformé. Nunca había entrado a la habitación de ángel. El no me invitó, y yo no me animaba a entrar. Mi miedo se basaba específicamente en encontrarme de nuevo cara a cara con la oscuridad del vicio. Y si había un lugar donde mis convicciones corrían peligro, era ese cuarto.
Cuando uno se propone cambiar, el camino se le hace duro, y uno avanza lentamente sin darse cuenta, siente impotencia por la propia tardanza, se desespera y a la primer traba que se le presenta cree que está peor que antes. Tenía mucha impaciencia por entrar allí, pero también temía que en ese cuarto se encerrase una de las últimas trampas que tuve que esquivar en mi largo camino de regreso.
Pero finalmente una tardecita lo hice, después que el corte se fue, lo hice para probarlo, pero especialmente para probarme.
Golpee con cuidado la puerta que yo misma había pintado esa mañana.
No contesto. Insistí.
- ángel – llamé
- ahora no – contestó él
- Dejame entrar, quiero ver que puedo hacer para arreglarte el cuarto.
- Te parece –dijo acercándose a la puerta.
- Va che, o será que en estos años cambiaste de bando y no dejas entrar minas en tu pieza- bromee para disimular los nervios.
- Entra - gimió con resignación
El cuarto no tenía ventanas, una oscuridad húmeda latía en el ambiente. Sobre la pared lateral había una cama que llevaba años sin hacerse como corresponde vestida con sábanas y acolchados rasgados y sucios. A su lado una mísera mesa de noche con algunos retratos: en uno su mujer, en otro ángel y sus hijos, en otro el chueco, y en el último ángel, julio y yo una de las tantas noches sin sueño que tuvimos.
Sobre la pared de enfrente una vieja biblioteca contenía solamente, un gran ejemplar de la Biblia, en varios tomos.
Y sobre la otra pared cuadros, de todas las carreras ganadas por los caballos que tuvo a su cargo.
Los muros eran de un color verde musgo desteñido, y las botellas de whisky vacías formaban una montaña trasparente a un lado de la puerta.
En el centro de la habitación, una mesa negra. Sobre ella una botella medio vacía y un vaso medio lleno, unas buenas líneas armadas para ser jaladas de inmediato, y a un costado de los implementos una bolsa con diez respetables gramos de cloro hidrato de cocaína.
Sobre esa mesa estaba todo mi temor y mi horror.
Sobre esa mesa el demoníaco deseo, como el que se sigue sintiendo después de mucha ausencia, por el ser amado, aunque este nos haya arruinado la vida.
Mi primer impulso, incontenible e irracional, fue abalanzarme sobre ese montón de mierda y tomármelo todo. Temblé, avancé un paso y tropecé. Un silencio culpable acariciaba mi piel.
Levanté la mirada para buscar los ojos de mi amigo, entonces en él la vi. Era mi hada. Una sonrisa triste esbozaron sus labios. Inmediatamente su imagen se desintegró.
No podía defraudarla.
Mi amor por su recuerdo pudo más.
Frente a mí ángel había desviado sus ojos al suelo sin haberse dado cuenta de nada.
Supe que tenía que hacer.
Era tiempo de silencio.
Fingí no ver lo que veía y dije:
- Estas paredes necesitan urgente limpieza y pintura. Se podría pulir un poco el piso, arreglar la cama y poner en los estantes vacíos de la biblioteca unas plantas.
- Bueno – contestó como se le contesta a un demente que no se hace cargo de la realidad.
- Si estas de acuerdo empiezo mañana, te levantas temprano, y mientras yo lijo las paredes, vos me cebas unos mates.
¿Te va?
- Si a vos te parece. -dijo sin mucho entusiasmo-
- Muy bien. – dije y salí antes que se arrepintiera.
La mañana se presentó luminosa, casi mágica.
El sol tibio se filtraba por entre las hojas tostadas de los álamos que limitaban la cancha.
Me vestí con ansiedad y salí al patio para ir a despertar a mi amigo.
Grata sorpresa, lo encontré con muy buen semblante, recién bañado y afeitado. El mate en la mano izquierda, el termo en la derecha.
- ¿Empezamos? – pregunté
- tengo ganas – contestó y agrego – “ayúdate, que te ayudaré”
- ¿Tanto crees en dios?
- Sí.
- Y ¿qué le pasó a tu dios que te tiene tan olvidado?
- Mi dios no me olvidó, mi dios está enfermo.
- ¿Enfermo? –pregunté con asombro
- Dios está en cada uno de nosotros. Mi dios está en mí, y enfermó con migo.
- Ayudate entonces.
- Lo voy a intentar.
Empecemos.

Y empezamos. Y hablo en plural por que lo hicimos juntos.

- ¿Guardo estas porquerías? – dije refiriéndome al putrefacto tesoro, que seguía ocupando intacto, la mesa negra intimándome.
- No. – dijo él y continuó – tiremos todo. Y me extendió una bolsa de basura donde habíamos juntado la mugre.
- ¿Seguro?
- Sí.
- Gracias.
- Gracias... ¿porqué?
- Por que la tentación es grande, y el deseo maldito.

Ángel no contestó.
Siguió trabajando hasta pasado el medio día.
Creo, a decir verdad, que ninguno de los dos sabía hasta donde podíamos llegar, sólo queríamos llegar, y esa pulsión de vida es lo que no nos dejó abandonarnos.
Almorzamos tardíamente unos sándwich y seguimos juntando las botellas vacías en unas bolsas y los cuadros en cajas junto con los libros.
Lijamos, piso y paredes.
Yo le conté sobre la isla, Matilde, Carlos y martín Oroño. Le hable de la libertad del alma, y del verdadero sentido del amor y la amistad, que ellos me habían hecho descubrir. Le conté también lo que sufrí y por que volví.
Hablé por que el tiempo del silencio se estaba disipando. Ángel había dado su primer paso. Y yo, manifestando mi experiencia me acercaba a él.
Al caer la tarde habíamos hecho la mitad del trabajo. Para el día siguiente sólo nos quedaba pintar.

Amaneció muy húmedo.
La necesidad de ángel se percibía ahora marcadamente.
Intente hacerme la tonta mientras le cebaba unos mates, que él, por compromiso aceptaba con las manos temblorosas y llevaba a sus labios resecos, para succionar el líquido.
Y sin mas ni más, como traído por los ruegos internos de mi amigo, se presento en el patio la figura del corte.
- Buen día. –dijo el punta- se te nota amigo, que me estás extrañando – agregó.
- ¿Trajiste algo? – pregunto ansioso ángel mientras yo escondía la mirada y callaba.
- Traje. Es una maza.
- No traigas mas – contestó ante mi sorpresa- cuando yo quiera algo, sé donde encontrarte.
- ¿Qué te pasa vieja? ¿te hiciste evangelista?
- Si supieras las ganas que tengo de meterte las manos en los bolsillos para arrancarte la mierda que traes, tomarla toda..., pero toda. Para llegar al final de una buena vez.
El corte lo miraba estupefacto y yo apretaba las mandíbulas para no decir nada, por que si llegaba a hablar, seguramente hubiese dicho lo mismo que acababa de decir mi amigo. La necesidad tiene cara de hereje, y en nombre del vicio cualquier herejía es válida.
- Si no tenés vento – insistió – me garpas mañana.
- Te dijo que hoy no – intervine – si mañana te necesitamos, él sabe como encontrarte.
- Parece que el chavón se encajetó con una caretona.- le dijo al fusa que presente en la escena no había articulado palabra-
- Parece pibe que no entendiste – habló por fin- dijo que si te necesitaban te iban a llamar.
- Ok K, espero fiera que no me tengas que ir dentro de un rato a patear la puerta.
- Eso también espero yo. – contesto Ángel, y mientras el maleante salía, mi amigo embocó la biga que sostenía el alero del patio con un furioso puñetazo. Luego se desparramó en el suelo.
Me arrodillé junto a él.
- ¿Porqué lo hiciste?
- Por que vi la tentación en tus ojos- respondió tembloroso, apretando bien los dientes.
- ¿Lo hiciste por mí?
- Por vos y por mí – contestó mas sereno y otra vez en su mirada estaba la mirada de Matilde – estuviste a punto de ceder, ¿no?, A mí si que no me podes mentir.
- Sí, todavía soy débil. Y creo que nunca voy a dejar de serlo.
-me tomó de la mano-
- Te estás ayudando y me estás ayudando. Él también nos ayudará. –dijo elevando la mirada y continuó- si no aguanto mas y quiero merca, voy a ir a patearle la puerta al corte o a cualquiera que me pueda habilitar. Yo voy a ir a buscar para mí. Para terminar haciendo la gilada que hicimos tantas veces. Para terminar escondiéndome, donde nadie me vea, por vergüenza y por que no quiero ver a nadie. Para que no me veas. Para no tentarte. Para que sigas siendo mi bastón y mi esperanza. Si vos te quebrás, todo se quiebra. Si tu seguridad se termina, mi vida se termina. O ¿cuánto tiempo más, te crees vos, que puedo seguir así?. Conciencia: no me queda mucho. Y cuando me pongo como estaba cuando llegaste, no me importa mucho cuanto me queda. Al contrario quiero acelerar el proceso para sufrir menos. En cambio cuando estas vos... no sé si por el cariño que te tengo, o por respeto, o por que sé todo lo que te paso y lo que sufriste por toda esta mierda, que siento en el fondo de mi alma que te debo una, y esa una es simplemente no caerme, para que no te caigas. – mientras continuaba con su monólogo me apretó mas fuerte la mano- y si no puedo, y si me caigo te prometo que no me vas a ver. Seguro lo vas a notar, pero no voy a dejar que la duda a vos te vuelva a asaltar. No sé si alguna vez voy a poder quedar limpio, pero mientras vos estés acá, por una lógica del corazón, y no de la razón, simplemente tengo que mejorar.
“Levántate y anda” –dijo, y terminó-


-
A veces uno más uno es uno


Anduvimos.
No siempre juntos. Pero siempre unidos.
No siempre mirando el mismo paisaje. Pero siempre viendo el mismo cielo.
No siempre protegidos. Pero siempre protegiéndonos.
No siempre nos asechaban los mismos espectros. Pero siempre teníamos el mismo sueño.
No siempre próximos. Pero siempre alcanzándonos el alma.

Anduvimos lento. A veces tropezábamos, lo bueno era que, tropezase quien tropezase, caíamos los dos. Y nos ayudábamos el uno al otro para levantarnos.

Poco a poco, con Ángel y el Fusa fui aprendiendo los secretos de la cría de pura sangres.
Los sacaba de vareo les daba de comer y cuando veía que “Trasnochado Gold”, ó “ Coca Vip” tenían algo raro, consultaba inmediatamente con mi amigo, que de tanto andar con equinos sabía más de sus dolencias que los propios veterinarios.
Para vivir, sacábamos dinero del banco. Una cuenta que abrió el Fusa a su nombre, con el dinero que le quedaba a Ángel. (Nada del otro mundo. Apenas unos pesos que se salvaron de las garras de Gaicedo, su antiguo socio)
No la pasábamos bien y la plata no alcanzaba. Deudas, embargos y cartas documentos recibíamos a diario.
Tenía que encontrar la forma para que zafáramos. Era el momento.
Los caballos parecían estar en buena forma. Sus tiempos se reducían. Pero para mantenerlos necesitábamos del vil metal. Y si queríamos que alguno de ellos llegase a correr, teníamos que invertir más.
Pero... ¿de dónde?
Este era el momento de encontrar un mecenas. ¿Quién?

Ángel se cuidaba. Destinaba mucho más tiempo en su trabajo, que en los vicios. Había mejorado. No es que se haya curado. No. De esta mierda absolutamente nadie se cura de manera total. Pero su vida había empezado a retomar el camino que lleva al straid. De todas formas una vez por semana, agarraba la canaleta y volvía con el sol estrenado la mañana.
Estoicamente llegaba sereno, tomaba dos aspirinas, un litro de agua y se ponía a trabajar.
¿Dormir?, Después había tiempo. Después de atender el trabajo, dormía.
Se empezó a sentir capaz de llegar donde ya había estado una vez. Se volvió a sentir capaz de ser el dueño del haras que produjo más ganadores durante dos años consecutivos.
Por eso hacía mérito. Por que sin darse cuenta su ego iba creciendo con el correr de los días. Y si bien físicamente necesitaba la cocaína, empezó a comprender que había vuelto a experimentar, sentimientos y sensaciones que tenía completamente olvidadas.
Yo lo sentía seguro, y me sentía segura.
Él me sentía segura y se sentía seguro.
Una simbiosis perfecta.
Una sociedad para la vida.
Pero parece ser que esta vida, sin peculio es sólo privaciones y utopías inaccesibles.
Era el momento, tenía que encontrar un benefactor.
Todas las noches me iba a dormir, mirando con orgullo la mejoría notable que fuimos capaz de hacer en el lugar. Y le pedía a Matilde que me ayudase a encontrar la forma de terminar con la miseria.
Una noche de tantas, en las que Ángel desaparecía, después de dar muchas vueltas en la cama, por que cuando él salía a mí se me hacía verdaderamente difícil dormir, tuve un sueño:
Me soñé cantando. Sobre un escenario en penumbras.
El fuelle de Betsaida me acompañaba.
Cantaba “Vengo” mientras Ángel me miraba desde una mesa instalada en una ubicación preferencial. Esa mesa, no era cualquier mesa. Ese boliche no era cualquier boliche.
Yo estaba cantando en el boliche del Jefe, y este, junto con Ángel me aplaudieron, desde la mesa del dueño del lugar.
- ¡Bravo muñeca!!!!......- gritaba El Jefe-
Luego se ponía de pié y me invitaba a sentarme con ellos.
- ¿Sabes que te estuve buscando durante mucho tiempo?
- Le hacia falta una cantante como yo- respondía-
- No sólo por eso.
- Y ¿porqué? Entonces.
- Para agradecerte la mano que me diste muñeca. Yo puedo ser un desgraciado, pero nunca olvido a alguien que hizo con sus propias manos, lo que yo, hombre supuestamente poderoso, no me animé a hacer las mías. Por eso necesito premiarte.
- Lo que hice no merece premio.
- Tomá.
Ustedes lo necesitan.
Y se fue dejando un portafolio forrado en piel de reptil, sobre la mesa cubierta con un mantel de terciopelo escarlata.
Y desperté.
Desperté con la certeza de saber quién era el mecenas que necesitábamos.
Con una fluyente ansiedad adrenalínica me levanté, y me vestí. Era de madrugada y faltaba poco para el amanecer.
Por supuesto Ángel no había regresado aún.
No lo esperé.
Una humedad pegajosa llenaba el aire frío, que aún no se dejaba convencer de que la primavera estaba haciendo pié en la cancha.
Salí del Cotorro y caminé por las callecitas que llevan a la salida de La Villa Hípica. Se escuchaban a mi paso, murmullos de radios madrugadoras y de peones que mientras se informan las nuevas del día, entran en calor en una rueda de amargos. Fui hasta Dardo Rocha y doble para cruzarme luego con México y llegar así hasta el boliche del Jefe.
Entré.
Todo estaba igual.
El mismo estaño.
Los mismos parroquianos.
Las mismas putas.
Las mismas caras de piedra y whisky.
El mismo olor a humedad y alcohol.
El mismo escenario.
El mismo amor... y el mismo odio.
Todo seguía igual, sólo era yo la que había cambiado.

Desde la entrada se distinguía, en el reservado, el perfil de Ángel que conversaba continuamente con dos tipos más, a los que no reconocí.
No vi al “empresario” en su mesa.
Me escabullí, por un pasillo, a la trastienda, sin ser advertida.
A un lado el baño de damas, al otro lado el de caballeros, y frente a mi una pureta roja con un letrero que decía “Privado”. Por allí entré. Frente a mí, otro pasillo daba acceso a las habitaciones llamadas por los parroquianos “cavernas de fiesta”.
Podía escuchar desde allí música, gritos y carcajadas de hombres y mujeres que son lo que yo fui.
Me avergoncé.
Cerraba el pasillo a la izquierda una puerta diferente a las otras, que sólo eras puertas baratas enchapadas en madera. Esta era de caoba maciza. Decorábala una manija de bronce lustrado, con la forma de una garra. Y en la parte superior, a la altura de mi cabeza, coronaba la abertura un llamador del mismo material.
Golpee.
- Sí – respondió el hombre-
- Necesito hablarle.
No sé si se acordará de mi.-dije mientras el Jefe, más gordo y canoso de cómo lo recordaba yo, me abría-
- Nunca podría olvidarme de una muñequita tan sufrida.
Entrá.
Entré.
El cuarto del Jefe, al que nunca antes se me había permitido el paso, no era un dormitorio común.
El gran ambiente estaba semi- dividido en dos por una gigantesca colección de discos de pasta, acomodados con esmero en un mueble de caoba, especialmente construido para ese uso.
A un lado del ostentoso menaje se depositaba una mesa: La parte superior en cristal, al estilo de las antiguas grisallas góticas, formaba una hermosa figura cubista, y para resaltar las formas, una caja de caoba con luces hacia de contra mesa. Las patas dibujaban garras de bronce. Sobre el “tablón” se destacaba un fonógrafo antiguo de impecable estado.
Al otro lado, un escritorio en la misma madera y dos sillas, una a cada lado: patas y apoyabrazos de bronce, y los tapizados en terciopelo rojo.
Sobre la pared que enfrentaba al escritorio colgaba insensible un “Petorutti” auténtico.
Una fantástica araña medieval pendía del techo. Más allá del mueble que contenía los discos se ubicaba el dormitorio propiamente dicho: una cama gigantesca en el medio del cuarto, cubierta de almohadones y cobertores forrados en cedas rojas y púrpuras. La cabecera de bronce enroscado, se distinguía esplendorosa desde la entrada.
Sobre la pared izquierda se destacaba un bar maravillosamente provisto de todo tipo de bebidas importadas. La barra formaba un semi – círculo y estaba sostenida por una gruesa pecera que contenía especies exóticas. Un mundo dentro de otro. La vida siempre prevalece, aún en la oscura densidad de aquellas sombras.
Detrás del lecho se alzaba una ventana radial, a la manera de un rosetón del “Rayonnant”, incrustada en infinidad de pequeños cristales coloridos, que iluminaban misteriosamente el recinto.
Una espesa alfombra carmesí completaban la suntuosa decoración.
- Te estaba esperando.- continuó.
- ¿A mí? – pregunté mientras mis ojos se regocijaban con el majestuoso buen gusto que se desnudaba ante ellos.
- Sí muñeca. Me quedé con las ganas de darte las gracias por aquel asunto.
- No merezco las gracias de nadie. Lo que hice fue una locura.
- ¿Lo harías otra vez?
- Si le dijera que siento culpa, le mentiría.
No sé si lo volvería a hacer. No sería necesario. De la manera en que cambié mi vida es imposible que me viese involucrada en una situación similar. Y además creo que si no hubiera estado tan pasada de rosca como estuve aquella noche, no hubiese llegado donde llegué.
- Pero pasó, y te la debo.
- Yo también le debo el haberme abierto la cancha ante las autoridades.
- Eso no fue nada.
Acá el tema es que yo tuve que mandar a ese gil a hacer lo que yo no podía. El otario ni siquiera supo ganarse el mango. Te admiro, vos lo hiciste por honor.
- No fue por honor, fue por impotencia.
- Yo también me sentí impotente y sin embargo no tuve el coraje para vaciarles el cargador en la cabeza a esos dos hijos de puta.
- En realidad yo no vine para hablar de esto-dije para dejar el asunto-
- Ya sé.
Sé para qué viniste.
- ¿Qué sabe?
- Que viniste a pedirme ayuda.
- ¿Tanto se me nota?
- No te sientas mal muñeca. Yo te creo una potranca con muy buen aplomo. Jamás me pediste nada. No te vendiste, no te regalaste, siempre “la” conseguiste con la tuya. Eso marca tu gran performance. Te bancaste todos los chubascos sola. Sé que si me pedís no es para beneficiarte vos personalmente. Si fueras de esa monta, lo hubieses hecho antes. Y yo, que estoy bien curtido de esas yeguas, no te estaría escuchando.
Ángel me contó hace meses de tu reaparición y cuanto hiciste y haces para mejorar su vida.
¿Sabías que hace años lo eche?
- ¿Se pelearon?
- Sí.
Cuando él estaba tan zarpado y perdió todo lo tuve que echar: Una noche, lo vi muy mal y me sentí culpable de todo lo que le estaba pasando que quise hacerle un bien y me negué a venderle. Tu amigo se descolocó e hizo un desastre en el local, rompió mesas, sillas, botellas, le pegó a un tipo que no tenía nada que ver y dos de mis hombres lo sacaron a la calle aconsejándole de mi parte que no regrese hasta que pare un poco la rosca.
El Corte que fue y sigue siendo un buitre, se enteró del incidente, y decidió hacerlo su principal cliente a domicilio.
No volvía ver a Ángel hasta que El Corte desapareció del stud.
Una madrugada llegó y me pidió disculpas. Las acepté por que lo sentí cambiado. No soy psicólogo pero tengo mucha calle, y supe al verlo que había llegado el momento de devolverle algo, de todo aquello que le habían robado.
- Y ¿qué será lo que usted le quiere devolver?, Por que a mi entender, tanto lo que perdió él como lo que yo perdí no tiene devolución.
- Tal vez tengas razón, pero dejame que te cuente.
- Venga.
- ¿Te acordás de la “máquina blanca”.
- ¿”máquina blanca”...”máquina blanca”...
Sí, “Farmer”. Que pedazo de tordillo era ese ¿no?
- ¿Sabés que decía Jorge Valdivieso de él?
- No. ¿Qué decía?
- Decía que ese tordo tenía magnetismo. Que tenía poca pata, era seco de anca, pero que corría a corazón y corazón.
- Y... ¿qué tiene que ver el “Farmer” con Ángel?
- Yo siempre creí que tu amigo era como el “Farmer”, había que dejarlo descansar un tiempo y darle una segunda oportunidad, por que su vida es correr a corazón y corazón. Y por tener corazón entre la merca y el socio se le llevaron la esperanza.
Creo, que gracias a tu ayuda el momento de esa segunda oportunidad llegó. Con un poco de inversión puede ganar la carrera, otra vez, de punta a punta.
- Yo también estoy segura de eso.
- Yo siempre estuve seguro de eso. Y por eso cuando Gaicedo lo estafó y se quedó entre otras cosas con la mujer, los hijos y las propiedades de Ángel yo le compré a ese perro hijo de puta el haras a muy buen precio. El trampista estaba apurado por vender todo para mandarse a mudar con la guita y toda la parentela usurpada.
- No sabía que le interesaba la cría de caballos de carrera.
- No me interesa. Yo sólo apuesto. Que gracia tiene apostar si vos criaste al equino y sabes a ciencia cierta si va a ganar o perder.
- ¿Y para qué compro?
- Para que cuando fuese el momento, mi hombre “Farner” tuviese su segunda oportunidad. Acá tenés el título de propiedad de haras a nombre de Ángel. Desde hace un mes lo están restaurando para que cuando lleguen las cosas estén en orden.
- Jefe... es demasiado, para no pedirnos nada a cambio.
- Por quién me tomaste che. Lo único que quiero es devolverles algo a cada uno de ustedes. Es una forma de pagarle “al de arriba” una fianza para que no me mande de una a la caldera..
Yo me enriquecí con la desgracia y el vicio de ustedes y de tantos otros. Yo no voy a cambiar. No puedo cambiar. No sé vivir de otra manera. Pero sí, puedo ayudar para que otros que pueden cambiar, lo hagan. Pensá que me estás haciendo un bien a mí aceptando el campo y este cheque por doscientos mil hecho a tu nombre.
- No puedo.
- Podés muñeca, por que es tuyo. Vos te lo ganaste y además es lo que venías a buscar.
- Venía a buscar un socio, alguien que me tire una mano. Pero no puedo aceptar tanto.
- Yo no soy socio de nadie. Yo soy El Jefe y no me asocio. Lo mío es mío, y lo tuyo es tuyo. Y esto es de ustedes- dijo mientras acomodaba los papeles dentro de un portafolio forrado en piel de reptil, y continuó- No me deben nada acá termina nuestra conversación y nuestra historia. Si alguno de ustedes vuelve por acá significará que no supieron aprovechar esta oportunidad. – me puso el portafolios en la mano y me empujó hasta la salida de la habitación.
- Buena suerte – dijo y cerró la puerta.




Suele siempre sobrevivir el cobarde



Me encontraba pensando en Rodolfo, recostado en el camastro, cuando entró mi abogado.
- Oroño, amigo Oroño - se sentó enfrente de mí en la única silla disponible de la celda - las cosas se están complicando - estaba profundamente alterado y eso se notaba en la agitación de su pecho y la velocidad de sus palabras - cada día que pasa se complica más y más.
Me dio pena.
El pobre estaba perdido.
Imaginé que después de mi juicio, que iba a perder con toda seguridad, tendría que dedicarse a otra cosa.
Mientras sacaba un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón y se quitaba el sudor de la frente le contesté.
- Tranquilo, Dr., tranquilo.
Me miró como quien lo hace frente a un raro espécimen en un zoológico.
- ¿ Tranquilo? ¿ Me dice que esté tranquilo Oroño, amigo Oroño?
Sus ojos parecían dispuestos a levantar de sus orbitas tras un inminente estallido.
- Sí.
Se sonó la nariz con el pañuelo.
- Oroño, amigo Oroño, ¿ tiene idea del lío en el que estamos metidos? ¿ Lo tiene?
Volvió a secarse la frente.
Un moco verde esmeralda quedó pegado en su ceja derecha y él no pareció darse cuenta.
- Sí.
- Bueno y ¿ no le importa?
¿ Qué le podía contestar?
¿ Qué mi vida ya no tenía sentido alguno?
¿ Qué ya nada lograba movilizarme?
Estuve a punto de decírselo pero temí por el estado de su sistema cardiovascular.
- Lógicamente que me importa - logré mentirle de la forma más natural posible - no se imagina usted lo que me importa.
El hombre pareció sacarse un peso de encima.
Volvió a pasarse el pañuelo por la frente.
El moco le quedó justo en el medio, como un tercer ojo bastante poco atractivo.
Suspiró.
- Me alegra escuchar eso de sus labios Oroño, amigo Oroño. Sus silencios y su falta de interés me hacían temer por su futuro. Lo notaba tan vencido que, por un momento, llegué a pensar en que no le interesaba el desarrollo de la causa que lo tiene de acusado.
Había conseguido engañarlo.
Iba a agregar algo pero se me adelantó.
- Oroño, amigo Oroño. Las cosas no andan bien. Los testigos que vivían con usted en la isla siguen sin aparecer y si bien el cuerpo de su esposa, por un lado nos dice en la autopsia que la muerte se produjo en la época que usted ha declarado, por el otro no aclara nada sobre la causa y, como usted se imaginará, este oscuro punto es el que más satisfacciones le brinda a la retorcida mente del fiscal - se detuvo para tomar aire - la verdad, llevo dos noches sin dormir y de acá al lunes, primer día del juicio, solo restan tres días. Para colmo de males, es la segunda vez que se aplica la nueva reglamentación del juicio público y siendo las causas que lo trajeron aquí tan, digamos, originales ya se han acreditado periodistas de todos los medios más importantes incluidos los canales de televisión. Oroño, amigo Oroño, creo que lo van a transformar en un segundo Monzón. No tengo dudas de ello. Y ¿ sabe cual es mi temor más grande? - no me dejó contestar - que aparezca otro cartonero Baez y las cosas se vayan a cualquier lado.
Cuando terminó volvió a pasarse el pañuelo.
El moco desapareció por fin.
- ¿ Qué Monzón? - le pregunté dudando.
Mi pregunta lo descolocó.
- ¿ Cómo que Monzón? ¿ No lo recuerda? El boxeador. El campeón mundial. Ese que mató a su mujer en Mar del Plata. ¿ Dónde estaba usted cuando pasó todo eso, en una burbuja? - parecía enojado.
- No, en una burbuja no. En mi isla nomás.
Por el rojizo tono que tomaron sus mejillas supe que, el darse cuenta de la metida de pata que acababa de hacer, no le gustaba cometer errores.
- Discúlpeme Oroño, amigo Oroño. No recordaba su aislada vida en el Delta, discúlpeme.
Dicho esto se largó a un breve monólogo en el que fue explicándome, paso a paso, la historia de aquel crimen y el juicio que le siguió.
- Y, ¿ qué le parece?
A lo largo de sus palabras había dibujado en mi mente todas las escenas del circo que, sin dudas, habían representado aquellos hechos.
Algo se movió dentro de mí.
Nada me importaba.
Sin Matilde ya nada tenía sentido.
Pero ser pasto de las fieras no me gustaba.
No.
Ese absurdo y mediático Via Crucis me producía arcadas.
Rodolfo se hizo presente en mi memoria.
Al fin y al cabo él había tenido más suerte.
Sin lugar a dudas su muerte era más privada, más suya.
La mía iba a ser terrible.
Me dieron ganas de putear.
No me importaba pudrirme en la cárcel.
Afuera no me esperaban nada ni nadie.
Pero ser destripado por el periodismo me daba mucha bronca.
Rodolfo había caído revolver en mano, defendiendo lo que creía justo. En cambio yo, inocente, me sentía un pobre cristiano servido en bandeja a los romanos leones.
En ese exacto momento supe que mi huída, junto a Matilde, había sido una mayúscula estupidez.
Sin lugar a dudas, aquella cobarde decisión, dictada por el mayor de los temores, de escapar tras esa desaparición de Rodolfo ( rápidamente confirmada por amigos en común como asesinato) encontraba al fin su castigo.
Sentí correr unas lágrimas por mis mejillas.
Nadie escapa a su destino, nadie.
Era verdad aquella frase de que el valiente muere una sola vez y el cobarde miles.
Era culpable.
Sin dudas lo era.
Y no una vez.
No.
Lo era por dos veces.
Una por escapar.
Y la otra...
La otra acababa de transformarse en una buena patada en los huevos.
Sí.
Ya no podía mentirme más.
La crisis de llanto explotó en aquella celda y frente a ese abogado que, atónito, no sabía como calmarme.
Cobarde.
Cobarde.
Cobarde.
Mil veces cobarde.
Cobarde por haber escapado.
Y, lo que era peor, cobarde por haberle fallado a Rodolfo.
Si.
Estaba tentado a pararme y gritarlo a los cuatro vientos.
Que se supiera de una vez por todas.
Yo era el culpable de la muerte de Rodolfo.
Sí.
Yo era el asesino de Rodolfo Walsh.
Yo.
Y el destino me alcanzaba al fin.
El miserable destino del cobarde.
De ese cobarde al que su amigo de años había llamado aquella tarde del 24 de marzo de 1977 para pedirle una mano.
Una mano que no le di.
En mi cerebro comenzó a reconstruirse esa charla telefónica
Recuerdo que estaba pintando un encargo de la Marina, algo que tenía que ver con un barco y el océano, cuando sonó el teléfono.
- Martín, soy yo, no me nombrés.
Era él, no podía equivocarme aunque su voz sonaba un poco acelerada.
- Quedate tranquilo. ¿ Dónde estás?
- No importa donde estoy.
- Parecía nervioso.
- ¿ Estás bien?
- Tardaron unos segundos en contestar.
- Todo lo bien que puede estar un tipo al que le mataron la hija y le hicieron pelota la casa.
- Casi se me cae el teléfono de la mano.
Pensé en aquellas chicas que tanto habían jugado conmigo en esos largos veranos en el Tigre, y en especial en la más chica que era una morocha divina.
- ¿ Cómo decís? ¿ Mataron a Patricia?
- Otra vez se produje un silencio.
- No. A Maria.
Traté de imaginarme lo que sería la muerte de un hijo.
No pude.
- No sé que decirte, viejo.
- Lo sentí suspirar a través de la línea.
- Nada, no digas nada. La guerra es la guerra viejo. Que le vas a hacer.
Parecía vencido.
- ¿ Te puedo ayudar en algo? ¿ Guita tal vez?
Pensé en que debía querer escapar.
- No, guita no, necesito otra cosa.
- ¿ Que?
Otra vez me pareció que buscaba las palabras exactas.
- Que me dejés parar unos días en tu casa.
Ese fue, sin dudas, el momento de mi vida que, sin saberlo entonces, marcaría un antes y un después.
Tendría que considerarlo como el día cero.
Mi respuesta no estuvo a la altura de las circunstancias.
- No. En mi casa no puedo viejo, acá me conocen todos y, ¿ mirá si me están vigilando?
Rodolfo tenía todo calculado.
- De eso no te preocupés, voy disfrazado y listo.
- Yo no.
- No, viejo, pedime otra cosa eso no, no puedo.
Tenía unas pelotas así de grandes Rodolfo.
- Martín, pensá en lo que estás diciendo. Estoy jugado, es cuestión de vida o muerte. Dame una noche aunque sea, una.
Lo imaginé conmigo y a un grupo de tareas entrando a las patadas en plena madrugada.
Opté, como el cobarde hijo de puta que era y seguí siendo después por prostituir mi miedo.
- No, pedime otra cosa, eso no. Guita si querés.
Me pareció escuchar una puteada en voz baja.
- Ya te dije que guita no necesito. Te lo pido por favor, una noche. No sé por qué pero estoy seguro que andan por acá. Si no es hoy será mañana pero estos hijos de puta andan pisándome los talones. Una noche.
De haber sido un tipo distinto al que era Rodolfo, habría jurado que una súplica se escondía detrás de su voz.
- No, no puedo.
Como pude ser tan hijo de puta.
Como.
- Martín, me estás entregando atado de pies y manos.
Había resignación en aquella respuesta.
- No puedo, pedidme otra cosa.
Una mierda.
Fui una mierda.
- No necesito otra cosa, necesito eso nomás.
El que me contestó era un hombre de verdad, no como yo.
- No puedo. No puedo.
Hijo de puta.
Cagón hijo de puta.
Eso fui yo.
Un reverendo cagón hijo de puta.
- Que Dios te ayude Martín. Gracias igual.
Fue la última vez que escuché su voz.
Esa voz sin rencores.
Esa voz que se despidió de mí y que hoy me suena como un perdonalo, no sabe lo que hace.
Fui un cobarde.
Mejor dicho.
Lo era.
Y como buen cobarde terminé llorando sobre el hombro de un confundido abogado que me consolaba al oído.
- Oroño, amigo Oroño. No llore. Algo vamos a inventar. No llore. Yo sé que usted es inocente. Lo sé.
Seguí llorando un rato más.
Por Rodolfo.
Por mí.
Y por ese ingenuo abogado que me repetía " lo sé, lo sé " y no sabía nada.






Con la frente bien alta parten los guapos



Ya llevo tres días perdido.
Perdido dentro de mí.
Ausentes las grises paredes de mi celda y los barrotes, los pinceles y las telas, mi abogado, el camastro de duro colchón, el inodoro en un costado, la tosca mesa y los gritos e insultos de presos y guardianes.
Puedo asegurar que hasta Matilde, mi Matilde está, a medias, ausente.
Un solo tema gira sin control en mi cerebro.
Rodolfo.
Y yo.
Yo.
Y Rodolfo.
Y esa terrible verdad de haberlo dejado solo.
Una noche me había pedido.
Una sola.
Y, cobarde de mí, me había negado.
Una noche.
Justo esa, en la que cayeron a buscarlo.
Casi cuarenta tipos.
Cuarenta.
Centenares de disparos.
San Vicente, ese San Vicente tan querido por Rodolfo, había visto interrumpido su descanso.
Arma en mano mi amigo, defendiendo lo que él creía justo, y habiéndole entregado ya una hija a esa causa y yo, a unos kilómetros de allí encerrado en el estúpido cascarón de los cobardes durmiendo a fuerza de pastillas mientras los otros se desvelaban a puro plomo.
¿ Cómo pude ser tan cobarde?
¿ Cómo pude ser tan poco hombre?
Una noche me había pedido.
Una noche.
Esa en la que lo mataron.
Esa en la que no quise darle refugio.
Esa en la que me encontré, por primera vez en mi vida, frente a frente con la basura que soy.
Claro, que en ese momento no tuve la suficiente valentía mental que ahora, pedido todo, aparece a poner las cosas en claro.
A decirme que todo lo que me ha sucedido es justo.
A mí, que he insultado a Dios por las noches cuando Matilde era un extraño cuerpo pudriéndose en la isla.
A mí, que me negué a atender a Patricia, a esa pobre Patricia que lloraba por su padre haciéndome el que no podía escuchar nada para colgarle diciendo que los teléfonos de ENTEL eran una mierda.
Una mierda era yo, que, un rato después dejé sonar el aparato hasta que la pobre Patricia, cansada de insistir, abandonó el intento de ponerse en contacto conmigo.
¿ Cómo pude obrar así?
Él era mi amigo.
Siempre lo había considerado mi amigo.
Y él a mí.
Pobre Rodolfo.
Él debía ser mi amigo, lo debía sentir así.
Pero yo no era nada.
Solo un absurdo pintor que hacía un culto de la amistad de la boca para afuera ya que, cuando fue necesario probar esa amistad no tuve las pelotas suficientes.
Rodolfo.
¿ Que habrá pensado cuando me negué a darle cobijo?
Pienso en la resignación final de su voz, antes de cortar la comunicación y creo que, en ese instante en que para él todo era un arrimarse a la frontera que separa a los vivos de los muertos, me perdonó.
¿ Habrá sido así?
O esta manera de pensar es lo que necesito para no intentar un suicido, que será en vano, cabeceando con fuerza las paredes de mi celda.
Recién ahora me doy cuenta de que necesito ese perdón.
Ya sé, un poco tarde, pero tengo que aferrarme a su perdón final.
Para no enloquecer del todo.
Para no terminar creyendo que la muerte de Matilde, como la de Rodolfo también es mi culpa.
Por que si Dios existe, cosa que siempre he puesto en duda y ahora no sé que pensar, también tiene que existir un castigo a los pecados.
Y lo que hice con Rodolfo es un pecado.
Y por lo tanto, la muerte de Matilde es mi castigo.
No.
No.
¿ Porque pienso esto?
No.
No.
No puede ser así, la historia no debe terminar así.
Ser el asesino de dos personas a las que tanto he amado sería mucho para mi pobre cuerpo.
Para este pobre cuerpo que ya ha sido perseguido, encerrado, hasta vejado aquí en este espantoso penal.
Para este pobre cuerpo al que todavía le falta la vergüenza pública ante una sociedad que sólo pide pan y circo.
No.
Yo no maté a Rodolfo.
Le negué mi ayuda, nada más.
Otros habrían hecho lo mismo.
Claro.
Exacto.
No.
No.
Soy un absurdo hijo de puta al pensar de esta manera.
De haber sido las cosas a la inversa, Rodolfo se hubiera jugado las bolas para defenderme.
Aún a costa de su propia vida.
Sí.
Rodolfo lo hubiera hecho.
Por que él era un verdadero hombre.
Jugándosela por sus creencias.
Ante otros que también lo hicieron por las suyas.
Eso fue una guerra.
Dos bandos luchando por lo que creían justo.
Matando y muriendo.
Y en el medio, transformado en un inmenso ni, estaba yo.
Es verdad, no estaba solo.
Fuimos muchos los que debiendo tomar partido, para un lado o para el otro, no lo hicimos.
Dejamos que las cosas sucedieran.
Esperamos un ganador al quien, una vez victorioso ofrecerle nuestros aplausos.
Aplausos que nunca llegaron por que, aún hoy, tantos años después, nadie ganó, perdimos todos.
Los de una vereda, los de la otra y nosotros, los del medio.
Los dos bandos, en conjunto, perdieron la vida.
Y los ni, la vergüenza.
Y un pasado sin manchas.
Y una sociedad.
Y un país.
Este pobre país nuestro que hoy es un espectro que apoderándose de un tonto gaucho, en cuyo sombrero puede leerse Mundial 78, vaga en las tinieblas de un sur demasiado oscuro y lejano con una amarillenta y gastada foto del Che en una mano y un corazón en la otra que les dice, a los que ya no nos creen, que somos derechos y humanos.
Ya no somos nada de eso.
Solo ha quedado la vergüenza.
Esa vergüenza de haber sido y ya no ser como tan bien cantaba Katia en aquellos veranos que prolongaban a las tardes junto al río.
Y lo peor es que estamos vivos.
Vivos he impregnados de vergüenza.
Y, lo que más nos perfora el estómago es el saber que la muerte viene, nos busca y se va, pero la vergüenza no, la vergüenza es eterna.
Tan eterna como la culpa.
Como la culpa que siento.
Esa que me hace caer los brazos los costados para dejarme morir.
Esa que me obliga a replantearme que soy un asesino.
Y por partida doble lo soy.
Rodolfo y Matilde, desde sus mudas tumbas lo están gritando.
Y no me importa que haya miles que los escuchan.
Solo me importa que yo los escucho.
Noche y día lo hago.
Y creo, que como he pecado, ni siquiera una locura instantánea vendrá en mi ayuda.
Estoy solo.
Soy un asesino.
Y merezco este castigo.
Lo merezco.



Desoyendo consejos


Sé que lo hice.
Soy el único responsable.
El pobre abogado me lo había advertido.
- Cuente hasta diez, amigo Oroño, antes de contestar. Mire que todo lo que diga va a quedar escrito y después se le puede hacer contra.
- " Todo lo que diga podrá ser usado en su contra "
Parecía el texto de una película barata.
Y lo era.
Es más, quizá todo sea una película barata.
El nacer.
El vivir.
El morir.
La religión.
El ateísmo.
El hombre.
La mujer.
Todo.
Y en especial ese juicio, el mío.
Y si, por que negarlo, me puse de pie y les grité ¡ Ridículos!
Podría haberlos insultado, puteadas no le faltan a mi vasto vocabulario, pero lo deseché por que no era una puteada lo que se merecían.
No.
Patear se putea al hijo de puta, al que te hace algo de muy mala leche.
Y ese no era el caso de ellos.
No.
Los que allí me rodeaban, jueces, fiscal, abogados, miembros del jurado, invitados especiales, curiosos y periodistas, esos periodistas que no paraban de fotografiarme y grabar todo lo dicho y los del canal de televisión, creían que yo era el asesino de Matilde.
De mi Matilde.
Y por lo tanto, no me quedó otra expresión que la de gritarles esa palabra.
Por que lo eran.
Sin dudas, eran un inmenso grupo de rídiculos al inventar en mí un monstruo criminal.
No pude, debido al escándalo que se armó, pero detrás del ridículos iba a llegar un ¡ payasos! Que no logré emitir.
Si, me cagué en mi abogado y sus consejos, y estallé.
Estallé como cualquier tipo normal lo hubiera hecho en mi lugar.
Lamentablemente mis previos temores se habían hecho realidad.
Menos de diez minutos de juicio me lo habían confirmado.
La sociedad, sin dudas aburrida de sus propios mambos, necesitaba una vía de escape, un bendito cable a tierra, y yo se los iba a proporcionar.
Todos mis temores, desde el día aquel en que había estallado en el muelle de Prefectura ante un bostezante fotógrafo, se cumplían. Ese juicio era un circo romano.
Los que me rodeaban hacían de leones.
Y yo era un pobre cristiano.
Pan y Circo, amigo Nerón.
Pan y circo.
La gente tenía determinadas necesidades insatisfechas que mi juicio y yo lograríamos mitigarles por un tiempo.
El tiempo justo hasta que otro me reemplazara en esta triste función.
Les grité.
Y no me arrepiento.
O quizá lo haga a medias.
Se merecían el grito.
Se merecían el mote que les regalé.
Y ellos recibieron el golpe.
Y lo devolverían.
Y como.
Con solo observar los rostros que me rodeaban pude darme cuenta de que mi expresión había acabado por liberar a los últimos buitres.
Espantosos buitres que se me abalanzaron.
Hubo un cuarto intermedio.
Se dispararon decenas de flashes.
El juez pareció dispuesto a saltar de su asiento para darme vuelta la cara de un golpe.
El fiscal clavó sus ojos en mí y supe que a partir de ese momento me había ganado un poderoso enemigo.
Los miembros del jurado se hablaron entre ellos, dando inicio, seguramente a partir de allí, a un sólido conjunto humano que no me demostraría mucha simpatía en un futuro.
Y, puedo jurarlo, mi pobre abogado me miró mientras unas lágrimas nacían en sus ojos.
No se como, ni exactamente en que momento, pero dos policías, tomándome fuertemente de los hombros, me sacaron de allí, llevándome, frente a las duras miradas de los que estaban en la sala, a un cuarto contiguo.
Mi abogado llegó detrás de mí.
- Oroño, amigo Oroño - su nerviosismo era evidente - ¿ Qué me hizo?
No me tomé el trabajo de contestarle, sólo lo miré a los ojos sin emitir palabra alguna.
- Oroño, amigo Oroño - le costaba respirar tanto que imaginé un posible ataque de asma. Pobre tipo sería lo último que podía pasarle - Oroño, no se quede callado diga algo. Explíqueme la causa de su improperio, él porque de ese absurdo insulto.
Seguí sin responderle.
- Oroño, diga algo. No sé. Puteeme a mí también si le sirve de alguna utilidad, pégueme una patada en los huevos, escúpeme, no sé, pero reaccione, trate de romper esa barrera que lo separa de mí. Soy su abogado, estoy aquí para ayudarlo. Quiero hacerlo, quiero evitarle la cárcel, hable conmigo, ayúdeme y yo lo ayudaré – hizo una pausa, pude ver que lloraba.
Por primera vez me dio lástima.
El tipo era sincero.
Demasiado bueno para ser abogado.
Seguí en silencio.
Lo vi sentarse en una viejo sillón que estaba junto a la ventana.
Hundió su rostro entre sus manos y el llanto se transformó en un ahogado lloroso.
Ese hombre estaba a punto de quebrarse definitivamente.
Decidí acercarme.
Le apoyé ambas manos sobre sus hombros y le hablé:
- Pare. No llore más, Dr. Tranquilícese.
Levanto sus enrojecidos ojos hacía mi.
- ¿ Para que quiere que me tranquilice, para qué? - estaba realmente vencido.
Fui sincero.
No sé para que. Tal vez porque no me gusta ver llorar a nadie.
El hombre sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón y se sonó la nariz.
¿ No le gusta ver llorar a la gente? Que bien. Que bien. Le aviso que usted hace todo lo posible para que yo explote, para que baje los brazos, para que me entregue. ¿ Que le he hecho Oroño, que?
Por primera vez desde que lo conocía me sentí mal, muy mal.
A mi memoria llegaron las imagines del día en que había llevado a mi celda los lienzos y las pinturas.
También la calidez que venía demostrándome.
Pobre tipo.
Caer en las manos de un hijo de puta como yo.
Sí.
Hijo de Puta.
Eso era yo.
No sólo con ese tipo.
No.
Con Rodolfo había obrado de la misma manera.
¿ Y con Matilde?
¿ Había hecho lo mismo con mi Matilde?
No.
Yo la quería.
Nunca había tenido dudas de eso.
Yo la quería.
Pero...
La había separado de su familia.
No ella se había querido marchar.
Pero...
¿ Y la influencia que mis actos habían ejercido sobre ella?
¿ De haber aparecido en su vida otra persona distinta a mí, con menos experiencia, más joven, de su misma generación, ella habría dejado a sus padres para secarse a una isla?
No era muy difícil imaginar la respuesta.
No.
Jamás habría escapado para terminar muriendo de la manera en que lo había hecho.
Yo era tan hijo de puta en este momento con ese abogado como lo había sido con Matilde en su momento.
Sin lugar a dudas habitaba dentro de mi un asqueroso dictador lleno de caprichos y dispuesto a que los que me rodeaban hicieran, conciente o inconscientemente, lo que a mi se me cantaban las pelotas.
Eso sí, era tan hijo de puta que las cosas iban en un solo sentido.
De los demás hacia mí.
Matilde había muerto sin atención médica, no yo.
Rodolfo se había quedado sin protección alguna mientras yo escondía a mis asustadas pelotas en el interior de unos cagados calzoncillos.
No me cabía duda alguna.
Era una mierda de tipo.
Y pensar que siempre había creído ser una buena persona.
Justa, honrada.
Honorable.
Estaba tan equivocado.
Era todo mi ser un excremento humano.
Había jodido a Matilde.
A Rodolfo.
Y a este abogado también.
¿ Que carajo me creía ser?
¿ Una extraña especie de Dios?
¿ De señor feudal?
¿ De Santo patrono?
No.
Era un insignificante plebeyo, el último quizá en la lista de un imaginario Reino y me sentía todo un Rey.
No podía seguir adelante con mí equivocada actitud.
Ya dos seres amados habían pagado con sus vidas el costoso precios de mis caprichos.
No era justo que este, que ante mí lloraba desconsolado, perdiera su futuro profesional y, seguramente su dignidad, por mi arrogante y equivocada manera de obrar.
- Nada - le contesté con una voz apenas audible.
Tan poco audible que casi no se me escuchó.
- ¿ Cómo dijo? - el abogado sacó su rostro de entre sus manos y me miró.
- Lo que escuchó. Usted no me hizo nada, nada malo por lo menos.
Su rostro pareció iluminarse.
- Oroño, amigo Oroño - se incorporó tomándome de los hombros - Por fin obtengo alguna respuesta de usted.
Como no supe que decirle, le obsequié una sonrisa como única respuesta.
- Oroño, amigo Oroño. ¡ Que bueno es verlo sonreír, que bueno! Debo interpretar por esta actitud que acaba de nacer en usted que de una vez por todas ha decidido confiar en mí y colaborar realmente con mi trabajo, con este trabajo mío que solo tiene como objetivo el demostrar su inocencia.
El hombre parecía haber dejado atrás su angustia.
Sentí que mi pecho parecía encogerse envuelto en una extraña sensación de angustia y nervios contenidos.
Muerta Matilde nada me interesaba ya pero este hombre no merecía ser mi tercera víctima.
No.
Era demasiado buena persona para que yo lo destruyera.
Creo que conté hasta mil antes de contestarle.
- Si, Dr., interprételo como eso. Disculpe por la estupidez que cometí hace un rato en la sala. No se repetirá. Quiero que me defienda. Quiero que gane este juicio. Quiero que me ayude.
El abrazo que siguió a mis palabras fue espontáneo de ambas partes.
Ni fingido por mí.
Ni fingido por él.
No podía darme cuenta aún pero, lenta e inexorablemente, acababa de entrar en una nueva etapa de mi vida.
El futuro, desconocido en su alma y su esencia, se abría ante mí.
Y por primera vez en mi vida había decidido abrirme a otra persona.
Yo, rey de los magos de la introversión, extendía mis brazos en cruz y depositaba mis dudas y temores en alguien.
Yo, que ante todo solía ocultarme como un absurdo y ciego topo en su guarida, quedaba por vez primera desnudo ante los hombres y, por que no, desnudo también ante ese Dios en el que nunca había, quizá en forma errónea, buscado ayuda alguna.


Algunos suelen tener un Ángel


El cielo, rojo – violáceo como el sexo, se tragaba sereno el eterno esperma del sol, para que la noche paciente geste, las luces del próximo día.
Sombras alargadas se desprendían de la alameda que bordeaba el camino de entrada al haras.
El descampado huele a tranquilidad, avena y aire puro.
El campo huele a tranquilidad.
Esa tranquilidad que Ángel y yo supimos conseguir.
Al viento las hojas como recuerdos secos
Al viento las crines del padrillo.
Al viento las esperanzas y las ilusiones por las que nos comprometimos a luchar.
Durante toda una vida transitamos caminos paralelos. Un solo sendero vemos en el presente, para recorrerlo “a corazón y corazón”
Ángel mi compañero.
Ni socios, ni esposos, ni amigos, ni amantes, ni hermanos. Si tal vez todo a un mismo tiempo, por eso es más exacto decir que éramos compañeros.
Se transforma tanto la percepción de la realidad cuando uno sinceramente cambia.
Ahora me doy cuenta que lo que creí amor, durante muchos años, no era más que una irónica payasada.
Sexo, pasión, vicio, sometimiento e impotencia.
Error.
El amor verdadero es templanza..., paciencia, continuidad, reciprocidad y trabajo.
Tal vez siempre estuve enamorada de él de forma inconsciente, por que mi admiración por Ángel nació cuando me di cuenta que se sabía ganar el tiempo y la complicidad, que el Chueco a mí, me negaba.
Ángel es el hombre que creció con migo.
El que me conoce bien, el que siempre supo ser amigo.
El que pasó por los mismos infiernos que yo recorrí.
El que no se encerró, como yo no me encerré, cuando una mano firme intentó sacarme de la mugre.
Ese es él, que se duerme abrazándome.
Ese es el hombre que amo.
Y estamos juntos, gestando pacientes, las luces de cada nuevo día
Compramos varios caballos.
Mi compañero tenía un extraordinario potencial para comprarlos baratos y rendidores. Los conoce con sólo verlos y fue así que nos hicimos dueños de unos equinos magníficos, que comenzaron a dar frutos antes de lo que yo hubiese esperado.
No hay mejor publicidad para un cuidador que las carreras ganadas, y fue por eso que muchos de los antiguos clientes de Ángel volvieron a confiar en él.
Nos dividimos el trabajo: El Fusa y yo administrábamos el haras, los peones, el veterinario, las cuentas y algunos fines de semana nos hacíamos presentes en las reuniones donde corrían nuestros pupilos.
Ángel hacia relaciones públicas y presentaba los caballos. Iba del haras al stud, del Cotorro a San Isidro, de San Isidro a Palermo y de Palermo a La Plata. Salía de mañana, llegaba de noche. A veces tarde, pero nunca de madrugada.
Ya no había más escapadas de madrugada.
Él pasaba las madrugadas con migo, y yo, con él.
De nada más necesitábamos.



El sol ya se había puesto cuando entre en el escritorio para leer el correo electrónico.
Muchas propagandas.
Muchas invitaciones.
Y una carta.
Para mí:

Katia:

Primero pensé que habías desaparecido un tiempo, hasta estar segura de que aquel asunto, no te traería problemas. Después que todo pasó por el bolsillo de El Jefe, no tenías razón para seguir evaporada, pero no apareciste y empecé a preocuparme.
Nadie conocía tu paradero.
Imaginé todos los argumentos que podías tener para no volver. Y como imaginación es lo único que siempre me sobró, imaginé también las formas en las cuales, podía haber terminado, ¿por qué no decirte? Tu vida.
Gracias a Dios, cuando ya me había acostumbrado a la idea de no volver a tenerte cerca, por casualidad compré un diario argentino, en Madrid donde hace ya muchos años que vivo, y en la página del turf encontré tu foto con Ángel, sosteniéndole las riendas a “Soy Isleña” la potranca del Cotorro que ganó El Pelegrini.
- ¡Bravo piba! -Diría el Fusa- vos sí que zafaste.
A partir de ese momento imaginé que si El Cotorro se había convertido en un stud tan importante, tenía que tener una página web y correo electrónico, si estas leyendo esto, amiga, es señal de que la encontré.
¿Qué como llegué a España? Es una larga historia que prefiero contarte personalmente.
Vos también tendrás mucho que contarme.
Estoy contenta, paré un poco con los vicios, gano bastante bien y me divierto lo suficiente.
Quiero escribir tu historia.
Quiero que vengas con Ángel a visitarme.
Tenemos mucho de que hablar.
Tenemos mucho tiempo sin vernos.
Tengo mucha alegría de saber que estás viva.
Quiero verte.

Ana Casali



Leí y re-leí el e-mail.
Ana en Madrid. La vida es tan caprichosa como sorprendente.
Varias veces en el tiempo que llevaba fuera de la isla, le había preguntado a El Fusa y Ángel si sabían dónde podía encontrarla. Ninguno supo responderme.
Yo también pensé que podría estar muerta, o tirada por ahí..., en algún hospicio. Tuve miedo de saber dónde estaba mi compañera de correrías. Sé que somos pocos los que salimos de donde salimos y podemos contarla.
¿Suerte?, No.
Voluntad, valor, amor, un toque de Dios: un milagro que cada uno puede construir, con la propia decisión de sucumbir a la desesperación, o salvarse.
No quiero confundir: no estamos salvados, pero hacemos todo lo posible para no caer.


Ángel llegó silencioso al escritorio, y mientras yo divagaba, él leyó la carta.
- No lo puedo creer- dijo-
- Ni yo- contesté y seguí con seguridad- quiero que vayamos a visitarla. Nos vendrían bien unas pequeñas vacaciones.
- Hay que arreglar asuntos, pero no me olvido que nos debemos la luna de miel. Suena casi estúpido ¿no?
- No suena estúpido compañero. Démonos permiso para disfrutar un poco.
- Muy bien señora, pero acá empieza.
- ¿Qué?
- La luna de miel.



El abrazo inundó el espacio.
Afuera en el campo: silencio.
Adentro de cada uno: paz.
Y en la alfombra, los que habían sido amigos, eran hombre y mujer entregándose la vida.
La vida que habían sabido recuperar.
Nada más contaba.
Nada más necesitaban.
Si el uno estaba con el otro, a nada habían de temer.
Los álamos se agitaron con el viento.
Los cuerpos se agitaron con amor.
El aire empujó la ventana entreabierta, haciéndola ceder.
El hombre empujó buscando, en la entreabierta fisura, femenina esencia. Ella cedió.
Un soplo caliente, se arremolinó en el interior del cuarto y volvió a empujar la ventana, para ahora sí dejarla totalmente abierta.
Cascadas de caricias enardecidas la desbordaban, y fue ella ahora la que empujó.
La lluvia mojó con frenesí los cristales, y dejó que el agua empapase las pieles.
El amor humedeció el interior del hombre y de la mujer para entregarse la vida que habían sabido recuperar.
En una semana arreglamos los asuntos pendientes y viajamos.
En Barajas Ana nos estaba esperando.
Nos abrazamos con intensidad, como si cada uno de nosotros hubiese salido con vida de una condena a muerte.
Ana se veía bien. Más delgada y rubia.
Estaba ansiosa y contenta con nuestra llegada.
Nos llevó a su departamento.
Un cuarto piso, enteramente pintado de color manteca que hacía resaltar los muebles geométricos de intensos colores.
Acomodamos primero nuestras cosas en uno de los cuartos, y nos cambiamos para cenar.
Aquella noche fue inolvidable. Hablamos tanto o más que si hubiésemos estado de rosca.
Ana contó su historia:
- Un día –dijo- me cansé de andar por los bares, sola, dando lástima y decidí mandar uno de mis cuentos a un concurso de narración erótica, que promocionaba una editorial española. El primer premio era la edición de un libro.
Cuando me había olvidado, entre whisky y cocaína, del concurso, recibí una carta que me reconocía como la ganadora.
Edité el libro, y tuve que viajar para la presentación.
Inmediatamente la crítica me aceptó.
Presenté el libro en Italia y Francia. La verdad es que no me puedo quejar. Gané buena plata, viajé por lugares que nunca había soñado conocer y encontré el coral en mi Río de La Plata.
Ángel nos miró con aire de no comprender.
Bueno-agregó guiñándome un ojo- parece que no soy la única, y yo que por este no daba ni un metálico usado- dijo señalando a mi compañero y siguió-
Santiago se llama el tío. Es el principal accionista de la editorial erótica más importante del país.
Salimos unas cuantas veces. Jodimos bien. Y por que no decirlo, fiesta completa: Droga y alcohol.
Al principio hicimos estragos. Cuando él me propuso colaborar con sus revistas, bajo un excelente contrato, que incluía la edición, de un pequeño libro mensual coleccionadle, las cosas cambiaron.
Los compromisos nos obligaron a los dos a ponernos las pilas, y hacer lo que nos convenía: trabajar.
Jodemos, nos divertimos y nos drogamos, pero menos.
Tengo compromisos con la empresa, pero lo que más me compromete es la gente.
Me mandan cartas, me reconocen en la calle y me piden autógrafos y esperan con ansiedad el segundo lunes de cada mes para comprar el librito.
Yo a ellos les regalo un buen momento. Les abro las alas de la imaginación y les enseño a usar la razón para conseguir placer. Les cuento cosas que nos pasan a todos y de las que por pudor no hablamos. En esencia le enseño a conocerse y aceptarse.
Y ellos me crean a mi un compromiso: si bien necesito vivir a mil para escribir con intensidad, también necesito estar de vez en cuando careta para poder cumplir con ellos-dijo riendo y continuando con su monólogo mientras que Ángel y yo escuchábamos atentamente, saboreando un buen oporto-
Por otra parte Santiago me dejó hacer. Que yo cumpla, para él, es un negocio, y un empresario se debe a eso.
- Si lo sabré yo- mechó Ángel- Si no es así, se va todo al carajo.
Hay que laburar, no queda otra. O mejor dicho la “otra” que queda es la ruina.
- A vosotros no se los ve arruinados- prosiguió Ana-
- Estuvimos.-contestó Ángel- Pero gracias a Dios y a Zaqueo pudimos repuntar.
- ¿Zaqueo?-preguntó Ana y yo continué-
- Ángel sigue con su costumbre de ponerle sobrenombres bíblicos a todos aquellos que se le cruzan en el camino. Zaqueo: El Jefe.
- El Jefe los ayudó.
- Zaqueo puso la plata, nosotros el trabajo para reconstruir el Stud y el haras.
- Entonces sois socios.
- El Jefe no quiere socios.
- Entonces no entiendo.
- Si leyeras La Biblia lo entenderías.-contestó Ángel-
- Tal vez lo haga... y vos me queréis decir ¿dónde te metiste todos estos años?- dijo mi amiga refiriéndose a mí y continuó- yo no sé si vosotros, pero yo necesito una buena jalada, el oporto me está pegando y es hora ya de dejar la formalidad de lado-
Sacó de una caja azul, que descansaba sobre un estante de la biblioteca una buena ración de cocaína.
- Servios. Convidó-
- Si no te ofendés –continué- pasamos. Hace rato que dejamos.
- No me ofendo, me imaginé que me dirían eso, y es por eso también que no me puse a tomar antes.
- Haga mujer como si estuviese en su casa.- dijo Ángel queriendo ocultar sus temores-
Me tomó de la mano para darse fuerza, lo sentía tentarse y tuve miedo. Sabía que mi compañero tenía ganas de salir corriendo, para no dejarse llevar, por ese “judas Tadeo”, que lo había traicionado.
Me miró, y viendo en mis ojos que si é caía, caía yo, me apretó fuerte la mano y dijo:
- Está esperando que le cuentes dónde estuviste.
- Contad che, no te hagáis la misteriosa- increpó Ana sin darse cuenta de todo el cortejo que estaba desatando-
Empecé pausadamente, y narré con detalle.
A medida que las pupilas de Ana se dilataban, las de Ángel, se iban decreciendo.
Recé para que el se durmiese. Sí Ángel descansaba, yo no temía. Si Ángel dormía, yo que veía por sus ojos, no advertía ese manojo de mierda que Ana insistía en aspirar una y otra vez.
Ángel se durmió en el sillón donde estaba sentado, con la copa de oporto en la mano, y una expresión de paz.
Conté mi historia, cuando terminé el sol empalidecía la noche.
Yo también terminé borracha y dormida en el sillón.
Cuando desperté, mi amiga tenía la nariz pegada a la ventana. Estática, una roca hubiese tenido mas flexibilidad en su materia. Aquella estatua que era, lo que yo fui.
Mas allá del cristal se extendía la ciudad, que no difería mucho de Buenos Aires. Nuestra Avenida de Mayo es como Madrid.
Madrid es Buenos Aires, y en la porteña ciudad los locos se quedan colgados de las ventanas de los rascacielos igual que en Madrid.
Ana no había cambiado demasiado al fin.
Ángel dormía en la habitación. Yo me recosté junto a él y con mis dedos le acaricié los labios, con voluntad de despertarlo.
Empezó a mover su cabeza, y yo seguí.
- ¿Qué?- reaccionó mi compañero sobresaltado.
- No quise asustarte- me disculpé-
- Perdón, dormí muy mal... –y dudo de seguir hablando, para luego continuar- quiero irme. Tengo mucho miedo, no se como me la banqué anoche.
Me sentí como Jesús en el desierto. No sé cuantas tentaciones pueda aguanta. Yo quiero mi ángel, seguir sirviéndote.
- Y lo harás.
No podemos irnos.
Sabíamos que la situación se podía presentar de esta manera, y sin embargo estuviste de acuerdo. Sólo te pido que pienses una sola cosa, si vos arrancas y yo te sigo... Si arrancamos los dos, usando las tus textuales palabras “ se va todo al carajo”.
Pero no le puedo hacer este desprecio, y además creo que esta es la última prueba, que tenemos que pasar. Si salimos limpios de esta, no habrá mas tentaciones.
Si salimos juntos, y limpios de esta “se acercarán los ángeles y nos servirán”
- Baja la voz, puede estar escuchando. Tratemos de salir. Hay tantos lugares que siempre quise conocer. No tenemos por que quedarnos todo el tiempo encerrados en el departamento. Pero no puedo irme. En nombre de todos los momentos buenos y malos que tuvimos con Ana, no puedo despreciarla.
- No creo que sea despreciarla.
- Yo creo que ella lo sentiría así.
Ana golpeó la puerta.
- Sí –contesté-
- Necesito decirles algo.
- Entrá –dije-
Entró
- No pude evitar escucharlos, perdonen.
Os escuché discutiendo, y vuestras palabras interrumpieron mi volada.
Estuve muy mal anoche. No quiero que se vayan. Mientras ustedes estén en Madrid, no va a volver a pasar.
Ángel que se había incorporado sus piró de agradecimiento.
- Puedo comprender cuanto os ha costado llegar hasta aquí. Créame, no quiero ser yo la que arruine todo. He avisado a Santiago que has llegado, y que preferiría no verlo hasta que vosotros regreséis a Buenos Aires, para poderme dedicar de tiempo completo a vosotros.
- Gracias.-dijo Ángel-
- No tenéis nada que agradecer, yo soy una desubicada.
Me voy a dar un baño y los voy a llevar a tomar un buen aperitivo a una tarasquería del otro lado de la Puerta del Sol.
Salimos aquella noche.
Visitamos en los días subsiguientes la ciudad, con su Manzanares y sus hermosos cielos “velazqueños”. Conocimos las diferentes Madriles: la medieval, la gótica, la churrigueresca, la barroca y la Madrid moderna. Recorrimos plazas, museos, paseos y palacios. Saboreamos platos típicos y hasta logramos con Ana, llevar a Ángel a bailar.
El temor de mi compañero fue disminuyendo, a medida que Ana demostraba que se sentía completamente segura de poder, cumplir la promesa.
Una tarde, mientras nos sacábamos fotos en la feria de La Plaza Mayor, El Fusa llamó y dejo el siguiente mensaje:

- “Piba, ni bien llegués, a cualquier hora que sea, llamame.
Creo que a un amigo tuyo lo engayolaron injustamente.”

Apenas volví me comuniqué con el haras.

- ¿Qué pasa Fusa?-pregunté con preocupación-
- Mira, resulta que anoche estaba escuchando el noticiero de las ocho y dijeron que ese tal Soroño, o Toroño amigo tuyo, estaba preso por matar a la minita que vivía con él.
- Soroño... Toroño... no conozco a nadie que se llame así.
- ¿Cómo no? El tipo que era pintor y que vivía en la isla donde vos estuviste guardada.
- No será Oroño-dije con sorpresa-
- Martín Oroño.
- No lo puedo creer.
- Te están buscando a vos y a ese Carlos, el de la isla, para que declaren.
Parece ser, que si ninguno de ustedes canta, el pintor se queda pegado.
- Viajo en el primer vuelo que tenga.
- ¿No deberías pensarlo?
- No hay nada que pensar, yo vi morir a Matilde. Mi hada se me murió en los brazos. Martín Oroño será un terco, pero no es un asesino.
- Pero esos tipos podrían revolver aquel asunto.
- No tengo miedo. Si para salvar a Martín tengo que sacrificarme yo, estoy dispuesta. De todos modos parece ser que no quedaron pruebas en mi contra. De otra forma ya me habrían salido a buscar.
- Como quieras, pero sigo pensando que...
- No pienses, llamá al Doctor Ibarra y decile que Katia Revial se presentará a dar declaración el juzgado pertinente a más tardar en cuarenta y ocho horas.
Un beso.
- Así sea.

Ángel y Ana se opusieron a mi regreso.
De todos modos, en menos de lo esperado Ezeiza estaba bajo nuestros pies.






En todos lados se cuecen habas


Y el juicio se detuvo en la extendida longitud de su cuarto intermedio.
Y con ello se detuvo también el mundo que me rodeaba.
Volví a quedar en mi celda.
Con mis pinceles.
Con mis lienzos.
Con los mil y un rostros de Matilde.
Y con la extraña sensación de ser un extraño en mi propio cuerpo.
Un extraño confundido por los acontecimientos.
Un extraño sin esperanzas, sin un nervio motor que derrame adrenalina, sin una causa lógica para vivir, un absurdo paria perdido en el profundo hueco de un cuerpo vacío, sin alma, sin Dios, sin religión, sin odio, sin amor, sin, sin, sin...
Cuantos sin...
Tantos como mis penas.
Mis tristes penas de haber llevado, y llevar aún, una existencia sin suerte, sin alegría, sin...
Y volvieron los sin.
Los sin de un hombre cansado y triste.
De un hombre cansado y triste víctima de esa vida mía en la que ningún deseo había logrado consumarse.
De un hombre cansado, triste y fracasado.
Fracasado sin saber si era por su propia culpa o todas sus desesperanzas eran la consecuencia directa del accionar erróneo de otros.
Los otros.
Los culpables.
¿ Quién era el culpable de mi tragedia?
De haber tenido por costumbre la visita semanal a un analista la respuesta hubiese sido muy sencilla: mis padres.
Sí.
Eso es.
Para los nietos de Freud la culpa de nuestras desgracias es producto de los padres.
¿ Era ese mi caso?
A ver.
Con sólo efectuar un liviano ejercicio de la memoria llegaba a mí, aquella infancia hueca entre un padre que logró hacerme creer que el amor tiene forma de papel moneda y una madre resignada a ser segunda.
¿ Podía esta ser la causa?
No podía tener duda alguna de que mi madre había sido segunda de mi padre.
De ese tipo importante.
Empresario.
Líder.
Tuteado por los poderosos y temido, en silencio, por los débiles.
El de las anchas espaldas, la imponente figura y la metálica voz que, de haber nacido dos siglos antes, hubiese servido para guiar a las tropas a la victoria.
Correcto y educado, dueño de una aséptica simpatía, vestido al tono, con su camisa bien planchada, sus zapatos lustrados, las uñas cortas como el pelo bien peinado y formal. Muy formal. Lo suficientemente formal como para crear en mí una imagen exacta a la suya.
Exacta a la que ese Señor Oroño disfrutaba con esa falsa adulación externa que él compró, sin darse cuenta, confundiendo a las chupadas de medias como amor y a la" no me queda otra por que este es el jefe " de sus subordinados con fidelidad.
Con esa misma fidelidad que mi madre le guardaba.
No sé si por convencimiento o por debilidad.
No.
Debilidad no.
Creo que mi madre no era débil.
No.
Lo suyo no era cobardía.
Era resignación.
Ahora que me detengo a pensarlo un poco.
¿ Cómo podría haber evitado mi tranquila y suave madre el caer en las redes de un matrimonio arreglado por mi abuela y quedar atrapada en las de un segundo y mísero plano detrás de ese gigante?
Me duele decirlo así pero es la pura verdad: mi madre fue segunda de mi padre.
Tan segunda como lo había sido de su propia madre.
¡ Uh!
¡ Atento señores que se hace presente mi abuela!
Aquella de los costosos vestidos, la sonrisa fácil y esa increíble magia para transformarse en el centro de cualquier reunión eclipsando a propios y extraños.
Mi abuela.
Mi abuela era simpática.
Pianista.
Linda.
Extraordinariamente bien vestida.
Atenta al ceremonial y al protocolo.
La artista de mi familia.
La que inculcó en mi esa extraña llama que lleva a la creación.
La que compró mis primeros pinceles.
La que inspiró mis primeros lienzos.
La que era adulada, aplaudida, envidiada, odiada y tantos adas más que necesitaría varias hojas para enumerar esos defectos y esas cualidades que la llevaban a ser una señora.
Si, como suena, en mayúsculas: una señora.
En cambio mi madre no.
Ella estaba totalmente opacada por la materna figura.
Y no le interesaba.
Dejaba hacer a mi abuela y vivía a su sombra.
Sin rebelarse.
Sin elevar la voz.
Sin...
Y otra vez los sin.
En este caso los de mi madre.
Y no es casualidad.
Mi madre y yo hemos sido los hijos del sin.
Los dueños de la resignación.
Mi madre, aunque se lo hubiese propuesto, jamás habría logrado equiparar a la suya.
Y yo, aunque lo hubiese querido, jamás podría haber sido el Señor Oroño.
No habría estado a su altura.
Me faltaba, y me falta aún, esa fingida clase, esa pequeña tonalidad de gran señor, ese toque de distinción ( forzada tal vez por mi padre pero existente al fin) que hiciera a los demás mirarme desde la altura de mi ombligo.
En fin, mi abuela y mi padre habían sido importantes y en su importancia se había devorado a sus víctimas: mi madre y yo.
Quizá no haya sido la culpa de ellos sino la nuestra pero el mal fue hecho y sufrimos las consecuencias.
Mi madre a ocuparse del personal de servicio y a la lectura de sus novelas de moda en aquel sillón blanco junto a la ventana que se ha perpetuado en mi como una imagen gravada a fuego que, tal vez, solo la muerte pueda borrarme.
Y yo a mis pinceles, a mis pinturas, a mi mundo interior, a ese reino oculto de mi propia y autentica introversión que nunca abandoné.
Y que es muy probable que haya sido mi verdugo.
Porque nunca he reaccionado, jamás he dejado que fisura alguna lo penetre, jamás he puesto los huevos arriba de la mesa, ni hace mucho tiempo atrás cuando mi padre ni siquiera por compromiso dedicaba minuto alguno a mis pinturas, ni después cuando no protegí a Rodolfo, o dejé morir a Matilde, o sólo me interesó el resultado de mi juicio por mi abogado y nada más que por eso.
Siento que he fracasado como hombre.
Siento que he fracasado.
Y siento mucho más aún el triste y simple hecho de que la vida no da revancha.
De que el pasado ya es pasado y que no puede ser corregido.
Soy un hombre triste y lo seré, sin dudas. Hasta el fin de mis días.
Y lo que es más, soy un ignorante que no ha sabido aprender de sus propios errores y, menos aún de los ajenos.
Mi abuela y mi padre vagarán siempre por los reinos de los exitosos y mi madre y yo habitaremos la aldea de los derrotados.
Para que alguien gane otro debe perder y nunca frase alguna ha sido tan verdadera.
La tumba ha sido el premio para mi madre y esta vida hueca, absurda, desencontrada, la mía.
Sí.
Aunque algunos digan que soy un pintor de renombre.
Aunque algunos envidien mis triunfos.
No soy otra cosa que un pobre tipo encerrado en un cuerpo conocido que lo único que ha logrado es gustarle a la tonta esposa de un presidente gracias a la insípida copia de un Pissarro y que soñó la fama de las grandes galería internacionales y sólo es un ignoto pintor sudamericano que ha sido sobre valorado dentro de un país, el suyo, que apenas ocupa un lugar en los mapas y que necesita de alguna revolución, o catástrofe o triunfo pasajero de un equipo de fútbol, un corredor de autos o un boxeador para ser tapa, aunque más no sea dos o tres veces cada veinte años, de los principales diarios del mundo.
Ni el Louvre, ni el Prado, ni la Tate Gallery tendrán jamás cuadro mío alguno pero eso sí, deberé conformarme con la inmensa gloria que otorga un cuadro de una campesina, copiado del de uno de los padres del impresionismo, colgando en una habitación de la residencia de los presidentes de mi país.
Vaya logro.
Vaya pintor.
Váyanse todos a la mierda.
Mi padre.
Mi abuela.
Mi madre.
Y yo.
Yo primero.
Yo encabezando.
Yo como el portaestandarte de los fracasados.
De los fracasados que no figuran en libro alguno.
De los fracasados que son eso: fracasados.
Y que merecen como yo navegar entre los contaminados ríos de la nada.
Por que no he sido nada al lado de Matilde.
Por que no he sido nada al lado de Rodolfo.
Por que no he sido ni soy nada.
Sólo una figurita momentánea en un absurdo juicio que busca al inexistente culpable de una aún más absurda muerte.
Sólo una patética figurita que necesitaba de la declaración de una ex drogadicta para ser declarado inocente.
Una ex drogadicta.
¡ Que jodida debía ser mi situación que sólo Katia podía ayudarme!
Katia.
Nunca me había gustado Katia.
No sé por que.
Tal vez por que su llegada había conseguido romper nuestro equilibrado sistema de vida.
Tal vez por que odio a los viciosos.
Tal vez por su imagen de tipa que estaba de vuelta de todo.
Tal vez...
No.
Pará.
No te engañes.
Por ninguna de estas causas no te caía bien esa mina.
No.
Era por otra cosa.
Y vos lo sabés muy bien.
La llegada de esa mina te había producido celos.
Sí.
Aunque te lo quieras negar.
Celos.
Hasta su llegada habías estado con Matilde y nada más y, de un día para otro, el río te regalaba una joyita.
Joyita que, pasada su primera crisis, comenzó a influir en Matilde.
¡ Y como!
Y, confesalo, no solo te dio bronca.
No.
También produjo en vos un soberano cagazo.
Sí.
Cagazo.
El cagazo de darte cuenta de que Matilde, a causa de ese externo estímulo, podía, por primera vez en su vida, comenzar a poner en duda a todas tus absurdas verdades que, gracias a su inocente inexperiencia, había tomado como leyes irrefutables.
Confesalo.
Te dio miedo.
Por primera vez en tu soberana y puta vida te diste cuenta que ese reino de ficción que habías logrado construir en la isla podía desmoronarse.
Y sufriste.
Mucho sufriste.
Sufriste cada vez que se reunían.
Sufriste cada vez que cantaban o reían.
Y más aún cuando, en el colmo de tus celos, llegaste a pensar que eran pareja.
Sí.
No te hagás el pelotudo.
Me vas a negar que no lo llegaste a pensar.
Vamos viejo, que somos grandes.
Te jodió Katia.
Te jodió mucho Katia.
Y más te jode ahora, que sólo su aparición puede salvarte o, como vos decís, salvar a tu joven abogado del papelón.
Que le vas a hacer Oroño, no te queda otra, aguantate lo que venga y resignate.
Resignate como lo hicieron Matilde y Rodolfo.
Como lo hizo tu vieja.
Y como lo deben hacer, día tras día, aquellos que como vos nunca fueron capaces de jugarse las pelotas por una causa justa.
Haceme caso Martín Oroño.
Te lo digo yo: tu otro Martín Oroño, el que llevás adentro, el que conoce tus secretos más inconfesables, el que no podés callar, el que está ahí, para quemarte el alma con las brazas de la verdad.
Con las brazas de esa verdad que tal vez consuman tu cuerpo liberando a esa alma que tenés, huérfana y desprotegida, en el medio de tu pecho.


Llega el séptimo de caballería


Aquella mañana dos cosas me asombraron de entrada nomás.
La primera, el anuncio de que mi abogado quería verme, cuando no eran las ocho aún.
Y la segunda, lo acelerado que estaba ese hombre cuando entró a mi celda.
Al verlo pensé en que nuevos problemas debía estar metido.
Por suerte, tres segundos bastaron para demostrar mi error.
- Oroño, amigo Oroño - casi se me tiró encima para abrazarme - Oroño, amigo Oroño - puedo jurar que me besó en la mejilla - Oroño de mi vida - vaya amante que me había conseguido - tengo una noticia que lo va a sacudir, que lo va a transformar en un hombre nuevo - la verdad que era tal el entusiasmo de ese hombre que pensé en que me iba a proponer casamiento- Apareció. Apareció. Se da cuenta Oroño, amigo Oroño - volvió a abrazarme mientras en mi cerebro se dibujaba la llegada del Mesías o algo más o menos de la misma importancia, extraterrestres tal vez.
Con suavidad me lo quité de encima corriéndome dos o tres pasos hacia atrás.
Me tomé mi tiempo para hablar dándole la posibilidad al abogado de que se tranquilizara un poco.
- ¿ Apareció? ¿ Quién?
Pareció asombrarse con mi pregunta.
- ¿ Cómo quién Oroño, amigo Oroño - se secó la frente perlada de un prematuro ( lo digo por la hora) temprano sudor - Katia, Oroño, Katia.
No podría con palabras explicar la sensación que recorrió mi cuerpo.
Fue, no se como decirlo, una especie de descarga eléctrica similar, sin ser exactamente igual, a la que se provoca en el momento del orgasmo. No digo que lo mismo pero llegó a mí y me abandonó dejándome flácido, desinflado, como hipotenso quizá.
Tal fue la impresión que me senté sobre el catre.
- ¿ Se siente bien, Oroño, amigo Oroño?- se incorporó para ayudarme pero se lo impedí con un gesto enérgico que lo hizo volver a sentarse.
- No, no me pasa nada. Ha sido la sorpresa de la noticia nada más.
Suspiró fuertemente.
- Menos mal, a ver si se muere ahora que la bendita Katia se ha hecho presente de esta sorpresiva manera.
Lo interrumpí.
- ¿ Sorpresiva?
- Si Oroño, amigo Oroño. No tuvo que ir la policía ni nadie a buscarla. Se hizo presente de la misma manera en que alguna vez desapareció y, por suerte, guarda un cariño muy grande por la memoria de Matilde y está dispuesta a ayudarlo.
- ¿ Apareció de golpe, como fue? - le pregunté al instante.
No puedo negar que, repuesto del asombro inicial, mi curiosidad me llevaba a querer conocer más en profundidad los pormenores.
Por suerte, mi abogado supo sintetizármelo en pocas palabras.
La cosa era muy simple.
Apenas había terminado de redactar la orden de su búsqueda, y ya se aprestaba la policía a cumplirla cuando un llamado telefónico de un colega suyo de los tribunales de San Isidro le hizo saber que no era necesaria dicha orden ya que Katia se presentaría en forma voluntaria donde y cuando él quisiera, haciéndole saber, además, que estaba dispuesta a colaborar en todo lo que fuese necesario ya que Matilde y Martín habían representado algo muy importante en su vida.
Cuando terminó de contármelo no pude menos que quedar en silencio.
Tal era mi asombro.
Nunca podría haberme imaginado que esa mujer guardara algún buen recuerdo de nosotros.
Y más aún después de tanto tiempo.
Era increíble.
Mi abogado interrumpió mis razonamientos.
- ¿ Usted recuerda a Katia, Oroño?
- Sí, por supuesto.
- ¿ Pero la recuerda bien?
- Me intrigó la insistencia.
- Si, muy bien, por que me lo pregunta.
- ¿ Podría describírmela?
- Si, no tenía nada de especial: era una pobre mujer castigada por las drogas, descuidada con su presencia, poco seductora, en fin, nada del otro mundo.
Me extrañó la forma en que se me quedó mirando.
Iba a preguntarle que tenía entre manos cuando extrajo una hoja de papel de diario del bolsillo exterior derecho de su saco y, desplegándola, la puso frente a mis ojos mientras agregaba, en pausado tono:
- ¿ Reconoce en esta mujer a Katia, Oroño, amigo Oroño?
Me quedé sin palabras.
Era una foto de la sección de turf del Clarín.
Pude ver a un nervioso pura sangre con su diminuto jinete encima, a otro hombre sosteniéndolo de la rienda con una mano mientras que con la otra elevaba al cielo un trofeo y a una distinguida señora sonriendo junto a ellos.
El epígrafe terminó de confundirme ya que se refería a la dulce señora Katia, diosa de nuestro turf, celebrando la victoria de su yegua Soy La Isleña en el Gran Premio Carlos Pellegrini.
Tuve que observarla con mucho detenimiento antes de poder estar seguro de mi respuesta.
¿ Que había pasado con esa mujer?
¿ Era la misma?
¿ Esa dama era Katia?
¿ Katia, la desgreñada, la drogadicta, la enloquecida mujer que un día llegara a nuestra isla?
Volví a fijarme en su rostro.
La imaginé sin maquillaje y despeinada.
Sí.
Parecía ella.
Volví a mirarla.
Sus ojos eran más lindos de los que yo recordaba.
Sus mejillas estaban más afinadas y un extraño garbo sobrevolaba en el brillo de su sonrisa.
Debía rendirme a las pruebas.
No había dudas.
Era ella.
Miré al abogado que expectante esperaba mi respuesta.
- Ha cambiado un poco desde que no la veo pero esa es Katia, no tengo ninguna duda.
Mi abogado pareció tranquilizarse del todo.
- Menos mal Oroño, amigo Oroño. No puedo negarle que llegué a dudar que esa mujer que usted me había descrito fuera esta señora. ¿ Que le habrá pasado en estos últimos tiempos pare ser lo que es ahora, verdad?
No le contesté inmediatamente.
Tenía razón.
Me detuve nuevamente en la foto.
Esa mujer, que en la foto regalaba simpatía y buena onda, era muy distinta a Katia, demasiado distinta como para asimilarlo de golpe.
Deseé tenerla frente a mí para poder charlar con ella.
Para preguntarle cual era la receta que la había transformado en esa dama.
¿ Podía una persona cambiar tanto?
¿ De drogadicta terminada a eso como por arte de magia?
Pensé en Matilde y lo que hubiera dicho al verla así.
Se hubiese sorprendido.
Sí.
Y mucho.
O no.
No.
Tal vez esa era la verdadera Katia.
Sí.
Quizás esa era la mujer que escondía dentro, muy dentro suyo.
Y quizá también fuera esa a la que mi Matilde defendía tanto cuando yo le increpaba
( Celoso sin dudas) de que era demasiada la atención que le dispensaba a ese despojo humano que solía buscaba drogas y más drogas.
Sí.
Ahora podía darme cuenta.
Matilde no se había equivocado al brindarle su amistad, esa amistad sincera y despreocupada que solo ella podía ofrecer.
No.
Había estado en lo cierto aquellas noches en que terminábamos discutiendo por que la defendía ( para mí) sin razón.
Era muy probable, o mejor dicho ante las pruebas, muy seguro que Matilde había encontrado a la verdadera Katia dentro de los despojos que la lancha nos había regalado.
Al instante llegaron a mí los recuerdos de las charlas que solían mantener ( charlas que me sacaban de las casillas) y tuve conciencia de que mucho del cambio ocurrido en Katia podía deberse a mi Matilde.
Sí.
Seguí mirando la foto como si quisiera grabármela en las corneas.
Sí.
Katia era esa dama gracias a Matilde.
Sí.
Katia era un legado de Matilde.
Katia me demostraba, con su nueva imagen, que el paso de Matilde por la vida no había sido en vano.
No.
Tenía una misión, sin dudas, que cumplir en esta tierra y lo había logrado.
Y es más.
Por partida doble lo había hecho.
Primero, por la recuperación de Katia, de esa Katia que había naufragado en nuestras playas sedienta de drogas y muerta en vida y que ahora era eso que me mostraba una foto.
Y segundo por que esa imagen de Katia desataba en mí todos estos razonamientos que me llevaban a darme cuenta, de una vez y por todas que la vida hay que pelearla, que al que patearla en los huevos si vienen mala, que hay que jugarse por los demás, que loa estrategia del avestruz no lleva a ningún lado, que dar la cara debe ser eso, dar la cara, que si hay que putear se debe putear, que si hay que rezar se debe rezar y que, por sobre todas las cosas existe un milagro que genera día tras día a nosotros los humanos y que en honor a ese extraordinario milagro que algunos llamarán Dios y otros no sé, hay que vivir la vida y vivirla de frente, y vivirla con todo, y Vivirla como debe ser vivida, llorando si hay que llorar, riendo si hay que reír y jugándoselas día a día por que uno está vivo y, le guste o no, esa vida que puede ser tildada de milagro tiene un precio, y ese precio es saberla vivir, con los derechos, obligaciones, premios y castigos que eso implica.
Matilde no había pasado en vano por este mundo.
No.
Acababa de darme cuenta de ello.
Y todo gracias a esa Katia que, desde una foto, me decía que vivir era posible.
Sí.
Que aunque se caiga en el más oscuro precipicio algo, o alguien, nos debe guiar en el camino de nuevo en dirección a la cima, aunque dejemos nuestras uñas y la palma de nuestras manos en las pétreas paredes que cortadas a cuchillo se alzan sobre nosotros después de una caída.
Matilde lo había logrado.
Y en un tardío homenaje a esa mártir que había dejado su juventud y su alegría por nosotros, entregué la foto a mi abogado y llorando me hinqué de rodillas para rezar una humilde oración a esa Mujer ( mujer así con mayúsculas) que en su sacrificio nos había dado todo.
Y recé mientras caían mis lágrimas.
Y recé mientras mi abogado me miraba sin entender lo que sucedía.
Y recé por mí, por Katia, por Rodolfo, por ese joven que atónito me miraba y por todos los Oroño que, en algún lugar del mundo, seguían sin encontrarse a sí mismos.



Un recién nacido de medio siglo


Lo decidí tras dudarlo unos instantes y no despegué el último retrato de Matilde, dejándolo sobre el muro de esa celda que fuera mi hogar durante esos amargos meses.
No sé bien por que.
Creo que ese acto fue una pequeña manera de obsequiarle algo a ese lugar que había sabido cobijarme.
No me quedaban dudas.
Martín Oroño había muerto.
Definitivamente.
Y con él lo habían hecho aquellas viejas culpas sin resolver y que nunca tendrían solución, porque el pasado huye en forma de historia mientras el presente no puede hacer mucho por retenerlo y el futuro es una incógnita profunda, oscura y anhelante que nos traga sin protección alguna.
Sí.
Martín Oroño había muerto y con él lo habían hecho Rodolfo, Matilde y la isla.
Esa isla que fuera testigo de la absurda estrategia del avestruz que esconde la cabeza creyendo estar, de esa forma, seguro.
Martín Oroño estaba muerto.
Muerto para que otro Martín Oroño resucitara, libre al fin, enfrentándose, de una vez y para siempre, con la vida.
Con esa vida que está a nuestro alrededor y debe ser vivida.
Porque la vida debe ser vivida.
Se la debe vivir.
No alcanza con sólo dejarla transcurrir en la forma de ese tiempo que se acumula en nuestro cuerpo y alma como si fuera una cosa normal y aceptada.
No.
La vida debe ser vivida.
Cueste lo que cueste.
Duela lo que duela.
Sin miedos.
Sin excusas.
Sin otros que lo hagan por uno.
Sin refugios.
Sin altares.
Frente en alto.
Con miedo pero sin cobardía.
Que al fin y al cabo alguien dijo una vez que el cobarde muere mil veces y el valiente una sola.
Hay que ser valiente.
Como lo fue Rodolfo.
Como la fue Matilde.
Y como lo ha sido esa Katia que, desde su nueva vida, era capaz de volver al pasado.-
A su doloroso pasado, para enfrentar a un tribunal y defenderme.
Defenderme a mí que nunca la había tenido en cuenta.
En fin, jamás podré olvidarme de esa mujer que tuvo el coraje de exponer ante todas sus vergüenzas y miserias con la única intención de protegerme.



Todo por Matilde


Tacos de zapatos, mocasines, botas y sandalias, golpean sordos el suelo gastado del palacio de justicia..
Los golpes suenan huecos. Como los de infinitas manos llamando a la puerta, de la abandonada habitación donde una vez, moró la justicia.
La justicia desaparecida, vejada...


Yo puedo dar crédito de ello.
Yo soy el fiel reflejo de esa justicia secuestrada y torturada por los corruptos.
Yo, que soy una verdadera asesina, me siento en el banquillo, como una respetable testigo para dar fe, que Martín Oroño es inocente.
Yo, llena de respeto y credulidad, no lo soy.
Yo maté, y gocé viendo morir a mis víctimas.
Yo sí, soy culpable, y aunque mi alma quede varada en el Averno por toda la eternidad, soy incapaz de arrepentirme.
No lo siento, y si por un instante pudiese figurarme en aquel desquiciado momento para torcer el destino, no lo haría, por que eso era lo que yo debía hacer: Asesinarlos.
Darío Mascate me ultimó psicológicamente, mató mis ilusiones y sueños. Me arrebató la fe. Lo que hice no fue por venganza, fue por desesperación..
No lo pensé, no quise hacerlo, pero como ya dije, pasó. Era lo que tenía que hacer, y lo hice.
Como lo hago ahora, a pesar de los consejos de mi abogado: -no te presentes.

Aquí estoy, por que es lo que tengo que hacer.
Me presento para decir:
¿Qué es lo que voy a decir?
“no des demasiadas explicaciones de cómo y en qué condiciones llegaste a la isla” – dijo el Dr. Ibarra
¿Qué digo?
Que Martín Oroño es inocente.
Que Matilde murió por que estaba enferma.
Rehusó ver a un médico. Quiso creer que el milagro de la vida se había producido en ella, en lugar de pensar que esos doctores en complicidad con sus padres y la falsa moral, la habían condenado al final irreversible que tuvo.
¿Me creerán?
Tengo que intentarlo. Como lo intentó Matilde con migo.
Parece imposible.
Dadas las cosas como están, esos serios señores, que aparentan una moral intachable, puedan creer el testimonio sincero de una ex – adicta.
Claro está que no soy una simple ex – adicta, sino que ahora soy una empresaria de gran envergadura, y eso sí cambia las cosas.
Tengo poder y dinero, eso puede modificar la situación del procesado, pero no la mía, yo siempre seré una asesina que pagó en libertad sus culpas con creces, con el dolor y la desesperación de encontrar dentro de sí misma la libertad de ser quién era antes de la cocaína, de ser quién era antes de Darío Mascate.
Esa fue mi condena y la cumplí. Y quién tenga la osadía de decir que el pago de mis culpas es barato, no tiene ni la menor idea de lo que sufrí para llegar donde llegué. Todo ser humano padece la falta de libertad física, pero mucho más le apremia la opresión del espíritu que se ata a las culpas y el vicio.
Yo me liberé gracias a la ayuda de Matilde, y por ella, por su recuerdo, tengo que declarar.
Aunque pueda poner en juego mi libertad, no importa, por que la verdadera libertad, la del alma, la descubrí mirando el río, los sauces, y los ojos de mi hada. Ya no podré perderme en el camino que lleva a la libertad del alma, por que está en mí, señalizado con la vida que Matilde supo sembrarme.
Y eso es lo que me engrandece.
El dinero, el poder, las empresas, la comodidad y la popularidad es basura si no se tiene verdadera libertad en el alma.
Sin ella, uno se desintegra ante la fama. Casi automáticamente se convierte en nada, en un producto de consumo, y todo, absolutamente todo lo que uno haga, diga o piense, pasa a ser parte del mercado.
Y por esa libertad bien concebida vengo a decir: que Martín Oroño es inocente..

El único crimen que Él cometió, fue aferrarse a Matilde desde la piel hasta los huesos. Y desde el corazón hasta la irracionalidad sublime del artista
Yo voy a demostrar que Martín Oroño es inocente, no por Martín Oroño en sí, si no por que se lo debo a Matilde.

Llama la defensa a declarar a la testigo Katia Revial

Me puse de pié y caminé hacia el estrado, un banco alto, en el que cuando quise sentarme noté que mis pies colgaban. Delante de mí, un mostrador de madera que me hizo recordar la barra del bar de Irigoyen y Fleming, y aquellos tres largos días.
La sensación de entumecimiento que me gobernó aquel fin de semana, se apoderó de mí en el momento en que el juez me hacía jurar sobre la Biblia, (¿ por qué juraría Martín Oroño?) Y por primera vez sentí ganas de huir. Yo era el pavo de la fiesta, como lo había sido durante aquellos tres días, sentada en el estaño del bar, con los pies colgando, con un vaso de whisky siempre a medio tomar enroscado en mis dedos.
Desprotegida, irremediablemente extraviada. Tres días postrada en el mismo lugar.
Sólo me levanté para manejar hasta la villa, conseguir más cocaína y volver para seguir tomando whisky, mi única compañía.
Los que venían a desayunar, me saludaban.
Los que venían a almorzar, me saludaban.
Y los que venían a cenar también lo hacían.
Al día siguiente las mismas caras, pasaban como figuritas repetidas por mi espacio visual brillante y atormentado.
¿Qué hago acá? Me quiero ir. Pensé mientras observaba la figura del pintor. Estaba distinto. No hablo de su aspecto físico, sino de su expresión.
No me miraba como en antaño, con ojos resentidos. Estaba sorprendido. Delante de sus ojos por fin se mostraba la Katia que Matilde conocía. La Katia que Martín Oroño había sabido ignorar. La mujer que soy, la mujer que Matilde supo rescatar.
Sorpresa, supongo que estaba sorprendido. No creo que él, en algún momento haya pensado que yo podía poner en juego mi libertad para salvar la suya.
Sorpresa y culpa sentía Martín al verme.
Culpa por prejuzgarme, culpa por no haber entendido a Matilde..
Él sentía culpa por que yo estaba haciendo por él lo que él no había hecho por mí. Sin embargo Oroño se engañaba: Yo no lo hacía por él sino por el amor que Matilde le tenía.
¿Qué hago acá? Me quiero ir. Pensé mientras veía entrar en el bar la figura corta y regordeta del Maula Ferreira.
- Te llevo a tu casa. –ordenó Julián y continuó- si el Chueco te llega a ver como estás, lo vas a amasijar de un disgusto.
- Sí- contesté, abriendo la boca con mucho esfuerzo- sería mejor que vuelva antes de que oscurezca, para que cuando el viejo llegue del laburo no se preocupe.
El barman escuchó mi contestación y se largó una carcajada que retumbó tanto en mis oídos como si hubiese caído en la esquina un misil nuclear.
La cara de Ferreira se transfiguró, giró sobre sí embocándole un zurdazo en la mandíbula al pobre tipo, con tal mala suerte que lo empujó sobre la máquina de café, y la cabeza pegó en el botón expulsor de agua quemándole el cuello y parte del hombro derecho.
Demás está decir que Ferreira me arrastró hasta la calle, me subió en el auto y no volvimos a pisar esa esquina hasta que el boliche cambió de dueño.
Estaba absolutamente perdida. Ahora creo que yo en el lugar del mozo, me hubiese reído también.
Sigo perdida, me están empezando a preguntar, y no tengo idea que decir. Es tan fácil la verdad y tan difícil hacer que crean en ella.
Lo único que me consuela es saber, que yo he perdido valores en el desquiciado camino de la locura, pero hay mucha gente que ha nacido sin ellos y con la estúpida soberbia de creer que son los dueños de la ley sagrada.
Van a misa, hacen beneficencia, comulgan, juran en nombre de Dios y piden por el alma de sus amados muertos, a quienes teniéndolos en vida, hicieron víctimas de su propia estrechez mental.
Los padres de Matilde, por ejemplo.
Me miran con resentimiento.
Saben que voy a declarar a favor de Martín Oroño. Se sienten desnudos ante mí.
Sé que ellos son los verdaderos culpables.
Y son tan estúpidamente soberbios que aún lo ignoran.
“Yo llegué a la isla en condiciones deplorables. No sé de donde venía ni a donde iba. Estaba totalmente drogada.
Matilde me confundió con una mujer que se carteaba con Carlos, y me dejó pasar a la casa. Era un fin de semana, el señor Sosa estaba trabajando en la escuelita.
Supongo que me notó cansada y me invitó a quedarme. Yo precisaba descansar. Me recosté pensando que antes que cayese el sol, hora en que según Matilde volvería su vecino, me habría ido.”
“Cuando Carlos llegó, me encontró durmiendo. La última lancha de regreso ya había pasado.”
“La soledad de Carlos era tan inmensa que aún, cuando le hube contado mi realidad, no dejó que me marchara y prometió ayudarme.”
“Los dos me ayudaron: Carlos y Matilde. Con su amistad y constancia, yo pude salir del infierno que significa vivir en la cocaína.”
“no hubo triángulos amorosos, ni crimen pasional”
“Matilde estaba enferma. Nadie la mató.
No fue un asesinato, creo como amiga que tal vez, fue suicidio inconsciente.”
La sala reaccionó en un murmullo de asombro.
“Ella tenía la esperanza de estar embarazada, pero no quería comentarlo con su esposo hasta no asegurarse por completo.”
“ Yo insistí en una consulta médica, dado los problemas que ella tenía, de los cuales ambas éramos consientes.”
“ Me refiero a que un tiempo antes, de que Oroño y Matilde se fueran a vivir a la isla, ella descubrió que estaba embarazada”.
El rostro del acusado se puso tenso, y volvió a mirarme con os ojos inquisidores del pasado.
“Era muy joven y estaba asustada. Su mejor amiga Lucrecia y el novio pablo habían desaparecido. Sin tener a quién contarle los sucesos, cometió el error de confiar en su madre.”
En el rostro de la anciana, la soberbia empezó a quebrarse.
“La madre, que según contaba Matilde era una mujer absolutamente subordinada por su marido, la religión y el qué dirán, le confesó a su esposo la terrible humillación, en la que caería su familia si no se hacía algo pronto. Acto seguido, la obligaron a abortar la criatura.”
Martín Oroño se tomó con las manos la cabeza, para ocultar sus lágrimas. Su abogado le puso la mano en el hombro
“No le hicieron un buen trabajo, por llamarlo de alguna manera, y tuvo consecuencias ”.
Estoy completamente segura que Oroño ignora todo esto que acabo de decir, por que mi amiga jamás, tuvo el valor de contárselo. Toda su vida se culpó por aquel momento de debilidad, y en esa culpa se basaba su tristeza.
Unos meses después de que la pareja se instalase en la isla, Matilde tuvo una falta de dos meses.
Matilde pensó en aquel momento que Dios la había perdonado por sus culpas y le estaba dando una nueva oportunidad.
Pero no fue así. Matilde sufrió una inesperada hemorragia.
Grave e inconsciente llegó al hospitalito de la isla. El médico pudo parar la pérdida y estudió el caso. Lo que todos pensaron un aborto espontáneo no lo fue. No era algo más grave producto de un raspaje mal hecho. Algo que podía como lo hizo quitarle la vida. Ella apeló al secreto médico y su compañero pensó siempre y hasta hoy, que fue un simple aborto espontáneo.
La segunda vez, no lo aguantó.
Una terrible sudestada se desató cuando mi amiga se estaba desangrando y no hubo nada que hacer.
Martín y yo la atendimos, pero no fue suficiente. Llevaba ya mas de tres meses de falta, y su vientre comenzaba a abultarse.
No nos dio tiempo a nada.
La tormenta se desato arrancando con fuerza el bote de la amarra. Ella corrió de la casa al muelle para procurar sujetarlo.
Cuando la vi desde mi ventana, grité para atajarla, pero no me escuchó. Martín, también intentó detenerla. Para cuando ambos llegamos a su lado, el principio del fin acababa de comenzar.
La sangre y el barro se mezclaron bajo nuestros pies.
La llevamos a la casa. La fiebre la quemaba. Y en unas pocas horas, sin poder hacer mas que rezar, la vimos morir.”
“Nadie la mató, creo que ella se jugó todo para darle a Martín Oroño, aquel hijo tan postergado. El bebé, o su vida. Por eso digo, que fue una especie de suicidio.
Se murió, por culpa, por tristeza, por soledad, y sobre todo por no tener el valor suficiente de contarle a Martín Oroño lo que acabo de declarar.”
“Ella para mí era fue todo.
Mi amiga, mi hermana, mi madre, y a veces también mi hija.
Ella me arrancó de la droga.
Me iluminó el camino. Puso garra, entrega y solidaridad.
Ella me enseñó a volar con las alas del alma, sobre los campos de la esperanza y de la vida.
Ella me quiso, y queriéndome, aprendí a quererme.
Me dio y pude darle, y en ese intercambio era incapaz de defraudarla o defraudarme.
Ella para mí es como una mano de Dios. Una rama de luz en mi siniestra oscuridad.
Un hada que mágicamente cambió mi vida. La vida del ratón que yo era en aquel cuento.
Es por todo eso que yo nunca pude contradecirla, es por eso que yo no tuve el valor de obligarla a ir al médico. Yo debí protegerla más, pero no supe, por que yo era su protegida.”

La congoja llenó mi garganta y se me hacía difícil seguir.
Martín Oroño ahora sí lloraba sin esconder la cara.
La anciana ocultaba los ojos con sus manos, y en el rostro del viejo empresario, la soberbia seguía reinando.
Tuve ganas de gritarles: me cago en su moral, en sus buenas costumbres. Viejos hijos de una buenas putas, es que acaso todavía no se dan cuenta que mi hada nunca pudo superar el sacrificio a la cual, ustedes dos, por vergüenza, la obligaron.
¿Es que acaso usted señor, no tiene sangre?.
No llora.
No siente culpa.
No me cree, por que aunque tenga dinero y poder sigo siendo una ex drogadicta
No se hace cargo y sólo piensa en el escándalo.
Y como influirá en el valor de las acciones de sus empresas el testimonio que estoy dando.
Ustedes que prefirieron ver correr la sangre de su propia hija, antes de escuchar murmuraciones.
Y usted señora, aunque hoy, después de tanto tiempo, sea capaz de pedirle Perdón a Dios, para redimir su alma, créame que es tarde. Por que el sufrimiento de Matilde no es capaz de sosegarse, ni aún con el perdón Divino.

“ella me dejó la tarde anterior a su muerte, la carta que tiene el abogado del acusado en sus manos, y supongo que si alguna duda queda, sobre la inocencia de Martín Oroño, esa esquela la disipará”

Katia:

Si estas leyendo esta carta significa que jamás vamos a cagamos de risa viendo jugar a tu ahijado.
Otra vez nos jodimos Katia, otra vez.
Otro otoño maldito arrancándonos la ilusión de ser felices. No te culpes, hiciste lo que podías; si no hubo médicos fue porque yo no quise. Los odio y uso bien el verbo porque sé que ni después de muerta voy a poder perdonalos.
Me duele el vacío vientre pero más me duele el corazón, y el saber que te dejo sola.
Te quedás otra vez sola, pero ahora estas entera, lejos de todo lo que alguna vez te hizo daño. Pero no te mientas, no te engañes mas, la única forma de que ese daño sea pasado es volviendo. Si Katia, no lo niegues, volviendo a esos lugares de los que alguna vez escapaste.
La intriga duele mas que la verdad amiga, siempre lo supimos. Como supimos que esto podía pasar y no me culpes por transformar el mal en ilusión.
Fuiste mi madre, hija y amiga, y a todas ellas les hablo. Volvé Katia, aunque te asuste, aunque te duela. Yo me equivoqué, no hagas lo mismo.
No dejes que el miedo te domine. No permitas que la magia se acabe.
Porque ese viaje sería el más hermoso ramo que podrías llevar a mi tumba.

Matilde


PD: No mires atrás, mira siempre hacia delante. Hoy sabes dar y esa es la llave que abre las puertas del corazón


Yo no tuve conciencia al declarar.
Si de pensar. Y tal vez lo hice en voz alta.
No recuerdo el interrogatorio, ni tampoco que hayan indagado demasiado, cosas que no me convenía ventilar
Lo cierto es que la razón, me asaltó en el momento justo en que el abogado de Martín Oroño terminaba
De leer la misiva, que mi amiga me escribió antes de morir.
El juez me dio las gracias.
Bajé del estrado, salí por el pasillo.
Mis ojos se estrecharon con los de Martín Oroño.
Mis ojos avergonzaron la anciana mirada femenina.
Mis ojos estrellaron la soberbia de aquel antiguo entregador.
Mis ojos se inundaron del orgullo que sentía mi compañero, cuando al final del corredor se presentó para abrazarme.
Mis ojos lloraron de agradecimiento.
Si Matilde no hubiese existido, tampoco existiría yo.
Yo sólo sería polvo.
Polvo blanco, como fuí.



El hijo pródigo


Debo reconocer que, aunque a medias estaba preparado por la foto del diario, verla en el estrado, declarando, me produjo una profunda impresión.
Era ella.
Y no lo era.
Sí.
Me sentía un estúpido ante esa notoria ambigüedad pero estaba en lo cierto.
Físicamente era ella.
Mejor vestida y discretamente maquillada.
Otro color de cabello, bien peinada y con una manera de moverse y estar de pie mucho más delicadas.
Ya no parecía pisar huevos como en la isla y, menos aún esa mugre caminante que solía pasar días sin bañarse.
Era ella, sin dudas.
Aunque, cuando comenzó a hablar, de forma prolija y correcta, pude darme cuenta, también, de que no era ella.
No.
O por lo menos no esa ella que conocí en la isla.
Esa ella que había ocupado los días de mi Matilde.
Esa ella que había hecho nacer en mí toneladas de celos.
Esa ella que se había alejado de la isla en el momento más amargo de mi vida.
Esa ella que, palabra tras palabra, con unos modales desconocidos para mí y en medio de una paz interior que supo derramar sobre los allí presentes, relató el tiempo pasado en la isla.
Ese tiempo que fue su tiempo, el de Matilde, el de Carlos y el mío también.
Mientras la oía hablar me di cuenta que no era ella.
No.
Era otra.
Estuve tentado a levantarme de la silla y acusarla de impostora.
Esa no era Katia.
No podía ser ella.
No.
Por que en el fondo de mi corazón no podía reconocerla como tal porque, ese reconocimiento, sería como una especie de confirmación de que no sólo me había equivocado con Rodolfo y Matilde sino que con ella también lo había hecho.
No.
Era otra.
Y estuve dispuesto a delatarla, en el colmo de mi absurda obnubilación, cuando noté que el fiscal le agradeció su desinteresada participación y mi abogado, sonriente, me apoyó una mano sobre el hombro:
- Oroño, amigo Oroño, esta amiga suya ha estado extraordinaria. Increíblemente exacta en su historia. Palabra por palabra ha confirmado lo declarado por usted. Oroño, amigo Oroño, puedo asegurarle que prácticamente hemos ganado este juicio.
No pude compartir su alegría.
No.
Una desconocida acababa de salvarme.
Esa desconocida que decía llamarse Katia, pero que no era la Katia que yo había conocido, sino otra, la que Matilde había conocido y me había obligado a soportar.
Tenía que ser una impostora.
Debía serlo.
Aunque de regreso a mi celda comencé a derrumbarme.
Despacio al principio y veloz al final.
Sí.
Era Katia.
No podía negarlo ni negármelo.
Esa mujer era ella.
Me quebré.
Y las lágrimas corrieron por mi rostro.
Rodolfo primero.
Matilde después.
Y ahora esa mujer.
Otra equivocación.
La tercera.
Había llamado a esa mujer, repetidas veces, drogadicta, inservible de mierda y tantos otros insultos que prefería olvidar.
Hasta había peleado con Matilde al decirle que a los drogadictos como ella había que exterminarlos.
Exterminarlos.
Que seguro estaba de mí.
Arrancarla de raíz.
A ella y a todos los que eran como ella.
Lloré al fin, derrumbado en el absurdo precipicio de mi humana estupidez.
Lloré por Katia.
Lloré por Rodolfo.
Lloré por Matilde.
Y lloré por mí.
Sí.
Por primera vez lloré por mí.
Desesperado lo hice.
Como una especie de liberación personal.
Supe, en ese exacto momento, que todo acababa de terminar.
Quise recordar la fecha pero no pude, aunque de algo estuve seguro, a partir de allí habría, de una vez y para siempre, un antes y un después.
Sin duda alguna Dios era generoso conmigo.
Más de lo que merecía.
Porque no solo quedaba en libertad física sino que surgía en mí una libertad interior que me llevaba a comprender aquello que tantas veces me dijera Matilde:
" Cada ser humano llega a este mundo, Martín, a cumplir una misión asegurada por Dios ".
Una misión.
Cuantas veces me había reído de ella.
Misión.
¿ Qué misión?
Para mi no había existido esa misión.
Nunca.
Nunca hasta ese momento en que mi mente se aclaró dejándome a solas con la verdad.
Con esa verdad tantas veces repetida por Matilde.
Era cierto.
Llegamos a este mundo con una misión.
Cada uno de nosotros lo hace.
Rodolfo dando su vida por lo que él creía correcto, dejándonos al morir esa firme convicción de que debemos luchar por lo que creemos correcto, que debemos defender nuestros derechos cueste lo que cueste y que los dictadores, a la larga, caen víctimas de su propia irracionalidad.
Matilde, con su abnegado sacrificio, gritándonos a Katia y a mí que la vida, pese a todo, merece ser vivida.
Katia, transformada en una nueva mujer, enfrentándose a su triste pasado, devolviéndole el favor a Matilde y completando mi transformación.
Todos tenemos una misión.
Una, dos, tres, mil veces me lo repetí.
En mi celda.
En el traslado hasta los tribunales.
Al ponerme de pié frente al juez.
Al escuchar que me había encontrado inocente.
Al enfrentar, por última vez, el asedio periodístico que me aturdió con sus preguntas y me encegueció con sus flashes.
Al recibir el abrazo de mí, ahora triunfante abogado:
- Oroño, amigo Oroño, lo logramos. ¡ Ganamos!
Y, finalmente, una vez regresado a prisión para retirar las cosas que durante tanto tiempo me habían acompañado.
Al dejar el cuadro de Matilde en la celda como un discreto homenaje a los que habían cumplido su misión en la vida ayudando a hacer de mí un hombre integro y seguro de sí mismo.
Tan integro y seguro que, una vez en la calle, me persigné mirando al cielo para pedirle después a mi abogado, que me aguardaba en su auto, que me llevase a una iglesia.
Recuerdo que me miró asombrado y yo le sonreí.
Me hubiera sentido igual en su lugar pero no perdí el tiempo aclarándole el porque.
No lo hubiera entendido.
Pareció dudar.
- Doctor. ¿ No me oyó? Lléveme a la iglesia más cercana.
Puso primera y arrancó.
Nos detuvimos junto a una parroquia unas cuadras más adelante.
Me despedí al descender.
- Gracias por todo, Doctor.
Sin dudas lo confundí.
- Oroño, amigo Oroño, lo espero.
- No Doctor, sino no se enoja, prefiero estar solo. Gracias.
Con una mueca se despidió de mí.
Me quedé en la vereda unos segundos hasta que el auto se perdió de vista en dirección al centro.
Enfrentándome a la iglesia noté que tres escalones me separaban de la entrada.
Sin dudas adentro me aguardaba Dios, con el que tendríamos que charlar un largo rato.
Volví a persignarme y comencé a subir los escalones.
Uno a uno.
Rodolfo.
Matilde.
Katia.

La niña


Reinaba nuevamente el otoño entre las cruzadas ramas de mis sauces y era el río un triste y nebuloso tapete marrón a la deriva de su propia y lenta corriente.
Por no despertar al prolongado letargo de aquella tarde de abril, ni mis pájaros cantaban bajo el manto de unas nubes que no eran ni buen tiempo ni tormenta.
Flotábamos.
Y el mundo flotaba con nosotros.
Parecía el tiempo detenido para siempre y Carlos, mi solitario y desamparado hijo, tentaba a la pesca sobre el destartalado muelle por no dormirse a causa del tedio.
Estábamos solos.
Después de tantas y tantas cosas vividas, estábamos como al principio: él y yo y nadie más.
Destinados a languidecer.
Ya nada podía romper mi aburrido equilibrio pero, en medio de esa nada, apareció.
Llegó por agua, como todo lo que llega aquí lo hace.
Nos dimos cuenta al mismo tiempo.
Yo dejé de prestarle atención a la insípida batalla entre el pico de un gorrión y la guarida de una lombriz.
Y Carlos abandonó la pesca.
Fue él quien la sacó del río para depositarla suavemente sobre la orilla.
Nos la quedamos mirando.
Era una niña.
De unos ocho o nueve años.
Un poco mojada pero en buen estado.
Sus ojos nos miraron sin ver.
Su boca jamás se abrió.
Sus manos quedaron quietas en su lugar.
Ni se movió.
No supimos de donde venía ni su nombre.
Menos aún, lo que pensaba.
Pero algo, no puedo decir que cosa, despertó en mí la sensación de ser alguien conocido.
No sé quien.
Aún sigo sin saberlo.
Pero...
Pero su imagen me trae recuerdos de la muerta, la enferma y el pintor.
No sé porque pero cuando veo a la niña pienso en ellos.
En ellos, que siguieron el camino de los indios, los españoles, los malogrados constructores, los asustados gorriones encapuchados de las lanchas y la verdadera madre de mi Carlos.
Ese destino de ser sólo pasajeros en un viaje sin rumbo fijo.
Ese destino de nacer para morir.
Ese destino de llegar para volver a partir.
Una y otra vez hasta el momento final que les haga cruzar el portal hacia la nada.
Ese portal que yo también algún día cruzaré cuando el sol se apague en el cielo y este bendito planeta sea una roca fría girando a tontas y locas en un espacio gélido y vacío que pertenecerá a otros que hoy ni lo sueñan.
Soñar.
Quizá todo esto sea un sueño.
No lo sé.
Y a decir verdad ni me interesa.
Pero debo pedir disculpas ya que suelo perderme en absurdos divagues cuando me entretengo, como ahora, viendo la borroneada pintura de la niña que Carlos colgó en la destartalada pared de su rancho por no haberla querido devolver al río que la trajo.
A ese río que sigue allí.
A ese río que, tal vez un día me traiga a otros.
A esos otros que se agregarán a la lista de mis huéspedes.
De esos huéspedes que serán los humanos de hoy.
Sí, humanos del hoy.
Y fantasmas del mañana.


Siempre existe algo detrás del horizonte

Y el renacer de su fama volvió a abrirle ciertas puertas.
Y él, en ese nuevo amanecer, supo franquearlas.
Sin vergüenzas ni temores.
Sin superficiales glorias ni vía cruz áticas derrotas.
Él, y sólo él, como nunca lo había sido.
Con el pasado marchando a su lado y no sobre su espalda.
Con el futuro hecho incógnita y con un presente efímero y aprovechable.
Sí, su renacimiento hizo entrarle a los olvidados castillos.
Con el alma plena y la mente fría.
Y pudo llegar, al fin, hasta ella.
Y observarla en todo su lavado brillo de campesina.
De esa campesina que no le pertenecía.
De esa campesina impostora que el pincel de Pissarro no pintó.
De esa campesina que, sin dudar, descolgó de la pared.
De esa campesina que dejó lugar a otra pintura.
Esa, que su fama renacida le permitió dejar allí.
Sobre el muro.
Como sencillo homenaje.
Como punto final a una era de su vida.
Como una puerta abierta.
Muy abierta, a la incógnita que suele pintarnos el destino.
Antes de marcharse la miró.
Verde la llanura.
Azul, muy azul el cielo.
Briosa en su galope de venas marcadas en las patas.
Hocico aguzado en su corte al viento.
Las crines sacudiendo sobre el lomo.
Un canto a la energía esa yegua.
Esa yegua que es metáfora.
Que es metáfora cierta y duradera.
Duradera como el sauce.
Que se dobla bajo el viento en una isla.
Que se dobla.
Y se dobla.
Pero no se parte.
No se parte porque es roble y piedra.
Firmes roble y piedra.
Bajo su frágil piel de sauce.



El nombre de un hada


La niña corre por el campo en primavera.
Los recuerdos de todas las tormentas y todos los otoños han acabado.
La niña juega a ser mariposa.
Yo me tomo muy en serio lo de ser madre. No lo he podido ser naturalmente, sin embargo Dios me regaló la posibilidad de cuidar de esta inocente.
La niña corta flores silvestres, y corre con un ramito en cada mano.
Yo corto cada pesadilla de mi pasado, para enterrarlo.
La niña va a su habitación y deja un manojo de flores al lado de la foto de su mamá. Luego corre hacia mí y después de darme un beso me entrega las restantes.
Hace un rato, mientras merendábamos, le leí a la niña una carta que Carlos le ha escrito, describiéndole con su maravillosa ignorancia, cada centímetro del paisaje isleño.
- ¿Quién ese Carlos, má, que siempre me escribe?- Preguntó.
- Es un amigo mío, que como vos perdió a su mamá cuando era muy chico. Lo conozco desde hace mucho, pero mucho tiempo, y vive en un lugar mágico, como los de los cuentos.
- ¿Vos conoces ese lugar?
- Yo viví en ese lugar.
- ¿Sola?
- No. Con Carlos. Con Martín, un pintor de cuadros que ahora pinta en una ciudad muy linda, donde van los mejores pintores del mundo, que se llama París. Y un hada.
- ¿Un hada mágica como la de los cuentos?
- Sí.
- Y ¿Cómo se llamaba el hada?
- Se llamaba Matilde, como vos.
- Quiero conocer ese lugar ¿me vas a llevar?
- Sí.

Tomo su leche pensativa y luego me dijo:

- ¡Ah...! Gracias má.
- Gracias ¿por qué?
- Por ponerme el nombre de un hada.




FIN








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